Betina Barrios Ayala

Archive for the ‘Viajes’ Category

Octubre

In Caracas, Poesía, Uncategorized, Viajes on febrero 10, 2016 at 7:16 pm

líquen

Hay que alejarse, vida

para verte

Sujetar los brazos alargados de la tierra,

para elevarse

Hay que encontrar sus vetas y formas,

entender que no hay desafío, vida buena

que escape de ti

 

Hay que volver a pisar las húmedas hojas,

dejar que el bosque sea negro,

borrarse en la espesura

Hay que perderse, vida mía

para ser tuyo

 

Hay que estrujarte contra las piedras,

verte correr en el viento,

jugar con las nubes

Hay que perderse en tus tiempos verdes,

siempre verdes,

como tu rostro, vida mía

 

Hay que hacerse mínimos,

desaparecer en la niebla,

tocarte despacio,

abrir los ojos,

hacer incisos en el tiempo,

no aceptar atajos,

ni escaleras

 

Fragmento

In Libros, Nueva York, Relatos, Viajes on agosto 4, 2015 at 3:42 pm

FullSizeRender (2)

Con frecuencia me pregunto si pudiera leer todo el día, lo haría por seguro, pero me da vergüenza. Por eso me gusta hacer largos viajes en el tren o en el bus. Los disfruto, los agradezco. Ese tiempo es para leer sin parecer agresiva a nadie, más bien muy tranquila, aprovechando el tiempo. Pero tenderse a leer en la casa a cualquier hora es una suerte de descaro. Me avergüenza leer así, pero lo hago de todas maneras. La verdad es que sí lo hago. Siento el gesto del libro de papel más desenfadado, aunque es mi favorito. Pero si estoy leyendo aquí sentada en el escritorio, con la computadora puede ser que esté haciendo otras cosas. Además me permite ir de un lado a otro de una vez, buscar palabras que no sé qué significan o recomendaciones de lectura de otros lectores, que así como estoy yo, también se pasan horas y horas de su día leyendo de un texto en otro, viendo de imagen en imagen, tratando de quedarse con algo, de crecer más. ¿Puede ser? Seguro para muchos esto será ser vago, será vivir en el ocio. Ocio. ¿Cómo puede ser una palabra tan bonita y a la vez tan culpable?. Todo lo bonito es culpable. Puede ser.

Los vecinos de arriba hacen un escándalo espantoso. La mujer inglesa con sus tacones sin días feriados. Joe trabaja con libros, los vende en ferias, y no sé qué. Entonces va el tipo, lanzando cajas de aquí para allá, baja y sube las escaleras, lanza un montón aquí y allá, tira las puertas, da pasos de gigante en el suelo, hace vibrar el techo con todo su peso. Pero bueno, gracias a él tenemos dos grandes diccionarios. Un par de volúmenes de biblioteca de Websters. Junto a estos leí The catcher in the rye. La semana pasada iba en el tren leyéndolo. Y me senté al lado de un tipo que estaba escribiendo. Un texto que ya tenía título, se leía: «HOTEL». Lo mismo en castellano que en inglés. Para no incomodarlo, me incliné hacia adelante, reposando los codos en las rodillas; para así leer, pero sin tener mis ojos a la altura de su papel, para respetarlo. Es incómodo escribir con alguien sentado al lado, y mucho peor si se le ocurre hacer amagos de que pudiera leerlo. Es intrusivo. Puede ser. Pero entonces, él fue el que se dio cuenta de que yo estaba leyendo a Salinger, y me interrumpió para decirme que era su libro favorito. Cuando le contesté que me encantaba, que lo estaba disfrutando mucho, me preguntó que de dónde era yo, porque tengo un acento. Se distrajo preguntando generalidades sobre mi vida, y luego me dijo que entre las cosas que atesoraba el asesino de John Lennon, estaba el libro de Salinger, que era una de las cosas que tenía cuando lo llevaron preso. Me pareció una anécdota periodística poco relevante, totalmente frívola. Es un libro espectacular. Durante el juicio, el asesino de Lenon abogaba que estuvo poseído por Holden Caulfield. Pero, eso no puede ser una excusa para defender que estás en contra del mundo, más bien a favor, para que haya muchos Salinger que escriban y creen Holdens y Phoebes Caulfield. Solo eso, que le den vida a personajes que digan lo que piensan del mundo, pero que no maten a nadie. Creo que ese libro ha dado mucha más vida que la que ha podido quitar. Me decepcionó un poco no poder tener una conversación más interesante sobre el libro con el tipo, que además escribía, sino que se desvió en la farándula, y yo llegué a mi estación y me bajé del tren.

Nómada

In Nueva York, Relatos, Viajes on mayo 25, 2015 at 6:01 pm

Nómada

Se lo digo cada cierto tiempo: «No podemos seguir viviendo en esta ciudad»; porque nos pasará igual que a todos, que viviremos siempre al límite. Sí es verdad que muchas veces, cuando parece que todo está perdido, entonces algo sucede que viene para salvarte. La gente se consuela con el clásico «Dios aprieta, pero no ahorca»; eso no me dice nada, no quiero acostumbrarme a pedirle favores a Dios.

Repaso en mi mente entonces todos esos rostros que he visto, con su incapacidad para mirarte a los ojos, hundidos en ese nerviosismo fatal, como que se les van los pensamientos. Igual, eso pasa en todas las ciudades. En algún momento dices que ya es suficiente, que el día a día está tenso; pero hay quienes no son capaces de verlo. Todavía recuerdo esa tarde, caminando por Sabana Grande, y todos esos hombres con el rostro duro, vestidos de verde, con los cuerpos protegidos por su disfraz antimotín para amedrentar, para reprimir la violencia que ellos mismos encarnan. Cuando se han humanizado esos soldaditos de plástico, y son reales, y caminan a tu lado y sostienen el arma en el pecho. Todavía lo recuerdo, y entonces le dije a mi padre, que caminaba conmigo y me tomaba la mano con fuerza, que era demasiado, que habíamos cruzado el límite al ir por la calle así, rodeados de todos estos vigilantes oliva. Papá perdóname, perdónenme todos que qué sé yo, simplemente no me puedo acostumbrar. No me puedo acostumbrar a nada. Pero menos a eso.

