Betina Barrios Ayala

Habitantes Nocturnos

In Argentina, Relatos, Viajes on octubre 25, 2014 at 11:57 am

Recibí una llamada de camino al aeropuerto. Esa mujer que me debía dinero estaba decidida a pagarme, pero yo estaba por abandonar el país. Le escribí que se fuera al infierno y apagué el celular. Menudo momento para hacerse la buena, ya daba igual. Aterricé en la ciudad sobrevolando lo que parecía un desierto de cielo negro poblado de millones de estrellas amarillas, hacía frío y había un tráfico tremendo; la luz exterior me cegaba y subí a un remis con un desconocido para ahorrar.

Un hombre calvo que me miraba como esperando algo abrió la puerta del edificio. Parecía albino. Le di los buenos días sin sonreír. No me gustó la forma en que me recorría en segundos como ansioso por saber quién era. Abrió la puerta del ascensor. Cerré la primera puerta sin mirarlo, luego él dejó caer la segunda y pude subir en paz. Me miré en el reflejo oscuro del espejo. Tenía ojeras, estaba hambrienta y con un vacío profundo de volver. El departamento estaba al final de un pasillo que simulaba una caverna, angosto y oscuro. Estaba casi vacío, pero todo estaba muy sucio. Solté la maleta que traía, cada vez más pequeña, ya habituada a mis continuas mudanzas. Le arranqué unos cuadritos a un chocolate, me serví un vaso de agua y me acosté a dormir.

Desperté y la luz blanca del día nublado acompañaba mis sentimientos. Comencé a limpiar minuciosamente y cada rincón que veía me parecía que estaba negro y constaté que los pelos del gato que antes vivía allí eran muy territoriales; se amontonaban en las esquinas como bolas de flores de diente de león. Nada se los llevaba y se quedaban atascados en las fibras de la escoba, montones de motas sucias con marcas multicolores. Quedé exhausta, pero me di una ducha y me vestí para salir a tomar algo por el barrio. Crucé la avenida más ancha del mundo, iluminada y preciosa entre vientos agitados y frescos. Me cubrí el cuello, caminaba con las manos en los bolsillos y los labios resecos bajo un labial rojo. Entré en un bar de luz baja en la que un tipo de saco me tomó por el brazo y mirándome directamente a los ojos me dijo que me conocía, que dónde nos habíamos visto, que si trabajaba en Cablevisión. Yo lo rechacé ahuyentada. Huía de la gente, de lo familiar, y más que nada de lo superfluo. Me senté en la barra y bebí un J&B que estaba incluido en una lista de dos por uno.

Lo sorbí rápidamente. Entre no decir una palabra y el asunto de volver a estar allí, los dos vasos se evaporaron como gotas de agua sobre plancha caliente. Me preparé para salir tomando todos mis abrigos entre los brazos. Caminé de regreso a la casa. Un borracho con botella en mano me soltó unas cuantas frases en la esquina. Lo esquivé. Y así seguí rebotando la mirada entre todos los cuerpos envueltos en mantas que se protegen en las escaleras de los edificios de la ciudad. Los cartoneros rompiendo las bolsas de basura, la calzada rota haciendo ruido cuando no quieres hacerte notar. El intento por ser invisible se hace imposible en esta ciudad donde todo se ve, donde todo es posible y la noche está siempre más viva que tú entre los espejos que refleja el asfalto húmedo de las angostas calles del centro.

Cerca de la medianoche estaba de nuevo en el pasillo que conducía al departamento. Apreté el botón para encender la luz y resultó ser el timbre de uno de los vecinos, me apresuré a abrir la puerta, antes de que otro desagradable encuentro con especímenes alterados me molestara. Un perro ladraba indiscreto, cuando escuché su cerradura abrirse ya estaba del lado de adentro de mi nueva casa, cerrando con suavidad y deseando que nunca supiera mi identidad ni responsabilidad. Dejé caer las llaves en una mesa, lancé el abrigo en el sofá y me descalcé. Caí redonda y semidesnuda sobre el colchón que yacía en el suelo, y el maquillaje permanecía en mi cara disfrazándome un poco más. No me lavé los dientes ni tuve ganas de llorar.

Me despertó un ruido como un bullicio de fiesta que venía de la sala. La única lámpara que había en la habitación no tenía bombillo y solo me valía de una pequeña luz que se activaba con un clip que usaba para leer. Me restregué los ojos y me asomé por la rendija de la puerta. Vi la luz de la sala encendida y humo de cigarrillo flotando en el aire. Me levanté ante lo imposible, pero no sentí miedo. Con las piernas desnudas crucé la puerta y me dirigí al pasillo y los vi. Había una reunión de hombres y mujeres desconocidos, eran pequeños y algunos de ellos ancianos. Apenas me acerqué al umbral, pude verlos conversando tras una espesa nube gris que emanaba de los múltiples tabacos que tenían encendidos. Sobre las mesas antes vacías reposaban tableros de juego y algunas mujeres vestían sugerentes, con collares de perlas y medias con liguero. Parecía un cabaret. No se inmutaron al verme. Incómoda, pero con buen tono los increpé.

– ¿Qué hacen ustedes aquí? ¡Está es mi casa! ¿Cómo entraron?

Me miraron con molestia, pues estaba interrumpiendo el casino que tenían montado en la sala. Sentí en sus miradas una especie de hastío, como si estuvieran agotados de contestar la misma pregunta una y otra vez. El que parecía el jefe del grupo, un viejo con barba blanca mal cortada, casi sin dientes y lleno de pliegues como montañas de barro, me miró de reojo y respondió:

– Siempre venimos aquí. Entramos por la puerta que da al balcón.

Indignada contesté que era mi primera noche allí, que se suponía que nadie más tenía acceso a ese departamento. Pero mi voz estaba en mute. Ellos ni me miraban, continuaban con su juego y hasta algunos seguían agarrando el culo de las mujeres y haciéndolas sentarse en su regazo. Parecía que tenían el control y yo era una molestia, una figura necia y desproporcionada que solo hacía preguntas insignificantes y tontas. Me pellizque la piel. Nada. Entré al baño, me senté y exhalé con ruido. Cerré los ojos por unos segundos. Me paré al lado de la puerta para escuchar lo que decían. Nada, solo se divertían con naturalidad.

Regresé una vez más y de nuevo no me prestaron atención. Bebían en vasos de shot con diminutos hielos picados como nieve. Uno de ellos me miró con picardía y me ofreció un trago. Qué más da, pensé. Y me senté para estar a su altura. Observé la forma salvaje en que se divertían aunque su aspecto sugería una edad. Me tomaba todo lo que servía de un trago y la sensación era como la de beber de una jeringa. Los demás comenzaron a quejarse de la manera en que bebía y que si seguían invitando se quedarían sin nada para seguir con la fiesta. Les dije que tampoco estaba mal, que yo necesitaba dormir. Se rieron en mi cara, en un momento casi a coro. Intenté indagar en la situación, preguntar cuan frecuente era esta reunión. Ellos me dieron a entender que ese era su lugar, era su bar y que ya no hiciera más preguntas. Me acomodé mejor en mi esquina y me fumé un pequeño cigarrillo que construí atando cuatro que parecían palillos y sabían a madera vieja. Conversé a gusto y los vi bailar. Sonreí con la certeza de que después de todo no estaba sola y la bienvenida no supo mal.

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