Betina Barrios Ayala

Archive for the ‘Nueva York’ Category

Fragmento

In Libros, Nueva York, Relatos, Viajes on agosto 4, 2015 at 3:42 pm

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Con frecuencia me pregunto si pudiera leer todo el día, lo haría por seguro, pero me da vergüenza. Por eso me gusta hacer largos viajes en el tren o en el bus. Los disfruto, los agradezco. Ese tiempo es para leer sin parecer agresiva a nadie, más bien muy tranquila, aprovechando el tiempo. Pero tenderse a leer en la casa a cualquier hora es una suerte de descaro. Me avergüenza leer así, pero lo hago de todas maneras. La verdad es que sí lo hago. Siento el gesto del libro de papel más desenfadado, aunque es mi favorito. Pero si estoy leyendo aquí sentada en el escritorio, con la computadora puede ser que esté haciendo otras cosas. Además me permite ir de un lado a otro de una vez, buscar palabras que no sé qué significan o recomendaciones de lectura de otros lectores, que así como estoy yo, también se pasan horas y horas de su día leyendo de un texto en otro, viendo de imagen en imagen, tratando de quedarse con algo, de crecer más. ¿Puede ser? Seguro para muchos esto será ser vago, será vivir en el ocio. Ocio. ¿Cómo puede ser una palabra tan bonita y a la vez tan culpable?. Todo lo bonito es culpable. Puede ser.

Los vecinos de arriba hacen un escándalo espantoso. La mujer inglesa con sus tacones sin días feriados. Joe trabaja con libros, los vende en ferias, y no sé qué. Entonces va el tipo, lanzando cajas de aquí para allá, baja y sube las escaleras, lanza un montón aquí y allá, tira las puertas, da pasos de gigante en el suelo, hace vibrar el techo con todo su peso. Pero bueno, gracias a él tenemos dos grandes diccionarios. Un par de volúmenes de biblioteca de Websters. Junto a estos leí The catcher in the rye. La semana pasada iba en el tren leyéndolo. Y me senté al lado de un tipo que estaba escribiendo. Un texto que ya tenía título, se leía: «HOTEL». Lo mismo en castellano que en inglés. Para no incomodarlo, me incliné hacia adelante, reposando los codos en las rodillas; para así leer, pero sin tener mis ojos a la altura de su papel, para respetarlo. Es incómodo escribir con alguien sentado al lado, y mucho peor si se le ocurre hacer amagos de que pudiera leerlo. Es intrusivo. Puede ser. Pero entonces, él fue el que se dio cuenta de que yo estaba leyendo a Salinger, y me interrumpió para decirme que era su libro favorito. Cuando le contesté que me encantaba, que lo estaba disfrutando mucho, me preguntó que de dónde era yo, porque tengo un acento. Se distrajo preguntando generalidades sobre mi vida, y luego me dijo que entre las cosas que atesoraba el asesino de John Lennon, estaba el libro de Salinger, que era una de las cosas que tenía cuando lo llevaron preso. Me pareció una anécdota periodística poco relevante, totalmente frívola. Es un libro espectacular. Durante el juicio, el asesino de Lenon abogaba que estuvo poseído por Holden Caulfield. Pero, eso no puede ser una excusa para defender que estás en contra del mundo, más bien a favor, para que haya muchos Salinger que escriban y creen Holdens y Phoebes Caulfield. Solo eso, que le den vida a personajes que digan lo que piensan del mundo, pero que no maten a nadie. Creo que ese libro ha dado mucha más vida que la que ha podido quitar. Me decepcionó un poco no poder tener una conversación más interesante sobre el libro con el tipo, que además escribía, sino que se desvió en la farándula, y yo llegué a mi estación y me bajé del tren.

Yôganidrá

In Música, Nueva York, Poesía on julio 31, 2015 at 4:37 pm

The Williamsburgh Savings Bank Tower, at 1 Hanson Place, Brooklyn http://fishki.net/50381-bruklinskij-neboskreb-51-foto.html

The Williamsburgh Savings Bank Tower, at 1 Hanson Place, Brooklyn / Picture found at http://fishki.net


Sobre el pasto, la tierra me chupaba,

me tomaba entre sus cantos

 

En su voz comencé a soñar y hacerme grande,

con los dedos podía tocar las copas de los árboles

Luego posé mi índice derecho en las manecillas del reloj rojo,

de One Hanson Place in Downtown Brooklyn

 

Después, pude ver la tierra sin mapas,

y soplé un poco sobre el mar para hacerme con las olas

Seguí creciendo, y el mundo estaba en mis manos,

y yo driblaba en la vía láctea

 

Luego estallé en mil partes y fui el universo,

para poder ser pequeña e invisible,

escondida en todas las cosas.