No puedo acostumbrarme a que me convenzan de que es lo normal, cuando yo misma puedo ver el cambio. Sí, me dijo mi padre, así han sido siempre las cosas, y miraba hacia adelante como agarrándose a sí mismo en otro tiempo. Eso fue una mañana en ese hotel de La Solano. Por la ventana se veía un montón de gente en la calle, agrupados en pro de la defensa de los derechos de la comunidad gay; entonces vino el ejército, y se enfiló frente a ellos como si estos hombres y mujeres con banderas y canciones fuesen peligrosos, y lo que era una alegre concentración, ya era también una amenaza; porque no son sumisos, porque no caminan como muertos, porque se reúnen y tienen algo que exigir. La gente verde no quiere que nada cambie, quieren que todo se quede frío.

Y mi padre dijo que también eso era normal. Eso me lo dice un ex guerrillero.

Ahora también digo que no podemos seguir aquí. Porque así es en todas partes: uno se cansa de algo, o le da miedo, que no es lo mismo. Pareciera que tuviera miedo de quedarme en cualquier parte y llegar a parecerme a todos. A todos los que pertenecen mucho tiempo a algo y comienzan a justificarse y a decir que nada los sorprende, que estamos igual que siempre y que nada va a cambiar. Esos veteranos de las ciudades cansan, cansa todo el que cree que todo ha visto.

Se lo digo, mientras caminamos de noche por la calle, como sin rumbo; y pasamos por todos esos lugares como de plástico, porque es todo tan caro. Allá es violento y aquí es caro, y en otras partes es alguna otra cosa que también cansa o da miedo. Así que nos vamos, le digo, todavía no llegamos.

Frecuencia

In Nueva York, Viajes on mayo 4, 2015 at 1:46 pm

Frecuencia

Me levanto por las mañanas con una dificultad clara para tragar. Lo intento, pero tengo un montón de palabras atoradas en la garganta. Un tren de deseos hechos un amasijo denso que no puedo hacer que atraviese el interior de mi cuello con suavidad. Y entonces me siento y la pantalla me recibe con ese cuadro blanco impoluto en el centro y me pregunta quién soy y qué es lo que quiero decir. Me dice que escupa todo eso que está ahí haciéndome tan difícil inclusive respirar. Pero a veces no puedo. Y pasan las semanas y todas las mañanas, y algunas noches me digo que tengo que encontrar el momento de soltarlo todo, de comenzar a vestir una hoja de letras impresas en negro y ponerle su punto final a ese texto que se queda entre mi garganta y mis dedos, y que solo se va cuando estas diez extensiones de mis manos bailan sobre todas las teclas que dicen ser letras que hacen música, una sola música cuando las golpeo, una tras otra, y entonces ese sonido se hace un vicio, un canto transformador, convertido en discurso.

Llorar leyendo

In Argentina, Crítica, Libros, Política, Reflexión, Viajes on noviembre 24, 2014 at 12:48 pm
Río de la Plata, San Isidro. Provincia de Buenos Aires

Río de la Plata, San Isidro Provincia de Buenos Aires

«El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante

y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y,

siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado» 

Antes que anochezca.

Reinaldo Arenas.-

(Cuba 1943- Nueva York 1990)

Apenas ayer estuve de pie una vez más frente a una de las islas que arma mi biblioteca convertida en archipiélago y me decidí por ese lomo verde y cuadriculado que viste la autobiografía de Reinaldo Arenas editada por Tusquets. Lo elegí para viajar conmigo a San Isidro, donde comimos y tomamos el sol a la orilla del río. Fuimos y vinimos en un tren que de ida, se detuvo una media hora mientras bajaban y subían personas que decían que había ocurrido un accidente, alguien se había tirado a las vías. Era como una premonición mientras leía el libro de un suicida. Todos los pasajeros consternados miraban en sus mapas qué tan lejos estaban las paradas de los colectivos que los llevarían a su destino en lugar del tren; mientras yo secretamente disfrutaba el retraso como un regalo. Había ganado más de ese tiempo congelado que me liberaba de la culpa de ignorar todo lo que hace que el mundo marche más lento.

Hay un texto de Federico Vegas que se llama Dos días de soledad que es francamente una belleza. Habla sobre una travesura adolescente que se desata porque cae en sus manos 100 años de soledad y él finge un terrible dolor de barriga solo para tener privacidad suficiente y encerrarse a leer sin ser interrumpido ni descubierto en su momentáneo y placentero hurto. Se adentra en una literatura que le atrapa y a la que no puede resistirse, y en tan solo dos días se marcha a vivir a Macondo haciendo desaparecer todo lo que resta. Mi simpatía por este texto ha revivido hoy mientras degusto el hecho de haberme comido más de 300 páginas en tan solo dos días, también de soledad y complicidad; reviviendo a veces felicidad y muchas más, una profunda tristeza[i].

Mientras viajaba de pie en ese tren sosteniendo un diálogo tan íntimo con Reinaldo Arenas, lloré. Las lágrimas venían solas rebotando en los espejos que se asomaban en esas páginas que me hablaban de la lluvia torrencial del trópico que también amo y que siento lejos aunque nadie me persiga de momento. Aparecían los árboles y los niños trepándose a ellos. Y entonces yo veía el inmenso árbol de granado -o el que yo en ese momento pensaba que era inmenso-,  que habitaba el patio de atrás de la casa de mis abuelos en Cabudare. Allí donde confeccioné tantas tortas de tierra decoradas con hojas y flores, y mi abuelo me enseñaba a teclear en su máquina y a inmortalizar sonidos en su grabadora. Arenas describía los ríos frescos con personajes que saltan de sus rocas haciendo de la felicidad un eco inmortal. Y entonces aparecía el mar, como una dicha, como un cómplice de tanta belleza, como el escenario de los tesoros que nos abrazan en la vida. La de él a su manera, pero yo con la mía, como arrancada de tajo, veía en sus palabras tanta certeza sobre interminables injusticias.

