Betina Barrios Ayala

Archive for the ‘Argentina’ Category

Muñecas de papel

In Argentina, Autobiografía, Caracas, Relatos, Uncategorized on noviembre 6, 2015 at 7:02 am
Altuna

Dibujo de Horacio Altuna, historietista argentino y responsable de las imágenes atribuidas a esta historia

A mi padre, para siempre

El día en que nací mi padre tenía treinta y tres años, estaba enamorado de mi madre y guardaba la esperanza de que ella lo amara igual, pero ella se encontraba en una cruzada por su propia supervivencia. Había huido de su casa por la puerta del matrimonio, y estaba dispuesta a volver a la soledad cuando terminara la universidad. Y así fue, cuando yo tenía seis años, me encontraba de pie frente a la puerta del nuevo departamento de mi padre, sintiendo los dedos finos y suaves de mi madre acariciar mi rostro, mientras con pena me decía adiós y se alejaba por el pasillo, corriendo, quizás llorando. Era un pasillo inmenso que se la tragó cuando ella dobló por las escaleras.

A veces lo veía sujetarse la cabeza entre las manos, o quedarse recostado en su cama con una pierna sobre la otra, mirando al infinito con la luz brillando sobre su pelo cano. Por las tardes, cuando regresábamos del colegio, el pobre caía rendido, ausente de su propia y extraña vida, y dormía plácidas siestas. En aquellas horas muertas, en las que mi padre huía entre sus sueños, me quedaba yo dando vueltas entre sus cosas, batallando con mi curiosidad. ¿Qué hacer con aquella casa que en aquel tiempo se me hacía una vasta sabana? No me interesaba la televisión, no existía internet, mi padre no confiaba en nadie y tampoco podía salir a jugar.

Así que me tocaba sumergirme en aquellos estantes llenos de libros que él atesoraba. Durante esas horas mudas, andaban los dedos de mis manos cruzando lomos, sentada en el suelo, diseccionando aquella biblioteca donde leí mis primeros versos. De pronto, entre tantas páginas que derramaban palabras que apenas podía comprender, apareció en un rincón bajo, que se creía oculto, un montón de revistas, todas llenas de colores y dibujos. Emocionada por el hallazgo, tomé una de ellas y la abrí: encontré muchas mujeres creadas por el trazo de un dibujante de cómics. Mujeres con largas melenas y senos enormes, se mostraban con las piernas abiertas, y hablaban en nubes blancas sin poder contenerse de placer cuando los dedos de otro dibujo las penetraban.

Primero, cerré la revista y la puse en la pila junto a las demás, simulando no haber visto nada. Luego, me levanté con prisa para ir hasta la habitación de mi padre, y cerciorarme de que continuase dormido, lejos de la posibilidad de descubrirme. Regresé al estante dando pasos largos y lentos sin hacer ruido, para así poder hurgar un rato más en la vida de esos nuevos personajes que conversaban entre sí, mientras se arrancaban la ropa y entrelazaban sus cuerpos que habían sido trazados con una pluma fina, que los hacía redondos, estilizados y perfectos.

Mi padre nunca dijo nada, pero esas muñecas abandonaron su falso escondite, no pude encontrarlas más. Era su secreto, una fuente erótica de papel, un formato pornográfico para niños que nunca crecen, como nosotros dos.

Reproche a la humanidad

In Argentina, Opinión, Reflexión on marzo 1, 2015 at 10:26 pm
La humanidad por Maelo Terkim

La humanidad por Maelo Terkim

Leyendo a Villoro, él pregunta en su libro si ¿Hay vida en la tierra?, y me apena no poder responderle positivamente. No voy a escribir esto desde un lugar privilegiado. He reconocido en mí lo que soy desde que decidí estudiar en un salón de humanidades cuando tenía catorce años con otras once humanas más. Desde entonces fue una certeza que la fuerza que movía mis pasiones estaba en entender a mi raza desde un punto de vista social y romántico.

Este año murió Kluivert Roa, murió Alberto Nisman, murió David Carr, murió Boris Nemtsov.

Y así como ellos, muchos más, pero sus nombres y circunstancias me sobran para evaluar la humanidad que somos hoy: una reunión de insolentes que creemos haber evolucionado y que el mundo que hoy tenemos es mejor que el de otros que ya han estado aquí antes.

Qué pena que no es así.

La guerra que está planteada no tiene ideología, es una pantalla ridícula que intenta ocultar que las reglas del juego de las vidas de todos están con quienes tienen el poder, en cualquier medida que este sea. Visto de esta forma, está claro que no tenemos quién nos salve. Nadie nos salvará de nosotros mismos.

Debo admitir que estamos rotos y que todavía tiemblo cuando escucho una moto acercarse. Porque así han hecho mi vida los que gobiernan mi país, y así mismo hacen los que gobiernan a otros con sus vidas.

Este texto no tiene caso, no hay palabras que se presten para hablar sobre este terrible mundo en que sobrevivimos. Un mundo que se ha organizado para tener representantes que se sientan en sus tronos a decidir qué vida merecemos vivir los que no tenemos interés en decidir por nadie.

Navidad

In Argentina, Relatos on diciembre 24, 2014 at 11:13 am

La-Hallaca

Hoy me enfrento a mis papilas gustativas ansiosas por una hallaca. Hoy me arrepiento de esas necedades de niña en las que las rechacé aturdida por esa abundancia loca que venía en navidad. Y es que cada hallaca tiene su bagaje, así que en mi edad pragmática y de paladar conservador preferí mi plato navideño solo con pan de jamón y montones de ensalada de gallina; sabores más compactos. Ojalá pudiera acumular de golpe esas inocentes devoluciones y volver a tener frente a mí esa masita amarilla, suave y olorosa que sale deslizándose de la hoja verde y brillante como quien baja por un tobogán hasta el plato. Las devoraría sin piedad. En momentos de crisis lo intento cuando encuentro tamales en los menús de los restaurantes, pero nada, no es igual. Es un consuelo además efímero porque son más pequeños y están conformados por guisos completamente distintos y mucho más simples, nada de esos agridulces venezolanos. Pero eso no me importa del todo porque las hallacas de mi vida son todas diferentes, van marcadas por la cocina de dónde vienen, y además yo nunca tuve un solo techo en navidad.

