Betina Barrios Ayala

Archive for the ‘Relatos’ Category

Muñecas de papel

In Argentina, Autobiografía, Caracas, Relatos, Uncategorized on noviembre 6, 2015 at 7:02 am
Altuna

Dibujo de Horacio Altuna, historietista argentino y responsable de las imágenes atribuidas a esta historia

A mi padre, para siempre

El día en que nací mi padre tenía treinta y tres años, estaba enamorado de mi madre y guardaba la esperanza de que ella lo amara igual, pero ella se encontraba en una cruzada por su propia supervivencia. Había huido de su casa por la puerta del matrimonio, y estaba dispuesta a volver a la soledad cuando terminara la universidad. Y así fue, cuando yo tenía seis años, me encontraba de pie frente a la puerta del nuevo departamento de mi padre, sintiendo los dedos finos y suaves de mi madre acariciar mi rostro, mientras con pena me decía adiós y se alejaba por el pasillo, corriendo, quizás llorando. Era un pasillo inmenso que se la tragó cuando ella dobló por las escaleras.

A veces lo veía sujetarse la cabeza entre las manos, o quedarse recostado en su cama con una pierna sobre la otra, mirando al infinito con la luz brillando sobre su pelo cano. Por las tardes, cuando regresábamos del colegio, el pobre caía rendido, ausente de su propia y extraña vida, y dormía plácidas siestas. En aquellas horas muertas, en las que mi padre huía entre sus sueños, me quedaba yo dando vueltas entre sus cosas, batallando con mi curiosidad. ¿Qué hacer con aquella casa que en aquel tiempo se me hacía una vasta sabana? No me interesaba la televisión, no existía internet, mi padre no confiaba en nadie y tampoco podía salir a jugar.

Así que me tocaba sumergirme en aquellos estantes llenos de libros que él atesoraba. Durante esas horas mudas, andaban los dedos de mis manos cruzando lomos, sentada en el suelo, diseccionando aquella biblioteca donde leí mis primeros versos. De pronto, entre tantas páginas que derramaban palabras que apenas podía comprender, apareció en un rincón bajo, que se creía oculto, un montón de revistas, todas llenas de colores y dibujos. Emocionada por el hallazgo, tomé una de ellas y la abrí: encontré muchas mujeres creadas por el trazo de un dibujante de cómics. Mujeres con largas melenas y senos enormes, se mostraban con las piernas abiertas, y hablaban en nubes blancas sin poder contenerse de placer cuando los dedos de otro dibujo las penetraban.

Primero, cerré la revista y la puse en la pila junto a las demás, simulando no haber visto nada. Luego, me levanté con prisa para ir hasta la habitación de mi padre, y cerciorarme de que continuase dormido, lejos de la posibilidad de descubrirme. Regresé al estante dando pasos largos y lentos sin hacer ruido, para así poder hurgar un rato más en la vida de esos nuevos personajes que conversaban entre sí, mientras se arrancaban la ropa y entrelazaban sus cuerpos que habían sido trazados con una pluma fina, que los hacía redondos, estilizados y perfectos.

Mi padre nunca dijo nada, pero esas muñecas abandonaron su falso escondite, no pude encontrarlas más. Era su secreto, una fuente erótica de papel, un formato pornográfico para niños que nunca crecen, como nosotros dos.

Fragmento

In Libros, Nueva York, Relatos, Viajes on agosto 4, 2015 at 3:42 pm

FullSizeRender (2)

Con frecuencia me pregunto si pudiera leer todo el día, lo haría por seguro, pero me da vergüenza. Por eso me gusta hacer largos viajes en el tren o en el bus. Los disfruto, los agradezco. Ese tiempo es para leer sin parecer agresiva a nadie, más bien muy tranquila, aprovechando el tiempo. Pero tenderse a leer en la casa a cualquier hora es una suerte de descaro. Me avergüenza leer así, pero lo hago de todas maneras. La verdad es que sí lo hago. Siento el gesto del libro de papel más desenfadado, aunque es mi favorito. Pero si estoy leyendo aquí sentada en el escritorio, con la computadora puede ser que esté haciendo otras cosas. Además me permite ir de un lado a otro de una vez, buscar palabras que no sé qué significan o recomendaciones de lectura de otros lectores, que así como estoy yo, también se pasan horas y horas de su día leyendo de un texto en otro, viendo de imagen en imagen, tratando de quedarse con algo, de crecer más. ¿Puede ser? Seguro para muchos esto será ser vago, será vivir en el ocio. Ocio. ¿Cómo puede ser una palabra tan bonita y a la vez tan culpable?. Todo lo bonito es culpable. Puede ser.

