Betina Barrios Ayala

Nómada

In Nueva York, Relatos, Viajes on mayo 25, 2015 at 6:01 pm

Nómada

Se lo digo cada cierto tiempo: «No podemos seguir viviendo en esta ciudad»; porque nos pasará igual que a todos, que viviremos siempre al límite. Sí es verdad que muchas veces, cuando parece que todo está perdido, entonces algo sucede que viene para salvarte. La gente se consuela con el clásico «Dios aprieta, pero no ahorca»; eso no me dice nada, no quiero acostumbrarme a pedirle favores a Dios.

Repaso en mi mente entonces todos esos rostros que he visto, con su incapacidad para mirarte a los ojos, hundidos en ese nerviosismo fatal, como que se les van los pensamientos. Igual, eso pasa en todas las ciudades. En algún momento dices que ya es suficiente, que el día a día está tenso; pero hay quienes no son capaces de verlo. Todavía recuerdo esa tarde, caminando por Sabana Grande, y todos esos hombres con el rostro duro, vestidos de verde, con los cuerpos protegidos por su disfraz antimotín para amedrentar, para reprimir la violencia que ellos mismos encarnan. Cuando se han humanizado esos soldaditos de plástico, y son reales, y caminan a tu lado y sostienen el arma en el pecho. Todavía lo recuerdo, y entonces le dije a mi padre, que caminaba conmigo y me tomaba la mano con fuerza, que era demasiado, que habíamos cruzado el límite al ir por la calle así, rodeados de todos estos vigilantes oliva. Papá perdóname, perdónenme todos que qué sé yo, simplemente no me puedo acostumbrar. No me puedo acostumbrar a nada. Pero menos a eso.

No puedo acostumbrarme a que me convenzan de que es lo normal, cuando yo misma puedo ver el cambio. Sí, me dijo mi padre, así han sido siempre las cosas, y miraba hacia adelante como agarrándose a sí mismo en otro tiempo. Eso fue una mañana en ese hotel de La Solano. Por la ventana se veía un montón de gente en la calle, agrupados en pro de la defensa de los derechos de la comunidad gay; entonces vino el ejército, y se enfiló frente a ellos como si estos hombres y mujeres con banderas y canciones fuesen peligrosos, y lo que era una alegre concentración, ya era también una amenaza; porque no son sumisos, porque no caminan como muertos, porque se reúnen y tienen algo que exigir. La gente verde no quiere que nada cambie, quieren que todo se quede frío.

Y mi padre dijo que también eso era normal. Eso me lo dice un ex guerrillero.

Ahora también digo que no podemos seguir aquí. Porque así es en todas partes: uno se cansa de algo, o le da miedo, que no es lo mismo. Pareciera que tuviera miedo de quedarme en cualquier parte y llegar a parecerme a todos. A todos los que pertenecen mucho tiempo a algo y comienzan a justificarse y a decir que nada los sorprende, que estamos igual que siempre y que nada va a cambiar. Esos veteranos de las ciudades cansan, cansa todo el que cree que todo ha visto.

Se lo digo, mientras caminamos de noche por la calle, como sin rumbo; y pasamos por todos esos lugares como de plástico, porque es todo tan caro. Allá es violento y aquí es caro, y en otras partes es alguna otra cosa que también cansa o da miedo. Así que nos vamos, le digo, todavía no llegamos.

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  1. Excelente! Me gustó mucho como escribes y me veo reflejado en tus palabras.

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