 

¿Qué es Yôganidrá?

Treinta

In Nueva York, Poesía on junio 27, 2015 at 5:19 pm
Star of wonder I Tobie Giddio www.tobiegiddio.com

Star of wonder I
Tobie Giddio
http://www.tobiegiddio.com

 

Tengo treinta años y soy tan sensible como un niño solo

 

Me he desnudado en la calle

para dejar brotar un caudal de pena

Me he detenido frente al dolor

y con mis palabras he intentado sujetarlo

pero resbalaron sus aceitosos costados

¡Dolor, cuánto te temo, cuánto te llevo,

aquí dentro, cabalgando con la sonrisa!

Te llevo espacio frío, en la oscuridad, en la sombra

 

Tengo treinta años y sólo sé huir

sólo sé escabullirme entre las líneas

sólo sé dibujarme de pie

con la mirada perdida y el corazón en las manos

Soy entonces esos ojos en los que rebotan las miradas

sólo sé confundirme entre la gente

y jugar a que sé quién soy

jugar a que conmigo misma soy feliz

 

Tengo treinta años y me duele la cabeza

me martilla la palabra

que me labra

que me ladra

me vuelve sola una estrella infinita

 

 

Usaré entonces esa pala de la palabra

y labraré mi vida entre sus manos

 

Era celular

In Música, Nueva York on junio 7, 2015 at 12:47 pm

celulares

Mantengo mi viejo aparato en una bolsa plástica en la gaveta. Igual, es un celular chino, el más barato que vendía Movilnet-CANTV a mediados de 2013; pero con pantalla de colores y posibilidad de bajar tres o cuatro aplicaciones básicas. Olvídate del Instagram. Cuando eso empezó, mi amiga Eleany invocaba mi presencia en la red con el hashtag #BetySinInstagram. Pero yo había renunciado a los celulares de alta tecnología, pues era una constante víctima de una serie de robos. El último exitoso: me estacionaba a unas cuadras de la oficina en La Trinidad. Abrí la puerta y saqué una pierna para anclarme en la calle, mientras sacaba las llaves del carro y sostenía el celular entre la oreja derecha y mi hombro, mi amiga Mariana me daba los detalles de la fiesta por su despedida de soltera. Un hombre con chaleco naranja, lentes y casco negro proveniente de la parrilla de una moto se acerca a la puerta. Me pide el teléfono insultándome. Se lo doy sin mediar palabra. Pensé que iba a llevarse el carro, que obvio, no era mío, sino de la santa de mi madre que me lo había prestado. Uff no se llevó el carro. Igual, ya el viejo Blackberry tenía un montón de botones que no servían, estaban tiesos, pero, ¿para qué cambiar de teléfono si en cualquier momento te lo van a quitar? Casi le agradecía al ladrón. Primero por no llevarse el carro, y después porque ya ese perol me sacaba de quicio. A veces ni podía finalizar las llamadas con esos botones de yeso. Bueno, gracias, Dios, me dije. Y unos meses después compré ese fulano chino, y eso porque la amiga que me prestó un Nokia inmortal, ya me pedía que se lo devolviera. Vale decir que cuando usaba el Nokia también me robaron, pero me lo regresaron. Nadie quiere un teléfono de pantalla verde sin WhatsApp. Ladrones coños de madre, venía saliendo de la premiación de cuentos de la policlínica metropolitana, a pie, y nos llegaron los bichos en las motos sobre la acera en Caurimare. Habíamos tomado la audaz decisión de volver a pie a casa. A Mardon le quitaron su celular y las llaves de su casa, qué pálida. Yo solo tenía ese Nokia prestado, que de verlo me lo regresaron y no se llevaron el morral porque les dije que lo que tenía era unos tuppers sucios con restos del almuerzo. Salí caballo blanco. Solamente con el susto. Esos son mis recuerdos de celular. Sin contar la vez que me salvé en la cola frente al museo del transporte. Unos coñazos en el vidrio, pero me las di de arrecha y volantee hasta que los tipos se cansaron y se fueron. Gracias, Dios. Otra vez, aunque temblando.

Total que ese teléfono chino no era más que lo mejor que pude comprar por lo que estaba dispuesta a pagar, y fue mi último celular. Cuando me fui de Caracas a finales de 2013 me negué a comprar otro, no sabía si regresaría pronto, y de gastar los preciados dólares, pues más vale unos tragos y una buena cena que un perol que valga más que tu vida. Así que me acostumbré a vivir sin él en esta época celumaníaca, me atreví a vivir Nueva York, sin guías digitales y a perderme en su metro de colores y letras y números sin valerme de la ayuda de las invaluables apps.