Los vecinos de arriba hacen un escándalo espantoso. La mujer inglesa con sus tacones sin días feriados. Joe trabaja con libros, los vende en ferias, y no sé qué. Entonces va el tipo, lanzando cajas de aquí para allá, baja y sube las escaleras, lanza un montón aquí y allá, tira las puertas, da pasos de gigante en el suelo, hace vibrar el techo con todo su peso. Pero bueno, gracias a él tenemos dos grandes diccionarios. Un par de volúmenes de biblioteca de Websters. Junto a estos leí The catcher in the rye. La semana pasada iba en el tren leyéndolo. Y me senté al lado de un tipo que estaba escribiendo. Un texto que ya tenía título, se leía: «HOTEL». Lo mismo en castellano que en inglés. Para no incomodarlo, me incliné hacia adelante, reposando los codos en las rodillas; para así leer, pero sin tener mis ojos a la altura de su papel, para respetarlo. Es incómodo escribir con alguien sentado al lado, y mucho peor si se le ocurre hacer amagos de que pudiera leerlo. Es intrusivo. Puede ser. Pero entonces, él fue el que se dio cuenta de que yo estaba leyendo a Salinger, y me interrumpió para decirme que era su libro favorito. Cuando le contesté que me encantaba, que lo estaba disfrutando mucho, me preguntó que de dónde era yo, porque tengo un acento. Se distrajo preguntando generalidades sobre mi vida, y luego me dijo que entre las cosas que atesoraba el asesino de John Lennon, estaba el libro de Salinger, que era una de las cosas que tenía cuando lo llevaron preso. Me pareció una anécdota periodística poco relevante, totalmente frívola. Es un libro espectacular. Durante el juicio, el asesino de Lenon abogaba que estuvo poseído por Holden Caulfield. Pero, eso no puede ser una excusa para defender que estás en contra del mundo, más bien a favor, para que haya muchos Salinger que escriban y creen Holdens y Phoebes Caulfield. Solo eso, que le den vida a personajes que digan lo que piensan del mundo, pero que no maten a nadie. Creo que ese libro ha dado mucha más vida que la que ha podido quitar. Me decepcionó un poco no poder tener una conversación más interesante sobre el libro con el tipo, que además escribía, sino que se desvió en la farándula, y yo llegué a mi estación y me bajé del tren.

Nómada

In Nueva York, Relatos, Viajes on mayo 25, 2015 at 6:01 pm

Nómada

Se lo digo cada cierto tiempo: «No podemos seguir viviendo en esta ciudad»; porque nos pasará igual que a todos, que viviremos siempre al límite. Sí es verdad que muchas veces, cuando parece que todo está perdido, entonces algo sucede que viene para salvarte. La gente se consuela con el clásico «Dios aprieta, pero no ahorca»; eso no me dice nada, no quiero acostumbrarme a pedirle favores a Dios.

Repaso en mi mente entonces todos esos rostros que he visto, con su incapacidad para mirarte a los ojos, hundidos en ese nerviosismo fatal, como que se les van los pensamientos. Igual, eso pasa en todas las ciudades. En algún momento dices que ya es suficiente, que el día a día está tenso; pero hay quienes no son capaces de verlo. Todavía recuerdo esa tarde, caminando por Sabana Grande, y todos esos hombres con el rostro duro, vestidos de verde, con los cuerpos protegidos por su disfraz antimotín para amedrentar, para reprimir la violencia que ellos mismos encarnan. Cuando se han humanizado esos soldaditos de plástico, y son reales, y caminan a tu lado y sostienen el arma en el pecho. Todavía lo recuerdo, y entonces le dije a mi padre, que caminaba conmigo y me tomaba la mano con fuerza, que era demasiado, que habíamos cruzado el límite al ir por la calle así, rodeados de todos estos vigilantes oliva. Papá perdóname, perdónenme todos que qué sé yo, simplemente no me puedo acostumbrar. No me puedo acostumbrar a nada. Pero menos a eso.

No puedo acostumbrarme a que me convenzan de que es lo normal, cuando yo misma puedo ver el cambio. Sí, me dijo mi padre, así han sido siempre las cosas, y miraba hacia adelante como agarrándose a sí mismo en otro tiempo. Eso fue una mañana en ese hotel de La Solano. Por la ventana se veía un montón de gente en la calle, agrupados en pro de la defensa de los derechos de la comunidad gay; entonces vino el ejército, y se enfiló frente a ellos como si estos hombres y mujeres con banderas y canciones fuesen peligrosos, y lo que era una alegre concentración, ya era también una amenaza; porque no son sumisos, porque no caminan como muertos, porque se reúnen y tienen algo que exigir. La gente verde no quiere que nada cambie, quieren que todo se quede frío.

Y mi padre dijo que también eso era normal. Eso me lo dice un ex guerrillero.

Ahora también digo que no podemos seguir aquí. Porque así es en todas partes: uno se cansa de algo, o le da miedo, que no es lo mismo. Pareciera que tuviera miedo de quedarme en cualquier parte y llegar a parecerme a todos. A todos los que pertenecen mucho tiempo a algo y comienzan a justificarse y a decir que nada los sorprende, que estamos igual que siempre y que nada va a cambiar. Esos veteranos de las ciudades cansan, cansa todo el que cree que todo ha visto.

Se lo digo, mientras caminamos de noche por la calle, como sin rumbo; y pasamos por todos esos lugares como de plástico, porque es todo tan caro. Allá es violento y aquí es caro, y en otras partes es alguna otra cosa que también cansa o da miedo. Así que nos vamos, le digo, todavía no llegamos.

Navidad

In Argentina, Relatos on diciembre 24, 2014 at 11:13 am

La-Hallaca

Hoy me enfrento a mis papilas gustativas ansiosas por una hallaca. Hoy me arrepiento de esas necedades de niña en las que las rechacé aturdida por esa abundancia loca que venía en navidad. Y es que cada hallaca tiene su bagaje, así que en mi edad pragmática y de paladar conservador preferí mi plato navideño solo con pan de jamón y montones de ensalada de gallina; sabores más compactos. Ojalá pudiera acumular de golpe esas inocentes devoluciones y volver a tener frente a mí esa masita amarilla, suave y olorosa que sale deslizándose de la hoja verde y brillante como quien baja por un tobogán hasta el plato. Las devoraría sin piedad. En momentos de crisis lo intento cuando encuentro tamales en los menús de los restaurantes, pero nada, no es igual. Es un consuelo además efímero porque son más pequeños y están conformados por guisos completamente distintos y mucho más simples, nada de esos agridulces venezolanos. Pero eso no me importa del todo porque las hallacas de mi vida son todas diferentes, van marcadas por la cocina de dónde vienen, y además yo nunca tuve un solo techo en navidad.