La navidad de mi vida es un acto errante, eso es quizás lo único permanente. Con ella venía el cambio de ciudad y los viajes que alineaban carros a la orilla de la carretera en un punto de encuentro. Mis padres no son mezquinos, así que a veces se encontraban en la mitad del camino para repartirse el botín. Entre Caracas y Barquisimeto un punto medio es Tucacas,  cada quien entonces se echaba un chapuzón playero, y mi hermana y yo saltando de puerta en puerta. Y así íbamos entonces testeando cualquier cantidad de hallacas dependiendo de su lugar de origen en medio de la travesía navideña.

Recuerdo entonces las hallacas vegetarianas de mi tía Jeanette, de las más raras en su haber y de las que menos me entusiasmaban; las hallacas tardías de mi madre, que no se animaba a hacerlas y, ¡De lo que estaba privado el mundo!; las hallacas interminables de mi tía Mary, porque tiene siete hermanos y cada uno de ellos al menos tres hijos, siempre anfitriona se aseguraba de que había para todos y para repetir; las hallacas de Astrid, quien viene a ser mi segunda madre, que llegaban en conjunto con las de su abuela y las de su tía; las hallacas de las mamás de mis amigos, las de la vecina y de la señora de la esquina; y por supuesto, ahora en mi contemporaneidad también inquieta: la cacería de hallacas en el exterior. No importa quién las haya hecho, dame una hallaca en navidad. Recuerdo las lágrimas de Angélica el año pasado por una hallaca mientras caía una nieve interminable. No importaba de quién fuese, cómo fuese: con papas, con garbanzos, con almendras, con gallina, cerdo, pasas o alcaparras. Una hallaca en navidad lo es todo. Y tan fuertes fueron sus ganas que una noche apareció con un paquete que una cliente le llevó pues también se enteró de lo que para ella significaban. Que ningún venezolano sea privado de comer hallaca en navidad debería ser ley, entre tantas inútiles que promulgan. El envío internacional tiene que ser planteado (aquí se podría colar también el queso fresco). Que el cielo sea azul en navidad, que los días sean nobles, que la gente sea amable y que siempre tengamos con quién celebrar.

Todo esto para que la navidad sea siempre navidad. No es justo que se pasen algunas como que no son reales. Mi elemento fijo en medio de toda la viajadera fue mi hermana. Quizás hace tres o cuatro años fue nuestra primera navidad separadas. Pero hubo una en particular, en la que pudimos estar lejos por primera vez, pero ella no lo permitió. Había ganado una beca en la Universidad Católica de Chile y yo vivía en Buenos Aires. Vino viajando a dedo y conociendo el país. Durmió en Mendoza, en Córdoba, viajó en un camión de cerezas, cruzó de un lado a otro y pasamos la navidad juntas en una casa de la tía de alguien. No había hallacas. En su lugar comimos por primera vez Vitel Toné, tomates rellenos de atún, ensaladas, y dulces por montones. El que era alguien como el primo mayor de esa familia, nos invitó a subir al techo y desde algún punto sur de la Av. Juan B. Justo, dónde las casas son bajas, admiramos la grandeza de la ciudad sin sentir frío. Lanzamos unas lámparas de luz estilo thai y las vimos sobrevolar el cielo como bengalas en el manto negro infinito. Bebimos, conversamos y así se mantuvo mi símbolo de la navidad viajando para estar conmigo como una auténtica estrella de Belén. Lo único que no era intercambiable como las casas, las decoraciones de los árboles, el hacer o no el pesebre, los regalos, las dinámicas de la noche del 24 y por supuesto, las hallacas.

Hoy ya casi es navidad, he vuelto a Buenos Aires, comenzó el verano manso y abraza con la brisa. Las ramas de los árboles que se asoman bajo la ventana me hacen sentir cerca del verdor de los pinos aunque no haya ninguno por la zona. Ayer horneé tremendo pan de jamón; tal vez más tarde no lo resista y salga corriendo a buscar lo que necesito para una ensalada de gallina y así vuelva a mi menú infantil navideño. Solo me faltaría mi hermana en la receta, lo único que no cambiaría nunca. Ni siquiera por una hallaca en navidad.

Llorar leyendo

In Argentina, Crítica, Libros, Política, Reflexión, Viajes on noviembre 24, 2014 at 12:48 pm
Río de la Plata, San Isidro. Provincia de Buenos Aires

Río de la Plata, San Isidro Provincia de Buenos Aires

«El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante

y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y,

siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado» 

Antes que anochezca.

Reinaldo Arenas.-

(Cuba 1943- Nueva York 1990)

Apenas ayer estuve de pie una vez más frente a una de las islas que arma mi biblioteca convertida en archipiélago y me decidí por ese lomo verde y cuadriculado que viste la autobiografía de Reinaldo Arenas editada por Tusquets. Lo elegí para viajar conmigo a San Isidro, donde comimos y tomamos el sol a la orilla del río. Fuimos y vinimos en un tren que de ida, se detuvo una media hora mientras bajaban y subían personas que decían que había ocurrido un accidente, alguien se había tirado a las vías. Era como una premonición mientras leía el libro de un suicida. Todos los pasajeros consternados miraban en sus mapas qué tan lejos estaban las paradas de los colectivos que los llevarían a su destino en lugar del tren; mientras yo secretamente disfrutaba el retraso como un regalo. Había ganado más de ese tiempo congelado que me liberaba de la culpa de ignorar todo lo que hace que el mundo marche más lento.

