Betina Barrios Ayala

Archive for the ‘Libros’ Category

11

In Caracas, Diario, Libros, Poesía, Reflexión on septiembre 12, 2016 at 9:40 am
12747841_222560011426183_297378050_n

#SpaceFlowers (2016) Scott Kelly

Me siento en el banco del parque. Miro al cielo, siempre. Las nubes pasan, blancas y ligeras. Dibujan formas y espumas que se disuelven. Y yo soy tan triste y absurda. Casi siempre rompo a llorar sola, sin ningún motivo, luego de haberme pasado horas riendo y bebiendo. Miento, casi siempre. Así sea en pequeñas dosis. O en dosis que creo pequeñas, que no importan. Les miento a todos, con mi fachada tranquila, fluida, que no deja ver nada. No me interesa la grandilocuencia. La verdad, prefiero las cosas parcas, llanas. Pero también es cierto que soy la contrariedad. Y me sumerjo debajo de olas que me sepultan, grandes olas vacías, huecas, que me sobrepasan, me hacen girar sobre mí misma y me depositan de nuevo en la orilla, desnuda, mareada. El revoltijo hace nido en el centro de mi panza, y unas cosquillas ridículas, nerviosas me castigan. Y mi cabeza crece, se abomba de pensamientos tontos que no llegan a nada. Y hablo sola, mil veces, mientras camino de un lado a otro, y me repito lo que debo hacer cada día, las cuestiones pendientes, y el tiempo que apremia detrás de mi sombra confusa que se destiñe, y va goteando, exprimiendo partes que pensé me pertenecían. Soy una fábula de animal perdido. No dejaré que nadie me lleve a su falso techo. Vivo tras la vitrina que muestra la calle sincera y rota. Los personajes se suceden y me conmueven. Las mujeres con su pelo de colores, que transforma la luz en vetas maravillosas. Parece que flotan algunas mujeres. Y el loco. Ese loco que llega tras el vidrio disgustado. Asoma la ira de sus ojos. Pelea con quien pueda hacerlo, sea par o inanimado. Y despliega toda su rabia que a veces me da miedo, y otras, soy él. Llena de rabia quisiera aparecer así tras la vitrina, y reventar la fachada del mundo, que no hace más que volver trizas el lenguaje y la memoria. Mundo enfermo y falso, rico en demonios cansinos, en ciclos absurdos que le hacen rodar. Condenada forma del mundo, nos has hecho ver que todo gira, rebota en la inmensidad. Somos el eco continuo del mismo error, de la misma trama repetida. Basta de imaginaciones que evocan dioses que no existen. Qué tontería idealizar, si el mundo es mundo. Nunca jamás será otra cosa que una esfera hermosa, pero condenada a permanecer atada a un camino espacial que no puede ser otro. Así es la vida nuestra. Una sola ruta que da vueltas. Nada marcará el inicio de nada. El patrón se repite hasta el infinito. Es la lógica universal. Y el loco. Llega tras el vidrio como un gato fiel, cazador feliz que trae su presa. Abandona las ofrendas en la puerta del lugar. Y soy tan cobarde que le temo. No le puedo mirar. Hundo la cabeza en el libro que sea. En todos esos libros que me rodean, menos mal. Los pasaportes a cualquier parte, los cuencos donde dejo que se vaya toda mi tristeza, los vasos de los que bebo a mis hermanos que me dicen que no estoy sola, que la cosa es así de densa, que duele mucho todo, la vida, amigos. ¿Amigos?

Fragmento

In Libros, Nueva York, Relatos, Viajes on agosto 4, 2015 at 3:42 pm

FullSizeRender (2)

Con frecuencia me pregunto si pudiera leer todo el día, lo haría por seguro, pero me da vergüenza. Por eso me gusta hacer largos viajes en el tren o en el bus. Los disfruto, los agradezco. Ese tiempo es para leer sin parecer agresiva a nadie, más bien muy tranquila, aprovechando el tiempo. Pero tenderse a leer en la casa a cualquier hora es una suerte de descaro. Me avergüenza leer así, pero lo hago de todas maneras. La verdad es que sí lo hago. Siento el gesto del libro de papel más desenfadado, aunque es mi favorito. Pero si estoy leyendo aquí sentada en el escritorio, con la computadora puede ser que esté haciendo otras cosas. Además me permite ir de un lado a otro de una vez, buscar palabras que no sé qué significan o recomendaciones de lectura de otros lectores, que así como estoy yo, también se pasan horas y horas de su día leyendo de un texto en otro, viendo de imagen en imagen, tratando de quedarse con algo, de crecer más. ¿Puede ser? Seguro para muchos esto será ser vago, será vivir en el ocio. Ocio. ¿Cómo puede ser una palabra tan bonita y a la vez tan culpable?. Todo lo bonito es culpable. Puede ser.

