Betina Barrios Ayala

Archive for the ‘Reflexión’ Category

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In Caracas, Diario, Libros, Poesía, Reflexión on septiembre 12, 2016 at 9:40 am
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#SpaceFlowers (2016) Scott Kelly

Me siento en el banco del parque. Miro al cielo, siempre. Las nubes pasan, blancas y ligeras. Dibujan formas y espumas que se disuelven. Y yo soy tan triste y absurda. Casi siempre rompo a llorar sola, sin ningún motivo, luego de haberme pasado horas riendo y bebiendo. Miento, casi siempre. Así sea en pequeñas dosis. O en dosis que creo pequeñas, que no importan. Les miento a todos, con mi fachada tranquila, fluida, que no deja ver nada. No me interesa la grandilocuencia. La verdad, prefiero las cosas parcas, llanas. Pero también es cierto que soy la contrariedad. Y me sumerjo debajo de olas que me sepultan, grandes olas vacías, huecas, que me sobrepasan, me hacen girar sobre mí misma y me depositan de nuevo en la orilla, desnuda, mareada. El revoltijo hace nido en el centro de mi panza, y unas cosquillas ridículas, nerviosas me castigan. Y mi cabeza crece, se abomba de pensamientos tontos que no llegan a nada. Y hablo sola, mil veces, mientras camino de un lado a otro, y me repito lo que debo hacer cada día, las cuestiones pendientes, y el tiempo que apremia detrás de mi sombra confusa que se destiñe, y va goteando, exprimiendo partes que pensé me pertenecían. Soy una fábula de animal perdido. No dejaré que nadie me lleve a su falso techo. Vivo tras la vitrina que muestra la calle sincera y rota. Los personajes se suceden y me conmueven. Las mujeres con su pelo de colores, que transforma la luz en vetas maravillosas. Parece que flotan algunas mujeres. Y el loco. Ese loco que llega tras el vidrio disgustado. Asoma la ira de sus ojos. Pelea con quien pueda hacerlo, sea par o inanimado. Y despliega toda su rabia que a veces me da miedo, y otras, soy él. Llena de rabia quisiera aparecer así tras la vitrina, y reventar la fachada del mundo, que no hace más que volver trizas el lenguaje y la memoria. Mundo enfermo y falso, rico en demonios cansinos, en ciclos absurdos que le hacen rodar. Condenada forma del mundo, nos has hecho ver que todo gira, rebota en la inmensidad. Somos el eco continuo del mismo error, de la misma trama repetida. Basta de imaginaciones que evocan dioses que no existen. Qué tontería idealizar, si el mundo es mundo. Nunca jamás será otra cosa que una esfera hermosa, pero condenada a permanecer atada a un camino espacial que no puede ser otro. Así es la vida nuestra. Una sola ruta que da vueltas. Nada marcará el inicio de nada. El patrón se repite hasta el infinito. Es la lógica universal. Y el loco. Llega tras el vidrio como un gato fiel, cazador feliz que trae su presa. Abandona las ofrendas en la puerta del lugar. Y soy tan cobarde que le temo. No le puedo mirar. Hundo la cabeza en el libro que sea. En todos esos libros que me rodean, menos mal. Los pasaportes a cualquier parte, los cuencos donde dejo que se vaya toda mi tristeza, los vasos de los que bebo a mis hermanos que me dicen que no estoy sola, que la cosa es así de densa, que duele mucho todo, la vida, amigos. ¿Amigos?

DesNudo

In Caracas, Diario, Poesía, Reflexión on julio 21, 2016 at 8:31 am
Nu Couch, Henri Lebasque, 1927

Nu Couch (1927) Henri Lebasque

‘Ahora, inmediatamente, es aquí donde comienza
la primera señal del peso del cuerpo que sube.
Aquí cambio de mano y comienzo a ordenar el caos’.
Inéditos y Dispersos
Ana Cristina Cesar
(Río de Janeiro, 1952-1989)

Porque soy capaz de ser y no ser. Allí radica mi dolor. Habito el espacio y a la vez soy extraña a él. Camino mi ciudad reconociéndola cada día como un lugar nuevo. Soy incapaz de pertenecer. Ella tampoco se entrega. Donde me encuentre sabré que no estoy en realidad. Abro los ojos tantas noches, solo para saberme extraña, ausente, ocupando un espacio siempre ajeno. Contemplo con tristeza el vacío, no busco enfocarme en nada. Trato de quedarme un poco en todo, y que un poco de todo se quede en mí. Pero con suavidad, sin invadir. Esa no pertenencia explica la continuidad de mi piel, que no ha sido nunca lienzo para ninguna tinta. Me rehúso a poseer, y nada entonces, creo, será capaz de poseerme. Y lo he intentado, solo que es demasiado peso para soportar. La carga propia ya oprime mi alma, no tengo la fuerza suficiente para ser el vertedero de nada. Ni siquiera del amor, que tantas veces se asemeja a la aguja con tinta que no me he permitido tantear. Ni siquiera para ver qué se siente, ni siquiera para permitirme ser curiosa, ni siquiera para abrirme, como es natural en mi anatomía, tantas veces extraña, porque suplica con sus formas la invasión. Esa sed física, ingobernable, gestiona mis deseos más primarios. Tampoco me pertenecen, son parte de todo aquello que, invariablemente, me constituye como ser. Solo habito el espacio de mi carne, que tantas veces me aprisiona. Pero ya, he hecho de mi vida un campo para la siembra, invierto, hago crecer, para que luego todo se vaya.

La pérdida es el origen de todas las cosas.

La dérive

In Caracas, Diario, Reflexión on octubre 22, 2015 at 10:02 am
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Esta imagen no pertenece a nadie. No tiene fuente alguna

Lo diré antes de distraerme o acobardarme:

No vivo en ninguna parte.

Hasta el Facebook me pregunta con franqueza, como si hablara: Betina, in which city do you live in?

 

Yo tampoco lo sé, Facebook.