Lo cierto es que prescindir de un celular en esta época, te hace sensible a percibir el grado en que los demás necesitan de él. Ayer, sentada leyendo en la estación, el tren estaba loco como pasa algunas veces los fines de semana. Y entonces desfilan vagones vacíos a toda velocidad y se acumula gente en el andén y nadie sabe qué es lo que pasa. Pero yo con mi libro, como si nada. Entonces llegó un grupo de cuatro, todos con camiseta violeta y gritaban sus argumentos, con esa acústica fantástica que te da la vida subterránea. Me dije que los odio tantas veces, porque entre las letras de Proust venían sus gritos y entonces no podía leer. Y llegó esa china con su risa nerviosa y se sentó junto a la rubia que estaba a mi lado, y desplegando su mapa del subway con dimensiones de periódico cuando eres niño, un papel doblado en mil partes que al abrirse no hay brazos que lo alcancen. Y la pobre, preguntaba cómo llegar a su destino. La rubia le explicó, y yo cada vez entendía menos mi libro y me perdía en sus instrucciones en inglés para chinos perdidos. Entonces le dijo, «It’s confusing. And you don’t even have a phone», porque sin teléfono nada, no eres capaz de nada, y qué diría Cristóbal Colón, que se aventuró en el océano con un mapa incierto y abrazado a la duda de si se iría por las cataratas que daban la bienvenida al fin de un mundo plano.

Los teléfonos ahora son todo. En los conciertos se acabaron los mecheros. Los artistas dicen que los dejen ver el cielo lleno de infinitas estrellas falsas, cuando la audiencia prende su lámpara en el smartphone. Y es que ya en las multitudes no hay que lidiar solo con cabezas, ahora hay teléfonos, miles de ellos, y la gente prefiere tratar de enfocar que disfrutar el concierto, esos minutos de dicha en los que se hace real lo que siempre ha estado en ficción. Y entonces las ves, miles de pantallas que se roban la realidad que tanto querían quienes allí están y se alejan del objetivo, tratando de atesorarlos por siempre en sus pantallas. Y es que llegan a un punto de amor por ellos, sus celulares, sus pasaportes a la importancia en las redes sociales, que en la multitud, algo puede caer al suelo, pero si tienes el teléfono, nada más es importante. El celular, el protagonista de esta era, en la que todo tiene que ver con el wi-fi, y si no pues nada, nadie entiende cómo vives.

Al final, pues he sucumbido. Después de año y medio sin celular, lejos de casa, ya mi madre me decía, que lo hiciera por mi familia. Ya la cosa es un asunto moral. Sin celular estás lejos, nadie te encuentra, eres la nada. Pero igual, siempre lo llevo en silencio, trato de que no se vuelva tan protagónico. Y con todo y eso mi madre me dice, a pesar de que estamos juntas en tres grupos en los que siempre hay imágenes y el double check, y no hay manera de estar perdido, que no sabe de mí. Así es cómo todos quieren saber tanto de los demás, tanto que ya no importa dónde están en ese momento, sino dónde quieren estar; y entonces viajamos en el celular a las reuniones con los amigos que están lejos, y les decimos Te quiero, y nos trasladamos al patio de su casa o a esa playa en la que siempre estuvimos acostumbrados a vernos, y nos volvemos a sentir cerca, y nos volvemos a ver otra vez, y ya nadie está perdido en esta era celular, en la que solo estás vivo if you appear online.

Nómada

In Nueva York, Relatos, Viajes on mayo 25, 2015 at 6:01 pm

Nómada

Se lo digo cada cierto tiempo: «No podemos seguir viviendo en esta ciudad»; porque nos pasará igual que a todos, que viviremos siempre al límite. Sí es verdad que muchas veces, cuando parece que todo está perdido, entonces algo sucede que viene para salvarte. La gente se consuela con el clásico «Dios aprieta, pero no ahorca»; eso no me dice nada, no quiero acostumbrarme a pedirle favores a Dios.

Repaso en mi mente entonces todos esos rostros que he visto, con su incapacidad para mirarte a los ojos, hundidos en ese nerviosismo fatal, como que se les van los pensamientos. Igual, eso pasa en todas las ciudades. En algún momento dices que ya es suficiente, que el día a día está tenso; pero hay quienes no son capaces de verlo. Todavía recuerdo esa tarde, caminando por Sabana Grande, y todos esos hombres con el rostro duro, vestidos de verde, con los cuerpos protegidos por su disfraz antimotín para amedrentar, para reprimir la violencia que ellos mismos encarnan. Cuando se han humanizado esos soldaditos de plástico, y son reales, y caminan a tu lado y sostienen el arma en el pecho. Todavía lo recuerdo, y entonces le dije a mi padre, que caminaba conmigo y me tomaba la mano con fuerza, que era demasiado, que habíamos cruzado el límite al ir por la calle así, rodeados de todos estos vigilantes oliva. Papá perdóname, perdónenme todos que qué sé yo, simplemente no me puedo acostumbrar. No me puedo acostumbrar a nada. Pero menos a eso.