Los vecinos de arriba hacen un escándalo espantoso. La mujer inglesa con sus tacones sin días feriados. Joe trabaja con libros, los vende en ferias, y no sé qué. Entonces va el tipo, lanzando cajas de aquí para allá, baja y sube las escaleras, lanza un montón aquí y allá, tira las puertas, da pasos de gigante en el suelo, hace vibrar el techo con todo su peso. Pero bueno, gracias a él tenemos dos grandes diccionarios. Un par de volúmenes de biblioteca de Websters. Junto a estos leí The catcher in the rye. La semana pasada iba en el tren leyéndolo. Y me senté al lado de un tipo que estaba escribiendo. Un texto que ya tenía título, se leía: «HOTEL». Lo mismo en castellano que en inglés. Para no incomodarlo, me incliné hacia adelante, reposando los codos en las rodillas; para así leer, pero sin tener mis ojos a la altura de su papel, para respetarlo. Es incómodo escribir con alguien sentado al lado, y mucho peor si se le ocurre hacer amagos de que pudiera leerlo. Es intrusivo. Puede ser. Pero entonces, él fue el que se dio cuenta de que yo estaba leyendo a Salinger, y me interrumpió para decirme que era su libro favorito. Cuando le contesté que me encantaba, que lo estaba disfrutando mucho, me preguntó que de dónde era yo, porque tengo un acento. Se distrajo preguntando generalidades sobre mi vida, y luego me dijo que entre las cosas que atesoraba el asesino de John Lennon, estaba el libro de Salinger, que era una de las cosas que tenía cuando lo llevaron preso. Me pareció una anécdota periodística poco relevante, totalmente frívola. Es un libro espectacular. Durante el juicio, el asesino de Lenon abogaba que estuvo poseído por Holden Caulfield. Pero, eso no puede ser una excusa para defender que estás en contra del mundo, más bien a favor, para que haya muchos Salinger que escriban y creen Holdens y Phoebes Caulfield. Solo eso, que le den vida a personajes que digan lo que piensan del mundo, pero que no maten a nadie. Creo que ese libro ha dado mucha más vida que la que ha podido quitar. Me decepcionó un poco no poder tener una conversación más interesante sobre el libro con el tipo, que además escribía, sino que se desvió en la farándula, y yo llegué a mi estación y me bajé del tren.

Llorar leyendo

In Argentina, Crítica, Libros, Política, Reflexión, Viajes on noviembre 24, 2014 at 12:48 pm
Río de la Plata, San Isidro. Provincia de Buenos Aires

Río de la Plata, San Isidro Provincia de Buenos Aires

«El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante

y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y,

siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado» 

Antes que anochezca.

Reinaldo Arenas.-

(Cuba 1943- Nueva York 1990)

Apenas ayer estuve de pie una vez más frente a una de las islas que arma mi biblioteca convertida en archipiélago y me decidí por ese lomo verde y cuadriculado que viste la autobiografía de Reinaldo Arenas editada por Tusquets. Lo elegí para viajar conmigo a San Isidro, donde comimos y tomamos el sol a la orilla del río. Fuimos y vinimos en un tren que de ida, se detuvo una media hora mientras bajaban y subían personas que decían que había ocurrido un accidente, alguien se había tirado a las vías. Era como una premonición mientras leía el libro de un suicida. Todos los pasajeros consternados miraban en sus mapas qué tan lejos estaban las paradas de los colectivos que los llevarían a su destino en lugar del tren; mientras yo secretamente disfrutaba el retraso como un regalo. Había ganado más de ese tiempo congelado que me liberaba de la culpa de ignorar todo lo que hace que el mundo marche más lento.