Un escritor disidente y homosexual en la Cuba castrista es un testimonio profundamente duro, que frente a la invasión de este régimen en mi propio país, hoy más que nunca tiene que ser conocido. Mientras ojos escépticos siguen convencidos de que estamos lejos de esa isla, los puntos de encuentro se van haciendo cada vez más cercanos. Estamos separados en tiempo y espacio, pero debemos saber que eso aún no termina. Hace pocos días, un bloguero venezolano residenciado en Londres fue víctima del robo de sus computadores en su casa, también fue amedrentado con fotos de su familia. Este hombre tiene un portal que está censurado en el país en el que se dedica a desmantelar la monstruosa corrupción del gobierno chavista. Esa inteligencia que se dispersa en el mundo detrás de quien denuncia, es una de las macabras formas de la guerra en la que el comandante anciano tiene mucha experiencia.

Ayer, en San Isidro se celebraba un torneo de Hockey. Mientras estaba recostada leyendo escuché que una muchacha le preguntaba a otra si ya había visto a los venezolanos, que estaban buenos. Yo sonreí, y me levanté para ver si podía compartir con ellos y así enterarme de algo. No lo hice directamente. Cuando regresaba del baño, comencé a caminar más lento mientras pasaba frente a un toldo en el que conversaban varios con sus torsos vinotinto. Escuché entonces que decían, frente al asombro de un argentino, que habían viajado sin recursos, que ya el lunes verían si les habían aprobado las divisas. Me alejé moviendo la cabeza. Cuando regresé a mi lugar en la grama para seguir leyendo, había un grupo de estos venezolanos uniformados sonriendo bajo el sol de cara al río, disfrutaban de una cerveza y una conversación y yo me sabía junto a ellos, unidos en el mismo sentimiento de encontrarnos en el horizonte buscando algo tal vez perdido.

Es verdad que hay distancia entre los años relatados por Arenas en sus memorias y los que vivimos hoy, pero el personaje a quien responsabiliza de todas las calamidades que padece él y en general el pueblo cubano desde hace tantos años, sigue siendo el mismo. Inmortal como la crueldad en la tierra. Un hombre que aún tiene quien lo respalde, quien lo escuche, quien lo copie, cuando tanto se sabe ya del alcance de su ferocidad. Sinceramente, es una irresponsabilidad ignorar la trayectoria de los líderes de los líderes de hoy. Quienes todavía se refugian en la idea de que por donde vamos, vamos a algún lado, mucho les falta una dosis de capacidad crítica y de enfrentarse a esos castillos de arena que de a poco se les van cayendo encima. Con todo lo que se ha escrito sobre el socialismo real, es una pena y al mismo tiempo una buena templada de orejas que ese discurso y sus maneras haya alcanzado a Venezuela.

Desde un exilio voluntario vivo con la incomodidad y el dolor de saberme cada día más lejos de lo que cuando tuve nunca supe que podía perder. Me silencio hallándome tantas veces culpable de mi ausencia, de mi conveniente elección de alejarme. Sin embargo, leo para encontrarme en las palabras de otros en las que me convierto en resonancia y desde mi escritorio nómada intento no callar.

«Yo sabía que en aquél sitio yo no podía vivir. Desde luego, diez años después de aquello, me doy cuenta de que para un desterrado no hay ningún sitio donde se pueda vivir; que no existe sitio, porque aquel donde soñamos, donde descubrimos un paisaje, leímos el primer libro, tuvimos la primera aventura amorosa, sigue siendo el lugar soñado; en el exilio uno no es más que un fantasma, una sombra de alguien que nunca llega a alcanzar su completa realidad; yo no existo desde que llegué al exilio; desde entonces comencé a huir de mí mismo»[ii].

[i] Todo esto a pesar de que los autores de estos libros que comparo vivieron en pugna por sus posiciones políticas. Reinaldo Arenas llama a Gabriel García Márquez testaferro de Fidel Castro en sus memorias; al igual que a Julio Cortázar.

[ii] ARENAS, R. (1992) Antes que anochezca. México D.F.: Tusquets. Arenas se refiere en este párrafo a Miami, ciudad donde reside unos pocos meses cuando logra escapar de Cuba en 1980, año en que Castro autoriza un éxodo masivo a través del puerto de Mariel a partir de unos sucesos en la Embajada de Perú en La Habana. Durante días, cientos de miles de personas se refugiaron en ella para pedir asilo político. El escándalo tuvo un alcance internacional que obligó a Castro a autorizar la salida de barcos a EEUU tripulados por este grupo de personas consideradas indeseables. Arenas logra salir cambiando su apellido por Arinas pues no tenía autorización para abandonar la isla por una prohibición que pesaba sobre su persona por no aceptar escribir textos alabando a la revolución ni a reeducarse sexualmente. Finalmente, fija su residencia en Nueva York hasta el momento de su muerte en 1990.

Habitantes Nocturnos

In Argentina, Relatos, Viajes on octubre 25, 2014 at 11:57 am

Recibí una llamada de camino al aeropuerto. Esa mujer que me debía dinero estaba decidida a pagarme, pero yo estaba por abandonar el país. Le escribí que se fuera al infierno y apagué el celular. Menudo momento para hacerse la buena, ya daba igual. Aterricé en la ciudad sobrevolando lo que parecía un desierto de cielo negro poblado de millones de estrellas amarillas, hacía frío y había un tráfico tremendo; la luz exterior me cegaba y subí a un remis con un desconocido para ahorrar.

