Betina Barrios Ayala

Archive for the ‘Crítica’ Category

Llorar leyendo

In Argentina, Crítica, Libros, Política, Reflexión, Viajes on noviembre 24, 2014 at 12:48 pm
Río de la Plata, San Isidro. Provincia de Buenos Aires

Río de la Plata, San Isidro Provincia de Buenos Aires

«El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante

y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y,

siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado» 

Antes que anochezca.

Reinaldo Arenas.-

(Cuba 1943- Nueva York 1990)

Apenas ayer estuve de pie una vez más frente a una de las islas que arma mi biblioteca convertida en archipiélago y me decidí por ese lomo verde y cuadriculado que viste la autobiografía de Reinaldo Arenas editada por Tusquets. Lo elegí para viajar conmigo a San Isidro, donde comimos y tomamos el sol a la orilla del río. Fuimos y vinimos en un tren que de ida, se detuvo una media hora mientras bajaban y subían personas que decían que había ocurrido un accidente, alguien se había tirado a las vías. Era como una premonición mientras leía el libro de un suicida. Todos los pasajeros consternados miraban en sus mapas qué tan lejos estaban las paradas de los colectivos que los llevarían a su destino en lugar del tren; mientras yo secretamente disfrutaba el retraso como un regalo. Había ganado más de ese tiempo congelado que me liberaba de la culpa de ignorar todo lo que hace que el mundo marche más lento.

Hay un texto de Federico Vegas que se llama Dos días de soledad que es francamente una belleza. Habla sobre una travesura adolescente que se desata porque cae en sus manos 100 años de soledad y él finge un terrible dolor de barriga solo para tener privacidad suficiente y encerrarse a leer sin ser interrumpido ni descubierto en su momentáneo y placentero hurto. Se adentra en una literatura que le atrapa y a la que no puede resistirse, y en tan solo dos días se marcha a vivir a Macondo haciendo desaparecer todo lo que resta. Mi simpatía por este texto ha revivido hoy mientras degusto el hecho de haberme comido más de 300 páginas en tan solo dos días, también de soledad y complicidad; reviviendo a veces felicidad y muchas más, una profunda tristeza[i].

Mientras viajaba de pie en ese tren sosteniendo un diálogo tan íntimo con Reinaldo Arenas, lloré. Las lágrimas venían solas rebotando en los espejos que se asomaban en esas páginas que me hablaban de la lluvia torrencial del trópico que también amo y que siento lejos aunque nadie me persiga de momento. Aparecían los árboles y los niños trepándose a ellos. Y entonces yo veía el inmenso árbol de granado -o el que yo en ese momento pensaba que era inmenso-,  que habitaba el patio de atrás de la casa de mis abuelos en Cabudare. Allí donde confeccioné tantas tortas de tierra decoradas con hojas y flores, y mi abuelo me enseñaba a teclear en su máquina y a inmortalizar sonidos en su grabadora. Arenas describía los ríos frescos con personajes que saltan de sus rocas haciendo de la felicidad un eco inmortal. Y entonces aparecía el mar, como una dicha, como un cómplice de tanta belleza, como el escenario de los tesoros que nos abrazan en la vida. La de él a su manera, pero yo con la mía, como arrancada de tajo, veía en sus palabras tanta certeza sobre interminables injusticias.

Un escritor disidente y homosexual en la Cuba castrista es un testimonio profundamente duro, que frente a la invasión de este régimen en mi propio país, hoy más que nunca tiene que ser conocido. Mientras ojos escépticos siguen convencidos de que estamos lejos de esa isla, los puntos de encuentro se van haciendo cada vez más cercanos. Estamos separados en tiempo y espacio, pero debemos saber que eso aún no termina. Hace pocos días, un bloguero venezolano residenciado en Londres fue víctima del robo de sus computadores en su casa, también fue amedrentado con fotos de su familia. Este hombre tiene un portal que está censurado en el país en el que se dedica a desmantelar la monstruosa corrupción del gobierno chavista. Esa inteligencia que se dispersa en el mundo detrás de quien denuncia, es una de las macabras formas de la guerra en la que el comandante anciano tiene mucha experiencia.