Hay un texto de Federico Vegas que se llama Dos días de soledad que es francamente una belleza. Habla sobre una travesura adolescente que se desata porque cae en sus manos 100 años de soledad y él finge un terrible dolor de barriga solo para tener privacidad suficiente y encerrarse a leer sin ser interrumpido ni descubierto en su momentáneo y placentero hurto. Se adentra en una literatura que le atrapa y a la que no puede resistirse, y en tan solo dos días se marcha a vivir a Macondo haciendo desaparecer todo lo que resta. Mi simpatía por este texto ha revivido hoy mientras degusto el hecho de haberme comido más de 300 páginas en tan solo dos días, también de soledad y complicidad; reviviendo a veces felicidad y muchas más, una profunda tristeza[i].

Mientras viajaba de pie en ese tren sosteniendo un diálogo tan íntimo con Reinaldo Arenas, lloré. Las lágrimas venían solas rebotando en los espejos que se asomaban en esas páginas que me hablaban de la lluvia torrencial del trópico que también amo y que siento lejos aunque nadie me persiga de momento. Aparecían los árboles y los niños trepándose a ellos. Y entonces yo veía el inmenso árbol de granado -o el que yo en ese momento pensaba que era inmenso-,  que habitaba el patio de atrás de la casa de mis abuelos en Cabudare. Allí donde confeccioné tantas tortas de tierra decoradas con hojas y flores, y mi abuelo me enseñaba a teclear en su máquina y a inmortalizar sonidos en su grabadora. Arenas describía los ríos frescos con personajes que saltan de sus rocas haciendo de la felicidad un eco inmortal. Y entonces aparecía el mar, como una dicha, como un cómplice de tanta belleza, como el escenario de los tesoros que nos abrazan en la vida. La de él a su manera, pero yo con la mía, como arrancada de tajo, veía en sus palabras tanta certeza sobre interminables injusticias.

Un escritor disidente y homosexual en la Cuba castrista es un testimonio profundamente duro, que frente a la invasión de este régimen en mi propio país, hoy más que nunca tiene que ser conocido. Mientras ojos escépticos siguen convencidos de que estamos lejos de esa isla, los puntos de encuentro se van haciendo cada vez más cercanos. Estamos separados en tiempo y espacio, pero debemos saber que eso aún no termina. Hace pocos días, un bloguero venezolano residenciado en Londres fue víctima del robo de sus computadores en su casa, también fue amedrentado con fotos de su familia. Este hombre tiene un portal que está censurado en el país en el que se dedica a desmantelar la monstruosa corrupción del gobierno chavista. Esa inteligencia que se dispersa en el mundo detrás de quien denuncia, es una de las macabras formas de la guerra en la que el comandante anciano tiene mucha experiencia.

Ayer, en San Isidro se celebraba un torneo de Hockey. Mientras estaba recostada leyendo escuché que una muchacha le preguntaba a otra si ya había visto a los venezolanos, que estaban buenos. Yo sonreí, y me levanté para ver si podía compartir con ellos y así enterarme de algo. No lo hice directamente. Cuando regresaba del baño, comencé a caminar más lento mientras pasaba frente a un toldo en el que conversaban varios con sus torsos vinotinto. Escuché entonces que decían, frente al asombro de un argentino, que habían viajado sin recursos, que ya el lunes verían si les habían aprobado las divisas. Me alejé moviendo la cabeza. Cuando regresé a mi lugar en la grama para seguir leyendo, había un grupo de estos venezolanos uniformados sonriendo bajo el sol de cara al río, disfrutaban de una cerveza y una conversación y yo me sabía junto a ellos, unidos en el mismo sentimiento de encontrarnos en el horizonte buscando algo tal vez perdido.

Es verdad que hay distancia entre los años relatados por Arenas en sus memorias y los que vivimos hoy, pero el personaje a quien responsabiliza de todas las calamidades que padece él y en general el pueblo cubano desde hace tantos años, sigue siendo el mismo. Inmortal como la crueldad en la tierra. Un hombre que aún tiene quien lo respalde, quien lo escuche, quien lo copie, cuando tanto se sabe ya del alcance de su ferocidad. Sinceramente, es una irresponsabilidad ignorar la trayectoria de los líderes de los líderes de hoy. Quienes todavía se refugian en la idea de que por donde vamos, vamos a algún lado, mucho les falta una dosis de capacidad crítica y de enfrentarse a esos castillos de arena que de a poco se les van cayendo encima. Con todo lo que se ha escrito sobre el socialismo real, es una pena y al mismo tiempo una buena templada de orejas que ese discurso y sus maneras haya alcanzado a Venezuela.

