Betina Barrios Ayala

La dérive

In Caracas, Diario, Reflexión on octubre 22, 2015 at 10:02 am
BARCO_A_LA_DERIVA_BYN

Esta imagen no pertenece a nadie. No tiene fuente alguna

Lo diré antes de distraerme o acobardarme:

No vivo en ninguna parte.

Hasta el Facebook me pregunta con franqueza, como si hablara: Betina, in which city do you live in?

 

Yo tampoco lo sé, Facebook.

Lo que pasa es que estoy desmembrada, hay pedazos de mí pululando en todas partes. Hay pequeñas tragedias y alegrías en tantas paredes, en el cuerpo de esos innumerables refugios en que he vivido, en los que casi he vivido. Espacios que nunca abandonaré desde mi sitio, desde la dolorosa memoria que recuerda. Con sus muros, sus detalles, esos muebles, ajenos todos, en los que me he dejado caer. Como una pluma. Pero luego abro los ojos, no es mío nada. Yo tampoco de nadie. Me voy. Con la mochila a cuestas y esas cuatro cosas que no me fallan, que me dejan vivir donde sea, un poquito, algunas horas, sin atamientos, es así. Y qué vergüenza.

No miento.

Ojalá.

 

Tampoco escribo ya.

Nada con sentido, nada completo. Son retazos. Escupitajos que necesitan salir, pero se quedan ahí a la deriva, como esperando ser recogidos, remediados. Caen sobre la acera esperando secarse. Es una metáfora viva que me persigue. Pero eso no llega nunca. Es un período árido, estéril, disperso, quizás condenado por aquello del subconsciente que nos gobierna. Es doloroso también. Sobre todo cuando preguntan, ¿Cómo va la cosa, la escritura? ¿Para cuándo algo nuevo? No lo sé. Ojalá pudiera ser a diario. Ojalá pudiera cumplir lo que quiero ser. Pero ya una voz amiga me lo dijo: son los libros. El listón está muy alto, y no sé cómo salir. Leo cuando debo escribir. Cuando escribo, me quedo leyendo.

Y la gente cruel me restriega su organizada vida. Y yo aquí, inútil, insomne, incapaz de dar algo más que estas quejas, confesiones, excusas, miserias. Arrebatos de primera hora de la mañana, con los pájaros en la ventana y el ruido de los motores de aquellos que se dirigen a sus destinos seguros, sonoros, indiscretos. Me lo dicen en mi cara. Que saben que hacer cada día. Qué fortuna.

Yo solo sé perseguir la primavera, la lluvia. Luego el verano para ver el mar. Es un caos. Qué bella palabra. Tantas palabras que me hablan, que me dicen que son bellas, y eso le pregunto a la gente, que me digan sus palabras, que me ayuden a ver el universo en que estoy perdida. Y sus rostros al ver que no contesto nada satisfactorio, o cuando miro a otro lado o cambio el tema. No hablemos de mí. Que sea suficiente esa respuesta mía de siempre que es desaparecer, que es no decir realmente nada. Que es venir a verter en el papel lo que me asfixia, que es la palabra. Están atoradas. Las imagino como un gran ciclón, un tornado impetuoso que se lleva todo, que no deja anclarme.

Es mi culpa. Es deliberado. No quiero vivir en ninguna parte. No quiero decir que todo está resuelto. Tengo miedo de definir (me). Solo me abrazo a la vela del barco que me lleva, como tras de todo, como cazando pistas en el espacio, debajo de las alas de los aviones, entre sus capas que no vemos, allí donde viajan las maletas, eso tan profundo, tan secreto, que a veces ni siquiera regresan.

 

Es la ambición.

Que derrota decirlo, que tristeza pensarlo.

 

P.D.: Este texto lleva el nombre de una película francesa, maravillosa, dirigida por Paula DelSol (1964), pero no está en ninguna parte (otra vez). Solo hallé este retazo y esta breve reseña para mostrar.

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  1. No todo el mundo se atreve a confesarse de esta manera tan honesta, mucho menos cuendo se está a la deriva.

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