Betina Barrios Ayala

Bicicleta

In Nueva York, Relatos, Viajes on agosto 22, 2014 at 4:03 pm

La encontré hace un par de meses cuando regresé a Nueva York. El verano sin ella habría estado repleto de trayectos subterráneos, de ojos vendados y temperaturas infernales, viajando en el subsuelo en que retumban todos los sonidos del mundo; con gracia y sin ella detrás de un estuche de guitarra o un sombrero con la boca abierta a la espera de algunas monedas. Me habría visto muchas veces más rebotar entre el inmenso tráfico ininterrumpido de personas que simulan rebaños que se compactan dentro del alargado tren metálico, saltando de una caja a otra, saliendo de casa para moverme en esos vagones ruidosos y pesados que por las madrugadas se esconden cuando más los necesitas.

La vi mientras regresaba del jardín botánico, de rellenarme los poros de spring blossom metida en una cámara recreadora de trópico llena de orquídeas de todas las formas y colores, mientras sudaba lágrimas de nostalgia apegada a los recuerdos de mis flores, de mis flores patrias. Regresaba bajo el sol, huyendo de los escaparates, dejando que la piel brille y se encienda con el día; sintiendo el cuerpo libre de las cárceles de tela que se manifiestan con el invierno. Estaba amontonada junto a un cúmulo de trastos viejos y olvidados en un terreno que pronto será de algún judío que lo convertirá en muchas casas mínimas para encapsular gente a precios astronómicos. Estaba confundida entre asientos y ruedas sueltas, como víctima sobreviviente de una tragedia natural, como alargando sus brazos bajo los escombros, todavía bañada de polvo esperando su rescate. Parecía que no valía para nada, que en lo que lograra sacarla de ese cerro de peroles y me subiera a ella saldría disparada alguna de sus ruedas; o tal vez la cadena estaría toda tiesa, o me iría volando sin frenos por Franklin Avenue.

Me acerqué para levantarla del suelo, y tras de mí un hombre enorme emergió de la sombra en que se refugiaba del inclemente astro del cielo; apareció como el guardián de aquella montaña de olvidos, como el custodio del poco valor que puede tener una colección de cachivaches. Se me acercó con sus casi dos metros, barba gris y camisa entreabierta, fumando un cigarrillo mal liado que se sujetaba a su labio inferior mientras hablaba. El cigarrillo se movía al compás de su voz como si tuviese años y años allí, soltando su ácido que se pega, se pega al alma, a las telas y a las pieles con pasión frenética.

Con su fuerza cercó el espacio donde yacía toda la mezcla de metal y ruedas y la sacó halándola por el asiento. Como si se tratara de un cachorro liviano la puso de pie sobre el suelo y me invitó a probarla. Subí a ella con recelo, y menos mal que así lo hice porque de frenos ella no sabía nada, le di una vuelta a la manzana y regresé. Entré de nuevo al terreno atravesando la reja con las piernas abiertas para alcanzar el suelo. Con cuidado la acosté de nuevo en la tierra seca. La miré, medité. Sin querer no dejaba de pensar en que quizás sería inútil, no sentía que podía funcionar. Saqué mi calculadora mental para valorar cuánto me costaría repararla hasta poder usarla. Me pidió ochenta dólares por ella. La miré, mientras viajaba a mis bolsillos y contaba lo que allí había. Saqué los billetes, conté cincuenta entre un par de veinte e infinitos de uno y le extendí mi mano. Él se lo pensó con cuidado, como tratando de exprimir la nada.

Después de luchar un poco consigo mismo aceptó el manojo grueso y arrugado dándose cuenta de que quizás nadie más habría reparado en ella. Ningún transeúnte la habría siquiera mirado entre todas las ofertas de bici que hay en las calles de Brooklyn. Bicis hermosas que se exhiben en las tiendas y aceras como caballos metálicos de mucho más estirpe. Yo también lo dudé mil veces, pero una voz amiga me dijo que me la llevara. Ya la repararíamos. La dibujó para mi pintada de colores; sobre sus manchas naranja de óxido pasaríamos una esponja hasta lijarla y dejarla relucir. Compondríamos su manubrio cambiándole la cinta escarapelada y la pondríamos prudente arreglando sus frenos. Solté los cincuenta dólares sabiendo que no tenía trabajo, pero que me ayudaría en el verano a evadir un poco la costosa y obligada MetroCard.

La llevé por los manubrios todas las cuadras hasta la casa. Me subí a ella varias veces por la acera, apostando a poder frenarla con los pies. Sonreía mientras me acostumbraba a su dureza agradecida y me pareció que ella también suspiraba de alivio al verse de nuevo útil entre mis manos. Su mala facha no era nada al lado de la libertad que me da andar sobre ella, rodando cuadras a una velocidad que mis piernas siempre envidiarán. Nunca he tenido carro, siempre han sido bicis. En ellas he recorrido las calles de todas las ciudades que han sido alguna vez mi hogar. Ofreciéndome el cielo, la envidiable vista de un automóvil sin techo, dejándome liviana colarme entre las calles pasando al ras de todo huyendo hacia lo infinito.

Ella es azul, como la primera que tuve, en la que conquisté montañas de arena en el estacionamiento del edificio en que pasé parte de mi atareada niñez en Acarigua. Esa bici en la que aprendí a andar sin ruedas cuando era una miniatura imparable que se lanzaba despeinada escaleras abajo hasta estrellarme en las esquinas y regresar toda sucia y amoratada con chichones en la cabeza a los brazos de mi mamá que nunca me decía nada. Agradecía que dejara toda esa inquietud fuera de la casa y entre las ondas rebeldes de ese pelo corto que nunca quise que me peinaran.

Por ella disminuyeron mis lecturas de viaje en tren, pero para eso tengo todo el invierno. Ahora me quedo con lo que siento luego de empezar a subir los puentes para cruzar a Manhattan, me quedo con mi cuerpo empujando ese otro cuerpo metálico y viejo, cubierto de cicatrices de otros tiempos, de otros dueños; me quedo con su peso que se libera junto al mío en un solo abrazo frente al viento cuando empieza la bajada en medio del río que me conduce adónde ahora quiero estar.

Retrato con bicicleta

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  1. Tiempo sin saber de ti Betina granola, como estas? por lo que leí en tu hermosa escritura estas fuera de Venezuela?

    • Hola, Ceci ¿Cómo estás? Sí, estoy fuera de Venezuela. Estoy contenta, no puedo decir que no; pero tengo mi espinita por dentro. Siempre extraño mucho mi país, eso no lo puedo evitar. Recibe un beso enorme y mis mejores deseos para ti.

  2. Hermoso!

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