Ayer, en San Isidro se celebraba un torneo de Hockey. Mientras estaba recostada leyendo escuché que una muchacha le preguntaba a otra si ya había visto a los venezolanos, que estaban buenos. Yo sonreí, y me levanté para ver si podía compartir con ellos y así enterarme de algo. No lo hice directamente. Cuando regresaba del baño, comencé a caminar más lento mientras pasaba frente a un toldo en el que conversaban varios con sus torsos vinotinto. Escuché entonces que decían, frente al asombro de un argentino, que habían viajado sin recursos, que ya el lunes verían si les habían aprobado las divisas. Me alejé moviendo la cabeza. Cuando regresé a mi lugar en la grama para seguir leyendo, había un grupo de estos venezolanos uniformados sonriendo bajo el sol de cara al río, disfrutaban de una cerveza y una conversación y yo me sabía junto a ellos, unidos en el mismo sentimiento de encontrarnos en el horizonte buscando algo tal vez perdido.

Es verdad que hay distancia entre los años relatados por Arenas en sus memorias y los que vivimos hoy, pero el personaje a quien responsabiliza de todas las calamidades que padece él y en general el pueblo cubano desde hace tantos años, sigue siendo el mismo. Inmortal como la crueldad en la tierra. Un hombre que aún tiene quien lo respalde, quien lo escuche, quien lo copie, cuando tanto se sabe ya del alcance de su ferocidad. Sinceramente, es una irresponsabilidad ignorar la trayectoria de los líderes de los líderes de hoy. Quienes todavía se refugian en la idea de que por donde vamos, vamos a algún lado, mucho les falta una dosis de capacidad crítica y de enfrentarse a esos castillos de arena que de a poco se les van cayendo encima. Con todo lo que se ha escrito sobre el socialismo real, es una pena y al mismo tiempo una buena templada de orejas que ese discurso y sus maneras haya alcanzado a Venezuela.

Desde un exilio voluntario vivo con la incomodidad y el dolor de saberme cada día más lejos de lo que cuando tuve nunca supe que podía perder. Me silencio hallándome tantas veces culpable de mi ausencia, de mi conveniente elección de alejarme. Sin embargo, leo para encontrarme en las palabras de otros en las que me convierto en resonancia y desde mi escritorio nómada intento no callar.

«Yo sabía que en aquél sitio yo no podía vivir. Desde luego, diez años después de aquello, me doy cuenta de que para un desterrado no hay ningún sitio donde se pueda vivir; que no existe sitio, porque aquel donde soñamos, donde descubrimos un paisaje, leímos el primer libro, tuvimos la primera aventura amorosa, sigue siendo el lugar soñado; en el exilio uno no es más que un fantasma, una sombra de alguien que nunca llega a alcanzar su completa realidad; yo no existo desde que llegué al exilio; desde entonces comencé a huir de mí mismo»[ii].

[i] Todo esto a pesar de que los autores de estos libros que comparo vivieron en pugna por sus posiciones políticas. Reinaldo Arenas llama a Gabriel García Márquez testaferro de Fidel Castro en sus memorias; al igual que a Julio Cortázar.

[ii] ARENAS, R. (1992) Antes que anochezca. México D.F.: Tusquets. Arenas se refiere en este párrafo a Miami, ciudad donde reside unos pocos meses cuando logra escapar de Cuba en 1980, año en que Castro autoriza un éxodo masivo a través del puerto de Mariel a partir de unos sucesos en la Embajada de Perú en La Habana. Durante días, cientos de miles de personas se refugiaron en ella para pedir asilo político. El escándalo tuvo un alcance internacional que obligó a Castro a autorizar la salida de barcos a EEUU tripulados por este grupo de personas consideradas indeseables. Arenas logra salir cambiando su apellido por Arinas pues no tenía autorización para abandonar la isla por una prohibición que pesaba sobre su persona por no aceptar escribir textos alabando a la revolución ni a reeducarse sexualmente. Finalmente, fija su residencia en Nueva York hasta el momento de su muerte en 1990.

A los que nunca terminaron nada

In Crítica, Libros on julio 15, 2013 at 6:31 pm

Releer es un ejercicio de placer. Por supuesto que leer también lo es, pero hacerlo repetidas veces es el arte de identificar las genialidades que se escapan en las primeras comunicaciones con los textos. «A los que nunca terminaron nada» es un cuento que he releído con delicia una y otra vez. Vale la pena disfrutar muchas veces de un buen trago. Este cuento es un símil para ello.

Una magia que se desplaza a través de diálogos construidos con absoluta humanidad. La virtud de la narración que incorpora personajes mucho tiene que ver con la forma en que estos se comunican. En este relato se escapa el tiempo entre sensaciones que conmueven y asombran. A través de una descripción detallada del espacio, de las personalidades que interactúan, de sus comunicaciones y pequeños rasgos, se puede percibir un performance para el lector como piezas que se mueven en un escenario de teatro. Personajes vivos, reales, dolientes de esa infinidad de tormentos que jalan como torbellinos, pero que con suficiente sensibilidad y realidad asoman los verdaderos placeres de la vida.