Lo que pasa es que estoy desmembrada, hay pedazos de mí pululando en todas partes. Hay pequeñas tragedias y alegrías en tantas paredes, en el cuerpo de esos innumerables refugios en que he vivido, en los que casi he vivido. Espacios que nunca abandonaré desde mi sitio, desde la dolorosa memoria que recuerda. Con sus muros, sus detalles, esos muebles, ajenos todos, en los que me he dejado caer. Como una pluma. Pero luego abro los ojos, no es mío nada. Yo tampoco de nadie. Me voy. Con la mochila a cuestas y esas cuatro cosas que no me fallan, que me dejan vivir donde sea, un poquito, algunas horas, sin atamientos, es así. Y qué vergüenza.

No miento.

Ojalá.

 

Tampoco escribo ya.

Nada con sentido, nada completo. Son retazos. Escupitajos que necesitan salir, pero se quedan ahí a la deriva, como esperando ser recogidos, remediados. Caen sobre la acera esperando secarse. Es una metáfora viva que me persigue. Pero eso no llega nunca. Es un período árido, estéril, disperso, quizás condenado por aquello del subconsciente que nos gobierna. Es doloroso también. Sobre todo cuando preguntan, ¿Cómo va la cosa, la escritura? ¿Para cuándo algo nuevo? No lo sé. Ojalá pudiera ser a diario. Ojalá pudiera cumplir lo que quiero ser. Pero ya una voz amiga me lo dijo: son los libros. El listón está muy alto, y no sé cómo salir. Leo cuando debo escribir. Cuando escribo, me quedo leyendo.

Y la gente cruel me restriega su organizada vida. Y yo aquí, inútil, insomne, incapaz de dar algo más que estas quejas, confesiones, excusas, miserias. Arrebatos de primera hora de la mañana, con los pájaros en la ventana y el ruido de los motores de aquellos que se dirigen a sus destinos seguros, sonoros, indiscretos. Me lo dicen en mi cara. Que saben que hacer cada día. Qué fortuna.

Yo solo sé perseguir la primavera, la lluvia. Luego el verano para ver el mar. Es un caos. Qué bella palabra. Tantas palabras que me hablan, que me dicen que son bellas, y eso le pregunto a la gente, que me digan sus palabras, que me ayuden a ver el universo en que estoy perdida. Y sus rostros al ver que no contesto nada satisfactorio, o cuando miro a otro lado o cambio el tema. No hablemos de mí. Que sea suficiente esa respuesta mía de siempre que es desaparecer, que es no decir realmente nada. Que es venir a verter en el papel lo que me asfixia, que es la palabra. Están atoradas. Las imagino como un gran ciclón, un tornado impetuoso que se lleva todo, que no deja anclarme.

Es mi culpa. Es deliberado. No quiero vivir en ninguna parte. No quiero decir que todo está resuelto. Tengo miedo de definir (me). Solo me abrazo a la vela del barco que me lleva, como tras de todo, como cazando pistas en el espacio, debajo de las alas de los aviones, entre sus capas que no vemos, allí donde viajan las maletas, eso tan profundo, tan secreto, que a veces ni siquiera regresan.

 

Es la ambición.

Que derrota decirlo, que tristeza pensarlo.

 

P.D.: Este texto lleva el nombre de una película francesa, maravillosa, dirigida por Paula DelSol (1964), pero no está en ninguna parte (otra vez). Solo hallé este retazo y esta breve reseña para mostrar.

Reproche a la humanidad

In Argentina, Opinión, Reflexión on marzo 1, 2015 at 10:26 pm
La humanidad por Maelo Terkim

La humanidad por Maelo Terkim

Leyendo a Villoro, él pregunta en su libro si ¿Hay vida en la tierra?, y me apena no poder responderle positivamente. No voy a escribir esto desde un lugar privilegiado. He reconocido en mí lo que soy desde que decidí estudiar en un salón de humanidades cuando tenía catorce años con otras once humanas más. Desde entonces fue una certeza que la fuerza que movía mis pasiones estaba en entender a mi raza desde un punto de vista social y romántico.

Este año murió Kluivert Roa, murió Alberto Nisman, murió David Carr, murió Boris Nemtsov.

Y así como ellos, muchos más, pero sus nombres y circunstancias me sobran para evaluar la humanidad que somos hoy: una reunión de insolentes que creemos haber evolucionado y que el mundo que hoy tenemos es mejor que el de otros que ya han estado aquí antes.

Qué pena que no es así.

La guerra que está planteada no tiene ideología, es una pantalla ridícula que intenta ocultar que las reglas del juego de las vidas de todos están con quienes tienen el poder, en cualquier medida que este sea. Visto de esta forma, está claro que no tenemos quién nos salve. Nadie nos salvará de nosotros mismos.

Debo admitir que estamos rotos y que todavía tiemblo cuando escucho una moto acercarse. Porque así han hecho mi vida los que gobiernan mi país, y así mismo hacen los que gobiernan a otros con sus vidas.

Este texto no tiene caso, no hay palabras que se presten para hablar sobre este terrible mundo en que sobrevivimos. Un mundo que se ha organizado para tener representantes que se sientan en sus tronos a decidir qué vida merecemos vivir los que no tenemos interés en decidir por nadie.

Llorar leyendo

In Argentina, Crítica, Libros, Política, Reflexión, Viajes on noviembre 24, 2014 at 12:48 pm
Río de la Plata, San Isidro. Provincia de Buenos Aires

Río de la Plata, San Isidro Provincia de Buenos Aires

«El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante

y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y,

siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado» 

Antes que anochezca.

Reinaldo Arenas.-

(Cuba 1943- Nueva York 1990)

Apenas ayer estuve de pie una vez más frente a una de las islas que arma mi biblioteca convertida en archipiélago y me decidí por ese lomo verde y cuadriculado que viste la autobiografía de Reinaldo Arenas editada por Tusquets. Lo elegí para viajar conmigo a San Isidro, donde comimos y tomamos el sol a la orilla del río. Fuimos y vinimos en un tren que de ida, se detuvo una media hora mientras bajaban y subían personas que decían que había ocurrido un accidente, alguien se había tirado a las vías. Era como una premonición mientras leía el libro de un suicida. Todos los pasajeros consternados miraban en sus mapas qué tan lejos estaban las paradas de los colectivos que los llevarían a su destino en lugar del tren; mientras yo secretamente disfrutaba el retraso como un regalo. Había ganado más de ese tiempo congelado que me liberaba de la culpa de ignorar todo lo que hace que el mundo marche más lento.