La navidad de mi vida es un acto errante, eso es quizás lo único permanente. Con ella venía el cambio de ciudad y los viajes que alineaban carros a la orilla de la carretera en un punto de encuentro. Mis padres no son mezquinos, así que a veces se encontraban en la mitad del camino para repartirse el botín. Entre Caracas y Barquisimeto un punto medio es Tucacas,  cada quien entonces se echaba un chapuzón playero, y mi hermana y yo saltando de puerta en puerta. Y así íbamos entonces testeando cualquier cantidad de hallacas dependiendo de su lugar de origen en medio de la travesía navideña.

Recuerdo entonces las hallacas vegetarianas de mi tía Jeanette, de las más raras en su haber y de las que menos me entusiasmaban; las hallacas tardías de mi madre, que no se animaba a hacerlas y, ¡De lo que estaba privado el mundo!; las hallacas interminables de mi tía Mary, porque tiene siete hermanos y cada uno de ellos al menos tres hijos, siempre anfitriona se aseguraba de que había para todos y para repetir; las hallacas de Astrid, quien viene a ser mi segunda madre, que llegaban en conjunto con las de su abuela y las de su tía; las hallacas de las mamás de mis amigos, las de la vecina y de la señora de la esquina; y por supuesto, ahora en mi contemporaneidad también inquieta: la cacería de hallacas en el exterior. No importa quién las haya hecho, dame una hallaca en navidad. Recuerdo las lágrimas de Angélica el año pasado por una hallaca mientras caía una nieve interminable. No importaba de quién fuese, cómo fuese: con papas, con garbanzos, con almendras, con gallina, cerdo, pasas o alcaparras. Una hallaca en navidad lo es todo. Y tan fuertes fueron sus ganas que una noche apareció con un paquete que una cliente le llevó pues también se enteró de lo que para ella significaban. Que ningún venezolano sea privado de comer hallaca en navidad debería ser ley, entre tantas inútiles que promulgan. El envío internacional tiene que ser planteado (aquí se podría colar también el queso fresco). Que el cielo sea azul en navidad, que los días sean nobles, que la gente sea amable y que siempre tengamos con quién celebrar.

Todo esto para que la navidad sea siempre navidad. No es justo que se pasen algunas como que no son reales. Mi elemento fijo en medio de toda la viajadera fue mi hermana. Quizás hace tres o cuatro años fue nuestra primera navidad separadas. Pero hubo una en particular, en la que pudimos estar lejos por primera vez, pero ella no lo permitió. Había ganado una beca en la Universidad Católica de Chile y yo vivía en Buenos Aires. Vino viajando a dedo y conociendo el país. Durmió en Mendoza, en Córdoba, viajó en un camión de cerezas, cruzó de un lado a otro y pasamos la navidad juntas en una casa de la tía de alguien. No había hallacas. En su lugar comimos por primera vez Vitel Toné, tomates rellenos de atún, ensaladas, y dulces por montones. El que era alguien como el primo mayor de esa familia, nos invitó a subir al techo y desde algún punto sur de la Av. Juan B. Justo, dónde las casas son bajas, admiramos la grandeza de la ciudad sin sentir frío. Lanzamos unas lámparas de luz estilo thai y las vimos sobrevolar el cielo como bengalas en el manto negro infinito. Bebimos, conversamos y así se mantuvo mi símbolo de la navidad viajando para estar conmigo como una auténtica estrella de Belén. Lo único que no era intercambiable como las casas, las decoraciones de los árboles, el hacer o no el pesebre, los regalos, las dinámicas de la noche del 24 y por supuesto, las hallacas.

Hoy ya casi es navidad, he vuelto a Buenos Aires, comenzó el verano manso y abraza con la brisa. Las ramas de los árboles que se asoman bajo la ventana me hacen sentir cerca del verdor de los pinos aunque no haya ninguno por la zona. Ayer horneé tremendo pan de jamón; tal vez más tarde no lo resista y salga corriendo a buscar lo que necesito para una ensalada de gallina y así vuelva a mi menú infantil navideño. Solo me faltaría mi hermana en la receta, lo único que no cambiaría nunca. Ni siquiera por una hallaca en navidad.

Habitantes Nocturnos

In Argentina, Relatos, Viajes on octubre 25, 2014 at 11:57 am

Recibí una llamada de camino al aeropuerto. Esa mujer que me debía dinero estaba decidida a pagarme, pero yo estaba por abandonar el país. Le escribí que se fuera al infierno y apagué el celular. Menudo momento para hacerse la buena, ya daba igual. Aterricé en la ciudad sobrevolando lo que parecía un desierto de cielo negro poblado de millones de estrellas amarillas, hacía frío y había un tráfico tremendo; la luz exterior me cegaba y subí a un remis con un desconocido para ahorrar.