No puedo acostumbrarme a que me convenzan de que es lo normal, cuando yo misma puedo ver el cambio. Sí, me dijo mi padre, así han sido siempre las cosas, y miraba hacia adelante como agarrándose a sí mismo en otro tiempo. Eso fue una mañana en ese hotel de La Solano. Por la ventana se veía un montón de gente en la calle, agrupados en pro de la defensa de los derechos de la comunidad gay; entonces vino el ejército, y se enfiló frente a ellos como si estos hombres y mujeres con banderas y canciones fuesen peligrosos, y lo que era una alegre concentración, ya era también una amenaza; porque no son sumisos, porque no caminan como muertos, porque se reúnen y tienen algo que exigir. La gente verde no quiere que nada cambie, quieren que todo se quede frío.

Y mi padre dijo que también eso era normal. Eso me lo dice un ex guerrillero.

Ahora también digo que no podemos seguir aquí. Porque así es en todas partes: uno se cansa de algo, o le da miedo, que no es lo mismo. Pareciera que tuviera miedo de quedarme en cualquier parte y llegar a parecerme a todos. A todos los que pertenecen mucho tiempo a algo y comienzan a justificarse y a decir que nada los sorprende, que estamos igual que siempre y que nada va a cambiar. Esos veteranos de las ciudades cansan, cansa todo el que cree que todo ha visto.

Se lo digo, mientras caminamos de noche por la calle, como sin rumbo; y pasamos por todos esos lugares como de plástico, porque es todo tan caro. Allá es violento y aquí es caro, y en otras partes es alguna otra cosa que también cansa o da miedo. Así que nos vamos, le digo, todavía no llegamos.

Frecuencia

In Nueva York, Viajes on mayo 4, 2015 at 1:46 pm

Frecuencia

Me levanto por las mañanas con una dificultad clara para tragar. Lo intento, pero tengo un montón de palabras atoradas en la garganta. Un tren de deseos hechos un amasijo denso que no puedo hacer que atraviese el interior de mi cuello con suavidad. Y entonces me siento y la pantalla me recibe con ese cuadro blanco impoluto en el centro y me pregunta quién soy y qué es lo que quiero decir. Me dice que escupa todo eso que está ahí haciéndome tan difícil inclusive respirar. Pero a veces no puedo. Y pasan las semanas y todas las mañanas, y algunas noches me digo que tengo que encontrar el momento de soltarlo todo, de comenzar a vestir una hoja de letras impresas en negro y ponerle su punto final a ese texto que se queda entre mi garganta y mis dedos, y que solo se va cuando estas diez extensiones de mis manos bailan sobre todas las teclas que dicen ser letras que hacen música, una sola música cuando las golpeo, una tras otra, y entonces ese sonido se hace un vicio, un canto transformador, convertido en discurso.

Bicicleta

In Nueva York, Relatos, Viajes on agosto 22, 2014 at 4:03 pm

La encontré hace un par de meses cuando regresé a Nueva York. El verano sin ella habría estado repleto de trayectos subterráneos, de ojos vendados y temperaturas infernales, viajando en el subsuelo en que retumban todos los sonidos del mundo; con gracia y sin ella detrás de un estuche de guitarra o un sombrero con la boca abierta a la espera de algunas monedas. Me habría visto muchas veces más rebotar entre el inmenso tráfico ininterrumpido de personas que simulan rebaños que se compactan dentro del alargado tren metálico, saltando de una caja a otra, saliendo de casa para moverme en esos vagones ruidosos y pesados que por las madrugadas se esconden cuando más los necesitas.

La vi mientras regresaba del jardín botánico, de rellenarme los poros de spring blossom metida en una cámara recreadora de trópico llena de orquídeas de todas las formas y colores, mientras sudaba lágrimas de nostalgia apegada a los recuerdos de mis flores, de mis flores patrias. Regresaba bajo el sol, huyendo de los escaparates, dejando que la piel brille y se encienda con el día; sintiendo el cuerpo libre de las cárceles de tela que se manifiestan con el invierno. Estaba amontonada junto a un cúmulo de trastos viejos y olvidados en un terreno que pronto será de algún judío que lo convertirá en muchas casas mínimas para encapsular gente a precios astronómicos. Estaba confundida entre asientos y ruedas sueltas, como víctima sobreviviente de una tragedia natural, como alargando sus brazos bajo los escombros, todavía bañada de polvo esperando su rescate. Parecía que no valía para nada, que en lo que lograra sacarla de ese cerro de peroles y me subiera a ella saldría disparada alguna de sus ruedas; o tal vez la cadena estaría toda tiesa, o me iría volando sin frenos por Franklin Avenue.