Hay un texto de Federico Vegas que se llama Dos días de soledad que es francamente una belleza. Habla sobre una travesura adolescente que se desata porque cae en sus manos 100 años de soledad y él finge un terrible dolor de barriga solo para tener privacidad suficiente y encerrarse a leer sin ser interrumpido ni descubierto en su momentáneo y placentero hurto. Se adentra en una literatura que le atrapa y a la que no puede resistirse, y en tan solo dos días se marcha a vivir a Macondo haciendo desaparecer todo lo que resta. Mi simpatía por este texto ha revivido hoy mientras degusto el hecho de haberme comido más de 300 páginas en tan solo dos días, también de soledad y complicidad; reviviendo a veces felicidad y muchas más, una profunda tristeza[i].

Mientras viajaba de pie en ese tren sosteniendo un diálogo tan íntimo con Reinaldo Arenas, lloré. Las lágrimas venían solas rebotando en los espejos que se asomaban en esas páginas que me hablaban de la lluvia torrencial del trópico que también amo y que siento lejos aunque nadie me persiga de momento. Aparecían los árboles y los niños trepándose a ellos. Y entonces yo veía el inmenso árbol de granado -o el que yo en ese momento pensaba que era inmenso-,  que habitaba el patio de atrás de la casa de mis abuelos en Cabudare. Allí donde confeccioné tantas tortas de tierra decoradas con hojas y flores, y mi abuelo me enseñaba a teclear en su máquina y a inmortalizar sonidos en su grabadora. Arenas describía los ríos frescos con personajes que saltan de sus rocas haciendo de la felicidad un eco inmortal. Y entonces aparecía el mar, como una dicha, como un cómplice de tanta belleza, como el escenario de los tesoros que nos abrazan en la vida. La de él a su manera, pero yo con la mía, como arrancada de tajo, veía en sus palabras tanta certeza sobre interminables injusticias.

Un escritor disidente y homosexual en la Cuba castrista es un testimonio profundamente duro, que frente a la invasión de este régimen en mi propio país, hoy más que nunca tiene que ser conocido. Mientras ojos escépticos siguen convencidos de que estamos lejos de esa isla, los puntos de encuentro se van haciendo cada vez más cercanos. Estamos separados en tiempo y espacio, pero debemos saber que eso aún no termina. Hace pocos días, un bloguero venezolano residenciado en Londres fue víctima del robo de sus computadores en su casa, también fue amedrentado con fotos de su familia. Este hombre tiene un portal que está censurado en el país en el que se dedica a desmantelar la monstruosa corrupción del gobierno chavista. Esa inteligencia que se dispersa en el mundo detrás de quien denuncia, es una de las macabras formas de la guerra en la que el comandante anciano tiene mucha experiencia.

Ayer, en San Isidro se celebraba un torneo de Hockey. Mientras estaba recostada leyendo escuché que una muchacha le preguntaba a otra si ya había visto a los venezolanos, que estaban buenos. Yo sonreí, y me levanté para ver si podía compartir con ellos y así enterarme de algo. No lo hice directamente. Cuando regresaba del baño, comencé a caminar más lento mientras pasaba frente a un toldo en el que conversaban varios con sus torsos vinotinto. Escuché entonces que decían, frente al asombro de un argentino, que habían viajado sin recursos, que ya el lunes verían si les habían aprobado las divisas. Me alejé moviendo la cabeza. Cuando regresé a mi lugar en la grama para seguir leyendo, había un grupo de estos venezolanos uniformados sonriendo bajo el sol de cara al río, disfrutaban de una cerveza y una conversación y yo me sabía junto a ellos, unidos en el mismo sentimiento de encontrarnos en el horizonte buscando algo tal vez perdido.

Es verdad que hay distancia entre los años relatados por Arenas en sus memorias y los que vivimos hoy, pero el personaje a quien responsabiliza de todas las calamidades que padece él y en general el pueblo cubano desde hace tantos años, sigue siendo el mismo. Inmortal como la crueldad en la tierra. Un hombre que aún tiene quien lo respalde, quien lo escuche, quien lo copie, cuando tanto se sabe ya del alcance de su ferocidad. Sinceramente, es una irresponsabilidad ignorar la trayectoria de los líderes de los líderes de hoy. Quienes todavía se refugian en la idea de que por donde vamos, vamos a algún lado, mucho les falta una dosis de capacidad crítica y de enfrentarse a esos castillos de arena que de a poco se les van cayendo encima. Con todo lo que se ha escrito sobre el socialismo real, es una pena y al mismo tiempo una buena templada de orejas que ese discurso y sus maneras haya alcanzado a Venezuela.

Desde un exilio voluntario vivo con la incomodidad y el dolor de saberme cada día más lejos de lo que cuando tuve nunca supe que podía perder. Me silencio hallándome tantas veces culpable de mi ausencia, de mi conveniente elección de alejarme. Sin embargo, leo para encontrarme en las palabras de otros en las que me convierto en resonancia y desde mi escritorio nómada intento no callar.

«Yo sabía que en aquél sitio yo no podía vivir. Desde luego, diez años después de aquello, me doy cuenta de que para un desterrado no hay ningún sitio donde se pueda vivir; que no existe sitio, porque aquel donde soñamos, donde descubrimos un paisaje, leímos el primer libro, tuvimos la primera aventura amorosa, sigue siendo el lugar soñado; en el exilio uno no es más que un fantasma, una sombra de alguien que nunca llega a alcanzar su completa realidad; yo no existo desde que llegué al exilio; desde entonces comencé a huir de mí mismo»[ii].