La magistral pluma de Oscar Marcano queda puesta en evidencia. Relatar episodios perfectamente palpables es una virtud exquisita. En esta historia asoma personalidades tristes que poco a poco van develando rasgos que conmueven e irradian extrema simpatía. El lector puede terminar identificándose con cualquiera de ellos, porque si bien hay un drama expuesto, la espontaneidad de la trama desnuda la maravilla que se esconde en un encuentro impredecible entre dos desconocidos. A través de esta narración emprendemos un viaje a la fragilidad humana, los desaires de una vida sin promesas, un paseo por esas conversaciones que develan quiénes somos en realidad, cuánta intimidad puede mostrarse frente a un extraño y cuánto dolor puede irse en un buen rato.

Marcano presenta dos personajes que se encuentran evadiendo cada uno sus verdaderas tareas. Pedro, quien protagoniza el texto, tiene cincuenta años y se describe a sí mismo como alguien que le hace mandados a un librero, sentencia que tiene un futuro parco y se deja seducir por la entrada de una mujer al bar que frecuenta. Ella se llama Tamara, una hembra espectacular, llena de atributos físicos que dejarían a cualquiera completamente seco de verla. Aparece con un vestido rojo y zapatos de tacón alto; antes de llegar allí pretendía asistir a una reunión de Alcohólicos Anónimos, pero se desvía y entra al bar de Tony.

La historia transcurre en medio del encuentro de estos dos personajes que se hallan profundamente solos y en horarios inadecuados para estar en un bar. Se excusan, se exponen y se liberan. Beben y hacen chistes que por momentos les hacen abandonar su profundo desahucio frente a la vida, y en un abrazo de identidades unidas por ese apego al alcohol se desata una historia breve, pero que de alguna manera toca las fibras sensibles del lector que se acerca tanto al texto que casi puede verse sentado en alguna mesa observando la escena.

Alberto Barrera Tyszka escribe en Prodavinci sobre «Solo quiero que amanezca» – libro de Oscar Marcano que contiene este cuento- reeditado por Punto Cero y ganador del Premio Internacional Jorge Luis Borges en 1999: «Aquí hay cuentos que muchos escritores hubiéramos querido escribir; cuentos que ningún lector podrá olvidar». Sin duda, «A los que nunca terminaron nada» es una clara muestra de ello. No tiene desperdicio alguno sumergirse en la gracia de lo impredecible. Esta historia satisface ese deseo de hallar maravillas en el fondo de los vasos que irónicamente se dice tomamos para olvidar.

Leer «A los que nunca terminaron nada»

Blue Label / Etiqueta Azul

In Crítica, Libros on junio 14, 2012 at 4:14 am

Confieso que me mostré escéptica al principio. Quizás se asomó tímidamente el prejuicio.

Cuando comencé la lectura cotidiana, casi obsesiva, de obras de autores venezolanos; tomé de la vasta biblioteca de mi casa[1] “Transilvania Unplugged”. Realmente me llamó la atención ese título. Me parece que imprime bastante estilo; además de que el arte del libro consiste en una fotografía en blanco y negro muy atrayente, que retrata algún paisaje urbano de una ciudad de Europa del Este. Ese detalle estético, unido al significado musical de la palabra “unplugged”; que es una clásica referencia positiva automática, con denominación anglosajona, de trabajos encantadores, deleite para los oídos, hechos en cualquier idioma y desde hace bastante tiempo; me llevó a idealizar.

A pesar de eso, lamentablemente, experimenté una especie de decepción por esa misma imaginación previa, porque aunque me apene decirlo, no me pude subir a ese tren. Abandoné la lectura de “Transilvania Unplugged”. Por alguna razón no pude quedar atrapada en su narrativa; quizás pequé al exagerar con mis expectativas. Un error humano común que muchas veces se comete. Sin embargo, hoy acabo de terminar de leer “Blue Label/ Etiqueta Azul”; que caso contrario al anterior, el nombre del libro no me permitía anticipar mucho. No pude pensar en nada antes de comenzar a leerlo. Ninguna idea llegó espontáneamente a mi mente acerca de qué tipo de historia me iba a encontrar. Pero me animó saber que es una obra muy aplaudida por la crítica, que aunque a veces se equivoca, es también una magnífica referencia.