Hay un texto de Federico Vegas que se llama Dos días de soledad que es francamente una belleza. Habla sobre una travesura adolescente que se desata porque cae en sus manos 100 años de soledad y él finge un terrible dolor de barriga solo para tener privacidad suficiente y encerrarse a leer sin ser interrumpido ni descubierto en su momentáneo y placentero hurto. Se adentra en una literatura que le atrapa y a la que no puede resistirse, y en tan solo dos días se marcha a vivir a Macondo haciendo desaparecer todo lo que resta. Mi simpatía por este texto ha revivido hoy mientras degusto el hecho de haberme comido más de 300 páginas en tan solo dos días, también de soledad y complicidad; reviviendo a veces felicidad y muchas más, una profunda tristeza[i].

Mientras viajaba de pie en ese tren sosteniendo un diálogo tan íntimo con Reinaldo Arenas, lloré. Las lágrimas venían solas rebotando en los espejos que se asomaban en esas páginas que me hablaban de la lluvia torrencial del trópico que también amo y que siento lejos aunque nadie me persiga de momento. Aparecían los árboles y los niños trepándose a ellos. Y entonces yo veía el inmenso árbol de granado -o el que yo en ese momento pensaba que era inmenso-,  que habitaba el patio de atrás de la casa de mis abuelos en Cabudare. Allí donde confeccioné tantas tortas de tierra decoradas con hojas y flores, y mi abuelo me enseñaba a teclear en su máquina y a inmortalizar sonidos en su grabadora. Arenas describía los ríos frescos con personajes que saltan de sus rocas haciendo de la felicidad un eco inmortal. Y entonces aparecía el mar, como una dicha, como un cómplice de tanta belleza, como el escenario de los tesoros que nos abrazan en la vida. La de él a su manera, pero yo con la mía, como arrancada de tajo, veía en sus palabras tanta certeza sobre interminables injusticias.

Un escritor disidente y homosexual en la Cuba castrista es un testimonio profundamente duro, que frente a la invasión de este régimen en mi propio país, hoy más que nunca tiene que ser conocido. Mientras ojos escépticos siguen convencidos de que estamos lejos de esa isla, los puntos de encuentro se van haciendo cada vez más cercanos. Estamos separados en tiempo y espacio, pero debemos saber que eso aún no termina. Hace pocos días, un bloguero venezolano residenciado en Londres fue víctima del robo de sus computadores en su casa, también fue amedrentado con fotos de su familia. Este hombre tiene un portal que está censurado en el país en el que se dedica a desmantelar la monstruosa corrupción del gobierno chavista. Esa inteligencia que se dispersa en el mundo detrás de quien denuncia, es una de las macabras formas de la guerra en la que el comandante anciano tiene mucha experiencia.

Ayer, en San Isidro se celebraba un torneo de Hockey. Mientras estaba recostada leyendo escuché que una muchacha le preguntaba a otra si ya había visto a los venezolanos, que estaban buenos. Yo sonreí, y me levanté para ver si podía compartir con ellos y así enterarme de algo. No lo hice directamente. Cuando regresaba del baño, comencé a caminar más lento mientras pasaba frente a un toldo en el que conversaban varios con sus torsos vinotinto. Escuché entonces que decían, frente al asombro de un argentino, que habían viajado sin recursos, que ya el lunes verían si les habían aprobado las divisas. Me alejé moviendo la cabeza. Cuando regresé a mi lugar en la grama para seguir leyendo, había un grupo de estos venezolanos uniformados sonriendo bajo el sol de cara al río, disfrutaban de una cerveza y una conversación y yo me sabía junto a ellos, unidos en el mismo sentimiento de encontrarnos en el horizonte buscando algo tal vez perdido.

Es verdad que hay distancia entre los años relatados por Arenas en sus memorias y los que vivimos hoy, pero el personaje a quien responsabiliza de todas las calamidades que padece él y en general el pueblo cubano desde hace tantos años, sigue siendo el mismo. Inmortal como la crueldad en la tierra. Un hombre que aún tiene quien lo respalde, quien lo escuche, quien lo copie, cuando tanto se sabe ya del alcance de su ferocidad. Sinceramente, es una irresponsabilidad ignorar la trayectoria de los líderes de los líderes de hoy. Quienes todavía se refugian en la idea de que por donde vamos, vamos a algún lado, mucho les falta una dosis de capacidad crítica y de enfrentarse a esos castillos de arena que de a poco se les van cayendo encima. Con todo lo que se ha escrito sobre el socialismo real, es una pena y al mismo tiempo una buena templada de orejas que ese discurso y sus maneras haya alcanzado a Venezuela.

Desde un exilio voluntario vivo con la incomodidad y el dolor de saberme cada día más lejos de lo que cuando tuve nunca supe que podía perder. Me silencio hallándome tantas veces culpable de mi ausencia, de mi conveniente elección de alejarme. Sin embargo, leo para encontrarme en las palabras de otros en las que me convierto en resonancia y desde mi escritorio nómada intento no callar.

«Yo sabía que en aquél sitio yo no podía vivir. Desde luego, diez años después de aquello, me doy cuenta de que para un desterrado no hay ningún sitio donde se pueda vivir; que no existe sitio, porque aquel donde soñamos, donde descubrimos un paisaje, leímos el primer libro, tuvimos la primera aventura amorosa, sigue siendo el lugar soñado; en el exilio uno no es más que un fantasma, una sombra de alguien que nunca llega a alcanzar su completa realidad; yo no existo desde que llegué al exilio; desde entonces comencé a huir de mí mismo»[ii].