Desde un exilio voluntario vivo con la incomodidad y el dolor de saberme cada día más lejos de lo que cuando tuve nunca supe que podía perder. Me silencio hallándome tantas veces culpable de mi ausencia, de mi conveniente elección de alejarme. Sin embargo, leo para encontrarme en las palabras de otros en las que me convierto en resonancia y desde mi escritorio nómada intento no callar.

«Yo sabía que en aquél sitio yo no podía vivir. Desde luego, diez años después de aquello, me doy cuenta de que para un desterrado no hay ningún sitio donde se pueda vivir; que no existe sitio, porque aquel donde soñamos, donde descubrimos un paisaje, leímos el primer libro, tuvimos la primera aventura amorosa, sigue siendo el lugar soñado; en el exilio uno no es más que un fantasma, una sombra de alguien que nunca llega a alcanzar su completa realidad; yo no existo desde que llegué al exilio; desde entonces comencé a huir de mí mismo»[ii].

[i] Todo esto a pesar de que los autores de estos libros que comparo vivieron en pugna por sus posiciones políticas. Reinaldo Arenas llama a Gabriel García Márquez testaferro de Fidel Castro en sus memorias; al igual que a Julio Cortázar.

[ii] ARENAS, R. (1992) Antes que anochezca. México D.F.: Tusquets. Arenas se refiere en este párrafo a Miami, ciudad donde reside unos pocos meses cuando logra escapar de Cuba en 1980, año en que Castro autoriza un éxodo masivo a través del puerto de Mariel a partir de unos sucesos en la Embajada de Perú en La Habana. Durante días, cientos de miles de personas se refugiaron en ella para pedir asilo político. El escándalo tuvo un alcance internacional que obligó a Castro a autorizar la salida de barcos a EEUU tripulados por este grupo de personas consideradas indeseables. Arenas logra salir cambiando su apellido por Arinas pues no tenía autorización para abandonar la isla por una prohibición que pesaba sobre su persona por no aceptar escribir textos alabando a la revolución ni a reeducarse sexualmente. Finalmente, fija su residencia en Nueva York hasta el momento de su muerte en 1990.

Mi primer libro

In Libros, Nueva York, Relatos on julio 3, 2014 at 12:20 am

Venía corriendo desde la sala tras ella a toda velocidad y traía una muñeca Barbie en la mano. La agitaba en el aire mientras le gritaba que la alcanzaría. Estábamos eufóricas, encendidas de energía. Apresurada, ella entró en la habitación y comenzó a subir las escaleras de madera de la litera con las piernas desnudas; y entonces ocurrió: le estampé esa muñeca de plástico duro en el muslo derecho. Todavía tiene esa mancha blanca de recuerdo en la parte alta y trasera de su pierna.

Bajó las escaleras muy adolorida. No paraba de llorar y yo me sentía muy mal por lo que había hecho. No había sido capaz de medir la fuerza con la que terminé tatuándole la piel.

Mi papá se acercó al umbral de la puerta y comenzó a gritarme. Eso él no lo hacía nunca. En su rostro había una muestra de confusión. Fue caminando hasta la sala tras ella. Cuando regresó, yo estaba todavía en el medio del cuarto, esperando el castigo.

Me dijo muy serio que le había hecho mucho daño a mi hermana. Que tenía que reflexionar. Me pidió que subiera a mi cama y me quedara ahí. Él se fue de nuevo a la sala a consolar a mi víctima. Sin chistar lo hice y me quedé mirando por la ventana recostada en la pared. Se escuchaban los gritos de los niños que jugaban abajo, los pájaros, y las puertas con su música de abrir y cerrar con el tránsito residencial. Se escuchaba el viento con fuerza desde las montañas. Tenía unos siete años, tal vez menos.