Me acerqué para levantarla del suelo, y tras de mí un hombre enorme emergió de la sombra en que se refugiaba del inclemente astro del cielo; apareció como el guardián de aquella montaña de olvidos, como el custodio del poco valor que puede tener una colección de cachivaches. Se me acercó con sus casi dos metros, barba gris y camisa entreabierta, fumando un cigarrillo mal liado que se sujetaba a su labio inferior mientras hablaba. El cigarrillo se movía al compás de su voz como si tuviese años y años allí, soltando su ácido que se pega, se pega al alma, a las telas y a las pieles con pasión frenética.

Con su fuerza cercó el espacio donde yacía toda la mezcla de metal y ruedas y la sacó halándola por el asiento. Como si se tratara de un cachorro liviano la puso de pie sobre el suelo y me invitó a probarla. Subí a ella con recelo, y menos mal que así lo hice porque de frenos ella no sabía nada, le di una vuelta a la manzana y regresé. Entré de nuevo al terreno atravesando la reja con las piernas abiertas para alcanzar el suelo. Con cuidado la acosté de nuevo en la tierra seca. La miré, medité. Sin querer no dejaba de pensar en que quizás sería inútil, no sentía que podía funcionar. Saqué mi calculadora mental para valorar cuánto me costaría repararla hasta poder usarla. Me pidió ochenta dólares por ella. La miré, mientras viajaba a mis bolsillos y contaba lo que allí había. Saqué los billetes, conté cincuenta entre un par de veinte e infinitos de uno y le extendí mi mano. Él se lo pensó con cuidado, como tratando de exprimir la nada.

Después de luchar un poco consigo mismo aceptó el manojo grueso y arrugado dándose cuenta de que quizás nadie más habría reparado en ella. Ningún transeúnte la habría siquiera mirado entre todas las ofertas de bici que hay en las calles de Brooklyn. Bicis hermosas que se exhiben en las tiendas y aceras como caballos metálicos de mucho más estirpe. Yo también lo dudé mil veces, pero una voz amiga me dijo que me la llevara. Ya la repararíamos. La dibujó para mi pintada de colores; sobre sus manchas naranja de óxido pasaríamos una esponja hasta lijarla y dejarla relucir. Compondríamos su manubrio cambiándole la cinta escarapelada y la pondríamos prudente arreglando sus frenos. Solté los cincuenta dólares sabiendo que no tenía trabajo, pero que me ayudaría en el verano a evadir un poco la costosa y obligada MetroCard.

La llevé por los manubrios todas las cuadras hasta la casa. Me subí a ella varias veces por la acera, apostando a poder frenarla con los pies. Sonreía mientras me acostumbraba a su dureza agradecida y me pareció que ella también suspiraba de alivio al verse de nuevo útil entre mis manos. Su mala facha no era nada al lado de la libertad que me da andar sobre ella, rodando cuadras a una velocidad que mis piernas siempre envidiarán. Nunca he tenido carro, siempre han sido bicis. En ellas he recorrido las calles de todas las ciudades que han sido alguna vez mi hogar. Ofreciéndome el cielo, la envidiable vista de un automóvil sin techo, dejándome liviana colarme entre las calles pasando al ras de todo huyendo hacia lo infinito.

Ella es azul, como la primera que tuve, en la que conquisté montañas de arena en el estacionamiento del edificio en que pasé parte de mi atareada niñez en Acarigua. Esa bici en la que aprendí a andar sin ruedas cuando era una miniatura imparable que se lanzaba despeinada escaleras abajo hasta estrellarme en las esquinas y regresar toda sucia y amoratada con chichones en la cabeza a los brazos de mi mamá que nunca me decía nada. Agradecía que dejara toda esa inquietud fuera de la casa y entre las ondas rebeldes de ese pelo corto que nunca quise que me peinaran.

Por ella disminuyeron mis lecturas de viaje en tren, pero para eso tengo todo el invierno. Ahora me quedo con lo que siento luego de empezar a subir los puentes para cruzar a Manhattan, me quedo con mi cuerpo empujando ese otro cuerpo metálico y viejo, cubierto de cicatrices de otros tiempos, de otros dueños; me quedo con su peso que se libera junto al mío en un solo abrazo frente al viento cuando empieza la bajada en medio del río que me conduce adónde ahora quiero estar.

Retrato con bicicleta

Visiones

In Nueva York, Reflexión, Viajes on julio 29, 2014 at 5:41 pm

visiones

Regresábamos de una parranda en el carro.

