Betina Barrios Ayala

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2016

In Caracas, Crónica, Diario on marzo 13, 2016 at 9:48 am

2016

Saco dinero del cajero, y es un bulto tan grotesco que es obsceno llevarlo en los bolsillos. Aparece el fardo en la ranura y lo guardo en mi pantalón. Kamikaze. Lo doblo bien y lo pongo entre la liga del pantalón y mi cadera. La mitad a cada lado. Tengo que dejar que me masajeen todos los dedos que se han paseado por esos billetes. Cuando camino los siento deslizarse por mi pierna. Cayendo desordenados, a punto de salir por mi talón. Soy millonaria de papeles inservibles. Personifico una piñata rellena de estampas del libertador.

Pregunto a cómo el kilo de queso amarillo. Es que se fue la luz  a medianoche, y ya a las once de la mañana, como no había regresado, resuelvo que comeremos sándwich todo el día. El charcutero dice seis mil trescientos y pico, se me salen los ojos, miro al suelo, y entonces pido queso blanco. Como siempre. Pero tengo el atrevimiento, el osado deseo de variar. Porque me acuerdo de las canillas con jamón y queso, me acuerdo de las canillas. Solo doscientos gramos, ya sabes. No se puede comprar más. Él no me mira. Está automático y todas las etiquetas marcan más de 1000. Cocino con la grasa de la tocineta porque no tengo aceite. Me alegro de conseguir servilletas suaves. Se me olvidó el sabor del pescado, ni en una lata de atún. Bebo cocuy. Veo a mis amigas por Skype.

No tengo filtro. No tengo botellón. No tengo ozono. No tengo una olla grande. Salgo a comprar agua. Cuando comencé a hacerlo encontraba la de cinco litros a 250, precio justo 30. Luego desapareció, y vinieron las de litro y medio. A 70, a 80, a 120, a 200; pero en realidad cuesta 18. Compro a 70 la de 600 ml, que cuesta 10. Pero también la he pagado a 80 y a 120. Siento un gran remordimiento por la cantidad de botellas de plástico que consumo. Veo videos de huertos caseros, de herramientas para cortarlas, DIY. Las acumulo. Ahora bebo agua con cierta culpa. Es muy caro cada sorbo, y ya tengo demasiados potes. Pero no hay nada que pueda hacer. El botellón de plástico del camión cuesta 4000 bolívares; y eso, es de plástico, ya ni siquiera de vidrio, ni trae precinto de seguridad. Tampoco se consigue. Nadie te lo vende. Hay denuncias de que el contenido es de dudosa procedencia, que muchas personas van a la cota mil a rellenarlos con los chorros que vienen del Ávila. Fantaseo con robar uno. Fantaseo con robar. Ok.

Voy a bajar del autobús, pero está que se revienta ya por allá en Caño Amarillo. Dos hombres en la puerta, que viajan en la escalera, comienzan a pelear. Que si le tocó el culo, que si le gusta. Donde pueda, por favor. Permiso, disculpe. Maricón, pa’ que te subes si no quieres que te toquen. No te subas si no quieres que te toquen. Paga un taxi. Bueno. Señoras y señores, yo no vengo a robar a nadie. Es solo una colaboración en billetes verdes y de Simón. Tome, señor. No, mi amor, son veinticinco. Pa’ San Antonio son 75, pero está trancado, así que son 80. Disculpe, estoy en la cola. Yo ya estaba, pero fui allá a la sombra. Ah, bueno. Señor, espere, hay un discapacitado. Pa’ la próxima.

En la radio dicen que la cosa está normal, el tránsito avanza, no hay volcamientos ni protestas. Más tarde, una tranca severa, intensa, mortal. Solo pueden pasar los rústicos que van por el hombrillo, si vas en un carro normal te calas tu cola. Ajá. Les aconsejo, vayan por la cota mil. No lo piensen. Eviten la Francisco Fajardo. Eviten la calle.

Corea del Norte está haciendo más ensayos nucleares. Esquivel pagó 7 millones de dólares de fianza en Nueva York. Los narcosobrinos. Al bolichico le dijeron ladrón en Barajas. 28, Tumeremo. EstadoForajidoNarcoMinero. Donald Trump es Chávez. Zika. Chikungunya. Dengue. Maduro renuncia. Maduro nunca va a renunciar, dijo Diosdado. Capriles va preso. Unión cívico militar. ChávezFueAsesinado. Cierre técnico de la UCV. Viaja a 200 bolívares por dólar. No, CADIVI no. Con los reales de tu papá. Malandro linchado y quemado en Catia. SeLoMereceEnQuéNosHemosConvertido. Enmienda. Revocatorio. Racionamiento. Marcha. Escasez. Inflación. Hiperinflación.     El          Guri          está          en          el           nivel           más         bajo           registrado. ObamaLaAmenazaEresTú. HastaLaVictoriaSiempreComandante. ATresAñosDeTuSiembra.