Desde esa altura solo podía seguir mirando por la ventana o coger uno de los libros que reposaban en el estante. No lo pensé mucho. Agarré ese lomo verde y pequeño, con un ancho razonable para la eternidad que me tocaba pasar allí arriba. Me acosté con la cabeza hacia la ventana y comencé a leer. La historia se trataba de una niña huérfana que tenía un perrito y vivía en casa de sus tíos en Kansas, entonces vino un tornado y se la llevó con casa y todo a otro mundo. Allí conoció personajes increíbles. Una muy buena historia.

Estuve allí unas cuantas horas. Mi padre regresó y me preguntó si estaba bien. Que viniera a la mesa a comer, y luego podía volver a mi cama y cumplir con mi castigo. Lo miré a través de la franja que se dibujaba entre las dos maderas que impedían que cayera de mi cama, y le dije que estaba bien, que no tenía hambre. Mi papá comenzó a decirme que no fuese malcriada.

Pero, no. No había ningún drama, yo estaba viviendo mi primer solo con un libro. Me leí toda la historia ese mismo día. Luego bajé, me disculpé con mi hermana por haberme portado como un monstruo y entonces me quedé dormida.

Siempre me han gustado los zapatos rojos.

Judy Garland en The Wizard of Oz, 1939

2014

In Crónica, Libros, Nueva York, Reflexión, Viajes on enero 12, 2014 at 4:20 pm

Eran las tres de la mañana y saliendo del bar me senté en Lorimer St. mientras el cartel digital anunciaba que el tren llegaría en diecisiete minutos. Me sumergí en la lectura del primer cuento de Bolaño en Llamadas Telefónicas, donde habla de Sensini, los concursos literarios y las vueltas de la vida. Escogí este libro con plena conciencia de que me ayudaría a soportar el trayecto. El regreso a casa durante la noche en Manhattan puede hacerse muy largo y hay que intentar mantener los ojos bien abiertos para no aparecer en el Yankee Stadium rodeado de personas que se han rendido también a la fuerza de su propio cansancio.

Terminó la historia donde el autor no para de pensar en Miranda Sensini y acaba con la simpleza de estar en un balcón mirando la luna tomando coñac junto a ella. Me reí varias veces mientras me daba cuenta de que ésa es la maravilla de la vida, simplemente disfrutar de los encuentros que te tocan y las pequeñas cosas que con los ruidos de la cabeza a veces se tornan imperceptibles.

En los últimos días mis conversaciones internas se han vuelto similares a una asamblea multitudinaria; mareas de pensamientos y emociones, de dudas y preguntas que se repiten sin cesar. El monitoreo de Venezuela desde afuera siempre me ha parecido particularmente obsesivo, pero no puedo evitarlo. Estas miras satelitales sobre mi casa, sobre mi país son excavaciones hacia mi interior. El futuro que tanto puede asustar y parecer tormentoso colmado de infinitas incertidumbres. Qué hacer, qué decir, a dónde ir. Por qué esto y aquello. Las malas noticias, la violencia, el miedo.

Pero lo cierto es que noches como esta me hacen entender que también podemos elegir que no sea así. Subirnos a los patines y enfrentarnos a todo lo que nos espera con la mejor actitud. Esta noche cruzaba un parque bajo la lluvia, mirando las gotas caer en los charcos, sumergida en mi propia decisión de perderme en las inmensidades de una ciudad infinita sin teléfono ni mapas. Armada con una libreta llena de direcciones y números con la fotografía de google maps impresa en la cabeza. El Empire State se dibuja a lo lejos cubierto de una espesa bruma, peleando por figurar entre puntos incesantes de luz y yo me digo que no hay nada más bello que hablar solo y caminar sin miedo. No hay nada en las lamentaciones más que una profundización inútil en los problemas que nos abruman porque parecen no tener solución.

Cuando finalmente me senté en la butaca azul en el tren comencé a palpar mis alrededores dándome cuenta de que Bolaño se había ido. Había perdido mi libro que escogí de compañía para el largo recorrido que debía hacer para volver a casa. Éste era apenas el primer tren, debía cambiarme y atravesar todo Manhattan de sur a norte. Pateando en el aire y hablándome sola, entré en la nueva plataforma de espera para el segundo tren. Un muchacho tocaba el violín. Como mis aventuras con Roberto habían terminado me propuse mantenerme despierta conversando. Un peruano de New Jersey me pidió una dirección y su tren llegó primero. Al perder a mi interlocutor, el violinista me preguntó mientras tocaba qué me gustaría escuchar: «Play something sad. I lost my book», le dije.