Un hombre calvo que me miraba como esperando algo abrió la puerta del edificio. Parecía albino. Le di los buenos días sin sonreír. No me gustó la forma en que me recorría en segundos como ansioso por saber quién era. Abrió la puerta del ascensor. Cerré la primera puerta sin mirarlo, luego él dejó caer la segunda y pude subir en paz. Me miré en el reflejo oscuro del espejo. Tenía ojeras, estaba hambrienta y con un vacío profundo de volver. El departamento estaba al final de un pasillo que simulaba una caverna, angosto y oscuro. Estaba casi vacío, pero todo estaba muy sucio. Solté la maleta que traía, cada vez más pequeña, ya habituada a mis continuas mudanzas. Le arranqué unos cuadritos a un chocolate, me serví un vaso de agua y me acosté a dormir.

Desperté y la luz blanca del día nublado acompañaba mis sentimientos. Comencé a limpiar minuciosamente y cada rincón que veía me parecía que estaba negro y constaté que los pelos del gato que antes vivía allí eran muy territoriales; se amontonaban en las esquinas como bolas de flores de diente de león. Nada se los llevaba y se quedaban atascados en las fibras de la escoba, montones de motas sucias con marcas multicolores. Quedé exhausta, pero me di una ducha y me vestí para salir a tomar algo por el barrio. Crucé la avenida más ancha del mundo, iluminada y preciosa entre vientos agitados y frescos. Me cubrí el cuello, caminaba con las manos en los bolsillos y los labios resecos bajo un labial rojo. Entré en un bar de luz baja en la que un tipo de saco me tomó por el brazo y mirándome directamente a los ojos me dijo que me conocía, que dónde nos habíamos visto, que si trabajaba en Cablevisión. Yo lo rechacé ahuyentada. Huía de la gente, de lo familiar, y más que nada de lo superfluo. Me senté en la barra y bebí un J&B que estaba incluido en una lista de dos por uno.

Lo sorbí rápidamente. Entre no decir una palabra y el asunto de volver a estar allí, los dos vasos se evaporaron como gotas de agua sobre plancha caliente. Me preparé para salir tomando todos mis abrigos entre los brazos. Caminé de regreso a la casa. Un borracho con botella en mano me soltó unas cuantas frases en la esquina. Lo esquivé. Y así seguí rebotando la mirada entre todos los cuerpos envueltos en mantas que se protegen en las escaleras de los edificios de la ciudad. Los cartoneros rompiendo las bolsas de basura, la calzada rota haciendo ruido cuando no quieres hacerte notar. El intento por ser invisible se hace imposible en esta ciudad donde todo se ve, donde todo es posible y la noche está siempre más viva que tú entre los espejos que refleja el asfalto húmedo de las angostas calles del centro.

Cerca de la medianoche estaba de nuevo en el pasillo que conducía al departamento. Apreté el botón para encender la luz y resultó ser el timbre de uno de los vecinos, me apresuré a abrir la puerta, antes de que otro desagradable encuentro con especímenes alterados me molestara. Un perro ladraba indiscreto, cuando escuché su cerradura abrirse ya estaba del lado de adentro de mi nueva casa, cerrando con suavidad y deseando que nunca supiera mi identidad ni responsabilidad. Dejé caer las llaves en una mesa, lancé el abrigo en el sofá y me descalcé. Caí redonda y semidesnuda sobre el colchón que yacía en el suelo, y el maquillaje permanecía en mi cara disfrazándome un poco más. No me lavé los dientes ni tuve ganas de llorar.

Me despertó un ruido como un bullicio de fiesta que venía de la sala. La única lámpara que había en la habitación no tenía bombillo y solo me valía de una pequeña luz que se activaba con un clip que usaba para leer. Me restregué los ojos y me asomé por la rendija de la puerta. Vi la luz de la sala encendida y humo de cigarrillo flotando en el aire. Me levanté ante lo imposible, pero no sentí miedo. Con las piernas desnudas crucé la puerta y me dirigí al pasillo y los vi. Había una reunión de hombres y mujeres desconocidos, eran pequeños y algunos de ellos ancianos. Apenas me acerqué al umbral, pude verlos conversando tras una espesa nube gris que emanaba de los múltiples tabacos que tenían encendidos. Sobre las mesas antes vacías reposaban tableros de juego y algunas mujeres vestían sugerentes, con collares de perlas y medias con liguero. Parecía un cabaret. No se inmutaron al verme. Incómoda, pero con buen tono los increpé.

– ¿Qué hacen ustedes aquí? ¡Está es mi casa! ¿Cómo entraron?

Me miraron con molestia, pues estaba interrumpiendo el casino que tenían montado en la sala. Sentí en sus miradas una especie de hastío, como si estuvieran agotados de contestar la misma pregunta una y otra vez. El que parecía el jefe del grupo, un viejo con barba blanca mal cortada, casi sin dientes y lleno de pliegues como montañas de barro, me miró de reojo y respondió:

– Siempre venimos aquí. Entramos por la puerta que da al balcón.

Indignada contesté que era mi primera noche allí, que se suponía que nadie más tenía acceso a ese departamento. Pero mi voz estaba en mute. Ellos ni me miraban, continuaban con su juego y hasta algunos seguían agarrando el culo de las mujeres y haciéndolas sentarse en su regazo. Parecía que tenían el control y yo era una molestia, una figura necia y desproporcionada que solo hacía preguntas insignificantes y tontas. Me pellizque la piel. Nada. Entré al baño, me senté y exhalé con ruido. Cerré los ojos por unos segundos. Me paré al lado de la puerta para escuchar lo que decían. Nada, solo se divertían con naturalidad.