Canas

In Caracas, Crónica, Diario, Uncategorized on febrero 4, 2016 at 11:14 am

canas

Arrastro un factor genético ineludible: estoy llena de canas. Han poblado mi cabeza hasta llevarme a horas y horas de elucubración. ¿Ocultarlas o dejarlas ser?  He sucumbido. Es inútil. Tengo que llevarlas conmigo, de otra manera me esclavizará mi propia decisión de maquillarlas. No puedo estar conforme con ese verbo: esclavizar. Prefiero ser racimo de rayos blancos, antes que aterrarme al verlas surgir cada vez más fuertes en las raíces de mi frontera norte. Allí las dejaré, así rebeldes y antipáticas como son. Ya hasta me caen bien. No se doblegan. Si busco eliminarlas, se multiplican. Son estoicas, imparables. Me he cortado el pelo bien corto. Encontré en la voz del custodio de las tijeras la opinión final sobre el destino de mi pelo: ‘Déjate eso así. Van a parecer rayitos’. Rayitos, debe ser algún término estilístico que ignoro. Dios no le da cacho a burro. Yo que nunca pretendí cambiar el color de mi melena. Siempre negra, el pelo parejito. El mayor atrevimiento al que me sometí hace unos años fue a cortar una pollina, y eso que ya había superado lo trágico que fue para mí llevarla cuando era pequeña. Metiéndose en los ojos como alfileres, creciendo sin parar, y esas ondas impetuosas que hay que aplacar con calor. La pollina solo es una opción si aprendes a cortarla y moldearla tú misma, es un consejo. Lo cierto es que no puedo evitar querer verlas, tratar de saber cuántas son. Roto la cabeza, muevo el pelo de un lado a otro, dibujo líneas con el dorso de mi mano, la sostengo, veo: ¿Cientas? ¿Miles? ¿Cuál será el número? ‘No importa’. Sacudo la cabeza en este pequeño espejo. El único que hay aquí. El regalo de alguien alguna navidad. Cuando en navidad la gente se daba regalos relativamente representativos. Ya la cosa no es así. El señor de la cola del supermercado, su pelo más blanco, me doblaba la edad, y me decía que bueno, las cosas, así como hoy, nunca. Esto es inédito. Me compadezco de los jóvenes de hoy, ¿En qué año naciste tú? Uff imagínate, yo soy un activista social. Siempre lo fui. Trabajé en barrios, con las comunidades construyendo casas. Para entonces te ofrecían un cafecito o algo, pero yo les decía que no, que no me gustaba. No por nada, sino que tenían tan poco, no iba a quitárselos. Les dejaba el café. Pero eso se acabó, todo eso se acabó. Y así también me dijo la otra muchacha en la cola para pagar, la novia del mototaxista; que la gente tiene que cambiar, la gente no puede enloquecer cuando llegan los productos. Imagínate, se llevan cuatro mayonesas si pueden. Hay que pensar en los demás, así no podemos. Qué caro, sí. Eso que llevas en el carrito, serán ya como 3000 bolos. Y eso que es para una sopita de pollo con fideos, porque andamos resfriados. Bueno, imagínate. Y el pelo liso, muy liso, casi tieso. Y la piel tostada, tostada, como una oblea. Y la voz dulce, y la pose coqueta, y la ropa zurciendo las curvas, y ella toda, igual que todos, una isla, salvo para hablar con su novio, que no se halla en la fila, el mercado, las luces led blancas, la fila, la fila, la fila. La dureza de todos o de muchos en la calle, en cualquier momento. Vamos de lo sutil a lo animal a paso veloz, vamos por la calle como balas, tropezando, abrazando las bolsas, escondiendo lo que pudiste comprar, caminas con la cabeza gacha, y te salen canas, te salen canas, tras cada paso el pelo más blanco, cada día, con el ticket entre las manos, alejándote del mercado que está colapsado entre sus estantes vacíos y sus precios que ya no pueden esconder los ceros, los ceros, los ceros. Son como las canas, no se dejan domar.

Habrá que dejarlas brillar.

 

Herido en casa

In Crónica on abril 6, 2014 at 12:16 pm
Imagen tomada de la página web del artista http://www.ryanhewett.com/

Ryan Hewett
RELEASE ME
Oil on Canvas
http://www.ryanhewett.com/

Crucé la puerta de entrada y no podía creer lo que escuché decir a mi mamá. Cerca de las diez de la noche, venía con una torta en los brazos y una sonrisa que poco me dura en estos días de profunda oscuridad. Ella me dijo que teníamos un herido en casa.

Mi hermano atravesó la sala de entrada cabizbajo, me saludó con un gesto desesperanzado y yo lo seguí hasta su cuarto. Sentado en su cama estaba ese muchacho. Tenía una sonrisa terrorífica, parecía sentirse extraviado, sus ojos eran nobles. Vi todos mis recuerdos de estudiante arrastrarme y me dolió como un zarpazo, como siempre, ahora, todos los días. Estaba envuelto en cobijas y mi mamá le preguntaba si aún sentía frío mientras le calentaba una sopa. Su ropa y zapatos estaban arrumados en una esquina completamente manchados de sangre. Tenía vendas en los brazos y la espalda. Lloré. Lloré mil veces porque así debe ser la guerra. Le ofrecí un pedazo de torta. Él me sonrió.

Diego, mi hermano, estaba en casa después de las manifestaciones del viernes 4 de abril. Ya me ha contado numerosas historias de la represión, cómo tienen que esconderse en edificios e iglesias. También cómo los persiguen para llevárselos injustamente presos, cómo los maltratan y agreden como si de escoria se tratara. Mientras miraba la televisión recibió una llamada extraña, su amigo le decía: «Me dieron, sálvame». Diego se levantó, comenzó a caminar confundido y tomó las llaves del carro. En el camino volvió a marcarle al herido, le preguntó dónde estaba y dijo que lo llevaría a una clínica; a lo que él contestó que no tenía seguro y que estaba en el CDI. Allí no lo curaron, no hay con qué ni por qué. Él estaba tembloroso y asustado: «Apúrate, chamo. Me van a venir a buscar los pacos».

Diego colgó y condujo hasta Chuao, entró al estacionamiento del CDI; estaba desierto. Puso la palanca en neutro y le marcó otra vez, le dijo que estaba afuera, que dónde estaba. Se sintió observado, inquieto. Un minuto más tarde apareció la imagen del herido, cojeando, atravesando con dificultad el asfalto para llegar hasta el carro. Él vive en Los Teques, y afirmó tener más miedo de decirle esto a su mamá, que a enfrentarse mil veces más a la Guardia Nacional. Diego no sabía qué hacer con su compañero ensangrentado y muerto de frío, ¿A dónde llevarlo? Se apresuró para llegar a casa, tocó la puerta de la vecina de enfrente que es médico. Ella lo curó, lo vendó, lo salvó. Esa noche durmió con nosotros, en la cama de mi hermano bajo la mirada protectora de todos. Le cambiamos las vendas, lo acompañamos. Él nunca será el mismo. Ya nada será igual. Pero no tiene miedo, no Señor.