No era de noche.

Reímos al darnos cuenta de que viajábamos con objetos que dejamos olvidados sobre el techo y el parabrisas sin caerse.

El conductor empezó a hacer maniobras en el volante para arrasar con todo aquello con mayor gracia.

Comenzaron a caer; y nosotros reíamos, aún más fuerte, cada vez.

Había un gran frasco lleno de alcohol y frutas picadas que se bamboleaba en el techo como el último obstáculo del video juego.

Cayó estrepitosamente sobre el asfalto.

En la maniobra un celular voló al asiento del copiloto, entre sus pies. Había agua allí y encendido, colapsó. La pantalla mostraba rayas horizontales de colores. Luego se apagó, sin más.

Rogué porque nos detuviéramos a un lado del camino y guardáramos calma. Estábamos ebrios e imprudentes; haciendo tonterías.

Una niña pequeña ―con la piel muy tostada como guajirita― se acercó al carro. Se arrimó a la puerta del copiloto y se introdujo hábilmente como un espagueti que se escapa de una olla: húmedo, resbaladizo, inevitable. Nadie la vio.

Estaba sucia y tenía el pelo enmarañado. Su fenotipo me recordó las fotos de mi hermana en su trabajo de campo con los pijiguaos. Comía una especie de caramelos alargados tendidos sobre una servilleta. Tenía una expresión vacía. Estaba de pie rozando la pierna del copiloto. Sin decir nada, casi sin moverse.

Un revólver apareció en el refilo de la mirada del lado derecho.

Nos atraparon.

Comenzó un forcejeo ridículo. Mientras los delincuentes hacían bailar a tres de mis amigos en la calle, yo continuaba en el carro con alguien más. La niña estaba allí todavía, con la mirada perdida, sosteniendo en la servilleta esas lombrices de colores azules y rosas con azúcar como escarcha.

Comenzaron a gritar. Los humillaban. Se puso violento.

Ahora la niña parecía una muñeca de cartón.

Escapé por la puerta de atrás.

Los perdí.

Entré en un supermercado. Un supermercado de zombies. La gente estaba allí comprando paranoica insumos que ya no existen. Mi cuerpo se estrella contra los carros metálicos y escucho a la gente maldecirme. Ignoran mi angustia y enrumban sus ruedas hacia los anaqueles vacíos o llenos de productos repetidos. Todo está plano.

Desesperada reboto entre la gente que no me escucha. Siento que grito, pero todo está sordo. El lugar está bañado en una luz amarilla, pesada.

Diviso una torre de cartones de leche líquida. Los pateo gritando que son todos unos muertos. Estamos muertos. Estoy llorando.

Salgo del supermercado en una crisis indescriptible. La cara enrojecida y húmeda.  Grito entre sollozos. Impotencia invisible. Estoy casi de rodillas.

Camino por la acera y aparece la policía. Exasperada les digo que tienen a mis amigos. Tienen a mi hermana. Ellos hacen ademán de que no hablamos nada importante. Usan cascos blancos y las denuncias se reciben como si dijeras otra cosa.

La ciudad le pertenece a ellos, a la delincuencia.

Los policías sonríen. Parece que están en un desfile. No me miran. Hacen gestos cómplices entre ellos. Dicen que lo saben. Que los tienen todavía y nada puede hacerse. Que se armó una balacera en la avenida.

Corro por la calle como sin rumbo, deshecha.

Estoy llegando al lugar y veo nuestro carro a un lado. Puertas abiertas, humo en la calle. Me parece que estamos en la Río de Janeiro en sentido contrario. El Guaire está del lado del piloto. El carro en dirección al Eurobuilding.

Un rostro amigo aparece en medio de la calle y me abraza al verme. Me hundo entre sus brazos. Aparece como un ángel que va a recibirme mientras me dan la peor noticia de mi vida. Yo no paro de hablar de mi hermana. Lloro desconsolada, hipnotizada, mi voz está entrecortada.

Veo su camisa naranja. Un regalo que le hizo a mi madre en su último cumpleaños, pero que ella usa siempre.

Está llorando y escapando del infierno hacia mis brazos.

Tenemos contacto en medio de un dolor irrepetible. Alrededor todo es destrucción.

***

Despierto, y sé que esto no pasará porque ella ya no vivirá más allí. Yo ya parece que no estoy, y mi amada amiga hace años que se fue.

La pantomima de mi país.

Lágrimas por la ficción que puede ser real.

Que es real.

Culpa por la caída de los brazos en señal de rendición.

Ojalá haya perdón.