[i] Todo esto a pesar de que los autores de estos libros que comparo vivieron en pugna por sus posiciones políticas. Reinaldo Arenas llama a Gabriel García Márquez testaferro de Fidel Castro en sus memorias; al igual que a Julio Cortázar.

[ii] ARENAS, R. (1992) Antes que anochezca. México D.F.: Tusquets. Arenas se refiere en este párrafo a Miami, ciudad donde reside unos pocos meses cuando logra escapar de Cuba en 1980, año en que Castro autoriza un éxodo masivo a través del puerto de Mariel a partir de unos sucesos en la Embajada de Perú en La Habana. Durante días, cientos de miles de personas se refugiaron en ella para pedir asilo político. El escándalo tuvo un alcance internacional que obligó a Castro a autorizar la salida de barcos a EEUU tripulados por este grupo de personas consideradas indeseables. Arenas logra salir cambiando su apellido por Arinas pues no tenía autorización para abandonar la isla por una prohibición que pesaba sobre su persona por no aceptar escribir textos alabando a la revolución ni a reeducarse sexualmente. Finalmente, fija su residencia en Nueva York hasta el momento de su muerte en 1990.

Visiones

In Nueva York, Reflexión, Viajes on julio 29, 2014 at 5:41 pm

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Regresábamos de una parranda en el carro.

No era de noche.

Reímos al darnos cuenta de que viajábamos con objetos que dejamos olvidados sobre el techo y el parabrisas sin caerse.

El conductor empezó a hacer maniobras en el volante para arrasar con todo aquello con mayor gracia.

Comenzaron a caer; y nosotros reíamos, aún más fuerte, cada vez.

Había un gran frasco lleno de alcohol y frutas picadas que se bamboleaba en el techo como el último obstáculo del video juego.

Cayó estrepitosamente sobre el asfalto.

En la maniobra un celular voló al asiento del copiloto, entre sus pies. Había agua allí y encendido, colapsó. La pantalla mostraba rayas horizontales de colores. Luego se apagó, sin más.

Rogué porque nos detuviéramos a un lado del camino y guardáramos calma. Estábamos ebrios e imprudentes; haciendo tonterías.

Una niña pequeña ―con la piel muy tostada como guajirita― se acercó al carro. Se arrimó a la puerta del copiloto y se introdujo hábilmente como un espagueti que se escapa de una olla: húmedo, resbaladizo, inevitable. Nadie la vio.

Estaba sucia y tenía el pelo enmarañado. Su fenotipo me recordó las fotos de mi hermana en su trabajo de campo con los pijiguaos. Comía una especie de caramelos alargados tendidos sobre una servilleta. Tenía una expresión vacía. Estaba de pie rozando la pierna del copiloto. Sin decir nada, casi sin moverse.

Un revólver apareció en el refilo de la mirada del lado derecho.

Nos atraparon.

Comenzó un forcejeo ridículo. Mientras los delincuentes hacían bailar a tres de mis amigos en la calle, yo continuaba en el carro con alguien más. La niña estaba allí todavía, con la mirada perdida, sosteniendo en la servilleta esas lombrices de colores azules y rosas con azúcar como escarcha.

Comenzaron a gritar. Los humillaban. Se puso violento.

Ahora la niña parecía una muñeca de cartón.

Escapé por la puerta de atrás.

Los perdí.

Entré en un supermercado. Un supermercado de zombies. La gente estaba allí comprando paranoica insumos que ya no existen. Mi cuerpo se estrella contra los carros metálicos y escucho a la gente maldecirme. Ignoran mi angustia y enrumban sus ruedas hacia los anaqueles vacíos o llenos de productos repetidos. Todo está plano.

Desesperada reboto entre la gente que no me escucha. Siento que grito, pero todo está sordo. El lugar está bañado en una luz amarilla, pesada.

Diviso una torre de cartones de leche líquida. Los pateo gritando que son todos unos muertos. Estamos muertos. Estoy llorando.

Salgo del supermercado en una crisis indescriptible. La cara enrojecida y húmeda.  Grito entre sollozos. Impotencia invisible. Estoy casi de rodillas.

Camino por la acera y aparece la policía. Exasperada les digo que tienen a mis amigos. Tienen a mi hermana. Ellos hacen ademán de que no hablamos nada importante. Usan cascos blancos y las denuncias se reciben como si dijeras otra cosa.

La ciudad le pertenece a ellos, a la delincuencia.

Los policías sonríen. Parece que están en un desfile. No me miran. Hacen gestos cómplices entre ellos. Dicen que lo saben. Que los tienen todavía y nada puede hacerse. Que se armó una balacera en la avenida.

Corro por la calle como sin rumbo, deshecha.

Estoy llegando al lugar y veo nuestro carro a un lado. Puertas abiertas, humo en la calle. Me parece que estamos en la Río de Janeiro en sentido contrario. El Guaire está del lado del piloto. El carro en dirección al Eurobuilding.

Un rostro amigo aparece en medio de la calle y me abraza al verme. Me hundo entre sus brazos. Aparece como un ángel que va a recibirme mientras me dan la peor noticia de mi vida. Yo no paro de hablar de mi hermana. Lloro desconsolada, hipnotizada, mi voz está entrecortada.

Veo su camisa naranja. Un regalo que le hizo a mi madre en su último cumpleaños, pero que ella usa siempre.

Está llorando y escapando del infierno hacia mis brazos.

Tenemos contacto en medio de un dolor irrepetible. Alrededor todo es destrucción.

***

Despierto, y sé que esto no pasará porque ella ya no vivirá más allí. Yo ya parece que no estoy, y mi amada amiga hace años que se fue.

La pantomima de mi país.

Lágrimas por la ficción que puede ser real.

Que es real.

Culpa por la caída de los brazos en señal de rendición.

Ojalá haya perdón.

Satyagraha

In Opinión, Política, Reflexión on mayo 28, 2014 at 11:26 am

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«Cuando las palabras pierden su significado,

la gente pierde su libertad».