La historia dice que ambos estaban manifestando en Chacaito. Diego se fue alejando con un grupo, mientras él se retiraba vía Las Mercedes. Se despidieron. Ya se verían en la Universidad. Mientras el muchacho caminaba para alejarse del lugar, una brigada antimotín apareció sedienta de reprimir hasta lo que ya no se manifiesta. Lo rodearon entre varios y lo comenzaron a amenazar. Lo reventaron a perdigonazos. El brazo actuó de escudo protegiéndole el rostro. La cara, apuntar a la cara, la cabeza, el daño máximo, el odio, el resentimiento, los vestigios de la mal llamada revolución y ahora su sello aparente. Un par de balines le atravesaron el brazo izquierdo de un lado a otro, perforándole completamente la piel; los demás se dispersaron, hiriendo a quemarropa, profundo, visceral. Masacraron su espalda, lo golpearon. Su bolso quedó lleno de orificios y pequeñas metras negras. Cayó al piso de dolor, paralizado de miedo. Los guardias solo decían «Mátalo». A lo que uno más cruento respondió: «No vale, déjalo ahí que ese se desangra y se muere solo».

Así está la violencia, así está el país, ésta es la guerra. Los estudiantes frente a la «Fuerza Armada» de  un proceso fracasado, ciego, pobre, cundido de miseria y desmedida corrupción. Que doloroso es saber que hay quienes toman un borrador y sin pudor recortan y pegan la historia para hacerla parecer justa y conveniente a sus intereses, sirviéndose de la ignorancia y la mentira para justificar cualquier acción. Yo no perdono esto. No perdono atentar contra los jóvenes, es la muestra de cobardía y salvajismo más grande de cualquier régimen perverso, apátrida y represor. Un desgobierno débil, que se burla del pobre utilizándolo como excusa para mantenerse robando. Un buen gobierno no se sirve de la violencia, un buen gobierno trabaja, no habla desesperado acaparando todos los medios para demostrar quién es. Demostrar que no es, que es nada, nadie. Es basura, es vacío, es horror.

Este punto de protesta comenzó el día de la juventud. No es casual, no.

Suenan detonaciones y gritos en la mañana. La guardia está en la calle. Cacerolas. Reclamos. Justicia.

Gritemos con brío:
¡Muera la opresión!
Compatriotas fieles,
la fuerza es la unión.

¡VIVA LA UNIVERSIDAD! ¡FUERZA ESTUDIANTES!

Cruz-Diez y nuestra trampa de luz

In Crónica, Nueva York, Reflexión, Viajes on febrero 10, 2014 at 7:03 pm

Recibí un mensaje por Facebook con una foto.  Una amiga compartía el evento e invitaba a un grupo a que nos reuniéramos ahí a comer tequeños y pasapalitos venezolanos gratis y brindar con un ron Santa Teresa, marca que siempre anda por ahí detrás de todos estos eventos culturales criollos abroad. La última vez que asistí a una de sus muestras tampoco estaba en Venezuela, sino en Buenos Aires. Esa vez, en el MALBA, quedé maravillada mientras caminaba con zapatillas quirúrgicas para no manchar los pisos inmaculados de blanco que reflejaban luces multicolores en todas direcciones. Me paré frente a sus creaciones moviendo mi cuerpo de un lado a otro para observar la metamorfosis de las formas y colores de esas líneas que cuando te acercas están estáticas. Recorrí las máquinas que él mismo hizo para trazar cada una de ellas a la perfección, para luego rellenarlas de color y recrear movimientos mágicos a la vista. Sufrí una envidia plena de la ciudad de Houston y cómo sus rayados peatonales son muestras callejeras de lo mejor del arte venezolano, y es allí también donde reside la fundación que lleva su nombre. Así es la cosa, para ver a este gran maestro del arte hay que dejar las fronteras porque él mismo hace cincuenta y tres años que las dejó atrás, pero solo en el plano físico, porque en su discurso y en sus recuerdos está esa vena abierta de la patria herida y el deseo de redimirla de su eterno sufrimiento.

Miento. La última vez que vi un Cruz-Diez fue en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas el año pasado, ese museo que ruge debajo de Parque Central, dando alaridos por sobrevivir. Estaba una de sus obras cinéticas bajo una sombra triste, opacada e imposible de apreciar. Bueno, la verdad es que he vuelto a mentir en este texto, porque la última vez que lo vi fue en el Aeropuerto de Maiquetía debajo de mis zapatos, como una foto más de los vanidosos viajeros de Instagram. Ese piso que es una imagen emblemática de la entrada y salida del país; un piso sucio, deteriorado. Un mosaico que ha perdido muchas de sus partes como si se tratara de un rompecabezas sin terminar. Además, de que como él mismo afirma en la fantástica entrevista publicada en El Nacional el día domingo 9 de febrero, es un trabajo que ni siquiera le han pagado desde que fue cerrado el trato hacia 1974. Entonces, eso de que el gobierno venezolano no valora ni promociona el arte es patrón repetido, una vez más.

Lo cierto es que ahora en Nueva York en Park Avenue y 68, en el edificio de Americas Society y hasta fines de marzo, está expuesto parte del trabajo fotográfico que el artista hizo desde principios de los años 1940 y que refleja el objeto de su curiosidad más genuina hacia las raíces de nuestra cultura. En la inauguración de esta muestra llamada Within the light trap: Cruz-Diez in Black and White, su curadora Gabriela Rangel junto con el escritor Antonio Muñoz Molina compartieron con los asistentes una grabación de una entrevista hecha a Carlos Cruz-Diez, donde en sus respuestas acerca de la naturaleza de su trabajo dejó colar excelentes reflexiones que me han dejado completamente conmovida durante días, y hasta cierto punto con un sinsabor que se refleja en su afirmación titular de la entrevista en El Nacional antes mencionada: «A mis 90 años he vivido en carne y hueso tres veces la misma comedia, pero con decorado y vestuario diferentes».

Cruz-Diez señala que estos retratos de los Diablos de Yare, la Burriquita y otras manifestaciones culturales propias de los venezolanos, eran información que le ayudaba a encontrar un discurso que le identificara como un hombre de una Venezuela sufrida buscando soluciones a sus problemas. Muchas de estas fotos eran un esquema temático para cuadros de denuncia social.