Mi primer libro

In Libros, Nueva York, Relatos on julio 3, 2014 at 12:20 am

Venía corriendo desde la sala tras ella a toda velocidad y traía una muñeca Barbie en la mano. La agitaba en el aire mientras le gritaba que la alcanzaría. Estábamos eufóricas, encendidas de energía. Apresurada, ella entró en la habitación y comenzó a subir las escaleras de madera de la litera con las piernas desnudas; y entonces ocurrió: le estampé esa muñeca de plástico duro en el muslo derecho. Todavía tiene esa mancha blanca de recuerdo en la parte alta y trasera de su pierna.

Bajó las escaleras muy adolorida. No paraba de llorar y yo me sentía muy mal por lo que había hecho. No había sido capaz de medir la fuerza con la que terminé tatuándole la piel.

Mi papá se acercó al umbral de la puerta y comenzó a gritarme. Eso él no lo hacía nunca. En su rostro había una muestra de confusión. Fue caminando hasta la sala tras ella. Cuando regresó, yo estaba todavía en el medio del cuarto, esperando el castigo.

Me dijo muy serio que le había hecho mucho daño a mi hermana. Que tenía que reflexionar. Me pidió que subiera a mi cama y me quedara ahí. Él se fue de nuevo a la sala a consolar a mi víctima. Sin chistar lo hice y me quedé mirando por la ventana recostada en la pared. Se escuchaban los gritos de los niños que jugaban abajo, los pájaros, y las puertas con su música de abrir y cerrar con el tránsito residencial. Se escuchaba el viento con fuerza desde las montañas. Tenía unos siete años, tal vez menos.

Desde esa altura solo podía seguir mirando por la ventana o coger uno de los libros que reposaban en el estante. No lo pensé mucho. Agarré ese lomo verde y pequeño, con un ancho razonable para la eternidad que me tocaba pasar allí arriba. Me acosté con la cabeza hacia la ventana y comencé a leer. La historia se trataba de una niña huérfana que tenía un perrito y vivía en casa de sus tíos en Kansas, entonces vino un tornado y se la llevó con casa y todo a otro mundo. Allí conoció personajes increíbles. Una muy buena historia.

Estuve allí unas cuantas horas. Mi padre regresó y me preguntó si estaba bien. Que viniera a la mesa a comer, y luego podía volver a mi cama y cumplir con mi castigo. Lo miré a través de la franja que se dibujaba entre las dos maderas que impedían que cayera de mi cama, y le dije que estaba bien, que no tenía hambre. Mi papá comenzó a decirme que no fuese malcriada.

Pero, no. No había ningún drama, yo estaba viviendo mi primer solo con un libro. Me leí toda la historia ese mismo día. Luego bajé, me disculpé con mi hermana por haberme portado como un monstruo y entonces me quedé dormida.

Siempre me han gustado los zapatos rojos.

Judy Garland en The Wizard of Oz, 1939

Cruz-Diez y nuestra trampa de luz

In Crónica, Nueva York, Reflexión, Viajes on febrero 10, 2014 at 7:03 pm

Recibí un mensaje por Facebook con una foto.  Una amiga compartía el evento e invitaba a un grupo a que nos reuniéramos ahí a comer tequeños y pasapalitos venezolanos gratis y brindar con un ron Santa Teresa, marca que siempre anda por ahí detrás de todos estos eventos culturales criollos abroad. La última vez que asistí a una de sus muestras tampoco estaba en Venezuela, sino en Buenos Aires. Esa vez, en el MALBA, quedé maravillada mientras caminaba con zapatillas quirúrgicas para no manchar los pisos inmaculados de blanco que reflejaban luces multicolores en todas direcciones. Me paré frente a sus creaciones moviendo mi cuerpo de un lado a otro para observar la metamorfosis de las formas y colores de esas líneas que cuando te acercas están estáticas. Recorrí las máquinas que él mismo hizo para trazar cada una de ellas a la perfección, para luego rellenarlas de color y recrear movimientos mágicos a la vista. Sufrí una envidia plena de la ciudad de Houston y cómo sus rayados peatonales son muestras callejeras de lo mejor del arte venezolano, y es allí también donde reside la fundación que lleva su nombre. Así es la cosa, para ver a este gran maestro del arte hay que dejar las fronteras porque él mismo hace cincuenta y tres años que las dejó atrás, pero solo en el plano físico, porque en su discurso y en sus recuerdos está esa vena abierta de la patria herida y el deseo de redimirla de su eterno sufrimiento.