Un hombre calvo que me miraba como esperando algo abrió la puerta del edificio. Parecía albino. Le di los buenos días sin sonreír. No me gustó la forma en que me recorría en segundos como ansioso por saber quién era. Abrió la puerta del ascensor. Cerré la primera puerta sin mirarlo, luego él dejó caer la segunda y pude subir en paz. Me miré en el reflejo oscuro del espejo. Tenía ojeras, estaba hambrienta y con un vacío profundo de volver. El departamento estaba al final de un pasillo que simulaba una caverna, angosto y oscuro. Estaba casi vacío, pero todo estaba muy sucio. Solté la maleta que traía, cada vez más pequeña, ya habituada a mis continuas mudanzas. Le arranqué unos cuadritos a un chocolate, me serví un vaso de agua y me acosté a dormir.

Desperté y la luz blanca del día nublado acompañaba mis sentimientos. Comencé a limpiar minuciosamente y cada rincón que veía me parecía que estaba negro y constaté que los pelos del gato que antes vivía allí eran muy territoriales; se amontonaban en las esquinas como bolas de flores de diente de león. Nada se los llevaba y se quedaban atascados en las fibras de la escoba, montones de motas sucias con marcas multicolores. Quedé exhausta, pero me di una ducha y me vestí para salir a tomar algo por el barrio. Crucé la avenida más ancha del mundo, iluminada y preciosa entre vientos agitados y frescos. Me cubrí el cuello, caminaba con las manos en los bolsillos y los labios resecos bajo un labial rojo. Entré en un bar de luz baja en la que un tipo de saco me tomó por el brazo y mirándome directamente a los ojos me dijo que me conocía, que dónde nos habíamos visto, que si trabajaba en Cablevisión. Yo lo rechacé ahuyentada. Huía de la gente, de lo familiar, y más que nada de lo superfluo. Me senté en la barra y bebí un J&B que estaba incluido en una lista de dos por uno.

Lo sorbí rápidamente. Entre no decir una palabra y el asunto de volver a estar allí, los dos vasos se evaporaron como gotas de agua sobre plancha caliente. Me preparé para salir tomando todos mis abrigos entre los brazos. Caminé de regreso a la casa. Un borracho con botella en mano me soltó unas cuantas frases en la esquina. Lo esquivé. Y así seguí rebotando la mirada entre todos los cuerpos envueltos en mantas que se protegen en las escaleras de los edificios de la ciudad. Los cartoneros rompiendo las bolsas de basura, la calzada rota haciendo ruido cuando no quieres hacerte notar. El intento por ser invisible se hace imposible en esta ciudad donde todo se ve, donde todo es posible y la noche está siempre más viva que tú entre los espejos que refleja el asfalto húmedo de las angostas calles del centro.

Cerca de la medianoche estaba de nuevo en el pasillo que conducía al departamento. Apreté el botón para encender la luz y resultó ser el timbre de uno de los vecinos, me apresuré a abrir la puerta, antes de que otro desagradable encuentro con especímenes alterados me molestara. Un perro ladraba indiscreto, cuando escuché su cerradura abrirse ya estaba del lado de adentro de mi nueva casa, cerrando con suavidad y deseando que nunca supiera mi identidad ni responsabilidad. Dejé caer las llaves en una mesa, lancé el abrigo en el sofá y me descalcé. Caí redonda y semidesnuda sobre el colchón que yacía en el suelo, y el maquillaje permanecía en mi cara disfrazándome un poco más. No me lavé los dientes ni tuve ganas de llorar.

Me despertó un ruido como un bullicio de fiesta que venía de la sala. La única lámpara que había en la habitación no tenía bombillo y solo me valía de una pequeña luz que se activaba con un clip que usaba para leer. Me restregué los ojos y me asomé por la rendija de la puerta. Vi la luz de la sala encendida y humo de cigarrillo flotando en el aire. Me levanté ante lo imposible, pero no sentí miedo. Con las piernas desnudas crucé la puerta y me dirigí al pasillo y los vi. Había una reunión de hombres y mujeres desconocidos, eran pequeños y algunos de ellos ancianos. Apenas me acerqué al umbral, pude verlos conversando tras una espesa nube gris que emanaba de los múltiples tabacos que tenían encendidos. Sobre las mesas antes vacías reposaban tableros de juego y algunas mujeres vestían sugerentes, con collares de perlas y medias con liguero. Parecía un cabaret. No se inmutaron al verme. Incómoda, pero con buen tono los increpé.

– ¿Qué hacen ustedes aquí? ¡Está es mi casa! ¿Cómo entraron?

Me miraron con molestia, pues estaba interrumpiendo el casino que tenían montado en la sala. Sentí en sus miradas una especie de hastío, como si estuvieran agotados de contestar la misma pregunta una y otra vez. El que parecía el jefe del grupo, un viejo con barba blanca mal cortada, casi sin dientes y lleno de pliegues como montañas de barro, me miró de reojo y respondió:

– Siempre venimos aquí. Entramos por la puerta que da al balcón.

Indignada contesté que era mi primera noche allí, que se suponía que nadie más tenía acceso a ese departamento. Pero mi voz estaba en mute. Ellos ni me miraban, continuaban con su juego y hasta algunos seguían agarrando el culo de las mujeres y haciéndolas sentarse en su regazo. Parecía que tenían el control y yo era una molestia, una figura necia y desproporcionada que solo hacía preguntas insignificantes y tontas. Me pellizque la piel. Nada. Entré al baño, me senté y exhalé con ruido. Cerré los ojos por unos segundos. Me paré al lado de la puerta para escuchar lo que decían. Nada, solo se divertían con naturalidad.