Me descubrí con un concierto privado de regreso a casa mientras se hacía el tiempo líquido. Me dije a mi misma que no hay otra vida ni otro tiempo que éste que nos ha tocado vivir. Lo que debemos hacer es darnos a la tarea de ser felices, de no esperar nada sino construir momentos simples que le den significado a este milagro que es vivir. Muy a pesar de todo lo que parece estarnos acorralando, la vida sigue, sigue mientras respiramos y solo queda de nosotros hacer lo mejor con esta oportunidad. Enfrentarme al papel en el 2014 para decir que viene un año duro, con decisiones difíciles, pero son los tiempos que nos han tocado y la mejor manera de vivirlos es rescatando las pequeñeces, la inmediatez. De nada sirve jugar a la pitonisa, de nada sirve el miedo y la expectativa paralizante. Debemos seguir adelante porque el camino siempre es largo, pero puede ser apasionantemente bello.

Feliz 2014, que se venga con todo y nosotros sin miedo para enfrentarlo. Después del duelo por perder a Roberto,  me queda la ilusión de que alguien más esté disfrutando su viaje.

Leer Sensini de Roberto Bolaño

Cuando me gusta un libro

In Libros, Nueva York, Poesía on diciembre 1, 2013 at 12:27 am

Cuando me gusta un libro, entonces lo devoro. Saboreo sus páginas y pienso en él de la misma manera que en un manjar: quiero dejar todo lo mejor para el final. Entonces cuando me emociono y leo muchas páginas seguidas, lo cierro. Y ahí se queda mirándome desde la mesa con su coqueta portada y yo lo acaricio como diciéndole que mejor lo dejamos para después. Que no hay que embriagarse tanto.

Cuando me gusta un libro y no puedo leerlo porque tengo qué hacer, entonces lo dejo sobre la mesa y si paso cerca le pico un ojo. Él sonríe y yo sigo mi camino tratando de ignorar que acabo de verlo. Muchas veces pasa que lo tomo por sorpresa y leo un par de párrafos, pero entonces me jalan los quehaceres y tengo que dejarlo. Y me despido del libro como cuando tengo que irme mientras las puertas del tren se cierran y se queda en el andén alguna historia de amor.

Cuando me gusta un libro es como experimentar un romance que ya sé que se termina, y entonces quedo prendada del recuerdo como de una fantasía. Multiplico las excusas para ir de un lado a otro, y en el trayecto tomarlo y darme un buen sorbo. En nuestras conversaciones parecemos divertirnos tanto que los demás que nos observan sonríen complacidos como felicitándonos, a mi y al libro que nos gustamos tanto.

Cuando me gusta un libro hablo bien de él a todo el que pregunte una recomendación para leer. Si es un libro prestado le juro al devolverlo que ya nos volveremos a ver y cuando tengo ocasión lo busco y me lo llevo de cualquier anaquel. Los colecciono, uno junto a otro en el estante para saludarnos de vez en vez y esperar el mejor momento para volvernos a conocer.

A los que nunca terminaron nada

In Crítica, Libros on julio 15, 2013 at 6:31 pm

Releer es un ejercicio de placer. Por supuesto que leer también lo es, pero hacerlo repetidas veces es el arte de identificar las genialidades que se escapan en las primeras comunicaciones con los textos. «A los que nunca terminaron nada» es un cuento que he releído con delicia una y otra vez. Vale la pena disfrutar muchas veces de un buen trago. Este cuento es un símil para ello.

Una magia que se desplaza a través de diálogos construidos con absoluta humanidad. La virtud de la narración que incorpora personajes mucho tiene que ver con la forma en que estos se comunican. En este relato se escapa el tiempo entre sensaciones que conmueven y asombran. A través de una descripción detallada del espacio, de las personalidades que interactúan, de sus comunicaciones y pequeños rasgos, se puede percibir un performance para el lector como piezas que se mueven en un escenario de teatro. Personajes vivos, reales, dolientes de esa infinidad de tormentos que jalan como torbellinos, pero que con suficiente sensibilidad y realidad asoman los verdaderos placeres de la vida.