Regresé una vez más y de nuevo no me prestaron atención. Bebían en vasos de shot con diminutos hielos picados como nieve. Uno de ellos me miró con picardía y me ofreció un trago. Qué más da, pensé. Y me senté para estar a su altura. Observé la forma salvaje en que se divertían aunque su aspecto sugería una edad. Me tomaba todo lo que servía de un trago y la sensación era como la de beber de una jeringa. Los demás comenzaron a quejarse de la manera en que bebía y que si seguían invitando se quedarían sin nada para seguir con la fiesta. Les dije que tampoco estaba mal, que yo necesitaba dormir. Se rieron en mi cara, en un momento casi a coro. Intenté indagar en la situación, preguntar cuan frecuente era esta reunión. Ellos me dieron a entender que ese era su lugar, era su bar y que ya no hiciera más preguntas. Me acomodé mejor en mi esquina y me fumé un pequeño cigarrillo que construí atando cuatro que parecían palillos y sabían a madera vieja. Conversé a gusto y los vi bailar. Sonreí con la certeza de que después de todo no estaba sola y la bienvenida no supo mal.

Bicicleta

In Nueva York, Relatos, Viajes on agosto 22, 2014 at 4:03 pm

La encontré hace un par de meses cuando regresé a Nueva York. El verano sin ella habría estado repleto de trayectos subterráneos, de ojos vendados y temperaturas infernales, viajando en el subsuelo en que retumban todos los sonidos del mundo; con gracia y sin ella detrás de un estuche de guitarra o un sombrero con la boca abierta a la espera de algunas monedas. Me habría visto muchas veces más rebotar entre el inmenso tráfico ininterrumpido de personas que simulan rebaños que se compactan dentro del alargado tren metálico, saltando de una caja a otra, saliendo de casa para moverme en esos vagones ruidosos y pesados que por las madrugadas se esconden cuando más los necesitas.

La vi mientras regresaba del jardín botánico, de rellenarme los poros de spring blossom metida en una cámara recreadora de trópico llena de orquídeas de todas las formas y colores, mientras sudaba lágrimas de nostalgia apegada a los recuerdos de mis flores, de mis flores patrias. Regresaba bajo el sol, huyendo de los escaparates, dejando que la piel brille y se encienda con el día; sintiendo el cuerpo libre de las cárceles de tela que se manifiestan con el invierno. Estaba amontonada junto a un cúmulo de trastos viejos y olvidados en un terreno que pronto será de algún judío que lo convertirá en muchas casas mínimas para encapsular gente a precios astronómicos. Estaba confundida entre asientos y ruedas sueltas, como víctima sobreviviente de una tragedia natural, como alargando sus brazos bajo los escombros, todavía bañada de polvo esperando su rescate. Parecía que no valía para nada, que en lo que lograra sacarla de ese cerro de peroles y me subiera a ella saldría disparada alguna de sus ruedas; o tal vez la cadena estaría toda tiesa, o me iría volando sin frenos por Franklin Avenue.

Me acerqué para levantarla del suelo, y tras de mí un hombre enorme emergió de la sombra en que se refugiaba del inclemente astro del cielo; apareció como el guardián de aquella montaña de olvidos, como el custodio del poco valor que puede tener una colección de cachivaches. Se me acercó con sus casi dos metros, barba gris y camisa entreabierta, fumando un cigarrillo mal liado que se sujetaba a su labio inferior mientras hablaba. El cigarrillo se movía al compás de su voz como si tuviese años y años allí, soltando su ácido que se pega, se pega al alma, a las telas y a las pieles con pasión frenética.

Con su fuerza cercó el espacio donde yacía toda la mezcla de metal y ruedas y la sacó halándola por el asiento. Como si se tratara de un cachorro liviano la puso de pie sobre el suelo y me invitó a probarla. Subí a ella con recelo, y menos mal que así lo hice porque de frenos ella no sabía nada, le di una vuelta a la manzana y regresé. Entré de nuevo al terreno atravesando la reja con las piernas abiertas para alcanzar el suelo. Con cuidado la acosté de nuevo en la tierra seca. La miré, medité. Sin querer no dejaba de pensar en que quizás sería inútil, no sentía que podía funcionar. Saqué mi calculadora mental para valorar cuánto me costaría repararla hasta poder usarla. Me pidió ochenta dólares por ella. La miré, mientras viajaba a mis bolsillos y contaba lo que allí había. Saqué los billetes, conté cincuenta entre un par de veinte e infinitos de uno y le extendí mi mano. Él se lo pensó con cuidado, como tratando de exprimir la nada.

Después de luchar un poco consigo mismo aceptó el manojo grueso y arrugado dándose cuenta de que quizás nadie más habría reparado en ella. Ningún transeúnte la habría siquiera mirado entre todas las ofertas de bici que hay en las calles de Brooklyn. Bicis hermosas que se exhiben en las tiendas y aceras como caballos metálicos de mucho más estirpe. Yo también lo dudé mil veces, pero una voz amiga me dijo que me la llevara. Ya la repararíamos. La dibujó para mi pintada de colores; sobre sus manchas naranja de óxido pasaríamos una esponja hasta lijarla y dejarla relucir. Compondríamos su manubrio cambiándole la cinta escarapelada y la pondríamos prudente arreglando sus frenos. Solté los cincuenta dólares sabiendo que no tenía trabajo, pero que me ayudaría en el verano a evadir un poco la costosa y obligada MetroCard.

