Betina Barrios Ayala

Navidad

In Argentina, Relatos on diciembre 24, 2014 at 11:13 am

La-Hallaca

Hoy me enfrento a mis papilas gustativas ansiosas por una hallaca. Hoy me arrepiento de esas necedades de niña en las que las rechacé aturdida por esa abundancia loca que venía en navidad. Y es que cada hallaca tiene su bagaje, así que en mi edad pragmática y de paladar conservador preferí mi plato navideño solo con pan de jamón y montones de ensalada de gallina; sabores más compactos. Ojalá pudiera acumular de golpe esas inocentes devoluciones y volver a tener frente a mí esa masita amarilla, suave y olorosa que sale deslizándose de la hoja verde y brillante como quien baja por un tobogán hasta el plato. Las devoraría sin piedad. En momentos de crisis lo intento cuando encuentro tamales en los menús de los restaurantes, pero nada, no es igual. Es un consuelo además efímero porque son más pequeños y están conformados por guisos completamente distintos y mucho más simples, nada de esos agridulces venezolanos. Pero eso no me importa del todo porque las hallacas de mi vida son todas diferentes, van marcadas por la cocina de dónde vienen, y además yo nunca tuve un solo techo en navidad.

La navidad de mi vida es un acto errante, eso es quizás lo único permanente. Con ella venía el cambio de ciudad y los viajes que alineaban carros a la orilla de la carretera en un punto de encuentro. Mis padres no son mezquinos, así que a veces se encontraban en la mitad del camino para repartirse el botín. Entre Caracas y Barquisimeto un punto medio es Tucacas,  cada quien entonces se echaba un chapuzón playero, y mi hermana y yo saltando de puerta en puerta. Y así íbamos entonces testeando cualquier cantidad de hallacas dependiendo de su lugar de origen en medio de la travesía navideña.

Recuerdo entonces las hallacas vegetarianas de mi tía Jeanette, de las más raras en su haber y de las que menos me entusiasmaban; las hallacas tardías de mi madre, que no se animaba a hacerlas y, ¡De lo que estaba privado el mundo!; las hallacas interminables de mi tía Mary, porque tiene siete hermanos y cada uno de ellos al menos tres hijos, siempre anfitriona se aseguraba de que había para todos y para repetir; las hallacas de Astrid, quien viene a ser mi segunda madre, que llegaban en conjunto con las de su abuela y las de su tía; las hallacas de las mamás de mis amigos, las de la vecina y de la señora de la esquina; y por supuesto, ahora en mi contemporaneidad también inquieta: la cacería de hallacas en el exterior. No importa quién las haya hecho, dame una hallaca en navidad. Recuerdo las lágrimas de Angélica el año pasado por una hallaca mientras caía una nieve interminable. No importaba de quién fuese, cómo fuese: con papas, con garbanzos, con almendras, con gallina, cerdo, pasas o alcaparras. Una hallaca en navidad lo es todo. Y tan fuertes fueron sus ganas que una noche apareció con un paquete que una cliente le llevó pues también se enteró de lo que para ella significaban. Que ningún venezolano sea privado de comer hallaca en navidad debería ser ley, entre tantas inútiles que promulgan. El envío internacional tiene que ser planteado (aquí se podría colar también el queso fresco). Que el cielo sea azul en navidad, que los días sean nobles, que la gente sea amable y que siempre tengamos con quién celebrar.

Todo esto para que la navidad sea siempre navidad. No es justo que se pasen algunas como que no son reales. Mi elemento fijo en medio de toda la viajadera fue mi hermana. Quizás hace tres o cuatro años fue nuestra primera navidad separadas. Pero hubo una en particular, en la que pudimos estar lejos por primera vez, pero ella no lo permitió. Había ganado una beca en la Universidad Católica de Chile y yo vivía en Buenos Aires. Vino viajando a dedo y conociendo el país. Durmió en Mendoza, en Córdoba, viajó en un camión de cerezas, cruzó de un lado a otro y pasamos la navidad juntas en una casa de la tía de alguien. No había hallacas. En su lugar comimos por primera vez Vitel Toné, tomates rellenos de atún, ensaladas, y dulces por montones. El que era alguien como el primo mayor de esa familia, nos invitó a subir al techo y desde algún punto sur de la Av. Juan B. Justo, dónde las casas son bajas, admiramos la grandeza de la ciudad sin sentir frío. Lanzamos unas lámparas de luz estilo thai y las vimos sobrevolar el cielo como bengalas en el manto negro infinito. Bebimos, conversamos y así se mantuvo mi símbolo de la navidad viajando para estar conmigo como una auténtica estrella de Belén. Lo único que no era intercambiable como las casas, las decoraciones de los árboles, el hacer o no el pesebre, los regalos, las dinámicas de la noche del 24 y por supuesto, las hallacas.

Hoy ya casi es navidad, he vuelto a Buenos Aires, comenzó el verano manso y abraza con la brisa. Las ramas de los árboles que se asoman bajo la ventana me hacen sentir cerca del verdor de los pinos aunque no haya ninguno por la zona. Ayer horneé tremendo pan de jamón; tal vez más tarde no lo resista y salga corriendo a buscar lo que necesito para una ensalada de gallina y así vuelva a mi menú infantil navideño. Solo me faltaría mi hermana en la receta, lo único que no cambiaría nunca. Ni siquiera por una hallaca en navidad.

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