La magistral pluma de Oscar Marcano queda puesta en evidencia. Relatar episodios perfectamente palpables es una virtud exquisita. En esta historia asoma personalidades tristes que poco a poco van develando rasgos que conmueven e irradian extrema simpatía. El lector puede terminar identificándose con cualquiera de ellos, porque si bien hay un drama expuesto, la espontaneidad de la trama desnuda la maravilla que se esconde en un encuentro impredecible entre dos desconocidos. A través de esta narración emprendemos un viaje a la fragilidad humana, los desaires de una vida sin promesas, un paseo por esas conversaciones que develan quiénes somos en realidad, cuánta intimidad puede mostrarse frente a un extraño y cuánto dolor puede irse en un buen rato.

Marcano presenta dos personajes que se encuentran evadiendo cada uno sus verdaderas tareas. Pedro, quien protagoniza el texto, tiene cincuenta años y se describe a sí mismo como alguien que le hace mandados a un librero, sentencia que tiene un futuro parco y se deja seducir por la entrada de una mujer al bar que frecuenta. Ella se llama Tamara, una hembra espectacular, llena de atributos físicos que dejarían a cualquiera completamente seco de verla. Aparece con un vestido rojo y zapatos de tacón alto; antes de llegar allí pretendía asistir a una reunión de Alcohólicos Anónimos, pero se desvía y entra al bar de Tony.

La historia transcurre en medio del encuentro de estos dos personajes que se hallan profundamente solos y en horarios inadecuados para estar en un bar. Se excusan, se exponen y se liberan. Beben y hacen chistes que por momentos les hacen abandonar su profundo desahucio frente a la vida, y en un abrazo de identidades unidas por ese apego al alcohol se desata una historia breve, pero que de alguna manera toca las fibras sensibles del lector que se acerca tanto al texto que casi puede verse sentado en alguna mesa observando la escena.

Alberto Barrera Tyszka escribe en Prodavinci sobre «Solo quiero que amanezca» – libro de Oscar Marcano que contiene este cuento- reeditado por Punto Cero y ganador del Premio Internacional Jorge Luis Borges en 1999: «Aquí hay cuentos que muchos escritores hubiéramos querido escribir; cuentos que ningún lector podrá olvidar». Sin duda, «A los que nunca terminaron nada» es una clara muestra de ello. No tiene desperdicio alguno sumergirse en la gracia de lo impredecible. Esta historia satisface ese deseo de hallar maravillas en el fondo de los vasos que irónicamente se dice tomamos para olvidar.

Leer «A los que nunca terminaron nada»

On the Road

In Libros, Reflexión on noviembre 7, 2012 at 3:33 pm

Mi tía dijo en una ocasión que en el mundo nunca habría paz hasta que los hombres se arrodillaran delante de las mujeres y les pidieran perdón. Dean lo sabía, lo había dicho muchas veces.

–          Yo he suplicado y suplicado a Marylou – dijo –  para que mantuviéramos unas relaciones pacíficas y comprensivas y de un amor puro y dulce y eterno, dejando a un lado lo que pueda separarnos… pero ella no me deja en paz, trama algo, quiere hundirme, no entiende lo mucho que la quiero, está buscando mi perdición.

–          Lo cierto del asunto es que no entendemos a nuestras mujeres – añadí yo -. Les echamos la culpa de todo y, de hecho, la culpa la tenemos nosotros.

–          La cosa no es tan sencilla como eso – me previno Dean -. La paz llegará de improviso, no nos daremos cuenta cuando llegue… ¿Te das cuenta tío?

 

Fragmento de un diálogo entre Sal y Dean.

Tomado de “On the road” de Jack Kerouac.-

Traducido por Martín Lendínez.

Nueva York. 1957.

____________________________________________________________

Esta novela es un clásico de la literatura norteamericana que relata largos viajes de bajo presupuesto. Situaciones extremas, soledad, diversión y amor. Pasará el tiempo y esta humanidad continuará sorteándose ante las mismas dudas en torno a las mismas cosas, tal vez llegando a las mismas conclusiones.

¿Acaso leemos para conseguir respuestas? Seguir leyendo al menos tranquiliza.