Entre las mejores preguntas hechas por los moderadores al artista estuvo la siguiente:

¿El trabajo de los artistas puede de alguna manera mejorar la condición humana? ¿Puede traer justicia social?

«Existe una angustia común que nos caracteriza a todos los artistas. La redención. Todos queremos redimir al mundo y que el mundo y la sociedad no sean lo que son, sino lo que nosotros pensamos que debe ser. Esa consigna nos conduce tantas veces al desengaño, la desesperanza, y es obsesiva. Existimos, fracasamos y seguimos existiendo hasta el final de nuestra vida. Yo estaba convencido de que iba a motivar a la gente a la reflexión, que iba a acabar con la injusticia. Fracasé y cambié de discurso, pero no la intención redentora. No daba ningún resultado decirle a la gente que era pobre, era más humano o generoso hacerlos participar de mi euforia creativa, hacerlos cómplices de mis aventuras y descubrimientos del color para darles el placer de ver y abrirles los horizontes del conocimiento».

La belleza y al mismo tiempo el dolor de saber que el artista venezolano vive para redimir lo imposible, para salvar a una nación sufrida, inmersa en la continua desesperación y bajo el yugo de gobernantes desalmados es paralizante. Esta sensación está siendo relatada por un maestro veterano de noventa años que recuerda su juventud, sus principios de hace más de sesenta años como los mismos que hoy nos caracterizan a las nuevas generaciones: es un knockout. Esta agresiva fuga de talentos, muchas de las más maravillosas mentes de nuestro país huyen de él desde hace generaciones. Es un fenómeno que no parece tener final. Las lamentaciones de Cruz-Diez alrededor del necesario distanciamiento de su gente y su cultura, de su triunfo en el medio de las artes sin poder tener asidero en su patria, su raíz motivadora para hacer lo que hace, es algo simplemente desgarrador.

Estando aquí en esta ciudad, en estos tiempos tan turbulentos he conversado con tantas personas maravillosas que solamente piensan en ese país que nos ha parido y nos ha dejado lejos de él, completamente enamorados, con el corazón roto de por vida por no poder darle todo lo que se merece. No hay, no conozco ningún artista que a pesar de estar lejos y que algunos digan que es lo más fácil, no amanezca solo y con ese amante en la computadora esperándolo con las noticias y el sufrimiento de no poder contra ello. No hay venezolano sensible que no ame desesperadamente a su país y que no sueñe cada día con verlo crecer para poder darle lo mejor que sus aventuras le han dejado. El propósito de Cruz Diez ha sido siempre el amor por la cultura venezolana y mostrarla fuera a través de su arte, para construir una identidad nacional que redima a un país sufrido. 

Aquí puede ver Video – Panel Discussion: The Omnivore Realism of Photography

2014

In Crónica, Libros, Nueva York, Reflexión, Viajes on enero 12, 2014 at 4:20 pm

Eran las tres de la mañana y saliendo del bar me senté en Lorimer St. mientras el cartel digital anunciaba que el tren llegaría en diecisiete minutos. Me sumergí en la lectura del primer cuento de Bolaño en Llamadas Telefónicas, donde habla de Sensini, los concursos literarios y las vueltas de la vida. Escogí este libro con plena conciencia de que me ayudaría a soportar el trayecto. El regreso a casa durante la noche en Manhattan puede hacerse muy largo y hay que intentar mantener los ojos bien abiertos para no aparecer en el Yankee Stadium rodeado de personas que se han rendido también a la fuerza de su propio cansancio.

Terminó la historia donde el autor no para de pensar en Miranda Sensini y acaba con la simpleza de estar en un balcón mirando la luna tomando coñac junto a ella. Me reí varias veces mientras me daba cuenta de que ésa es la maravilla de la vida, simplemente disfrutar de los encuentros que te tocan y las pequeñas cosas que con los ruidos de la cabeza a veces se tornan imperceptibles.

En los últimos días mis conversaciones internas se han vuelto similares a una asamblea multitudinaria; mareas de pensamientos y emociones, de dudas y preguntas que se repiten sin cesar. El monitoreo de Venezuela desde afuera siempre me ha parecido particularmente obsesivo, pero no puedo evitarlo. Estas miras satelitales sobre mi casa, sobre mi país son excavaciones hacia mi interior. El futuro que tanto puede asustar y parecer tormentoso colmado de infinitas incertidumbres. Qué hacer, qué decir, a dónde ir. Por qué esto y aquello. Las malas noticias, la violencia, el miedo.

Pero lo cierto es que noches como esta me hacen entender que también podemos elegir que no sea así. Subirnos a los patines y enfrentarnos a todo lo que nos espera con la mejor actitud. Esta noche cruzaba un parque bajo la lluvia, mirando las gotas caer en los charcos, sumergida en mi propia decisión de perderme en las inmensidades de una ciudad infinita sin teléfono ni mapas. Armada con una libreta llena de direcciones y números con la fotografía de google maps impresa en la cabeza. El Empire State se dibuja a lo lejos cubierto de una espesa bruma, peleando por figurar entre puntos incesantes de luz y yo me digo que no hay nada más bello que hablar solo y caminar sin miedo. No hay nada en las lamentaciones más que una profundización inútil en los problemas que nos abruman porque parecen no tener solución.

Cuando finalmente me senté en la butaca azul en el tren comencé a palpar mis alrededores dándome cuenta de que Bolaño se había ido. Había perdido mi libro que escogí de compañía para el largo recorrido que debía hacer para volver a casa. Éste era apenas el primer tren, debía cambiarme y atravesar todo Manhattan de sur a norte. Pateando en el aire y hablándome sola, entré en la nueva plataforma de espera para el segundo tren. Un muchacho tocaba el violín. Como mis aventuras con Roberto habían terminado me propuse mantenerme despierta conversando. Un peruano de New Jersey me pidió una dirección y su tren llegó primero. Al perder a mi interlocutor, el violinista me preguntó mientras tocaba qué me gustaría escuchar: «Play something sad. I lost my book», le dije.