Confucio

(551 a. C – 479 a. C)

Las imágenes de la represión en el país son devastadoras. El año 2014 nos ha entrado de golpe; ciego ante conquistas democráticas previas, renegando vilmente de nuestra historia, -o de la que pensamos que era-. Con sus errores, sin duda. Sería ceguera no reconocerlo.

No hemos visto a la democracia fortalecerse frente a sus fallas, la hemos visto cada vez más pobre en la transgresión de las palabras y los conceptos. La democracia que tantos años lleva y al mismo tiempo no, la democracia de la que presumimos, pero nunca hemos conseguido. Todavía no.

No hace falta relatar repetidas veces lo que sucede; lo cierto es que nos preguntamos al unísono qué hacer, cuándo y cómo hacerlo. Sin embargo, hay respuestas en la historia y logros muy importantes alcanzados a través del empleo de estrategias distintas. Si algo caracteriza a la oposición venezolana, sea del color que sea -que bien sabemos es multicolor-; es la no violencia. Al menos en el discurso de los voceros de todos los sectores, se alza siempre el llamado a la resistencia pacífica, evitando las provocaciones, que no solo debilitan, sino que fortalecen a un oponente que goza de poder sin medida.

Satyagraha es un concepto creado por Gandhi para definir un método de desobediencia civil no violenta; que comprende una organización sistemática, con presencia de tácticas y estrategias que lleven a un colectivo a alcanzar sus objetivos ético-políticos soportados por una fuerte identidad espiritual y apoyada en principios democráticos.

Gandhi recibe el prefijo de Mahatma de manos del poeta Rabindranath Tagore;  Mahatma quiere decir grandeza de alma, es un título religioso en la India. Gandhi sufrió una serie de transformaciones a lo largo de su vida que resulta muy interesante rescatar para poder dar validez a sus propuestas. Su familia provenía de la casta vaiśya; la tercera de las castas tradicionales de la India, formada por comerciantes, artesanos y campesinos.Cuando era joven no se destacó en la academia. En algún momento tuvo la oportunidad de estudiar en Londres; y en ese entonces, consideraba a Inglaterra la cuna de filósofos y poetas, el centro de la civilización. Sin embargo, con el pasar del tiempo, observando a Oriente desde Occidente y con la lectura de grandes pensadores como León Tolstói y Henry David Thoreau; se daría cuenta de que este Imperio habría perseguido acabar con numerosas e importantes tradiciones de la cultura de su país, y que su poderío había cercenado sus derechos como nacionales y reforzado un profundo desconocimiento del pueblo en sí mismo.

Mahatma Gandhi era un practicante de Karma Yoga, una de las ramas de esta filosofía práctica que se basa en las enseñanzas del Bhagavad-guitá. Etimológicamente quiere decir: unión a través de la acción; el objetivo del Karma Yoga es la liberación a través de la obra; en este sentido Gandhi es considerado ejemplo de ello, pues dedicó gran parte de su vida a la lucha por la reivindicación de los derechos de los indios y la independencia de su país.

La carrera de Gandhi como líder de la resistencia india comienza en Sudáfrica; país al que viaja a raíz de una oportunidad laboral, y en el que consigue una minoría india carente de todo derecho, despreciada y discriminada racialmente. Frente a estos evidentes abusos y la amenaza de promulgar leyes que derogaran su derecho al sufragio; Gandhi comienza a organizar la resistencia de sus compatriotas.

En un principio, Gandhi sostiene el no cumplimiento de la ley del gobierno británico; llamando a esta acción resistencia pasiva; sin embargo este concepto no logra calar en los indios por su origen extranjero y pronunciación en inglés; y es por ello que se convoca a un premio a través de la prensa en Indian Opinion; un periódico fundado por el propio Gandhi, para hallar una palabra que definiera la lucha del pueblo. Recibieron numerosas alternativas, entre ellas la palabra Sadagraha, que significa «firmeza en una buena causa»; pero Gandhi prefirió Satya en lugar de Sada, que quiere decir verdad; formando Satyagraha: firmeza, fuerza de la verdad.

El origen sánscrito de la palabra movilizó al pueblo, devolviéndole sus raíces y valores, sin tener que importarlos de nadie. Gandhi señalaba que Satyagraha se diferencia de la resistencia pasiva porque la segunda ha admitido violencia en algunos casos y tiene el estigma de ser atribuida a los débiles. Además, la resistencia pasiva no está necesariamente con la verdad. Satyagraha es algo completamente diferente, porque es un arma fuerte y consistente, que no admite la violencia y que encuentra su fortaleza en la defensa de la verdad; tiene un componente ético ineludible y por ello, una clara relación con los conceptos y el lenguaje.

También es la fuerza del amor y del alma, es la convicción en el sentido de una lucha. Perseguir la verdad no admite ningún tipo de violencia hacia el oponente; el propósito es advertirle de su error y hacérselo saber con simpatía y paciencia. En las confrontaciones, la verdad de los unos, puede ser falsa para los otros. Satyagraha, es el rescate de los conceptos, el restablecimiento de la verdad sin violencia. No se persigue el sufrimiento del oponente, aunque seamos nosotros quienes suframos.

En Satyagraha no existe el éxito. Esto es porque el éxito, ̶ por definición en estos términos de confrontación̶, implica la derrota o la frustración de los objetivos del oponente. En Satyagraha, el objetivo tiene que ver con una conversión del oponente, no con la coacción. El éxito se define en términos de cooperación para llegar a un acuerdo entre las partes. No se trata de ceder espacios, ni de pasar uno sobre otro; se trata de reconocimiento. Los medios que se usan para conseguir objetivos no pueden ser contrarios a ellos; es decir: no se usa violencia para lograr la paz, ni se abusa del otro para lograr justicia.

Cuando se planteaba por parte de grupos radicales el uso de la violencia, llamando cobardes a los activistas no violentos, Gandhi respondía:

«Yo creo que cuando hay sólo la opción de elegir entre cobardía y violencia, yo podría aconsejar violencia. Yo podría preferir tener una India armada para defender su honor, pero sería hacerlo de una manera cobarde, convirtiéndonos en testigos de nuestro propio deshonor…Yo creo que la no violencia es infinitamente superior a la violencia, y el perdón es más viril que el castigo».