La llevé por los manubrios todas las cuadras hasta la casa. Me subí a ella varias veces por la acera, apostando a poder frenarla con los pies. Sonreía mientras me acostumbraba a su dureza agradecida y me pareció que ella también suspiraba de alivio al verse de nuevo útil entre mis manos. Su mala facha no era nada al lado de la libertad que me da andar sobre ella, rodando cuadras a una velocidad que mis piernas siempre envidiarán. Nunca he tenido carro, siempre han sido bicis. En ellas he recorrido las calles de todas las ciudades que han sido alguna vez mi hogar. Ofreciéndome el cielo, la envidiable vista de un automóvil sin techo, dejándome liviana colarme entre las calles pasando al ras de todo huyendo hacia lo infinito.

Ella es azul, como la primera que tuve, en la que conquisté montañas de arena en el estacionamiento del edificio en que pasé parte de mi atareada niñez en Acarigua. Esa bici en la que aprendí a andar sin ruedas cuando era una miniatura imparable que se lanzaba despeinada escaleras abajo hasta estrellarme en las esquinas y regresar toda sucia y amoratada con chichones en la cabeza a los brazos de mi mamá que nunca me decía nada. Agradecía que dejara toda esa inquietud fuera de la casa y entre las ondas rebeldes de ese pelo corto que nunca quise que me peinaran.

Por ella disminuyeron mis lecturas de viaje en tren, pero para eso tengo todo el invierno. Ahora me quedo con lo que siento luego de empezar a subir los puentes para cruzar a Manhattan, me quedo con mi cuerpo empujando ese otro cuerpo metálico y viejo, cubierto de cicatrices de otros tiempos, de otros dueños; me quedo con su peso que se libera junto al mío en un solo abrazo frente al viento cuando empieza la bajada en medio del río que me conduce adónde ahora quiero estar.

Retrato con bicicleta

Mi primer libro

In Libros, Nueva York, Relatos on julio 3, 2014 at 12:20 am

Venía corriendo desde la sala tras ella a toda velocidad y traía una muñeca Barbie en la mano. La agitaba en el aire mientras le gritaba que la alcanzaría. Estábamos eufóricas, encendidas de energía. Apresurada, ella entró en la habitación y comenzó a subir las escaleras de madera de la litera con las piernas desnudas; y entonces ocurrió: le estampé esa muñeca de plástico duro en el muslo derecho. Todavía tiene esa mancha blanca de recuerdo en la parte alta y trasera de su pierna.

Bajó las escaleras muy adolorida. No paraba de llorar y yo me sentía muy mal por lo que había hecho. No había sido capaz de medir la fuerza con la que terminé tatuándole la piel.

Mi papá se acercó al umbral de la puerta y comenzó a gritarme. Eso él no lo hacía nunca. En su rostro había una muestra de confusión. Fue caminando hasta la sala tras ella. Cuando regresó, yo estaba todavía en el medio del cuarto, esperando el castigo.

Me dijo muy serio que le había hecho mucho daño a mi hermana. Que tenía que reflexionar. Me pidió que subiera a mi cama y me quedara ahí. Él se fue de nuevo a la sala a consolar a mi víctima. Sin chistar lo hice y me quedé mirando por la ventana recostada en la pared. Se escuchaban los gritos de los niños que jugaban abajo, los pájaros, y las puertas con su música de abrir y cerrar con el tránsito residencial. Se escuchaba el viento con fuerza desde las montañas. Tenía unos siete años, tal vez menos.

Desde esa altura solo podía seguir mirando por la ventana o coger uno de los libros que reposaban en el estante. No lo pensé mucho. Agarré ese lomo verde y pequeño, con un ancho razonable para la eternidad que me tocaba pasar allí arriba. Me acosté con la cabeza hacia la ventana y comencé a leer. La historia se trataba de una niña huérfana que tenía un perrito y vivía en casa de sus tíos en Kansas, entonces vino un tornado y se la llevó con casa y todo a otro mundo. Allí conoció personajes increíbles. Una muy buena historia.

Estuve allí unas cuantas horas. Mi padre regresó y me preguntó si estaba bien. Que viniera a la mesa a comer, y luego podía volver a mi cama y cumplir con mi castigo. Lo miré a través de la franja que se dibujaba entre las dos maderas que impedían que cayera de mi cama, y le dije que estaba bien, que no tenía hambre. Mi papá comenzó a decirme que no fuese malcriada.

Pero, no. No había ningún drama, yo estaba viviendo mi primer solo con un libro. Me leí toda la historia ese mismo día. Luego bajé, me disculpé con mi hermana por haberme portado como un monstruo y entonces me quedé dormida.

Siempre me han gustado los zapatos rojos.

Judy Garland en The Wizard of Oz, 1939

Batida

In Relatos on octubre 22, 2013 at 11:05 am

Comenzó a verlo cada lunes. Él no trabajaba fijo en ese piso. Entraba y se escurría tímidamente a reunirse en el salón que estaba pasando el escritorio de Lucia. Ella lo miraba discreta por encima del cristal de sus lentes mientras pensaba si el café de su piel sabría cómo ése mismo que ella tenía en la mano.

-Preguntó por ti la última vez que vino -dijo Thamara con una risa pícara apoyando las carpetas que traía en el escritorio de Lucia.

-¿De qué hablas? -Respondió ella bajando la mirada mientras acomodaba un poco el desorden que creía oculto bajo el mostrador.

-Bueno, dale. Mejor hazte la loca, querida. Yo no digo nada más.