Me descubrí con un concierto privado de regreso a casa mientras se hacía el tiempo líquido. Me dije a mi misma que no hay otra vida ni otro tiempo que éste que nos ha tocado vivir. Lo que debemos hacer es darnos a la tarea de ser felices, de no esperar nada sino construir momentos simples que le den significado a este milagro que es vivir. Muy a pesar de todo lo que parece estarnos acorralando, la vida sigue, sigue mientras respiramos y solo queda de nosotros hacer lo mejor con esta oportunidad. Enfrentarme al papel en el 2014 para decir que viene un año duro, con decisiones difíciles, pero son los tiempos que nos han tocado y la mejor manera de vivirlos es rescatando las pequeñeces, la inmediatez. De nada sirve jugar a la pitonisa, de nada sirve el miedo y la expectativa paralizante. Debemos seguir adelante porque el camino siempre es largo, pero puede ser apasionantemente bello.

Feliz 2014, que se venga con todo y nosotros sin miedo para enfrentarlo. Después del duelo por perder a Roberto,  me queda la ilusión de que alguien más esté disfrutando su viaje.

Leer Sensini de Roberto Bolaño

Fractura

In Crónica, Reflexión on noviembre 10, 2013 at 12:53 am

Un periodista de Venezolana de Televisión acude a una manifestación ciudadana espontánea y elabora su reportaje en torno a que ésta carece de líder y razones para justificarse. Las personas allí reunidas le gritan que se vaya y responden a sus preguntas diciéndole que abra los ojos que hay hambre. La televisora nacional publica un video en sus redes sociales titulado: «Opositores en Plaza Venezuela se negaron a señalar razones de movilización». Estas personas deben estar locas. En el país donde hay un Viceministerio de la Suprema Felicidad no pasa nada. Todo está bien.

Por otra parte, un conjunto de personas autorizadas por el Presidente Nicolás Maduro acuden a centros de venta de electrodomésticos, que se presume tras declaraciones oficiales, han incurrido en delito de venta con sobreprecio. En estos establecimientos se desató un caos autorizado que degeneró en saqueo. Circulan fotografías y videos de personas entusiasmadas llevándose cajas sin ningún tipo de reparo. Sonriendo con sus nuevos objetos mágicos, que simplemente aparecieron sin hacer el más mínimo esfuerzo.

Por último, María Gabriela Isler fue coronada Miss Universo obteniendo así la séptima banda de este certamen para Venezuela. Hay orgullo por parte de algunos. Mensajes alegres por el triunfo de la «belleza de nuestro país».

Un espejo roto es una imagen distorsionada, es una transfiguración de una supuesta realidad. Estas fueron las noticias más destacadas de hoy en la prensa venezolana y no hacen más que reflejar en su conjunto un absurdo. Un presidente que autoriza el caos de forma permanente y que se escuda continuamente en el recuerdo de un padre postizo tieso. Una manifestación de descontento por parte de ciudadanos que sobreviven a la calamidad perenne de un país completamente ineficiente, en el que vivir es un arte de supervivencia más allá de lo usual. Un país que vive una diáspora melancólica con miles de afectos dispersos por el mundo que no hacen más que añorar.

Al mismo tiempo, se desata una fiesta en las mentes más dispersas que se regocijan con la corona de la belleza universal en manos de la Patria. No tiene nada criticable, salvo que ahora ese parece un título irónico puesto sobre un personaje disparatado. Una pantalla nada más. En lo más profundo de lo bello, quizás hay algo que pueda definirnos. Quizás esto sea el propio Osmel Sousa, quien es realmente un personaje insólito de nuestra cultura. Un hombre extravagante, con una risa nerviosa que afirma que el estándar de la belleza venezolana es un bisturí.

Venezuela se ha convertido en una imagen mítica reflejada en un cristal fracturado. Un paraíso que todo el que lo ha poseído extraña. Que no nos mate la herencia y podamos sobrevivir al recuerdo. Las imágenes atroces, el discurso violento y unas elecciones difuminándose en el deseo de prosperidad.

Salir

In Crónica, Nueva York on octubre 27, 2013 at 2:18 pm

Maiquetía es una experiencia penosa. Salir del país es como empujar un torniquete obstruido. Está pasando a convertirse en una hazaña, porque se trata de un maltrato constante. La Guardia del Pueblo cuenta con unos individuos de terrible aspecto que caminan en medio del Aeropuerto Internacional del país con un arma larga entre las manos, frente al pecho. Tienen rostros duros y agresivos como si los que los rodeasen fuesen todos enemigos. Es aterrador. La cola para el chequeo comienza al cruzar el vidrio de entrada. Es enorme y tortuosa. Uno se pregunta qué fue lo que hizo para que todo sea tan cuesta arriba. Los muchachos que manejan las máquinas que plastifican maletas gritan entre sí, mucho más alto que cualquier parlante.

Luego del chequeo y preguntar qué pasa, la mujer tras el mostrador dice que no hay cola. Las tres horas que tienes de pie en una son solo una sensación, es realismo mágico. Eso no pasó.

Ahora, inmigración: otra cola que da ganas de llorar. Una serpiente gigante de personas desesperadas. Agotadas sin que el recorrido haya comenzado. El personal de seguridad es maltratante. Una señora temblorosa a quien le hicieron (como a todos), quitarse los zapatos sin tener un espacio donde hacerlo, se apoyaba del arco detector de metales. La mujer guardiana del pueblo, parada al otro lado le dijo que no podía sostenerse de allí, pero no le prestó ayuda alguna. La asustó y la torturo, pues se trataba de una anciana. Eso pasa allí dentro. También si alguien hace sonar los detectores, lo apartan de la cola mientras sus pertenencias están en la tira automática. Así que éstas en cualquier momento salen volando por obstruir el proceso con las personas que siguen. Y estos viajeros que fueron sometidos a una revisión pública más extensa corren con la humillación de tener que recogerlas del suelo, sin calzado.