«No debe haber impaciencia, no barbaridad, no insolencia, no excesiva presión. Si queremos cultivar el espíritu real de la democracia, no podemos permitirnos ser intolerantes. La intolerancia traiciona la necesidad de fe en una causa».

Luego de revisar este ejemplo histórico concreto, el cual conllevó muchos años, pero obtuvo éxito; es importante no perder el norte en la consecución de nuestros objetivos como ciudadanos portadores de derechos ante el gobierno en ejercicio. Concientizarlos, entenderlos y digerirlos. En nuestro país se ha debilitado el lenguaje; los conceptos han cambiado su significado y esto es profundamente peligroso. Esta es una característica de los gobiernos totalitarios: la transgresión del lenguaje. Y ha sido señalado en la literatura por grandes intelectuales contemporáneos como Octavio Paz. En el merecido homenaje a Paz, en la Plaza Los Palos Grandes el pasado 26 de abril en Caracas; Rafael Cadenas resaltaba la importancia del rescate del lenguaje en la recuperación de nuestro país. Y esa es una de nuestras tareas: comprender los significados de nuestras exigencias y traducirlas en cómo nos comportamos cada día. ¿Qué significa cada palabra que enuncian mis consignas? ¿Cómo puedo explicarle a quién no lo entiende? Con violencia no lograremos revertir los daños que nos ha causado como sociedad el mismo espiral de violencia en el que vivimos. Debemos respetarnos entre nosotros. Debemos ser pacientes y conscientes. Debemos ser consecuentes. Debemos ser firmes con la verdad como bandera, devolviendo a nuestras palabras su esencia para lograr movilizaciones sólidas y concretas donde no haya lugar para la duda y en la que logremos incluir a todos los sectores de la sociedad que compartimos las mismas demandas y que reclamamos los mismos derechos; solo que por esa pérdida de significados nos hemos perdido a nosotros mismos.

Pasaje para no olvidar

In Opinión, Política, Reflexión on mayo 1, 2014 at 11:06 am

«In violence, we forget who we are»

Mary McCarthy.-

(1912-1989)

Hoy parece que alguna vez fuimos venezolanos.

Hoy parece que mucho de eso lo hemos olvidado.

No hay palabras, es un sentimiento.

Es extrañar pensar en algo más que en sobrevivir a diario, es ver los recuerdos como un impulso para volver a ser y para ser mejor. Es el restaurante de carne en vara, es el río reflejando el cielo como un espejo de barro. Es una cachapa, un pabellón, una empanada. Es la playa, el ron, nuestros afectos. Las montañas, la sabana.

Hoy son las lágrimas calientes al ver el dolor cotidiano, un contraste con el recuerdo y una promesa rota de abundancia. Ciudades destruidas, sueños quebrados. Familias divididas. Ancianos solitarios. Miseria y desesperanza.

Hoy parece que a un conjunto de metras estáticas les hubiese caído una sola desde bien alto y así, dispersas, como hormigas desesperadas cada quien corre sin destino claro.

Hoy tristemente no sabemos quiénes somos y ese es el problema. Nos hemos olvidado de todo arrastrados por una espiral de violencia.

¿Cómo es que hay venezolanos capaces de justificar la forma en que vivimos?

En nuestro país hay demasiada sangre inocente derramada.

Estamos enfermos de tanto llorar. Enfermos de miedo.

Venezuela merece un mejor gobierno. Sin mirar atrás solo para buscar culpables, sino para enmendar aquello que se ha hecho mal y seguir adelante. Está comprobado que no se puede hacer país ignorando a una mitad que vive en él. Ni hoy, ni ayer, ni nunca; por ninguna razón. Absolutamente nada lo justifica y ningún venezolano debe aspirar a ello. Y el que lo haga no merece ser quien nos diga qué hacer.

Eso ya lo sabemos.

Recordando a Mahatma Gandhi: «An eye for an eye leaves the whole world blind».

Debemos perdonarnos. Esta división no ha hecho más que sumir a nuestro país en el abandono.

Y con él, a nosotros mismos. A la deriva.

Mucho se critica a quien con ansias imperialistas multiplica las guerras. Entrega la vida de sus propios  para presumir de su poder. Aquí se entrega la vida de venezolanos a diario. Aquí hay una guerra. Y muy dura porque es entre nosotros mismos. Y nuestras autoridades la niegan. Es más importante el dinero y el pasado intercambiable que la vida en la patria socialista.

Ningún país será capaz de gobernarnos si somos una nación fuerte. Como bien sabemos que podemos ser. Con nuestra música, nuestros maestros, nuestro clima perfecto, nuestra alegría y solidaridad. Y sobretodo, con nuestra propia historia. No necesitamos los complejos ni las condiciones de nadie. Tenemos fuerza suficiente para ser Venezuela. Única, maravillosa, inmensa.

Los únicos culpables de no tenerla somos nosotros mismos.

Por favor, demandemos un mejor país. No nos merecemos esto.

Venezolanos, debemos ser más que nada venezolanos. Necesitamos poder dormir, sonreír, invertir nuestro tiempo en hacer lo que nos gusta, no en maltratos. No en maltratarnos. Ya basta.

Humildad. Venezuela necesita humildad. No más soberbia. Todos podemos equivocarnos y tenemos derecho a rectificar.

Luego será tarde. No merece la pena vivir así solo por una falsa venganza que cobra vidas de millones de nuestros hermanos y que parece no tener final. Vidas de jóvenes que tienen derecho a enfrentar sus propias batallas, no las de quienes ya tuvieron su momento para luchar.

No se construye vida sobre la muerte. No hay paz en medio de tanta injusticia.

No importa nada más. Escuchemos música venezolana, asomémonos a la ventana para ver los árboles floreados de múltiples colores, la sonrisa que se ha perdido en todos nosotros, pero que bien sabemos cómo se ve. Ese sentimiento de abrazar lo nuestro, es todo. Eso es, esa es la verdad, no hay imperios de nada cuando se trata de una nación soberana.