[i] Todo esto a pesar de que los autores de estos libros que comparo vivieron en pugna por sus posiciones políticas. Reinaldo Arenas llama a Gabriel García Márquez testaferro de Fidel Castro en sus memorias; al igual que a Julio Cortázar.

[ii] ARENAS, R. (1992) Antes que anochezca. México D.F.: Tusquets. Arenas se refiere en este párrafo a Miami, ciudad donde reside unos pocos meses cuando logra escapar de Cuba en 1980, año en que Castro autoriza un éxodo masivo a través del puerto de Mariel a partir de unos sucesos en la Embajada de Perú en La Habana. Durante días, cientos de miles de personas se refugiaron en ella para pedir asilo político. El escándalo tuvo un alcance internacional que obligó a Castro a autorizar la salida de barcos a EEUU tripulados por este grupo de personas consideradas indeseables. Arenas logra salir cambiando su apellido por Arinas pues no tenía autorización para abandonar la isla por una prohibición que pesaba sobre su persona por no aceptar escribir textos alabando a la revolución ni a reeducarse sexualmente. Finalmente, fija su residencia en Nueva York hasta el momento de su muerte en 1990.

Habitantes Nocturnos

In Argentina, Relatos, Viajes on octubre 25, 2014 at 11:57 am

Recibí una llamada de camino al aeropuerto. Esa mujer que me debía dinero estaba decidida a pagarme, pero yo estaba por abandonar el país. Le escribí que se fuera al infierno y apagué el celular. Menudo momento para hacerse la buena, ya daba igual. Aterricé en la ciudad sobrevolando lo que parecía un desierto de cielo negro poblado de millones de estrellas amarillas, hacía frío y había un tráfico tremendo; la luz exterior me cegaba y subí a un remis con un desconocido para ahorrar.

Un hombre calvo que me miraba como esperando algo abrió la puerta del edificio. Parecía albino. Le di los buenos días sin sonreír. No me gustó la forma en que me recorría en segundos como ansioso por saber quién era. Abrió la puerta del ascensor. Cerré la primera puerta sin mirarlo, luego él dejó caer la segunda y pude subir en paz. Me miré en el reflejo oscuro del espejo. Tenía ojeras, estaba hambrienta y con un vacío profundo de volver. El departamento estaba al final de un pasillo que simulaba una caverna, angosto y oscuro. Estaba casi vacío, pero todo estaba muy sucio. Solté la maleta que traía, cada vez más pequeña, ya habituada a mis continuas mudanzas. Le arranqué unos cuadritos a un chocolate, me serví un vaso de agua y me acosté a dormir.

Desperté y la luz blanca del día nublado acompañaba mis sentimientos. Comencé a limpiar minuciosamente y cada rincón que veía me parecía que estaba negro y constaté que los pelos del gato que antes vivía allí eran muy territoriales; se amontonaban en las esquinas como bolas de flores de diente de león. Nada se los llevaba y se quedaban atascados en las fibras de la escoba, montones de motas sucias con marcas multicolores. Quedé exhausta, pero me di una ducha y me vestí para salir a tomar algo por el barrio. Crucé la avenida más ancha del mundo, iluminada y preciosa entre vientos agitados y frescos. Me cubrí el cuello, caminaba con las manos en los bolsillos y los labios resecos bajo un labial rojo. Entré en un bar de luz baja en la que un tipo de saco me tomó por el brazo y mirándome directamente a los ojos me dijo que me conocía, que dónde nos habíamos visto, que si trabajaba en Cablevisión. Yo lo rechacé ahuyentada. Huía de la gente, de lo familiar, y más que nada de lo superfluo. Me senté en la barra y bebí un J&B que estaba incluido en una lista de dos por uno.

Lo sorbí rápidamente. Entre no decir una palabra y el asunto de volver a estar allí, los dos vasos se evaporaron como gotas de agua sobre plancha caliente. Me preparé para salir tomando todos mis abrigos entre los brazos. Caminé de regreso a la casa. Un borracho con botella en mano me soltó unas cuantas frases en la esquina. Lo esquivé. Y así seguí rebotando la mirada entre todos los cuerpos envueltos en mantas que se protegen en las escaleras de los edificios de la ciudad. Los cartoneros rompiendo las bolsas de basura, la calzada rota haciendo ruido cuando no quieres hacerte notar. El intento por ser invisible se hace imposible en esta ciudad donde todo se ve, donde todo es posible y la noche está siempre más viva que tú entre los espejos que refleja el asfalto húmedo de las angostas calles del centro.

Cerca de la medianoche estaba de nuevo en el pasillo que conducía al departamento. Apreté el botón para encender la luz y resultó ser el timbre de uno de los vecinos, me apresuré a abrir la puerta, antes de que otro desagradable encuentro con especímenes alterados me molestara. Un perro ladraba indiscreto, cuando escuché su cerradura abrirse ya estaba del lado de adentro de mi nueva casa, cerrando con suavidad y deseando que nunca supiera mi identidad ni responsabilidad. Dejé caer las llaves en una mesa, lancé el abrigo en el sofá y me descalcé. Caí redonda y semidesnuda sobre el colchón que yacía en el suelo, y el maquillaje permanecía en mi cara disfrazándome un poco más. No me lavé los dientes ni tuve ganas de llorar.

