Betina Barrios Ayala

Muñecas de papel

In Argentina, Autobiografía, Caracas, Relatos, Uncategorized on noviembre 6, 2015 at 7:02 am
Altuna

Dibujo de Horacio Altuna, historietista argentino y responsable de las imágenes atribuidas a esta historia

A mi padre, para siempre

El día en que nací mi padre tenía treinta y tres años, estaba enamorado de mi madre y guardaba la esperanza de que ella lo amara igual, pero ella se encontraba en una cruzada por su propia supervivencia. Había huido de su casa por la puerta del matrimonio, y estaba dispuesta a volver a la soledad cuando terminara la universidad. Y así fue, cuando yo tenía seis años, me encontraba de pie frente a la puerta del nuevo departamento de mi padre, sintiendo los dedos finos y suaves de mi madre acariciar mi rostro, mientras con pena me decía adiós y se alejaba por el pasillo, corriendo, quizás llorando. Era un pasillo inmenso que se la tragó cuando ella dobló por las escaleras.

A veces lo veía sujetarse la cabeza entre las manos, o quedarse recostado en su cama con una pierna sobre la otra, mirando al infinito con la luz brillando sobre su pelo cano. Por las tardes, cuando regresábamos del colegio, el pobre caía rendido, ausente de su propia y extraña vida, y dormía plácidas siestas. En aquellas horas muertas, en las que mi padre huía entre sus sueños, me quedaba yo dando vueltas entre sus cosas, batallando con mi curiosidad. ¿Qué hacer con aquella casa que en aquel tiempo se me hacía una vasta sabana? No me interesaba la televisión, no existía internet, mi padre no confiaba en nadie y tampoco podía salir a jugar.

Así que me tocaba sumergirme en aquellos estantes llenos de libros que él atesoraba. Durante esas horas mudas, andaban los dedos de mis manos cruzando lomos, sentada en el suelo, diseccionando aquella biblioteca donde leí mis primeros versos. De pronto, entre tantas páginas que derramaban palabras que apenas podía comprender, apareció en un rincón bajo, que se creía oculto, un montón de revistas, todas llenas de colores y dibujos. Emocionada por el hallazgo, tomé una de ellas y la abrí: encontré muchas mujeres creadas por el trazo de un dibujante de cómics. Mujeres con largas melenas y senos enormes, se mostraban con las piernas abiertas, y hablaban en nubes blancas sin poder contenerse de placer cuando los dedos de otro dibujo las penetraban.

Primero, cerré la revista y la puse en la pila junto a las demás, simulando no haber visto nada. Luego, me levanté con prisa para ir hasta la habitación de mi padre, y cerciorarme de que continuase dormido, lejos de la posibilidad de descubrirme. Regresé al estante dando pasos largos y lentos sin hacer ruido, para así poder hurgar un rato más en la vida de esos nuevos personajes que conversaban entre sí, mientras se arrancaban la ropa y entrelazaban sus cuerpos que habían sido trazados con una pluma fina, que los hacía redondos, estilizados y perfectos.

Mi padre nunca dijo nada, pero esas muñecas abandonaron su falso escondite, no pude encontrarlas más. Era su secreto, una fuente erótica de papel, un formato pornográfico para niños que nunca crecen, como nosotros dos.

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