Betina Barrios Ayala

Era celular

In Música, Nueva York on junio 7, 2015 at 12:47 pm

celulares

Mantengo mi viejo aparato en una bolsa plástica en la gaveta. Igual, es un celular chino, el más barato que vendía Movilnet-CANTV a mediados de 2013; pero con pantalla de colores y posibilidad de bajar tres o cuatro aplicaciones básicas. Olvídate del Instagram. Cuando eso empezó, mi amiga Eleany invocaba mi presencia en la red con el hashtag #BetySinInstagram. Pero yo había renunciado a los celulares de alta tecnología, pues era una constante víctima de una serie de robos. El último exitoso: me estacionaba a unas cuadras de la oficina en La Trinidad. Abrí la puerta y saqué una pierna para anclarme en la calle, mientras sacaba las llaves del carro y sostenía el celular entre la oreja derecha y mi hombro, mi amiga Mariana me daba los detalles de la fiesta por su despedida de soltera. Un hombre con chaleco naranja, lentes y casco negro proveniente de la parrilla de una moto se acerca a la puerta. Me pide el teléfono insultándome. Se lo doy sin mediar palabra. Pensé que iba a llevarse el carro, que obvio, no era mío, sino de la santa de mi madre que me lo había prestado. Uff no se llevó el carro. Igual, ya el viejo Blackberry tenía un montón de botones que no servían, estaban tiesos, pero, ¿para qué cambiar de teléfono si en cualquier momento te lo van a quitar? Casi le agradecía al ladrón. Primero por no llevarse el carro, y después porque ya ese perol me sacaba de quicio. A veces ni podía finalizar las llamadas con esos botones de yeso. Bueno, gracias, Dios, me dije. Y unos meses después compré ese fulano chino, y eso porque la amiga que me prestó un Nokia inmortal, ya me pedía que se lo devolviera. Vale decir que cuando usaba el Nokia también me robaron, pero me lo regresaron. Nadie quiere un teléfono de pantalla verde sin WhatsApp. Ladrones coños de madre, venía saliendo de la premiación de cuentos de la policlínica metropolitana, a pie, y nos llegaron los bichos en las motos sobre la acera en Caurimare. Habíamos tomado la audaz decisión de volver a pie a casa. A Mardon le quitaron su celular y las llaves de su casa, qué pálida. Yo solo tenía ese Nokia prestado, que de verlo me lo regresaron y no se llevaron el morral porque les dije que lo que tenía era unos tuppers sucios con restos del almuerzo. Salí caballo blanco. Solamente con el susto. Esos son mis recuerdos de celular. Sin contar la vez que me salvé en la cola frente al museo del transporte. Unos coñazos en el vidrio, pero me las di de arrecha y volantee hasta que los tipos se cansaron y se fueron. Gracias, Dios. Otra vez, aunque temblando.

Total que ese teléfono chino no era más que lo mejor que pude comprar por lo que estaba dispuesta a pagar, y fue mi último celular. Cuando me fui de Caracas a finales de 2013 me negué a comprar otro, no sabía si regresaría pronto, y de gastar los preciados dólares, pues más vale unos tragos y una buena cena que un perol que valga más que tu vida. Así que me acostumbré a vivir sin él en esta época celumaníaca, me atreví a vivir Nueva York, sin guías digitales y a perderme en su metro de colores y letras y números sin valerme de la ayuda de las invaluables apps.

Lo cierto es que prescindir de un celular en esta época, te hace sensible a percibir el grado en que los demás necesitan de él. Ayer, sentada leyendo en la estación, el tren estaba loco como pasa algunas veces los fines de semana. Y entonces desfilan vagones vacíos a toda velocidad y se acumula gente en el andén y nadie sabe qué es lo que pasa. Pero yo con mi libro, como si nada. Entonces llegó un grupo de cuatro, todos con camiseta violeta y gritaban sus argumentos, con esa acústica fantástica que te da la vida subterránea. Me dije que los odio tantas veces, porque entre las letras de Proust venían sus gritos y entonces no podía leer. Y llegó esa china con su risa nerviosa y se sentó junto a la rubia que estaba a mi lado, y desplegando su mapa del subway con dimensiones de periódico cuando eres niño, un papel doblado en mil partes que al abrirse no hay brazos que lo alcancen. Y la pobre, preguntaba cómo llegar a su destino. La rubia le explicó, y yo cada vez entendía menos mi libro y me perdía en sus instrucciones en inglés para chinos perdidos. Entonces le dijo, «It’s confusing. And you don’t even have a phone», porque sin teléfono nada, no eres capaz de nada, y qué diría Cristóbal Colón, que se aventuró en el océano con un mapa incierto y abrazado a la duda de si se iría por las cataratas que daban la bienvenida al fin de un mundo plano.

Los teléfonos ahora son todo. En los conciertos se acabaron los mecheros. Los artistas dicen que los dejen ver el cielo lleno de infinitas estrellas falsas, cuando la audiencia prende su lámpara en el smartphone. Y es que ya en las multitudes no hay que lidiar solo con cabezas, ahora hay teléfonos, miles de ellos, y la gente prefiere tratar de enfocar que disfrutar el concierto, esos minutos de dicha en los que se hace real lo que siempre ha estado en ficción. Y entonces las ves, miles de pantallas que se roban la realidad que tanto querían quienes allí están y se alejan del objetivo, tratando de atesorarlos por siempre en sus pantallas. Y es que llegan a un punto de amor por ellos, sus celulares, sus pasaportes a la importancia en las redes sociales, que en la multitud, algo puede caer al suelo, pero si tienes el teléfono, nada más es importante. El celular, el protagonista de esta era, en la que todo tiene que ver con el wi-fi, y si no pues nada, nadie entiende cómo vives.

Al final, pues he sucumbido. Después de año y medio sin celular, lejos de casa, ya mi madre me decía, que lo hiciera por mi familia. Ya la cosa es un asunto moral. Sin celular estás lejos, nadie te encuentra, eres la nada. Pero igual, siempre lo llevo en silencio, trato de que no se vuelva tan protagónico. Y con todo y eso mi madre me dice, a pesar de que estamos juntas en tres grupos en los que siempre hay imágenes y el double check, y no hay manera de estar perdido, que no sabe de mí. Así es cómo todos quieren saber tanto de los demás, tanto que ya no importa dónde están en ese momento, sino dónde quieren estar; y entonces viajamos en el celular a las reuniones con los amigos que están lejos, y les decimos Te quiero, y nos trasladamos al patio de su casa o a esa playa en la que siempre estuvimos acostumbrados a vernos, y nos volvemos a sentir cerca, y nos volvemos a ver otra vez, y ya nadie está perdido en esta era celular, en la que solo estás vivo if you appear online.

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