Me despertó un ruido como un bullicio de fiesta que venía de la sala. La única lámpara que había en la habitación no tenía bombillo y solo me valía de una pequeña luz que se activaba con un clip que usaba para leer. Me restregué los ojos y me asomé por la rendija de la puerta. Vi la luz de la sala encendida y humo de cigarrillo flotando en el aire. Me levanté ante lo imposible, pero no sentí miedo. Con las piernas desnudas crucé la puerta y me dirigí al pasillo y los vi. Había una reunión de hombres y mujeres desconocidos, eran pequeños y algunos de ellos ancianos. Apenas me acerqué al umbral, pude verlos conversando tras una espesa nube gris que emanaba de los múltiples tabacos que tenían encendidos. Sobre las mesas antes vacías reposaban tableros de juego y algunas mujeres vestían sugerentes, con collares de perlas y medias con liguero. Parecía un cabaret. No se inmutaron al verme. Incómoda, pero con buen tono los increpé.

– ¿Qué hacen ustedes aquí? ¡Está es mi casa! ¿Cómo entraron?

Me miraron con molestia, pues estaba interrumpiendo el casino que tenían montado en la sala. Sentí en sus miradas una especie de hastío, como si estuvieran agotados de contestar la misma pregunta una y otra vez. El que parecía el jefe del grupo, un viejo con barba blanca mal cortada, casi sin dientes y lleno de pliegues como montañas de barro, me miró de reojo y respondió:

– Siempre venimos aquí. Entramos por la puerta que da al balcón.

Indignada contesté que era mi primera noche allí, que se suponía que nadie más tenía acceso a ese departamento. Pero mi voz estaba en mute. Ellos ni me miraban, continuaban con su juego y hasta algunos seguían agarrando el culo de las mujeres y haciéndolas sentarse en su regazo. Parecía que tenían el control y yo era una molestia, una figura necia y desproporcionada que solo hacía preguntas insignificantes y tontas. Me pellizque la piel. Nada. Entré al baño, me senté y exhalé con ruido. Cerré los ojos por unos segundos. Me paré al lado de la puerta para escuchar lo que decían. Nada, solo se divertían con naturalidad.

Regresé una vez más y de nuevo no me prestaron atención. Bebían en vasos de shot con diminutos hielos picados como nieve. Uno de ellos me miró con picardía y me ofreció un trago. Qué más da, pensé. Y me senté para estar a su altura. Observé la forma salvaje en que se divertían aunque su aspecto sugería una edad. Me tomaba todo lo que servía de un trago y la sensación era como la de beber de una jeringa. Los demás comenzaron a quejarse de la manera en que bebía y que si seguían invitando se quedarían sin nada para seguir con la fiesta. Les dije que tampoco estaba mal, que yo necesitaba dormir. Se rieron en mi cara, en un momento casi a coro. Intenté indagar en la situación, preguntar cuan frecuente era esta reunión. Ellos me dieron a entender que ese era su lugar, era su bar y que ya no hiciera más preguntas. Me acomodé mejor en mi esquina y me fumé un pequeño cigarrillo que construí atando cuatro que parecían palillos y sabían a madera vieja. Conversé a gusto y los vi bailar. Sonreí con la certeza de que después de todo no estaba sola y la bienvenida no supo mal.

Salvavidas

In Argentina, Reflexión on mayo 24, 2013 at 2:32 pm

«Yoga takes you into the present moment,

the only place where life exists»

Anónimo.-

En ese momento vivía sola en una casa prestada en el barrio de Núñez en la ciudad de Buenos Aires. A escasas tres cuadras estaba la General Paz, una autopista que marca el límite de la capital al norte. Era una casa enorme de dos plantas con dos puertas de acceso, una al lado de la otra. Las chicas que vivían arriba rara vez las vi entrar o salir. Tenía mucho espacio lleno de vacío. Debía caminar más de veinte cuadras para llegar a la estación de metro más cercana, y lo hice infinitas veces; recorría esa distancia sin pensarlo mucho y tenía tiempo de sobra, no conocía a nadie y tampoco tenía monedas.

En el año 2010 en Buenos Aires los «colectivos» solo operaban con monedas. Si no tenías no podías subirte y la gente las atesoraba como si su peso pudiese traducirse en oro. La solución más sencilla era ir y comprar algo tonto en un kiosco para tener el cambio, pero no era así de fácil. Muchos vendedores preferían no hacer negocio con tal de no soltar monedas. Era una locura. Así que tuve que caminar muchas veces y así fue como me recibió mi nuevo hogar: con mucho espacio, tiempo y metros de incomprensión.

Antes no había practicado Yoga con demasiada frecuencia, pero valoraba lo que me había hecho sentir. Sabía que no necesitaba compañía, grandes inversiones ni materiales para hacerlo; y además, me hacía recordar a alguien de quién había estado completamente enamorada. Así que más que cualquier cosa era un refugio, aunque muy pronto se convirtió en mucho más que eso. Fui conociendo gente a medida que pasaron los días, y pregunté a quienes pensé podrían ayudarme dónde me sugerían ir a practicar, y también toqué varias puertas en mis largas caminatas. Fue así como me hablaron de un lugar y no tardé en ir a visitarlo. Esta escuela tenía sedes en muchos barrios de la ciudad y además, dictaban clases gratis en los parques más grandes y bellos de Buenos Aires.

Y así comenzó todo. El salvavidas en medio de mi soledad fue el Yoga. Practicaba disciplinadamente. Comía alguna fruta o cereal, me subía a la bicicleta y me iba a tomar mis clases. Eso me hizo feliz y se convirtió en actividad obligada, una rutina que consagró mi independencia y supervivencia. Por supuesto, comprendo el lugar común de no entender exactamente de qué va ese asunto de estirar los brazos hasta el cielo en una especie de ballet antiguo. Entiendo que no se le vea mucha complejidad a solo moverse en un tapete de goma con dimensiones estándar. Considero también que muchos piensen solo de verlo, que eso es para hippies o gente con dietas sanas y que se horroricen con las contorsiones y posturas de cabeza. Si el Yoga no fuese para mí lo que es, yo también me mostraría escéptica.