Thamara recogió sus papeles y le entrego a Lucia uno pequeño y amarillo mientras le picaba el ojo. Se alejó por el pasillo contoneando las caderas con su apretada falda. Lucia lo dejó de lado, cerca del teclado. Quiso ignorarlo, pero revoloteaba en la mesa como un animal inquieto. Intentaba concentrarse en la carta que tenía que enviar al Director, pero era como la luz led del celular. Una vez recibido, tenía que leerlo.

Encontró allí el teléfono de Jonás.

Cada lunes siguió apareciendo como una tentación intermitente. El papelito amarillo todavía nadaba en su cartera, confundido con los tickets de compra de los últimos meses. Entonces, tomó el teléfono y le escribió un texto. Le daba la bienvenida a la empresa, la ciudad y le ofrecía una cena para conversar. Sin querer se sintió húmeda. Pecado capital.

Él respondió al momento y esa misma noche salieron a cenar. Unos cuantos roces de piernas bajo la mesa, sonrisas entubadas en los vasos de vodka. Luego migraron a un bar en la zona más alborotada de la ciudad, decorado con tapicería roja y dorada. En el medio tremenda pista de baile, y unos cuantos objetos sexuales que aumentaban el apetito carnal.

-Un vodka con tónica y limón, por favor. ¿Tú que quieres? -preguntó Lucia en la barra mientras volteaba sobre su hombro derecho y se encontraba a Jonás en el medio de la pista agasajado por una gorda en vestido corto brillante.

Tragos en mano se acerca a Jonás y le entrega el elixir sonriendo. La gorda borracha los une entre ellos animada con la fiesta y comienzan a bailar. Risas y más risas. Luego se sientan y Jonás se levanta para ir a buscar más vodka. Simula caerse para hacer reír a Lucia. Se encuentra con la gorda y sus amigos y se hace una foto con el grupo. Mientras tanto, Lucia está sentada conversando con una vieja rubia cantante de boleros que sin ella darse cuenta termina encasquetándole un disco con su foto a lo Mirla Castellanos. Lucia se levanta y baila con un hombre extraño cerca a la baranda. Jonás regresa y la rescata. Brindan, conversan, se ríen. Esto último se repite. Se van.

«Esto me hacía falta», piensa Lucía mientras toma el volante y nota como tiene la piel de las piernas encendida de tanto andar con sus atrevidos tacones. Los juegos de la noche se hacen torpes por el alcohol y se quedan dormidos en un sofá. Abre la mañana a través de las ventanas y Lucia siente un intenso dolor en el brazo izquierdo. Se siente incómoda. Pero solo es el peso de Jonás que duerme. Lo aparta con cierta sorpresa y se levanta. Él se despierta. Se sienta en el sofá y comienza a vestirse diciendo:

-¿Nada mal, no? ¿Te divertiste?

-Nada mal. Pero ya tienes que irte -Dijo Lucia mientras se alejaba con su cuerpo desnudo al cuarto de baño de su habitación.

Regresó y se paró en el umbral de la puerta de entrada vistiendo su bata de seda. El pelo caía sobre su cara y estaba más blanca que de costumbre. Jonás se levantó del sofá con una sonrisa y le hizo una reverencia a manera de despedida de la reina y se fue riendo por las escaleras mientras acomodaba un poco el cuello de su camisa.

Lucia en la ventana ve a Jonás alejarse caminando, enciende un cigarrillo y piensa en cuánto ama a su marido y lo mucho que lo ha extrañado.

Pobres

In Relatos on julio 28, 2013 at 11:11 am

Cuando mi madre dejó aquel pueblo solo pudo traerse a sí misma. Esas fortunas inmerecidas que implica la herencia, son una puerta vedada en la forma de mi vida. Yo tampoco tengo nada más. Sólo este pedazo de tierra que me rodea. Nada me pertenece. Supongo que así es el tema de la sucesión: no siempre se trata de un asunto material.

Luego me tocó a mí dejar mi propio pueblo y también me sentí pobre. Había menospreciado la complejidad que vive en la convivencia y no quería terminar como mi madre. Tuve una buena cantidad de compañeros con quienes pretendí jugar esa fantástica utopía de la vida conjunta y pacífica que solo se puede conseguir en familia.

Uno de ellos era un infeliz que engañaba a su madre. Le decía que estudiaba, más no lo hacía en lo absoluto. No tenía curiosidad alguna por sacarle el jugo a su existencia y solo tomaba el dinero que recibía para malgastarlo enérgicamente. Todos los días pedía una pizza o comida china. Su trasero había hecho del sillón de la sala una escultura, y tiraba las colillas de cigarrillo en los vasos de agua que luego sin darse cuenta se tomaba. Más de una vez lo vi escupir esa agua negra y amarillenta sobre la alfombra. Era un asqueroso autómata que me deprimía. Lo encontraba en la oscuridad comiendo facilistas mientras miraba porno barato, y las envolturas plásticas impregnadas de olor a queso se dejaban ver con la luz que reflejaba la pantalla sobre su pecho desnudo.

Él también era pobre. Muchos no saben lo que es serlo verdaderamente.

También viví en una casa prestada. Estaba cerca de los límites de la ciudad y era enorme, conservaba un olor a guardado que me hacía sentir el peso del tiempo. Estaba llena de fotografías de personas desconocidas y había un piano desafinado. Tres veces a la semana me visitaba una señora amiga de los dueños que me robaba la comida. También se dedicaba en esos ratos a revisar mis cosas para encontrar la forma de que ellos me despidieran. Miraba la televisión sentada frente al noticiero amarillista con un plato de comida frita en las piernas y luego se iba. Aunque estuve sola esa nunca pudo ser mi casa. No pude mantenerla acompañada de esa figura fantasmal que me asfixiaba la intimidad.