En el país hay una guerra silenciosa y muy dolorosa. Aquí hay gente en posiciones de poder muy elementales que son funcionarios públicos y están en contra de la sociedad civil. Entorpecen los procesos y atemorizan con placer. Nadie es confiable. Tomar un taxi da terror. El aeropuerto más importante de Venezuela parece una frontera en conflicto, una zona roja.

El control cambiario ha convertido este lugar en un casino. Con la subida del dólar día tras día, cada uno de ellos vale mucho más con el pasar de los minutos. Y ahí en ese lugar hay. La gente cuenta que al regreso al país estos funcionarios temibles pueden quitarte el efectivo que portas y extorsionarte. Enviarte de regreso a casa sin el dinero que hayas traído, sin que nadie se percate de ello, sin que haya alguna denuncia o reseña en la prensa que abra investigaciones. Auténticos delincuentes uniformados.

Salir parece cada vez más una huida. Los controles son una agresión pasiva a la libertad de derecho. La tristeza y el agotamiento se juntan en esta experiencia. Hace pensar que el país duele porque no funciona. No funciona nada, y cada vez la resistencia tendrá menos espacio para reaccionar, porque nos están acorralando. Es una olla de presión sin límite todo lo que hoy día padecemos. Los venezolanos lloramos con frecuencia como los que viven un auténtico guayabo. Se sufre cada día con la observación del paraíso en caos perpetuo.

Rusia en el Teresa Carreño

In Crónica, Reflexión on septiembre 18, 2013 at 10:57 am

Sábado, 14 de septiembre.

1:00pm.

Fui a comprar unas entradas para ver el Ballet Ruso en 20 Bs. No siempre me ha gustado el ballet, es reciente todo el asunto. Mariana me invitó con unas entradas de cortesía de la Embajada de Noruega hace un par de años y me pareció increíble. Comprendí a una tía que iba todas las navidades a ver El Cascanueces.

No conseguí entradas, así que me dispuse a hacer algo de turismo en el centro. Subiendo una pasarela, -que tristemente han convertido en baño, al igual que muchos otros espacios- el teatro se comunica con el expropiado Hilton y un poco más allá el Museo de Arte Contemporáneo y Parque Central. Perfecto. Vamos a ver qué hay, o al menos por enésima vez, que nunca está de más: admirar el Miró, el Calder, el Chagall y los Picasso. Entro en el Museo. Un hombre saluda con cordialidad. No hay un alma en el lugar. Unos tres cuadros de Cruz Diez en penumbra con un papel bond fotocopiado al lado que los presenta. Me dispongo a  bajar y está cerrado. Le pregunto al hombre qué sucede y me dice que estamos en remodelación y montaje. Sólo están abiertas las salas bla y bla. Eso representa un 30% de todo el museo. Ni modo. Tengo que salir y buscar otra puerta que está saliendo a la derecha después de la curvita una reja verde.

Entro en un jardín decorado con tres esculturas. La última no tiene placa. Me gusta la del medio que es un ciclista descansando. Noto que está echado en una grama llena de monte que nadie ha cuidado. Sigo el camino y un árbol está decorado con una bolsa plástica, las tuberías se dejan ver, los vidrios están rotos y hay un Café cerrado. Atravieso esta segunda puerta y hay un hombre con cara de aburrido extremo. Saluda. Lo saludo. Exposición de sonidos de aves en algunas zonas del territorio nacional. Subo las escaleras y está el mismo montaje que la vez pasada. Llego arriba y hay una muestra de Víctor Valera. Eso es todo. Terminó el Museo. Interesante modelo de abandono y de tristeza. A lo lejos veo algunas de las obras de la Colección permanente, censuradas por la remodelación y montaje.

Nada, ni eso esta vez. Ni eso. Se supone que estoy en un complejo cultural, el cual carece de ella. Es como una espina. Cruzo de nuevo la pasarela y están un par de rusas, o eso creo que deben ser. Tomando fotos con una Tablet Samsung. Un grupo conversa al otro extremo. Espero que nadie esté planeando quitarles su inocente instrumento de pesca de souvenirs en Caracas. Entro a la Librería del Sur. Compro un libro de Luis Barrera Linares a 2 Bs. Estando por aquí entiendo más o menos el tema del Socialismo del Siglo XXI. Todo sale regalado, o eso quieren hacer pensar a los que se dejan seducir por las dádivas de la miseria.

***

Domingo, 15 de septiembre

5:00pm

Un par de llamadas. Moviendo piezas. Recibo un mensaje. Vamos al Ballet. Consiguieron entradas con la mamá de alguien que es ex Directora de tal y cual. Bueno, excelente. Después de todo si voy a ver a Rusia en el Teresa Carreño este fin de semana.

Hace cerca de un mes conocí a una señora rusa en una tarde de trabajo. Ella me dijo que había una crisis mundial y que aquí todavía no estábamos tan mal. Ella sabrá, pensé. Pero lo cierto es que no tengo idea de a qué se refiere porque yo no quiero ir más profundo en esta corriente de destrucción. Entramos al Teatro y acompañamos a Diego a comerse una pizza en el restaurante del lugar. Había un conjunto musical de jóvenes amantes del folklore. No sonaban mal, pero sin darse cuenta o por inexperiencia, el volumen era ensordecedor y no podía dejar de pestañear.

Llegó la hora. Entramos a la sala y una muchacha nos ayuda a ubicarnos en nuestros asientos. Hay otras personas ocupando nuestros lugares. No hay altercado, ceden el espacio y nos sentamos. La Ríos Reyna es un verdadero espectáculo. Hay puestos vacíos a pesar de que supuestamente no había entradas para la función. Me pregunto qué cara tendrá el revendedor que se quedó con ese negocio frío. A los vivos no todo puede salirles bien. Observo niños, muchos. Me temo que no se comporten.

