Betina Barrios Ayala

Mi primer libro

In Libros, Nueva York, Relatos on julio 3, 2014 at 12:20 am

Venía corriendo desde la sala tras ella a toda velocidad y traía una muñeca Barbie en la mano. La agitaba en el aire mientras le gritaba que la alcanzaría. Estábamos eufóricas, encendidas de energía. Apresurada, ella entró en la habitación y comenzó a subir las escaleras de madera de la litera con las piernas desnudas; y entonces ocurrió: le estampé esa muñeca de plástico duro en el muslo derecho. Todavía tiene esa mancha blanca de recuerdo en la parte alta y trasera de su pierna.

Bajó las escaleras muy adolorida. No paraba de llorar y yo me sentía muy mal por lo que había hecho. No había sido capaz de medir la fuerza con la que terminé tatuándole la piel.

Mi papá se acercó al umbral de la puerta y comenzó a gritarme. Eso él no lo hacía nunca. En su rostro había una muestra de confusión. Fue caminando hasta la sala tras ella. Cuando regresó, yo estaba todavía en el medio del cuarto, esperando el castigo.

Me dijo muy serio que le había hecho mucho daño a mi hermana. Que tenía que reflexionar. Me pidió que subiera a mi cama y me quedara ahí. Él se fue de nuevo a la sala a consolar a mi víctima. Sin chistar lo hice y me quedé mirando por la ventana recostada en la pared. Se escuchaban los gritos de los niños que jugaban abajo, los pájaros, y las puertas con su música de abrir y cerrar con el tránsito residencial. Se escuchaba el viento con fuerza desde las montañas. Tenía unos siete años, tal vez menos.

Desde esa altura solo podía seguir mirando por la ventana o coger uno de los libros que reposaban en el estante. No lo pensé mucho. Agarré ese lomo verde y pequeño, con un ancho razonable para la eternidad que me tocaba pasar allí arriba. Me acosté con la cabeza hacia la ventana y comencé a leer. La historia se trataba de una niña huérfana que tenía un perrito y vivía en casa de sus tíos en Kansas, entonces vino un tornado y se la llevó con casa y todo a otro mundo. Allí conoció personajes increíbles. Una muy buena historia.

Estuve allí unas cuantas horas. Mi padre regresó y me preguntó si estaba bien. Que viniera a la mesa a comer, y luego podía volver a mi cama y cumplir con mi castigo. Lo miré a través de la franja que se dibujaba entre las dos maderas que impedían que cayera de mi cama, y le dije que estaba bien, que no tenía hambre. Mi papá comenzó a decirme que no fuese malcriada.

Pero, no. No había ningún drama, yo estaba viviendo mi primer solo con un libro. Me leí toda la historia ese mismo día. Luego bajé, me disculpé con mi hermana por haberme portado como un monstruo y entonces me quedé dormida.

Siempre me han gustado los zapatos rojos.

Judy Garland en The Wizard of Oz, 1939

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