Lo cierto es que más allá de lo que visualmente aparenta, el Yoga es una forma de autoconocimiento. Se trata de preparar al cuerpo físico con la finalidad de alcanzar el Samadhi, que es el estado más alto de plenitud de conciencia. Por supuesto, experimentar esto es algo que requiere de mucha práctica y dedicación, inclusive muchos Maestros demoran años en percibirlo, o incluso puede que nunca lo hagan. Pero eso no debe desanimarnos, lo más hermoso y satisfactorio es simplemente emprender el camino y disfrutar el recorrido sin demasiadas pretensiones.

El Yoga es una filosofía práctica milenaria, hay registros de su presencia desde el año 3000 AC, además existen cientos de sistematizaciones distintas. Sin embargo, soy partidaria de que dentro de cada persona que lo hace parte de su vida, vive una forma única de concebirlo, haciendo énfasis en aquello que para cada quién es importante. Aunque no lo parezca, se trata de una experiencia minuciosa y detallada que requiere un alto grado de concentración y compromiso. Esto no quiere decir que es necesariamente algo muy serio y complejo – lo será en la medida en que uno lo desee-, inclusive para meditar ayuda mostrar un leve semblante de sonrisa en el rostro.

Igual no intento vender este asunto, quizás solo abrir una ventana de información para ésos que se preguntan por qué quiénes lo practican se encariñan tanto. Personalmente, creo que se trata de una muestra de amor hacia uno mismo. Desde mi humilde experiencia confieso que el Yoga me salvó. Me ayudó a no hundirme en un aburrimiento extremo de mi misma y a vencer muchos miedos. Por azares de la vida hace más de un año que guío prácticas grupales e individuales, y nada me da mayor satisfacción que compartir un poquito de eso que el Yoga hizo por mí con quienes también se acercan a él, y que sin saberlo, quizás estén buscando una llave para una puerta que habita en su interior.

El Yoga no es más que una forma maravillosa de atravesarla.

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Gracias a Willy McKey, quién me animó a reflexionar sobre esto.

Todo o nada: Democracia latinoamericana y Elefante Blanco

In Argentina, Crónica, Reflexión on mayo 12, 2013 at 7:06 pm

«… sociedades aún muy jóvenes para concebir y asumir

una democracia participativa, auténtica y de fondo,

y una élite poco dispuesta a sacrificar el poder en aras del bien colectivo».[1]

La democracia latinoamericana.

Carlos Pérez Portillo Maltos.

2013

Una estructura abandonada. Una obra que se detiene.

Edificios que significan todo y luego no valen nada.

La democracia, como todos los conceptos puros, es una completa utopía. Particularmente en Latinoamérica  existe la constante de que conforme cambian los personajes decisores en los gobiernos, con su partida también se van sus proyectos. Para algunos, ejecutar determinada obra es importante, para el próximo no se sabe.

Esas construcciones que se quedan a medias, siendo el reflejo de una pésima administración y un foco de corrupción. Esas edificaciones abandonadas son vacíos que con magnífico potencial se quedan en el proyecto. Una idea que se aprueba, pero que no llega a ejecutarse porque deja de ser interés para una minoría, independientemente de que en caso de que ésta se concluya se transforme en una magnífica solución con fines sociales, y por supuesto, en favor de las mayorías.

En consecuencia, estos espacios que se concibieron para ser algo terminan siendo lo que no son; erigiéndose como inmensas comunidades con sus propias reglas, ocupados por quienes parecieran no tener representación alguna en una supuesta organización social y política, que además predica que ellos y sus carencias son su prioridad. La existencia a medias de estas estructuras, permite que personas sin hogar se alojen en ellas y que en su interior se cree un orden social paralelo completamente sumergido en la anarquía.

Elefante Blanco[2] recibe críticas que sostienen que la película se desvía de su complejidad inicial.  No resuelve su primer planteamiento, que es exactamente la exhibición del tema de la  construcción de una obra pública que por alguna razón se detiene. Pero esta es justamente la tarea de esta producción, con una excusa de representación humana sumerge a los personajes en un espacio carente de reglas y sin conceptualizar, muestra qué es lo que pasa al interior de este fenómeno, y dibuja un retrato que expone los códigos con los que estas comunidades se rigen, y la forma en que convierten espacios inútiles en improvisadas y peligrosas soluciones habitacionales.

Esta es solo una arista de los complejos problemas que azotan a nuestras democracias. Culturalmente, Latinoamérica persigue alcanzar la estabilidad política en medio de fuertes represiones y amparada en amplias promesas hechas por sus gobernantes de turno. En Caracas, la Torre de David, si bien no es una edificación pensada desde sus bases como una obra social, eso es lo que ha terminado siendo.  Un espacio para venezolanos que carecen de vivienda digna. Sin embargo, se trata de un pasaje sobre el que el gobierno ha decidido no tener injerencia, pues en realidad no posee la capacidad para solventar el problema. El déficit habitacional es una constante en las grandes capitales latinoamericanas. Precisamente lo que muestra esta producción es la incapacidad de los supuestos poderes democráticos para involucrarse en el fenómeno.