El gobierno bolivariano en pro de la Cultura y las relaciones estratégicas da la bienvenida a la Gran Gala de las Estrellas del Ballet Ruso

Bolivariano. Gobierno Bolivariano, aquí y allá. Patria. Cultura. Comienza la función y me teletransporto a una situación agradable y romántica. De aquí me llevo el arte que había venido a buscar. Las piezas son impresionantes. Los bailarines unos dioses. Pero el piso está manchado, ojalá alguien hubiese pensado en pulirlo. En el techo hay restos de cotillón de alguna función anterior. Dejo de buscar detalles molestos y me concentro en lo mío. Llegó el intermedio. El baño está por explotar de gente. Espero pacientemente hasta que llaman por el parlante a la entrada en el salón. Aprovecho que ya no quedan tantas personas. No hay jabón y está inundado. Papel higiénico enrollado en el piso y en los anaqueles de los comercios no hay. Las puertas no cierran. La gente deja el agua correr. Me quedo cerrando los grifos abiertos y mirando en el espejo manchado todo el apocalipsis en el reflejo.

El Teatro está muriendo con sus fotos de Chávez abrazando niños en los pasillos. Con UNEARTE en el espacio del Ateneo convertido en mercado. Con el Parque Los Caobos hundido en la más profunda oscuridad y sus accesos cerrados por medida de seguridad.

Al término de la función, un niño de seis años grita celebrando enloquecido «¡Perfección!», una y otra vez sin parar. Yo me río de su ocurrencia sincera y desvergonzada. Que lejos estamos de ella. Que lejos estamos del arte. Qué largo se ha hecho el camino de la experiencia.

No sé mucho de Rusia, pero si todavía falta no quiero parecerme a ella. Solo en el ballet.

Solo en el ballet.

Sobre la desmotivación y el dolor de mi patria

In Crónica, Reflexión on agosto 24, 2013 at 10:10 am

«Venezuela es una palabra que busco cada día,

Pero no sé si alguna vez la alcanzo».

Pretexto del plátano frito.

Juan Carlos Méndez Guedez.-

(1967)

En una misma mañana, en espacio de minutos todo se aclara para mostrar la oscuridad en que vivimos.

El conductor del autobús grita que la persona a bordo de la unidad que tiene el brazo fuera de la ventana por favor lo meta dentro. En el metro el parlante dice que por favor vuelva a presionar el botón de emergencia si es que hay alguna. El tren no se mueve. La mujer repite que si continúan presionando el botón sin motivo no se agilizarán las labores.

Las entradas al Centro Comercial Millenium, el cual carece de puertas, pues fue construido como una especie de plaza, están todas cerradas. Para acercarte a la panadería tienes que dar mil vueltas. Nadie parece entenderte cuando te alejas moviendo los labios, murmurando.

El cruce de la avenida se divide en dos. El semáforo está en rojo para la mitad de la calle y en verde para la otra mitad. Maniobras con tu cuerpo para que no se salga de la línea entre la vida y la muerte, haciendo equilibrio entre gandolas y autobuses que parecen huir desenfrenados de una explosión. Las cornetas alteradas retumban en las fachadas de los edificios, rebotan en los oídos y todo esto hace que te duela el corazón.

Llegas a la panadería con el estómago rugiendo. Anoche entraste a la casa a las 9:30 luego de tu último horario de trabajo.

La cajera se está riendo con la compañera. Continúan. Parece que terminó el chiste y le dices:

—     Hola, Buenos Días. Quiero un croissant con queso y pavo.

—     Ok, son 24 bolívares.

—     No, son 34 bolívares. Creo que estás anotando lo que no es (en el letrero a la derecha puedes ver todos los precios por disposición del gobierno bolivariano mientras haces la cola).

—     Bueno, me pediste un croissant de jamón y queso crema.

—     No. Te pedí uno de queso y pavo.

—     ¡Ah! ¿De los que van rellenos? – Y hace un gesto con el dorso de la mano derecha entrando en la palma izquierda.

—     Sí. Exactamente.

Se ríe. Se tarda. Ya el día te corona los nervios. Caminas al siguiente mostrador. Una señora que está parada al lado recibe su pedido y le dice a una mujer que por favor le pique el pastel a la mitad. A lo que ésta responde: Yo le doy el cuchillo y usted lo pica.

La señora te mira resignada. Tú le das la razón con un gesto cómplice. No hay buenos días que valgan. Ella se va. Tú sigues a la espera. Dos o tres muchachos más pasan y preguntan otra vez qué es lo que quieres. Repites muchas veces más que un croissant con queso y pavo.

Una morena te dice que ya está listo. Le agradeces cansada y te vas. Abres la caja a medio camino para constatar que no se hayan equivocado. Te sientes pesimista. Pero tienes razón. En la caja hay un sandwich. No hay un croissant. Pides que todo se vaya al infierno contigo también y regresas a la panadería. Reclamas. Te dan tu croissant. Nadie lo pica a la mitad. Te vas.

Llegas al edificio hablando sola. No te importa lo que digan los demás. Ayer no había luz. Hoy tampoco hay. Hay una gente sentada en el piso con computadoras tratando de trabajar. Las escaleras son una cueva. No hay luces de emergencia. Alumbras con la pantalla del celular con mucha atención para no caer. Tropiezas con los demás que tratan de subir y bajar las escaleras. De repente tienes un trasero gigante en la nariz.

Llegas arriba y no hay aire acondicionado, no hay agua en el baño, no hay internet.

En las noticias dicen que en un hospital público de la ciudad dos mujeres mataron a golpes a una enfermera que les pidió que cuidaran el ascensor. A la hermana de tu jefe la intentaron atracar. A la señora que trabaja en tu casa la robaron. La gente se está muriendo. Todo está muy caro. Hay desabastecimiento. Hay tiroteos en la vía pública. Hay edificios malhechos. Hay secuestro, extorsión y desempleo. Nadie respeta a nadie. La gente se dedica a hacer cosas que no entiende. Muchas personas solo saben decir que no.

Hay que preguntarse, ¿dónde está el país y cada uno de nosotros? Pareciera que ambos perdidos en una ilusión. Debajo de la sonrisa de cada desconocido en el metro, en la avenida, en el autobús. Detrás del mostrador o del teléfono. En las olas del mar de Caruao, en la solidaridad espontánea del desconocido, en la frialdad y placidez del río. En el llano, el viento, la montaña y el sol que corona sus crestas acariciando la piel. En los crépusculos y en la música que toca.