Miento. La última vez que vi un Cruz-Diez fue en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas el año pasado, ese museo que ruge debajo de Parque Central, dando alaridos por sobrevivir. Estaba una de sus obras cinéticas bajo una sombra triste, opacada e imposible de apreciar. Bueno, la verdad es que he vuelto a mentir en este texto, porque la última vez que lo vi fue en el Aeropuerto de Maiquetía debajo de mis zapatos, como una foto más de los vanidosos viajeros de Instagram. Ese piso que es una imagen emblemática de la entrada y salida del país; un piso sucio, deteriorado. Un mosaico que ha perdido muchas de sus partes como si se tratara de un rompecabezas sin terminar. Además, de que como él mismo afirma en la fantástica entrevista publicada en El Nacional el día domingo 9 de febrero, es un trabajo que ni siquiera le han pagado desde que fue cerrado el trato hacia 1974. Entonces, eso de que el gobierno venezolano no valora ni promociona el arte es patrón repetido, una vez más.

Lo cierto es que ahora en Nueva York en Park Avenue y 68, en el edificio de Americas Society y hasta fines de marzo, está expuesto parte del trabajo fotográfico que el artista hizo desde principios de los años 1940 y que refleja el objeto de su curiosidad más genuina hacia las raíces de nuestra cultura. En la inauguración de esta muestra llamada Within the light trap: Cruz-Diez in Black and White, su curadora Gabriela Rangel junto con el escritor Antonio Muñoz Molina compartieron con los asistentes una grabación de una entrevista hecha a Carlos Cruz-Diez, donde en sus respuestas acerca de la naturaleza de su trabajo dejó colar excelentes reflexiones que me han dejado completamente conmovida durante días, y hasta cierto punto con un sinsabor que se refleja en su afirmación titular de la entrevista en El Nacional antes mencionada: «A mis 90 años he vivido en carne y hueso tres veces la misma comedia, pero con decorado y vestuario diferentes».

Cruz-Diez señala que estos retratos de los Diablos de Yare, la Burriquita y otras manifestaciones culturales propias de los venezolanos, eran información que le ayudaba a encontrar un discurso que le identificara como un hombre de una Venezuela sufrida buscando soluciones a sus problemas. Muchas de estas fotos eran un esquema temático para cuadros de denuncia social.

Entre las mejores preguntas hechas por los moderadores al artista estuvo la siguiente:

¿El trabajo de los artistas puede de alguna manera mejorar la condición humana? ¿Puede traer justicia social?

«Existe una angustia común que nos caracteriza a todos los artistas. La redención. Todos queremos redimir al mundo y que el mundo y la sociedad no sean lo que son, sino lo que nosotros pensamos que debe ser. Esa consigna nos conduce tantas veces al desengaño, la desesperanza, y es obsesiva. Existimos, fracasamos y seguimos existiendo hasta el final de nuestra vida. Yo estaba convencido de que iba a motivar a la gente a la reflexión, que iba a acabar con la injusticia. Fracasé y cambié de discurso, pero no la intención redentora. No daba ningún resultado decirle a la gente que era pobre, era más humano o generoso hacerlos participar de mi euforia creativa, hacerlos cómplices de mis aventuras y descubrimientos del color para darles el placer de ver y abrirles los horizontes del conocimiento».

La belleza y al mismo tiempo el dolor de saber que el artista venezolano vive para redimir lo imposible, para salvar a una nación sufrida, inmersa en la continua desesperación y bajo el yugo de gobernantes desalmados es paralizante. Esta sensación está siendo relatada por un maestro veterano de noventa años que recuerda su juventud, sus principios de hace más de sesenta años como los mismos que hoy nos caracterizan a las nuevas generaciones: es un knockout. Esta agresiva fuga de talentos, muchas de las más maravillosas mentes de nuestro país huyen de él desde hace generaciones. Es un fenómeno que no parece tener final. Las lamentaciones de Cruz-Diez alrededor del necesario distanciamiento de su gente y su cultura, de su triunfo en el medio de las artes sin poder tener asidero en su patria, su raíz motivadora para hacer lo que hace, es algo simplemente desgarrador.

Estando aquí en esta ciudad, en estos tiempos tan turbulentos he conversado con tantas personas maravillosas que solamente piensan en ese país que nos ha parido y nos ha dejado lejos de él, completamente enamorados, con el corazón roto de por vida por no poder darle todo lo que se merece. No hay, no conozco ningún artista que a pesar de estar lejos y que algunos digan que es lo más fácil, no amanezca solo y con ese amante en la computadora esperándolo con las noticias y el sufrimiento de no poder contra ello. No hay venezolano sensible que no ame desesperadamente a su país y que no sueñe cada día con verlo crecer para poder darle lo mejor que sus aventuras le han dejado. El propósito de Cruz Diez ha sido siempre el amor por la cultura venezolana y mostrarla fuera a través de su arte, para construir una identidad nacional que redima a un país sufrido. 

Aquí puede ver Video – Panel Discussion: The Omnivore Realism of Photography