El mundo es muy complejo y mucho de él se mueve por poder y plata; ¿Vamos a hacer de nuestras vidas el bolsillo de las pirañas? No señor, aquí lo que hace falta es ser venezolano; con arpa, cuatro y maracas.

Ese es el lugar común que despierta, el amor por esta patria, la única que tenemos, nuestra tierra, nuestra batalla.

Cruz-Diez y nuestra trampa de luz

In Crónica, Nueva York, Reflexión, Viajes on febrero 10, 2014 at 7:03 pm

Recibí un mensaje por Facebook con una foto.  Una amiga compartía el evento e invitaba a un grupo a que nos reuniéramos ahí a comer tequeños y pasapalitos venezolanos gratis y brindar con un ron Santa Teresa, marca que siempre anda por ahí detrás de todos estos eventos culturales criollos abroad. La última vez que asistí a una de sus muestras tampoco estaba en Venezuela, sino en Buenos Aires. Esa vez, en el MALBA, quedé maravillada mientras caminaba con zapatillas quirúrgicas para no manchar los pisos inmaculados de blanco que reflejaban luces multicolores en todas direcciones. Me paré frente a sus creaciones moviendo mi cuerpo de un lado a otro para observar la metamorfosis de las formas y colores de esas líneas que cuando te acercas están estáticas. Recorrí las máquinas que él mismo hizo para trazar cada una de ellas a la perfección, para luego rellenarlas de color y recrear movimientos mágicos a la vista. Sufrí una envidia plena de la ciudad de Houston y cómo sus rayados peatonales son muestras callejeras de lo mejor del arte venezolano, y es allí también donde reside la fundación que lleva su nombre. Así es la cosa, para ver a este gran maestro del arte hay que dejar las fronteras porque él mismo hace cincuenta y tres años que las dejó atrás, pero solo en el plano físico, porque en su discurso y en sus recuerdos está esa vena abierta de la patria herida y el deseo de redimirla de su eterno sufrimiento.

Miento. La última vez que vi un Cruz-Diez fue en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas el año pasado, ese museo que ruge debajo de Parque Central, dando alaridos por sobrevivir. Estaba una de sus obras cinéticas bajo una sombra triste, opacada e imposible de apreciar. Bueno, la verdad es que he vuelto a mentir en este texto, porque la última vez que lo vi fue en el Aeropuerto de Maiquetía debajo de mis zapatos, como una foto más de los vanidosos viajeros de Instagram. Ese piso que es una imagen emblemática de la entrada y salida del país; un piso sucio, deteriorado. Un mosaico que ha perdido muchas de sus partes como si se tratara de un rompecabezas sin terminar. Además, de que como él mismo afirma en la fantástica entrevista publicada en El Nacional el día domingo 9 de febrero, es un trabajo que ni siquiera le han pagado desde que fue cerrado el trato hacia 1974. Entonces, eso de que el gobierno venezolano no valora ni promociona el arte es patrón repetido, una vez más.

Lo cierto es que ahora en Nueva York en Park Avenue y 68, en el edificio de Americas Society y hasta fines de marzo, está expuesto parte del trabajo fotográfico que el artista hizo desde principios de los años 1940 y que refleja el objeto de su curiosidad más genuina hacia las raíces de nuestra cultura. En la inauguración de esta muestra llamada Within the light trap: Cruz-Diez in Black and White, su curadora Gabriela Rangel junto con el escritor Antonio Muñoz Molina compartieron con los asistentes una grabación de una entrevista hecha a Carlos Cruz-Diez, donde en sus respuestas acerca de la naturaleza de su trabajo dejó colar excelentes reflexiones que me han dejado completamente conmovida durante días, y hasta cierto punto con un sinsabor que se refleja en su afirmación titular de la entrevista en El Nacional antes mencionada: «A mis 90 años he vivido en carne y hueso tres veces la misma comedia, pero con decorado y vestuario diferentes».

Cruz-Diez señala que estos retratos de los Diablos de Yare, la Burriquita y otras manifestaciones culturales propias de los venezolanos, eran información que le ayudaba a encontrar un discurso que le identificara como un hombre de una Venezuela sufrida buscando soluciones a sus problemas. Muchas de estas fotos eran un esquema temático para cuadros de denuncia social.

Entre las mejores preguntas hechas por los moderadores al artista estuvo la siguiente:

¿El trabajo de los artistas puede de alguna manera mejorar la condición humana? ¿Puede traer justicia social?

«Existe una angustia común que nos caracteriza a todos los artistas. La redención. Todos queremos redimir al mundo y que el mundo y la sociedad no sean lo que son, sino lo que nosotros pensamos que debe ser. Esa consigna nos conduce tantas veces al desengaño, la desesperanza, y es obsesiva. Existimos, fracasamos y seguimos existiendo hasta el final de nuestra vida. Yo estaba convencido de que iba a motivar a la gente a la reflexión, que iba a acabar con la injusticia. Fracasé y cambié de discurso, pero no la intención redentora. No daba ningún resultado decirle a la gente que era pobre, era más humano o generoso hacerlos participar de mi euforia creativa, hacerlos cómplices de mis aventuras y descubrimientos del color para darles el placer de ver y abrirles los horizontes del conocimiento».

La belleza y al mismo tiempo el dolor de saber que el artista venezolano vive para redimir lo imposible, para salvar a una nación sufrida, inmersa en la continua desesperación y bajo el yugo de gobernantes desalmados es paralizante. Esta sensación está siendo relatada por un maestro veterano de noventa años que recuerda su juventud, sus principios de hace más de sesenta años como los mismos que hoy nos caracterizan a las nuevas generaciones: es un knockout. Esta agresiva fuga de talentos, muchas de las más maravillosas mentes de nuestro país huyen de él desde hace generaciones. Es un fenómeno que no parece tener final. Las lamentaciones de Cruz-Diez alrededor del necesario distanciamiento de su gente y su cultura, de su triunfo en el medio de las artes sin poder tener asidero en su patria, su raíz motivadora para hacer lo que hace, es algo simplemente desgarrador.

