Betina Barrios Ayala

Cruz-Diez y nuestra trampa de luz

In Crónica, Nueva York, Reflexión, Viajes on febrero 10, 2014 at 7:03 pm

Recibí un mensaje por Facebook con una foto.  Una amiga compartía el evento e invitaba a un grupo a que nos reuniéramos ahí a comer tequeños y pasapalitos venezolanos gratis y brindar con un ron Santa Teresa, marca que siempre anda por ahí detrás de todos estos eventos culturales criollos abroad. La última vez que asistí a una de sus muestras tampoco estaba en Venezuela, sino en Buenos Aires. Esa vez, en el MALBA, quedé maravillada mientras caminaba con zapatillas quirúrgicas para no manchar los pisos inmaculados de blanco que reflejaban luces multicolores en todas direcciones. Me paré frente a sus creaciones moviendo mi cuerpo de un lado a otro para observar la metamorfosis de las formas y colores de esas líneas que cuando te acercas están estáticas. Recorrí las máquinas que él mismo hizo para trazar cada una de ellas a la perfección, para luego rellenarlas de color y recrear movimientos mágicos a la vista. Sufrí una envidia plena de la ciudad de Houston y cómo sus rayados peatonales son muestras callejeras de lo mejor del arte venezolano, y es allí también donde reside la fundación que lleva su nombre. Así es la cosa, para ver a este gran maestro del arte hay que dejar las fronteras porque él mismo hace cincuenta y tres años que las dejó atrás, pero solo en el plano físico, porque en su discurso y en sus recuerdos está esa vena abierta de la patria herida y el deseo de redimirla de su eterno sufrimiento.

Miento. La última vez que vi un Cruz-Diez fue en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas el año pasado, ese museo que ruge debajo de Parque Central, dando alaridos por sobrevivir. Estaba una de sus obras cinéticas bajo una sombra triste, opacada e imposible de apreciar. Bueno, la verdad es que he vuelto a mentir en este texto, porque la última vez que lo vi fue en el Aeropuerto de Maiquetía debajo de mis zapatos, como una foto más de los vanidosos viajeros de Instagram. Ese piso que es una imagen emblemática de la entrada y salida del país; un piso sucio, deteriorado. Un mosaico que ha perdido muchas de sus partes como si se tratara de un rompecabezas sin terminar. Además, de que como él mismo afirma en la fantástica entrevista publicada en El Nacional el día domingo 9 de febrero, es un trabajo que ni siquiera le han pagado desde que fue cerrado el trato hacia 1974. Entonces, eso de que el gobierno venezolano no valora ni promociona el arte es patrón repetido, una vez más.

Lo cierto es que ahora en Nueva York en Park Avenue y 68, en el edificio de Americas Society y hasta fines de marzo, está expuesto parte del trabajo fotográfico que el artista hizo desde principios de los años 1940 y que refleja el objeto de su curiosidad más genuina hacia las raíces de nuestra cultura. En la inauguración de esta muestra llamada Within the light trap: Cruz-Diez in Black and White, su curadora Gabriela Rangel junto con el escritor Antonio Muñoz Molina compartieron con los asistentes una grabación de una entrevista hecha a Carlos Cruz-Diez, donde en sus respuestas acerca de la naturaleza de su trabajo dejó colar excelentes reflexiones que me han dejado completamente conmovida durante días, y hasta cierto punto con un sinsabor que se refleja en su afirmación titular de la entrevista en El Nacional antes mencionada: «A mis 90 años he vivido en carne y hueso tres veces la misma comedia, pero con decorado y vestuario diferentes».

Cruz-Diez señala que estos retratos de los Diablos de Yare, la Burriquita y otras manifestaciones culturales propias de los venezolanos, eran información que le ayudaba a encontrar un discurso que le identificara como un hombre de una Venezuela sufrida buscando soluciones a sus problemas. Muchas de estas fotos eran un esquema temático para cuadros de denuncia social.

Entre las mejores preguntas hechas por los moderadores al artista estuvo la siguiente:

¿El trabajo de los artistas puede de alguna manera mejorar la condición humana? ¿Puede traer justicia social?

«Existe una angustia común que nos caracteriza a todos los artistas. La redención. Todos queremos redimir al mundo y que el mundo y la sociedad no sean lo que son, sino lo que nosotros pensamos que debe ser. Esa consigna nos conduce tantas veces al desengaño, la desesperanza, y es obsesiva. Existimos, fracasamos y seguimos existiendo hasta el final de nuestra vida. Yo estaba convencido de que iba a motivar a la gente a la reflexión, que iba a acabar con la injusticia. Fracasé y cambié de discurso, pero no la intención redentora. No daba ningún resultado decirle a la gente que era pobre, era más humano o generoso hacerlos participar de mi euforia creativa, hacerlos cómplices de mis aventuras y descubrimientos del color para darles el placer de ver y abrirles los horizontes del conocimiento».

La belleza y al mismo tiempo el dolor de saber que el artista venezolano vive para redimir lo imposible, para salvar a una nación sufrida, inmersa en la continua desesperación y bajo el yugo de gobernantes desalmados es paralizante. Esta sensación está siendo relatada por un maestro veterano de noventa años que recuerda su juventud, sus principios de hace más de sesenta años como los mismos que hoy nos caracterizan a las nuevas generaciones: es un knockout. Esta agresiva fuga de talentos, muchas de las más maravillosas mentes de nuestro país huyen de él desde hace generaciones. Es un fenómeno que no parece tener final. Las lamentaciones de Cruz-Diez alrededor del necesario distanciamiento de su gente y su cultura, de su triunfo en el medio de las artes sin poder tener asidero en su patria, su raíz motivadora para hacer lo que hace, es algo simplemente desgarrador.

Estando aquí en esta ciudad, en estos tiempos tan turbulentos he conversado con tantas personas maravillosas que solamente piensan en ese país que nos ha parido y nos ha dejado lejos de él, completamente enamorados, con el corazón roto de por vida por no poder darle todo lo que se merece. No hay, no conozco ningún artista que a pesar de estar lejos y que algunos digan que es lo más fácil, no amanezca solo y con ese amante en la computadora esperándolo con las noticias y el sufrimiento de no poder contra ello. No hay venezolano sensible que no ame desesperadamente a su país y que no sueñe cada día con verlo crecer para poder darle lo mejor que sus aventuras le han dejado. El propósito de Cruz Diez ha sido siempre el amor por la cultura venezolana y mostrarla fuera a través de su arte, para construir una identidad nacional que redima a un país sufrido. 

Aquí puede ver Video – Panel Discussion: The Omnivore Realism of Photography

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