Regresé una vez más y de nuevo no me prestaron atención. Bebían en vasos de shot con diminutos hielos picados como nieve. Uno de ellos me miró con picardía y me ofreció un trago. Qué más da, pensé. Y me senté para estar a su altura. Observé la forma salvaje en que se divertían aunque su aspecto sugería una edad. Me tomaba todo lo que servía de un trago y la sensación era como la de beber de una jeringa. Los demás comenzaron a quejarse de la manera en que bebía y que si seguían invitando se quedarían sin nada para seguir con la fiesta. Les dije que tampoco estaba mal, que yo necesitaba dormir. Se rieron en mi cara, en un momento casi a coro. Intenté indagar en la situación, preguntar cuan frecuente era esta reunión. Ellos me dieron a entender que ese era su lugar, era su bar y que ya no hiciera más preguntas. Me acomodé mejor en mi esquina y me fumé un pequeño cigarrillo que construí atando cuatro que parecían palillos y sabían a madera vieja. Conversé a gusto y los vi bailar. Sonreí con la certeza de que después de todo no estaba sola y la bienvenida no supo mal.

Bicicleta

In Nueva York, Relatos, Viajes on agosto 22, 2014 at 4:03 pm

La encontré hace un par de meses cuando regresé a Nueva York. El verano sin ella habría estado repleto de trayectos subterráneos, de ojos vendados y temperaturas infernales, viajando en el subsuelo en que retumban todos los sonidos del mundo; con gracia y sin ella detrás de un estuche de guitarra o un sombrero con la boca abierta a la espera de algunas monedas. Me habría visto muchas veces más rebotar entre el inmenso tráfico ininterrumpido de personas que simulan rebaños que se compactan dentro del alargado tren metálico, saltando de una caja a otra, saliendo de casa para moverme en esos vagones ruidosos y pesados que por las madrugadas se esconden cuando más los necesitas.

La vi mientras regresaba del jardín botánico, de rellenarme los poros de spring blossom metida en una cámara recreadora de trópico llena de orquídeas de todas las formas y colores, mientras sudaba lágrimas de nostalgia apegada a los recuerdos de mis flores, de mis flores patrias. Regresaba bajo el sol, huyendo de los escaparates, dejando que la piel brille y se encienda con el día; sintiendo el cuerpo libre de las cárceles de tela que se manifiestan con el invierno. Estaba amontonada junto a un cúmulo de trastos viejos y olvidados en un terreno que pronto será de algún judío que lo convertirá en muchas casas mínimas para encapsular gente a precios astronómicos. Estaba confundida entre asientos y ruedas sueltas, como víctima sobreviviente de una tragedia natural, como alargando sus brazos bajo los escombros, todavía bañada de polvo esperando su rescate. Parecía que no valía para nada, que en lo que lograra sacarla de ese cerro de peroles y me subiera a ella saldría disparada alguna de sus ruedas; o tal vez la cadena estaría toda tiesa, o me iría volando sin frenos por Franklin Avenue.

Me acerqué para levantarla del suelo, y tras de mí un hombre enorme emergió de la sombra en que se refugiaba del inclemente astro del cielo; apareció como el guardián de aquella montaña de olvidos, como el custodio del poco valor que puede tener una colección de cachivaches. Se me acercó con sus casi dos metros, barba gris y camisa entreabierta, fumando un cigarrillo mal liado que se sujetaba a su labio inferior mientras hablaba. El cigarrillo se movía al compás de su voz como si tuviese años y años allí, soltando su ácido que se pega, se pega al alma, a las telas y a las pieles con pasión frenética.

Con su fuerza cercó el espacio donde yacía toda la mezcla de metal y ruedas y la sacó halándola por el asiento. Como si se tratara de un cachorro liviano la puso de pie sobre el suelo y me invitó a probarla. Subí a ella con recelo, y menos mal que así lo hice porque de frenos ella no sabía nada, le di una vuelta a la manzana y regresé. Entré de nuevo al terreno atravesando la reja con las piernas abiertas para alcanzar el suelo. Con cuidado la acosté de nuevo en la tierra seca. La miré, medité. Sin querer no dejaba de pensar en que quizás sería inútil, no sentía que podía funcionar. Saqué mi calculadora mental para valorar cuánto me costaría repararla hasta poder usarla. Me pidió ochenta dólares por ella. La miré, mientras viajaba a mis bolsillos y contaba lo que allí había. Saqué los billetes, conté cincuenta entre un par de veinte e infinitos de uno y le extendí mi mano. Él se lo pensó con cuidado, como tratando de exprimir la nada.

Después de luchar un poco consigo mismo aceptó el manojo grueso y arrugado dándose cuenta de que quizás nadie más habría reparado en ella. Ningún transeúnte la habría siquiera mirado entre todas las ofertas de bici que hay en las calles de Brooklyn. Bicis hermosas que se exhiben en las tiendas y aceras como caballos metálicos de mucho más estirpe. Yo también lo dudé mil veces, pero una voz amiga me dijo que me la llevara. Ya la repararíamos. La dibujó para mi pintada de colores; sobre sus manchas naranja de óxido pasaríamos una esponja hasta lijarla y dejarla relucir. Compondríamos su manubrio cambiándole la cinta escarapelada y la pondríamos prudente arreglando sus frenos. Solté los cincuenta dólares sabiendo que no tenía trabajo, pero que me ayudaría en el verano a evadir un poco la costosa y obligada MetroCard.

La llevé por los manubrios todas las cuadras hasta la casa. Me subí a ella varias veces por la acera, apostando a poder frenarla con los pies. Sonreía mientras me acostumbraba a su dureza agradecida y me pareció que ella también suspiraba de alivio al verse de nuevo útil entre mis manos. Su mala facha no era nada al lado de la libertad que me da andar sobre ella, rodando cuadras a una velocidad que mis piernas siempre envidiarán. Nunca he tenido carro, siempre han sido bicis. En ellas he recorrido las calles de todas las ciudades que han sido alguna vez mi hogar. Ofreciéndome el cielo, la envidiable vista de un automóvil sin techo, dejándome liviana colarme entre las calles pasando al ras de todo huyendo hacia lo infinito.