En un reportaje de la agencia de noticias EFE sobre Elefante Blanco reseñan lo siguiente[3]:

«… recrea un episodio real. El de un colosal proyecto de hospital, impulsado por un socialista a partir de una colecta que se paró varias veces hasta que su construcción fue inviable:

A esto, Ricardo Darín, quien interpreta un papel protagónico en la producción, declara:

Y hoy está ahí. Hoy está ahí y es cómo un elefante gigantesco blanco. Plantado ahí, en el medio de la ciudad. Y como gran paradoja de lo que ocurre, a alguien muy inteligente se le ocurrió además, destruir todas las escaleras internas del edificio, de forma tal que la gente no pudiera ocupar eso para vivir, que no lo pudiera utilizar como vivienda. Entonces, esa mezquindad de que si no me sirve a mí que no le sirva a nadie…”».

Es completamente cierto que en la película no se resuelve este planteamiento, ni tampoco se le da continuidad a su importancia como eje central. Pero toda la trama se desenvuelve alrededor de esta edificación que en los años veinte se comenzó a construir para dar asilo al hospital más grande de Latinoamérica. La construcción de la obra fue retomada por Juan Domingo Perón y nuevamente abandonada cuando éste fue derrocado por Eduardo Lonardi en 1955. Desde entonces, se trata de un proyecto descabezado que representa un esfuerzo perdido.

Estas son las curvas indeseables que se generan en la administración pública de nuestras jóvenes democracias latinoamericanas. El esbozo del egoísmo, la vanidad y la corrupción en el ejercicio del poder como reflejo de los atributos de muchos de nuestros gobernantes. La no continuidad en el mantenimiento y construcción de obras de interés social es profundamente lamentable y además, incongruente con los discursos de la mayoría de los voceros que permiten su aparición.


[1]La democracia latinoamericana”. Carlos López Portillo Maltos.

[2] Elefante Blanco. Película dirigida por Pablo Trapero. Argentina, 2012.

 

 

Hablas

In Argentina, Poesía on noviembre 15, 2012 at 7:53 pm

Yo sé que hablas de mí.

Hablas de mí con ella como hablabas de ella conmigo.

Sé que hablas de otras.

Hablabas conmigo de ella y de otras.

Hoy no sé si hablarás de la otra.

Probablemente hables de ella conmigo después.

Yo no te escucharé.

No te escucharé hablando de mí, ni de ella, ni de las otras.

Hablas de todas.

Yo no quería que hablaras de mí.

 

Yo sé que hablas de mí.

Yo no quiero hablar.

Sé que estás con ella y piensas en mí.

Ella no sabe que yo sé lo que sé de ella,

Quizás no le digas todo sobre mí.

Las otras tampoco saben.

 

Yo tampoco sé lo que hablas de mí.

Yo no sé si hablas de mí como hablas de ella.

Ni lo que hablas con ella de mí.

Yo no hablo de ti, ni de ella, ni de las otras.

Yo hablo contigo y tú hablas de mí.

Yo sé que hablas de mí.

 

Buscando la foto para el post me encontré con esto:

Hablas – Bristol. Banda de rock argentina formada en 1998.

Fuente.

Despedidas

In Argentina, Uncategorized on diciembre 21, 2011 at 6:45 pm

No tienen que ser tristes. Es más, no tienen que ser. La verdad es que como en esta vida no podemos cerciorarnos de nada porque escapa de nuestro control, las despedidas realmente no son necesarias. Bien podemos pasarnos la vida sin despedirnos de nada, inclusive de quienes dejan este mundo, porque no sabemos si luego de estar acá nos encontraremos todos de nuevo; en otro mundo, en otra vida, para reconectarnos y hacer aquello que nos faltó por hacer acá, si es que nos faltó.

Igual todas estas ideas son suposiciones, pero las despedidas son un amargo trago que podemos elegir no vivir. Siempre podemos volver a vernos. No sabemos cuando, ni cómo, ni en donde; pero en definitiva, cualquier recuerdo preciado lo puedes revivir siempre que quieras.

Así es que sí. Hoy es 21 de Diciembre, cerca de cumplir mis 2 años en Buenos Aires, la ciudad de los libros y las luces; me voy ahora para darme un respirito de por estos lares a ver qué pasa. Siento que mi sentido nómada estará siempre ahí, por eso mi teoría acerca de despedirse. Siempre podemos repetir aquello que deseamos vivir, de una manera u otra, con imaginación y decisión.

Prefiero el “hasta luego”, a pesar de su formalidad. En el momento preciso nos saludaremos como si no hubiese pasado el tiempo. Así es que no me despido. Todo lo que deseamos estará siempre cuando quiera y donde sea.

¡Feliz 2012! Bienvenidas las nuevas experiencias que estén por llegar. Vivir no cuesta nada. 🙂

¡Hasta pronto a Todo!

Esclavos Modernos

In Argentina, Política, Relatos on septiembre 30, 2011 at 9:48 pm

Laura decidió ir al teatro. Quería ver el espectáculo de hoy, una función única que no podía resistirse a mirar. Compró los tickets con una semana de anticipación, y definitivamente ese no es su estilo acostumbrado. Por un momento pensó en no ir, llegar hasta Chacabuco 875 representa un viaje desde Belgrano, además de tratarse de una aventura en espacios prácticamente desconocidos un día viernes cerca de la media noche.

Decidió tomar el colectivo y encaminarse en la dirección indicada para ver la función. Un poco perdida y distraída con su libro del momento, compañero fiel en los traslados en transporte público, alcanzó a subir la mirada ya cuando la Av. 9 de Julio se hacía eterna. Dirección sur; hay que fijarse en cada esquina qué calle cruza para dibujar en la mente el mapa que recién había visto en casa para recordar cómo llegar a su destino.

