Betina Barrios Ayala

Visiones

In Nueva York, Reflexión, Viajes on julio 29, 2014 at 5:41 pm

visiones

Regresábamos de una parranda en el carro.

No era de noche.

Reímos al darnos cuenta de que viajábamos con objetos que dejamos olvidados sobre el techo y el parabrisas sin caerse.

El conductor empezó a hacer maniobras en el volante para arrasar con todo aquello con mayor gracia.

Comenzaron a caer; y nosotros reíamos, aún más fuerte, cada vez.

Había un gran frasco lleno de alcohol y frutas picadas que se bamboleaba en el techo como el último obstáculo del video juego.

Cayó estrepitosamente sobre el asfalto.

En la maniobra un celular voló al asiento del copiloto, entre sus pies. Había agua allí y encendido, colapsó. La pantalla mostraba rayas horizontales de colores. Luego se apagó, sin más.

Rogué porque nos detuviéramos a un lado del camino y guardáramos calma. Estábamos ebrios e imprudentes; haciendo tonterías.

Una niña pequeña ―con la piel muy tostada como guajirita― se acercó al carro. Se arrimó a la puerta del copiloto y se introdujo hábilmente como un espagueti que se escapa de una olla: húmedo, resbaladizo, inevitable. Nadie la vio.

Estaba sucia y tenía el pelo enmarañado. Su fenotipo me recordó las fotos de mi hermana en su trabajo de campo con los pijiguaos. Comía una especie de caramelos alargados tendidos sobre una servilleta. Tenía una expresión vacía. Estaba de pie rozando la pierna del copiloto. Sin decir nada, casi sin moverse.

Un revólver apareció en el refilo de la mirada del lado derecho.

Nos atraparon.

Comenzó un forcejeo ridículo. Mientras los delincuentes hacían bailar a tres de mis amigos en la calle, yo continuaba en el carro con alguien más. La niña estaba allí todavía, con la mirada perdida, sosteniendo en la servilleta esas lombrices de colores azules y rosas con azúcar como escarcha.

Comenzaron a gritar. Los humillaban. Se puso violento.

Ahora la niña parecía una muñeca de cartón.

Escapé por la puerta de atrás.

Los perdí.

Entré en un supermercado. Un supermercado de zombies. La gente estaba allí comprando paranoica insumos que ya no existen. Mi cuerpo se estrella contra los carros metálicos y escucho a la gente maldecirme. Ignoran mi angustia y enrumban sus ruedas hacia los anaqueles vacíos o llenos de productos repetidos. Todo está plano.

Desesperada reboto entre la gente que no me escucha. Siento que grito, pero todo está sordo. El lugar está bañado en una luz amarilla, pesada.

Diviso una torre de cartones de leche líquida. Los pateo gritando que son todos unos muertos. Estamos muertos. Estoy llorando.

Salgo del supermercado en una crisis indescriptible. La cara enrojecida y húmeda.  Grito entre sollozos. Impotencia invisible. Estoy casi de rodillas.

Camino por la acera y aparece la policía. Exasperada les digo que tienen a mis amigos. Tienen a mi hermana. Ellos hacen ademán de que no hablamos nada importante. Usan cascos blancos y las denuncias se reciben como si dijeras otra cosa.

La ciudad le pertenece a ellos, a la delincuencia.

Los policías sonríen. Parece que están en un desfile. No me miran. Hacen gestos cómplices entre ellos. Dicen que lo saben. Que los tienen todavía y nada puede hacerse. Que se armó una balacera en la avenida.

Corro por la calle como sin rumbo, deshecha.

Estoy llegando al lugar y veo nuestro carro a un lado. Puertas abiertas, humo en la calle. Me parece que estamos en la Río de Janeiro en sentido contrario. El Guaire está del lado del piloto. El carro en dirección al Eurobuilding.

Un rostro amigo aparece en medio de la calle y me abraza al verme. Me hundo entre sus brazos. Aparece como un ángel que va a recibirme mientras me dan la peor noticia de mi vida. Yo no paro de hablar de mi hermana. Lloro desconsolada, hipnotizada, mi voz está entrecortada.

Veo su camisa naranja. Un regalo que le hizo a mi madre en su último cumpleaños, pero que ella usa siempre.

Está llorando y escapando del infierno hacia mis brazos.

Tenemos contacto en medio de un dolor irrepetible. Alrededor todo es destrucción.

***

Despierto, y sé que esto no pasará porque ella ya no vivirá más allí. Yo ya parece que no estoy, y mi amada amiga hace años que se fue.

La pantomima de mi país.

Lágrimas por la ficción que puede ser real.

Que es real.

Culpa por la caída de los brazos en señal de rendición.

Ojalá haya perdón.

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