Ella es azul, como la primera que tuve, en la que conquisté montañas de arena en el estacionamiento del edificio en que pasé parte de mi atareada niñez en Acarigua. Esa bici en la que aprendí a andar sin ruedas cuando era una miniatura imparable que se lanzaba despeinada escaleras abajo hasta estrellarme en las esquinas y regresar toda sucia y amoratada con chichones en la cabeza a los brazos de mi mamá que nunca me decía nada. Agradecía que dejara toda esa inquietud fuera de la casa y entre las ondas rebeldes de ese pelo corto que nunca quise que me peinaran.

Por ella disminuyeron mis lecturas de viaje en tren, pero para eso tengo todo el invierno. Ahora me quedo con lo que siento luego de empezar a subir los puentes para cruzar a Manhattan, me quedo con mi cuerpo empujando ese otro cuerpo metálico y viejo, cubierto de cicatrices de otros tiempos, de otros dueños; me quedo con su peso que se libera junto al mío en un solo abrazo frente al viento cuando empieza la bajada en medio del río que me conduce adónde ahora quiero estar.

Retrato con bicicleta

Visiones

In Nueva York, Reflexión, Viajes on julio 29, 2014 at 5:41 pm

visiones

Regresábamos de una parranda en el carro.

No era de noche.

Reímos al darnos cuenta de que viajábamos con objetos que dejamos olvidados sobre el techo y el parabrisas sin caerse.

El conductor empezó a hacer maniobras en el volante para arrasar con todo aquello con mayor gracia.

Comenzaron a caer; y nosotros reíamos, aún más fuerte, cada vez.

Había un gran frasco lleno de alcohol y frutas picadas que se bamboleaba en el techo como el último obstáculo del video juego.

Cayó estrepitosamente sobre el asfalto.

En la maniobra un celular voló al asiento del copiloto, entre sus pies. Había agua allí y encendido, colapsó. La pantalla mostraba rayas horizontales de colores. Luego se apagó, sin más.

Rogué porque nos detuviéramos a un lado del camino y guardáramos calma. Estábamos ebrios e imprudentes; haciendo tonterías.

Una niña pequeña ―con la piel muy tostada como guajirita― se acercó al carro. Se arrimó a la puerta del copiloto y se introdujo hábilmente como un espagueti que se escapa de una olla: húmedo, resbaladizo, inevitable. Nadie la vio.

Estaba sucia y tenía el pelo enmarañado. Su fenotipo me recordó las fotos de mi hermana en su trabajo de campo con los pijiguaos. Comía una especie de caramelos alargados tendidos sobre una servilleta. Tenía una expresión vacía. Estaba de pie rozando la pierna del copiloto. Sin decir nada, casi sin moverse.

Un revólver apareció en el refilo de la mirada del lado derecho.

Nos atraparon.

Comenzó un forcejeo ridículo. Mientras los delincuentes hacían bailar a tres de mis amigos en la calle, yo continuaba en el carro con alguien más. La niña estaba allí todavía, con la mirada perdida, sosteniendo en la servilleta esas lombrices de colores azules y rosas con azúcar como escarcha.

Comenzaron a gritar. Los humillaban. Se puso violento.

Ahora la niña parecía una muñeca de cartón.

Escapé por la puerta de atrás.

Los perdí.

Entré en un supermercado. Un supermercado de zombies. La gente estaba allí comprando paranoica insumos que ya no existen. Mi cuerpo se estrella contra los carros metálicos y escucho a la gente maldecirme. Ignoran mi angustia y enrumban sus ruedas hacia los anaqueles vacíos o llenos de productos repetidos. Todo está plano.

Desesperada reboto entre la gente que no me escucha. Siento que grito, pero todo está sordo. El lugar está bañado en una luz amarilla, pesada.

Diviso una torre de cartones de leche líquida. Los pateo gritando que son todos unos muertos. Estamos muertos. Estoy llorando.

Salgo del supermercado en una crisis indescriptible. La cara enrojecida y húmeda.  Grito entre sollozos. Impotencia invisible. Estoy casi de rodillas.

Camino por la acera y aparece la policía. Exasperada les digo que tienen a mis amigos. Tienen a mi hermana. Ellos hacen ademán de que no hablamos nada importante. Usan cascos blancos y las denuncias se reciben como si dijeras otra cosa.

La ciudad le pertenece a ellos, a la delincuencia.

Los policías sonríen. Parece que están en un desfile. No me miran. Hacen gestos cómplices entre ellos. Dicen que lo saben. Que los tienen todavía y nada puede hacerse. Que se armó una balacera en la avenida.

Corro por la calle como sin rumbo, deshecha.

Estoy llegando al lugar y veo nuestro carro a un lado. Puertas abiertas, humo en la calle. Me parece que estamos en la Río de Janeiro en sentido contrario. El Guaire está del lado del piloto. El carro en dirección al Eurobuilding.

Un rostro amigo aparece en medio de la calle y me abraza al verme. Me hundo entre sus brazos. Aparece como un ángel que va a recibirme mientras me dan la peor noticia de mi vida. Yo no paro de hablar de mi hermana. Lloro desconsolada, hipnotizada, mi voz está entrecortada.

Veo su camisa naranja. Un regalo que le hizo a mi madre en su último cumpleaños, pero que ella usa siempre.

Está llorando y escapando del infierno hacia mis brazos.

Tenemos contacto en medio de un dolor irrepetible. Alrededor todo es destrucción.

***

Despierto, y sé que esto no pasará porque ella ya no vivirá más allí. Yo ya parece que no estoy, y mi amada amiga hace años que se fue.

La pantomima de mi país.

Lágrimas por la ficción que puede ser real.