Chile. Este es el nombre de la calle que le hace darse cuenta que ya está próxima a llegar. Cuando en Buenos Aires las calles comienzan a llamarse aglomeradamente como países americanos, Estados Unidos, México, Venezuela, estás en el sur. Así que baja del colectivo e intenta ubicarse como un alfiler en un mapa, Av. Independencia y 9 de Julio. Cruza la Avenida, tan conocida mundialmente porque requiere obligatoriamente esperar dos semáforos para cruzarla en su totalidad, así corras, siempre necesitarás una pausa en medio del camino para ir de un extremo al otro.

Buenos Aires es una ciudad enorme. Curiosamente puedes estar en una calle tranquila y sin darte cuenta a dos cuadras estar en el cruce con el peligro. De igual forma eso se siente en el ambiente, el ambiente denso de sentir el riesgo, saber que te observan y que además te escanean y saben que no perteneces ahí.

Laura siente el temor que sale de su interior mientras camina. Sabe que peligra, pero ya está ahí. Había quedado con una amiga y no podía simplemente no aparecer. Mientras avanza apresuradamente oye la voz en su interior que le dice que no es ese el lugar indicado para estar sola, de noche y en la búsqueda de direcciones desconocidas. Este teatro está cerca de Constitución; una de las estaciones de tren más grande del país. Un lugar lleno de vicios, de sucio, de vagos, de adictos.

Cuando llega a la esquina hay alguien conversando en voz muy alta a través de un teléfono público, es la única persona que anda por ahí. Una pareja llega a la esquina paseando un perro. Los cartoneros avanzan con sus carretas repletas de papeles. Laura siente miedo y no pasa realmente nada, pero la intuición es fuerte y hay que escucharla. Allí es cuando recibe un mensaje de texto y se da cuenta de que su amiga no va a llegar. Meditó unos segundos, miró hacia arriba y decidió avanzar hasta la parada para tomar el colectivo 59 para regresar a casa.

Mientras espera el colectivo los minutos se hacen lentos y ella está en alerta. Su sistema se despierta como una alarma que suena sin descanso en la cabeza. Se ve en la necesidad de convertirse en un búho  girando la cabeza en 360º. Transcurren los minutos como si fueran horas. Una señora también inquieta en la parada detiene un taxi y Laura comprende que antes de quedarse sola en esa esquina, vulnerable, tiene que hacer lo mismo. Sube a otro taxi y siente relativa paz, porque consiguió la manera de salir rápidamente de allí, de ese lugar donde no quería estar.

Sin poder evitarlo conversa nerviosamente con el chofer. Muchos taxistas se convierten en amigos cercanos mientras dure el trayecto. Tenía unos quince pesos, que con eso no alcanza para llegar de vuelta a casa. Laura llama a su casa y el chofer escucha la conversación:

– “Amiga voy camino a casa. Me subí a un taxi porque estaba asustada y el 59 no pasaba. Por favor bájame algo de plata que no me alcanza para pagar”.

Cuando cuelga el teléfono el chofer la mira a través del retrovisor, y le dice:

– “Sí, esta zona es muy peligrosa. Hasta yo que estoy viejo y he vivido acá toda mi vida la respeto y siento por dentro escalofríos porque nunca se sabe lo que puede pasar”.

Y así comenzaron a conversar acerca de esa realidad de que muchos de los líderes que están en el poder actualmente en Latinoamérica son cómplices de la inseguridad. Utilizan el miedo que infunden los delincuentes independientes en la sociedad, el Estado no tiene que propiciar el terror como en las dictaduras del siglo pasado para controlar, sino que la violencia se multiplica a la par de la miseria. Con el miedo de la gente, desvían la atención para tapar todos los escándalos de corrupción y mala gestión que hacen. Es la mafia de los presidentes que nos tiene viviendo como los esclavos modernos. No puedes dominar la inseguridad que te rodea, somos ciudadanos que viven dentro de un corral.

Y no hay escapatoria. Las democracias latinoamericanas están viciadas desde dentro. Hay políticos que se han dedicado toda su vida a ejercer el poder de alguna manera sin ninguna responsabilidad. Partidos políticos que han subsistido durante años y las jerarquías dentro de ellos muchas veces no son las más justas. Tristemente, hay un gran número de líderes en potencia, capaces, comprometidos, pero siempre son los más veteranos los que se quedan con el control del juego.

Y así es muchas veces en la vida. Muchos puestos de poder caen en manos de mentes retorcidas que solo saben usar la calculadora a su favor. Se adueñan de lo ajeno sin ninguna restricción. Impunidad y corrupción son palabras que describen los sistemas democráticos latinoamericanos modernos. Muchas veces los correctos, los más preparados, se mantienen en un perfil bajo o son simplemente anulados por alguien con más fuerza que ellos.

Muchos se van de su país porque alguien se adueña de todo, porque toma las decisiones a favor de sí mismo y  no se corresponden con los ideales ni la seguridad de sus compatriotas. Y no es un nombre, no se trata de nadie en particular, es simplemente una realidad donde los poderosos encierran a los débiles colocándoles un cerco alrededor. La inseguridad es una cárcel y en la medida en que los gobiernos no busquen soluciones para erradicarla, simplemente son cómplices y hasta promotores de la delincuencia.

Laura mira por la ventana del taxi y se agarra la cabeza. Después de un corto silencio meditativo, se disculpa con el chofer por haberlo deprimido con sus reflexiones acerca de la realidad. Pero él le responde cariñosamente que no, que no hay que deprimirse. Simplemente hay que luchar. Y eso lo dice alguien que maneja un taxi por las noches, que seguramente no tiene los mejores días, pero que se mantiene optimista. Le dice que la realidad no hay que sufrirla, hay que aceptarla. Tal vez la juventud nos lleva a soñar con cambiar el mundo, y nos frustra ver que los cuentos de hadas son simplemente eso. Los buenos no siempre ganan y los que manejan el poder esclavizan.