Y esta vez no se equivocó. “Blue Label / Etiqueta Azul” es sin lugar a dudas una obra maestra. Una escenificación de una generación que comparto. Una viva representación de una adolescente que puedo reconocer. Muchas facetas de la personalidad de Eugenia Blanc son sencillamente transparentes. Un personaje femenino construido con una perfección absoluta por parte de un representante del sexo opuesto. Extrema y precisa sensibilidad la de Eduardo S. Rugeles para caminar con zapatos prestados y escribir una prosa atrapante, magnífica. Una historia de la cotidianidad caraqueña. Ambientada en los románticos “2000…”. Años con los que me identifico porque jugaron un papel importante en la definición de mi misma. En los que me descubrí en secreto porque muchas veces no era capaz de decir lo que pensaba. Una niña metida en un cuerpo que crece más rápido que la experiencia. Una época “esponjosa” porque era capaz de captar momentos con intensidad y especial frecuencia. Una segunda vuelta sobre ese primer descubrimiento de cuando se es niño. Un hallazgo de la personalidad. Y todavía está vigente. Trata muy de cerca el delicado, pero presente tema de la “fuga de cerebros”.Retrata al venezolano que se avergüenza de sus compatriotas. Recuerda esa célebre frase del polémico “Caracas Ciudad de Despedidas”[2]: Caracas sería mejor sin la gente, porque Eugenia también se asquea de la mayoría de quienes la rodean.

Me hallé ahí muchas veces. Admiré siempre a Eugenia. Su rudeza. Un personaje maravilloso. Felicito cariñosa y humildemente a Eduardo por su trabajo. Realmente una motivación para animarse a buscar la inspiración en lo que existe, en el recuerdo. En la construcción de algo real, que bien no descarto se acompaña de ficción. No puedo dejar de decirle que este libro será por siempre una referencia para mi ánimo de escribir una historia con más de cincuenta páginas de continuidad. Lo leí prestado de una de mis bibliotecas favoritas, la personal de otro gran coleccionista de libros, y hoy lo compré para mí, porque quiero que esté siempre conmigo.

Una vez más afirmo, por experiencia, que no hay espejismo más claro que el prejuicio. Todo te puede sorprender. ¡Y de qué manera!

¡Vive! Como aconsejó Titina a Eugenia. Vive para leer todo lo que puedas.

Sinceramente, no puedo esperar por “Liubliana”.


[1] No puedo dejar de darle crédito a quien lo merece. Joaqui es un apasionado coleccionista de libros.

Mando Diao. Un nombre que parece no significar nada

In Crítica, Música on agosto 17, 2011 at 10:15 am

Esta es la primera reseña que escribo sobre una banda, y lo hago sobre esta porque aún cuando estamos comenzando el segundo semestre de este año 2011, y queda mucho por descubrir de la esfera musical, su disco Above and Beyond MTV Unplugged, liberado a finales de 2010 ha sido una de las mejores grabaciones que he tenido el privilegio de escuchar durante este año.

Personalmente, disfruto del trabajo que significa la producción de un proyecto unplugged. La mayoría de estos trabajos, concepto de MTV, son impecables. Siempre con colaboradores instrumentales y vocales que convierten una cosa en otra completamente diferente y muchas veces mejor a la que fue grabada anteriormente. Esa oportunidad de escoger de toda tu discografía hecha hasta el momento los mejores temas y trabajarlos hasta casi alcanzar la perfección, es realmente maravillosa. Confieso que considero absolutamente afortunadas a las personas que asisten a estas grabaciones unplugged, realmente muero de la curiosidad de comprender quiénes son éstos que asisten y cómo lo hacen. Quiero un amigo en MTV que me pase dato.

Esta banda no es reciente, tiene una trayectoria de más de 10 años y 6 discos incluyendo este último, grabado en Alemania a finales de 2010. En las primeras reseñas escritas sobre la agrupación, un escritor mencionó que se trataba de la mejor banda que había escuchado que no poseía contrato. En 2002 lanzan su primer disco, y ya en 2004, son catalogados por prensa internacional como una de las mejores bandas del año.

Se trata de un excelente acompañante para una buena velada musical. Para mi, esto ocurre todos los días y no puedo pensar un momento en el que no reproduciría este disco. Lo recomiendo absolutamente. Y aunque Mando Diao es un nombre que parece no significar nada, es el que lleva una de las mejores bandas de rock contemporáneo y lo demuestra sin duda en este trabajo generoso de 23 canciones que no puedo esperar a tener en mis manos.

Para escuchar online: http://grooveshark.com/#/album/Above+And+Beyond+mtv+Unplugged+/5255448