Hay que leer, leer y leer.

Blue Label / Etiqueta Azul

In Crítica, Libros on junio 14, 2012 at 4:14 am

Confieso que me mostré escéptica al principio. Quizás se asomó tímidamente el prejuicio.

Cuando comencé la lectura cotidiana, casi obsesiva, de obras de autores venezolanos; tomé de la vasta biblioteca de mi casa[1] “Transilvania Unplugged”. Realmente me llamó la atención ese título. Me parece que imprime bastante estilo; además de que el arte del libro consiste en una fotografía en blanco y negro muy atrayente, que retrata algún paisaje urbano de una ciudad de Europa del Este. Ese detalle estético, unido al significado musical de la palabra “unplugged”; que es una clásica referencia positiva automática, con denominación anglosajona, de trabajos encantadores, deleite para los oídos, hechos en cualquier idioma y desde hace bastante tiempo; me llevó a idealizar.

A pesar de eso, lamentablemente, experimenté una especie de decepción por esa misma imaginación previa, porque aunque me apene decirlo, no me pude subir a ese tren. Abandoné la lectura de “Transilvania Unplugged”. Por alguna razón no pude quedar atrapada en su narrativa; quizás pequé al exagerar con mis expectativas. Un error humano común que muchas veces se comete. Sin embargo, hoy acabo de terminar de leer “Blue Label/ Etiqueta Azul”; que caso contrario al anterior, el nombre del libro no me permitía anticipar mucho. No pude pensar en nada antes de comenzar a leerlo. Ninguna idea llegó espontáneamente a mi mente acerca de qué tipo de historia me iba a encontrar. Pero me animó saber que es una obra muy aplaudida por la crítica, que aunque a veces se equivoca, es también una magnífica referencia.

Y esta vez no se equivocó. “Blue Label / Etiqueta Azul” es sin lugar a dudas una obra maestra. Una escenificación de una generación que comparto. Una viva representación de una adolescente que puedo reconocer. Muchas facetas de la personalidad de Eugenia Blanc son sencillamente transparentes. Un personaje femenino construido con una perfección absoluta por parte de un representante del sexo opuesto. Extrema y precisa sensibilidad la de Eduardo S. Rugeles para caminar con zapatos prestados y escribir una prosa atrapante, magnífica. Una historia de la cotidianidad caraqueña. Ambientada en los románticos “2000…”. Años con los que me identifico porque jugaron un papel importante en la definición de mi misma. En los que me descubrí en secreto porque muchas veces no era capaz de decir lo que pensaba. Una niña metida en un cuerpo que crece más rápido que la experiencia. Una época “esponjosa” porque era capaz de captar momentos con intensidad y especial frecuencia. Una segunda vuelta sobre ese primer descubrimiento de cuando se es niño. Un hallazgo de la personalidad. Y todavía está vigente. Trata muy de cerca el delicado, pero presente tema de la “fuga de cerebros”.Retrata al venezolano que se avergüenza de sus compatriotas. Recuerda esa célebre frase del polémico “Caracas Ciudad de Despedidas”[2]: Caracas sería mejor sin la gente, porque Eugenia también se asquea de la mayoría de quienes la rodean.

Me hallé ahí muchas veces. Admiré siempre a Eugenia. Su rudeza. Un personaje maravilloso. Felicito cariñosa y humildemente a Eduardo por su trabajo. Realmente una motivación para animarse a buscar la inspiración en lo que existe, en el recuerdo. En la construcción de algo real, que bien no descarto se acompaña de ficción. No puedo dejar de decirle que este libro será por siempre una referencia para mi ánimo de escribir una historia con más de cincuenta páginas de continuidad. Lo leí prestado de una de mis bibliotecas favoritas, la personal de otro gran coleccionista de libros, y hoy lo compré para mí, porque quiero que esté siempre conmigo.

Una vez más afirmo, por experiencia, que no hay espejismo más claro que el prejuicio. Todo te puede sorprender. ¡Y de qué manera!

¡Vive! Como aconsejó Titina a Eugenia. Vive para leer todo lo que puedas.

Sinceramente, no puedo esperar por “Liubliana”.


[1] No puedo dejar de darle crédito a quien lo merece. Joaqui es un apasionado coleccionista de libros.