Estando aquí en esta ciudad, en estos tiempos tan turbulentos he conversado con tantas personas maravillosas que solamente piensan en ese país que nos ha parido y nos ha dejado lejos de él, completamente enamorados, con el corazón roto de por vida por no poder darle todo lo que se merece. No hay, no conozco ningún artista que a pesar de estar lejos y que algunos digan que es lo más fácil, no amanezca solo y con ese amante en la computadora esperándolo con las noticias y el sufrimiento de no poder contra ello. No hay venezolano sensible que no ame desesperadamente a su país y que no sueñe cada día con verlo crecer para poder darle lo mejor que sus aventuras le han dejado. El propósito de Cruz Diez ha sido siempre el amor por la cultura venezolana y mostrarla fuera a través de su arte, para construir una identidad nacional que redima a un país sufrido. 

Aquí puede ver Video – Panel Discussion: The Omnivore Realism of Photography

Irse, quedarse, ir o venir, entrar o salir

In Nueva York, Opinión, Reflexión, Viajes on enero 23, 2014 at 12:41 pm

Estas son las únicas palabras que importan y sobre las que todos hablamos cada vez. Absolutamente todo se trata de eso en estos días. Estar o no estar en el medio de un caos que lo que está haciendo es escupiendo gente, pero la verdad es que no se trata de si vamos o venimos, estamos todos metidos. De una manera u otra buscamos ocuparnos con aquello que nos distrae cada día y que no puede ser pospuesto, pero ahí está siempre el centro de todo como susurrando en el oído:

̶  «¿Viste lo de la cueva? Ese país es lo más bello. Podría ser la más grande de su tipo. Es como si hace millones de años Dios hubiese tomado plastilinas de colores y las hubiese amasado en este lugar. Siempre es así. No es que tienes una cascada, es que tienes la cascada más alta del mundo. No es que hay unas montañas, es que son las primeras que aparecieron en  la tierra».

Y así nos quedamos un rato con la cabeza gacha haciendo movimientos en negativo, leyendo las noticias una tras otra como si fuésemos a encontrarnos con algún gran cambio. Un rostro moviéndose de izquierda a derecha repetidamente, con una luminiscencia propia del reflejo de una pantalla, quizás con las manos en la cara y unos ojos enamorados.

El frío del invierno golpeando con sus motas blancas las ventanas no hace más que inducir un encierro que deriva en el inevitable over think de las transiciones. Escucho la música que ha nacido de toda esta tragedia económica y social en que se ha convertido el país, que de las cosas más bellas que quedan es la incansable producción creativa que coloca la valentía como consigna frente a todo. No tenemos nada que reprocharnos, porque sea el camino que elijamos labrar nunca será fácil. No es como dice Nicolás que los que están fuera y gozan de tremendo nivel de vida y hablan mal de la patria, pues ojalá alguien los perdone. No es así. Ojalá alguien lo perdone a él por tanta basura, tanta mentira y excusas. Que lo perdonen todas las madres que despiden a sus hijos, todas las familias globalizadas en el sentido más doloroso de la imagen.

En fin, todo esto de estar o no estar, ir o venir, ella o él vinieron o se fueron, viene y se va. Eso es todo: un interminable plan de fuga con diferentes escalas de dificultad y tiempo. Los correos y mensajes que llegan diciendo que busques un trabajo o algo que estudiar pero no vuelvas, no vayas, no vengas. Es confuso el poder del verbo que habla de movimientos tan radicales. Las vacaciones han perdido su significado transitorio. Eso de sin querer llegar a un sitio y fruncir la boca mirando al cielo pensando si puedes acostumbrarte a este lugar, será que si puede ser mi hogar. Oye no lo sé, como que hace mucho frío y no hay montañas. Pero igual son las dos de la mañana y vamos y venimos de un lado a otro, sin necesidad de tanta meditación porque todo el asunto de vivir se hace menos trágico.

No creo que sea justo darle tanta vuelta a quién la pasa peor, si los que se van o los que se quedan. Tampoco es fácil vivir sabiendo que te puede dar un gripón tumbador de voluntad, o que no sabes cuántos días pasarán sin darle un besito a tu mamá o para ver crecer a los bebés de tus amigos que muchos más bien son hermanos. No es fácil no saber si vas a ver el Ávila y caminar sus altas piedras como escaleras, quizás bajo la lluvia o sentir la espuma del mar cada vez que te provoque montarte en un carro y manejar un rato con la brisa perfecta en la ventana, la música y una cerveza. Eso no es fácil. No puede pensarlo nadie. Porque todos queremos por igual al paraíso, seamos honestos que todo el que vive afuera no pasa un año sin ir a Venezuela. O tal vez sí, pero si por viajar también se entiende el deseo, es un lugar al que vamos todos los días.

No sé si este texto se trate de una especie de petición de perdón. Perdón por no esperar sino tal vez por hacer. Por labrar camino en un mundo que no es el tuyo, donde quizás el deporte de moda es algo que no entiendes o hablar con alguien sea decir: «I’m sorry. I don’t understand». O buscar trabajo sea algo ilegal, y no se acerque jamás a lo que realmente deseas hacer. Todo esto viene para decir que en estos días en que cosas duras pasan y todos nos avocamos al poder de una red social para discutir nuestros puntos de vista, lo más tonto es pelear por ello. Es tonto juzgar aquello que cada quien tiene para decir porque el duelo es de todos y la manera de enfrentar las pérdidas no es la misma para todos los mortales. No lo digo con ánimos de «autoayudar» a nadie, es la verdad. Hace falta más sensibilidad porque irse queriendo no hacerlo es como terminar un noviazgo todavía queriendo, y que levante la mano quien no sepa a qué me refiero con esto.

La polarización que está institucionalizada no puede continuar separándonos, todo esto es muy duro desde el punto que se vea, al menos para todos nosotros que simplemente queremos vivir, vivir nada más.

Escuchar La balada del camino – Defernandez