Es dolor saber que cuando jala el torbellino hay que mirar a la ventana.

Venezuela desarma.

Daily

In Crónica on agosto 7, 2013 at 11:03 pm

Cerca de las ocho de la mañana de cada día de la semana estoy ahí. Subo media cuadra, paso el teléfono público a la izquierda.  La señora bajita con vestido milenario, lentes redondos y gruesos me sonríe solo a veces. Otras simplemente habla por teléfono. Me pregunto qué conversará a diario desde ese aparato en evidente desuso que ha sido una y otra vez derribado desde sus cimientos por carros que viajan desenfrenados conducidos por personas víctimas de estupefacientes, completamente iracundos, emocionados o dormidos. O quizás, todas las anteriores.

Desde hace más de tres semanas rasparon la calle de en frente y no la han asfaltado. Hay un levantamiento constante de polvo. La señora alta de pelo blanco se lo ha cortado y el muchacho sonriente llega siempre primero que yo. El señor de setenta años que es abogado y no ejerce, interrumpe mis lecturas matutinas para darme la noticia que yo sé mejor que él: Ustedes son la generación perdida. No sé qué es lo que van a hacer.

Bah, yo estiro la boca hacia un lado y lo miro con resignación. Él no muerde aún cuánto sé de antemano lo que él cree descubrir. Que si cuando tenía mi edad ya tenía casa y muchachos. Yo ni siquiera tengo un cuarto para mi en la casa de mis padres. Es incalculable la cantidad de meses austeros que debo acumular para empezar a pagar lo que sea. La última vez que vi una scooter Yamaha en la calle le grité al conductor que me dijera cuánto costaba. Me gritó que 90 palos mientras se iba su voz con el verde del semáforo. Suspiré. En otra vida quizás fue. Igual me distraigo con el sol que me quema la nuca y la brisa fría de la mañana que no me deja espacio para la derrota.

Aparece el señor de camisa manga larga sin brazo izquierdo, altivo e indiferente como si no tuviese nada de extraordinario. Se hace el loco y no saluda. Fantasmal atraviesa la acera como si nadie lo fuese a notar. Lleva su manga vacía impecablemente planchada y mete el puño elegantemente en su cintura. Casi lo veo flotar lejano hasta desaparecer en la curva de la esquina. Me siento tonta de pensar que algo me falta. Solo Dios sabe cómo taparte la boca.

Pasan motorizados con sus parrilleros lanzando piropos que ni siquiera logro escuchar por la bulla. Hay un conato de choque en la redoma con su respectivo despliegue de cornetas histéricas incomprendidas entre sí e ignorantes de nosotros, los transeúntes, profundamente desprotegidos de las carcazas móviles. Nadie se imagina detrás de esos vidrios rellenos de papel ahumado que un cornetazo genera un silbido que se queda en el espacio como un compañero indeseable por unos cuantos minutos resonando en el cerebro. Nadie.

Los caminantes preguntones me hacen levantar la vista: ¿Sabes si ya subió el Metrobus?, No, no ha subido todavía. Igual siguen de largo y ni lo esperan. Muchos no han desarrollado la paciencia que necesitan para ser usuarios. Yo no lo cambio por nada. Si no fuese por él no tendría tiempo para leer, y mucho me lamentaría de los malos olores pegados a las telas de los asientos, de los choferes que arrancan cuando aún tienes los pies en el aire y además, te cobran cinco mil bolívares por llevarte un rato en una caja infernal vallenatera. ¿Cinco mil bolívares? Montos retro: son solo cinco. Me olvido constantemente de la farsa del bolívar fuerte. Que descuido.

Aparece mi vecino del piso cinco y me da los buenos días, me pregunta cómo estoy. Yo bien, muy bien, sonrío y hundo la nariz en el libro. Antes solía verlo a cualquier hora con las herramientas en el piso reparando su carro viejo. Tal parece no tiene compón. Él tiene ese aire triste, solitario y misterioso, siempre con olor a cigarrillo vistiendo ese traje inmenso como un cocoliso que le cubre las orejas tras los hombros. Dibuja esa curva obligada en sus labios que más parece un milagro que un gesto sincero. He imaginado mil veces su historia: ¿Quién será? ¿Con quién vive? ¿Está cansado de qué? Del tiempo, del olvido de su generación que lo dejó en la mía. Tan miserable dos veces porque ya ni siquiera es joven.

Pasa el MetroBus por la calle de enfrente. En quince minutos aproximadamente subimos, eso es lo que demora en dar la vuelta arriba en el Centro Profesional. Miro el reloj, y ya van a ser las nueve. Nunca se sabe a qué hora pasa. Caminamos hasta la parada siempre torturada por el sol. Si no estamos ahí, no espera. Llegó. Se abren las puertas y el muchacho sonriente de la mañana me deja pasar. Nunca tengo las monedas a la mano. Me complico con el libro abierto, el bolso y la chaqueta para el clima ártico de la oficina que me espera. La máquina para validar el ticket no sirve. Entonces da igual.

Veo caras familiares, los mismos de siempre. El hombre gritón que se sube cada vez en la bajada de Santa Paula y conversa con el conductor todo el recorrido del boulevard como si al resto del bus nos interesara lo que dice. Le ofrece mangos al chofer. Hasta tapones 3M he llegado a usar varias veces porque el tipo tiene un volumen fuera de los límites de la normalidad. El señor alto y canoso pregunta en voz alta: Buenos días, ¿La bonita Señora no ha salido esta mañana? Debe ser que la extraña. Suelen coincidir y sentarse a esperar en el banco. Conversan como adolescentes. Hoy no vino, debe ser que le dieron la cola.

Yo sonrío de espaldas desde mi asiento pegado al conductor. Sonrío porque el amor existe, existe entre tantas cosas que enmarañan, en lo desconocido, en lo impersonal, en lo superfluo y ligeramente rutinario. Como mi amor por este paseo de la mañana, como mi amor por el caos, mi amor.