Que es real.

Culpa por la caída de los brazos en señal de rendición.

Ojalá haya perdón.

Cruz-Diez y nuestra trampa de luz

In Crónica, Nueva York, Reflexión, Viajes on febrero 10, 2014 at 7:03 pm

Recibí un mensaje por Facebook con una foto.  Una amiga compartía el evento e invitaba a un grupo a que nos reuniéramos ahí a comer tequeños y pasapalitos venezolanos gratis y brindar con un ron Santa Teresa, marca que siempre anda por ahí detrás de todos estos eventos culturales criollos abroad. La última vez que asistí a una de sus muestras tampoco estaba en Venezuela, sino en Buenos Aires. Esa vez, en el MALBA, quedé maravillada mientras caminaba con zapatillas quirúrgicas para no manchar los pisos inmaculados de blanco que reflejaban luces multicolores en todas direcciones. Me paré frente a sus creaciones moviendo mi cuerpo de un lado a otro para observar la metamorfosis de las formas y colores de esas líneas que cuando te acercas están estáticas. Recorrí las máquinas que él mismo hizo para trazar cada una de ellas a la perfección, para luego rellenarlas de color y recrear movimientos mágicos a la vista. Sufrí una envidia plena de la ciudad de Houston y cómo sus rayados peatonales son muestras callejeras de lo mejor del arte venezolano, y es allí también donde reside la fundación que lleva su nombre. Así es la cosa, para ver a este gran maestro del arte hay que dejar las fronteras porque él mismo hace cincuenta y tres años que las dejó atrás, pero solo en el plano físico, porque en su discurso y en sus recuerdos está esa vena abierta de la patria herida y el deseo de redimirla de su eterno sufrimiento.

Miento. La última vez que vi un Cruz-Diez fue en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas el año pasado, ese museo que ruge debajo de Parque Central, dando alaridos por sobrevivir. Estaba una de sus obras cinéticas bajo una sombra triste, opacada e imposible de apreciar. Bueno, la verdad es que he vuelto a mentir en este texto, porque la última vez que lo vi fue en el Aeropuerto de Maiquetía debajo de mis zapatos, como una foto más de los vanidosos viajeros de Instagram. Ese piso que es una imagen emblemática de la entrada y salida del país; un piso sucio, deteriorado. Un mosaico que ha perdido muchas de sus partes como si se tratara de un rompecabezas sin terminar. Además, de que como él mismo afirma en la fantástica entrevista publicada en El Nacional el día domingo 9 de febrero, es un trabajo que ni siquiera le han pagado desde que fue cerrado el trato hacia 1974. Entonces, eso de que el gobierno venezolano no valora ni promociona el arte es patrón repetido, una vez más.

Lo cierto es que ahora en Nueva York en Park Avenue y 68, en el edificio de Americas Society y hasta fines de marzo, está expuesto parte del trabajo fotográfico que el artista hizo desde principios de los años 1940 y que refleja el objeto de su curiosidad más genuina hacia las raíces de nuestra cultura. En la inauguración de esta muestra llamada Within the light trap: Cruz-Diez in Black and White, su curadora Gabriela Rangel junto con el escritor Antonio Muñoz Molina compartieron con los asistentes una grabación de una entrevista hecha a Carlos Cruz-Diez, donde en sus respuestas acerca de la naturaleza de su trabajo dejó colar excelentes reflexiones que me han dejado completamente conmovida durante días, y hasta cierto punto con un sinsabor que se refleja en su afirmación titular de la entrevista en El Nacional antes mencionada: «A mis 90 años he vivido en carne y hueso tres veces la misma comedia, pero con decorado y vestuario diferentes».

Cruz-Diez señala que estos retratos de los Diablos de Yare, la Burriquita y otras manifestaciones culturales propias de los venezolanos, eran información que le ayudaba a encontrar un discurso que le identificara como un hombre de una Venezuela sufrida buscando soluciones a sus problemas. Muchas de estas fotos eran un esquema temático para cuadros de denuncia social.

Entre las mejores preguntas hechas por los moderadores al artista estuvo la siguiente:

¿El trabajo de los artistas puede de alguna manera mejorar la condición humana? ¿Puede traer justicia social?

«Existe una angustia común que nos caracteriza a todos los artistas. La redención. Todos queremos redimir al mundo y que el mundo y la sociedad no sean lo que son, sino lo que nosotros pensamos que debe ser. Esa consigna nos conduce tantas veces al desengaño, la desesperanza, y es obsesiva. Existimos, fracasamos y seguimos existiendo hasta el final de nuestra vida. Yo estaba convencido de que iba a motivar a la gente a la reflexión, que iba a acabar con la injusticia. Fracasé y cambié de discurso, pero no la intención redentora. No daba ningún resultado decirle a la gente que era pobre, era más humano o generoso hacerlos participar de mi euforia creativa, hacerlos cómplices de mis aventuras y descubrimientos del color para darles el placer de ver y abrirles los horizontes del conocimiento».

La belleza y al mismo tiempo el dolor de saber que el artista venezolano vive para redimir lo imposible, para salvar a una nación sufrida, inmersa en la continua desesperación y bajo el yugo de gobernantes desalmados es paralizante. Esta sensación está siendo relatada por un maestro veterano de noventa años que recuerda su juventud, sus principios de hace más de sesenta años como los mismos que hoy nos caracterizan a las nuevas generaciones: es un knockout. Esta agresiva fuga de talentos, muchas de las más maravillosas mentes de nuestro país huyen de él desde hace generaciones. Es un fenómeno que no parece tener final. Las lamentaciones de Cruz-Diez alrededor del necesario distanciamiento de su gente y su cultura, de su triunfo en el medio de las artes sin poder tener asidero en su patria, su raíz motivadora para hacer lo que hace, es algo simplemente desgarrador.