Luego viví con un entrenador de perros. Cocinaba órganos animales en enormes ollas que despedían un asqueroso olor que me hacía odiarlo. Sus perros lo adoraban y a esa terrible sopa de partes vitales de vacas, gallinas, pollos y hasta sardinas. Se abrazaban excitados a sus piernas con deseos de encontrar en ellas satisfacción sexual. Luego de una cocción extensa hacía un paté con toda esa mezcla. Sus perros veían el cielo, yo miraba el fondo de la olla en mi imaginación y quise salir mil veces de mi propia mente. En una oportunidad quise cocinar salsa de tomate para cenar un buen plato de pasta. Él no toleraba el olor de mi salsa. Me pidió que por favor parara mientras llegaba con bolsas repletas de cabezas de pescado mezcladas con patas y su séquito canino despidiendo baba.

Me sentí miserable. Pobre mil veces.

Más tarde conocí a esa muchacha que me invitó a vivir con ella. Una pobre gorda malcriada y lesbiana. Tenía un perro pequeño asustadizo que me inspiraba lástima. Se encerraba todo el día acumulando más y más grasa. Me esperaba para mirar la televisión, acariciarme el pelo y la espalda con sus manos. Muchas veces fingí estar dormida y me daba cuenta de cómo se tocaba mirándome. En lo que caía agotada salía al balcón a fumarme un porro para luego emborracharme en algún bar del barrio.

Entonces conocí a Eduardo. Estudiaba conmigo en ese absurdo curso de administración. Me invitó una vez a comer unas pizzas. Llegamos a su casa y me invitó un ron para la “chica venezolana caliente”. Vivía en la parte de arriba de un taller de autos. Se sentó en su cama con sábanas estampadas en piel de cebra y cojines rojos. Me miró con ojos de carnero. Yo quise escaparme y decirle que no, pero él se arrebató sobre mí mientras me hablaba con su asqueroso aliento a aceitunas. Me tomó del pelo mientras yo luchaba con esos zapatos de suela que resbalaban en el piso mojado de ron. Caí de cabeza inconsciente y terminé aquí encerrada tragando tierra bajo el taller.

Acabé del mismo modo en que empecé. Pobre y como mi madre. Lejos del pueblo al que no regresaré.

Orillas

In Relatos on marzo 2, 2013 at 11:17 pm

La niña miraba la cabeza de su padre repleta de canas, y cómo tomaba la mano de Teresa entrelazando los dedos sobre la palanca de cambios de la vieja camioneta roja. José Luis Perales no dejaba de cantar: «… ¿Y cómo es él?, ¿En qué lugar se enamoró de ti?, ¿De dónde es?, ¿A qué dedica el tiempo libre? Pregúntale, ¿Por qué ha robado un trozo de mi vida? Es un ladrón. Que me ha robado todo…».

La pequeña y su padre habían vivido solos desde hacía cuatro años. Un dúo dinámico. No existía nadie más, salvo la señora Gloria que iba ocasionalmente a la casa a ayudar, evitando que todo se convirtiera en un desastre. Tenían un par de mascotas, una lorita y un perro que eran parte de la familia y andaban sueltos por el apartamento. Siempre llegaban tarde al colegio. Despeinada, con la falda arrugada y el bolso abierto, la niña corría por los pasillos huyendo de los regaños cariñosos de las monjas.

El padre era profesor en la universidad y tenía muchas alumnas jóvenes. Algunas de ellas competían por llenar de atenciones a la niña mientras él estaba ocupado dando alguna clase. A pesar de sus esfuerzos, ninguna se había logrado filtrar en el equilibrio perfecto de esta singular pareja. Hasta que llegó Teresa.

Con su entrada alegre y sus veintiséis años, sus shorts cortos y cabellera rubia alborotada, comenzaron los viajes a la costa, los arreglos femeninos que estaban ausentes en la casa, el orden, la sopa, el encierro de las mascotas, el ruido del secador y las risas a puerta cerrada.

Una tarde en la playa, la niña jugaba con Teresa en la arena. Construían formas y reían bajo la mirada protectora y feliz del padre. De repente, la pequeña se alejó un poco y se quedó unos minutos cerca de la orilla, observando el mar. El padre se le acercó en silencio, y con un cuidado extremo de no molestarla, le preguntó:

– ¿Estás muy cansada, o puedo hablar contigo, mi niña?

– Sí, estoy cansada papi. Pero, cuéntame – dijo haciéndole una seña con la mano para que se sentara a su lado.

El padre la miró con ternura. Se sentó y le tomó las manos. Ella sonreía espléndida. Ahí estaba él todavía, como siempre junto a ella.

Entonces, le dijo:

– Mi niña, quiero casarme. Estoy enamorado de Teresa, pero si tú no quieres yo no me caso.

La niña se quedó paralizada. El amor incondicional del padre se fragmentaba ahora oficialmente, quizás para siempre. Apretó los dientes y sus ojos se cubrieron por una especie de baño de cristal. Lo vio allí, treinta años mayor que ella y supo que algún día ella también crecería y tendría que irse. Una ráfaga de recuerdos sacudía su cabeza mientras una lágrima caliente le quemaba el rostro. Se sintió desarmada y comenzó a refugiarse en el regazo de su padre para susurrarle al oído una respuesta. Suavemente el agua comenzó a cubrirlos, y allí se fundieron mecidos por las olas del mar.