Estando aquí en esta ciudad, en estos tiempos tan turbulentos he conversado con tantas personas maravillosas que solamente piensan en ese país que nos ha parido y nos ha dejado lejos de él, completamente enamorados, con el corazón roto de por vida por no poder darle todo lo que se merece. No hay, no conozco ningún artista que a pesar de estar lejos y que algunos digan que es lo más fácil, no amanezca solo y con ese amante en la computadora esperándolo con las noticias y el sufrimiento de no poder contra ello. No hay venezolano sensible que no ame desesperadamente a su país y que no sueñe cada día con verlo crecer para poder darle lo mejor que sus aventuras le han dejado. El propósito de Cruz Diez ha sido siempre el amor por la cultura venezolana y mostrarla fuera a través de su arte, para construir una identidad nacional que redima a un país sufrido. 

Aquí puede ver Video – Panel Discussion: The Omnivore Realism of Photography

Irse, quedarse, ir o venir, entrar o salir

In Nueva York, Opinión, Reflexión, Viajes on enero 23, 2014 at 12:41 pm

Estas son las únicas palabras que importan y sobre las que todos hablamos cada vez. Absolutamente todo se trata de eso en estos días. Estar o no estar en el medio de un caos que lo que está haciendo es escupiendo gente, pero la verdad es que no se trata de si vamos o venimos, estamos todos metidos. De una manera u otra buscamos ocuparnos con aquello que nos distrae cada día y que no puede ser pospuesto, pero ahí está siempre el centro de todo como susurrando en el oído:

̶  «¿Viste lo de la cueva? Ese país es lo más bello. Podría ser la más grande de su tipo. Es como si hace millones de años Dios hubiese tomado plastilinas de colores y las hubiese amasado en este lugar. Siempre es así. No es que tienes una cascada, es que tienes la cascada más alta del mundo. No es que hay unas montañas, es que son las primeras que aparecieron en  la tierra».

Y así nos quedamos un rato con la cabeza gacha haciendo movimientos en negativo, leyendo las noticias una tras otra como si fuésemos a encontrarnos con algún gran cambio. Un rostro moviéndose de izquierda a derecha repetidamente, con una luminiscencia propia del reflejo de una pantalla, quizás con las manos en la cara y unos ojos enamorados.

El frío del invierno golpeando con sus motas blancas las ventanas no hace más que inducir un encierro que deriva en el inevitable over think de las transiciones. Escucho la música que ha nacido de toda esta tragedia económica y social en que se ha convertido el país, que de las cosas más bellas que quedan es la incansable producción creativa que coloca la valentía como consigna frente a todo. No tenemos nada que reprocharnos, porque sea el camino que elijamos labrar nunca será fácil. No es como dice Nicolás que los que están fuera y gozan de tremendo nivel de vida y hablan mal de la patria, pues ojalá alguien los perdone. No es así. Ojalá alguien lo perdone a él por tanta basura, tanta mentira y excusas. Que lo perdonen todas las madres que despiden a sus hijos, todas las familias globalizadas en el sentido más doloroso de la imagen.

En fin, todo esto de estar o no estar, ir o venir, ella o él vinieron o se fueron, viene y se va. Eso es todo: un interminable plan de fuga con diferentes escalas de dificultad y tiempo. Los correos y mensajes que llegan diciendo que busques un trabajo o algo que estudiar pero no vuelvas, no vayas, no vengas. Es confuso el poder del verbo que habla de movimientos tan radicales. Las vacaciones han perdido su significado transitorio. Eso de sin querer llegar a un sitio y fruncir la boca mirando al cielo pensando si puedes acostumbrarte a este lugar, será que si puede ser mi hogar. Oye no lo sé, como que hace mucho frío y no hay montañas. Pero igual son las dos de la mañana y vamos y venimos de un lado a otro, sin necesidad de tanta meditación porque todo el asunto de vivir se hace menos trágico.

No creo que sea justo darle tanta vuelta a quién la pasa peor, si los que se van o los que se quedan. Tampoco es fácil vivir sabiendo que te puede dar un gripón tumbador de voluntad, o que no sabes cuántos días pasarán sin darle un besito a tu mamá o para ver crecer a los bebés de tus amigos que muchos más bien son hermanos. No es fácil no saber si vas a ver el Ávila y caminar sus altas piedras como escaleras, quizás bajo la lluvia o sentir la espuma del mar cada vez que te provoque montarte en un carro y manejar un rato con la brisa perfecta en la ventana, la música y una cerveza. Eso no es fácil. No puede pensarlo nadie. Porque todos queremos por igual al paraíso, seamos honestos que todo el que vive afuera no pasa un año sin ir a Venezuela. O tal vez sí, pero si por viajar también se entiende el deseo, es un lugar al que vamos todos los días.

No sé si este texto se trate de una especie de petición de perdón. Perdón por no esperar sino tal vez por hacer. Por labrar camino en un mundo que no es el tuyo, donde quizás el deporte de moda es algo que no entiendes o hablar con alguien sea decir: «I’m sorry. I don’t understand». O buscar trabajo sea algo ilegal, y no se acerque jamás a lo que realmente deseas hacer. Todo esto viene para decir que en estos días en que cosas duras pasan y todos nos avocamos al poder de una red social para discutir nuestros puntos de vista, lo más tonto es pelear por ello. Es tonto juzgar aquello que cada quien tiene para decir porque el duelo es de todos y la manera de enfrentar las pérdidas no es la misma para todos los mortales. No lo digo con ánimos de «autoayudar» a nadie, es la verdad. Hace falta más sensibilidad porque irse queriendo no hacerlo es como terminar un noviazgo todavía queriendo, y que levante la mano quien no sepa a qué me refiero con esto.

La polarización que está institucionalizada no puede continuar separándonos, todo esto es muy duro desde el punto que se vea, al menos para todos nosotros que simplemente queremos vivir, vivir nada más.

Escuchar La balada del camino – Defernandez