Betina Barrios Ayala

Salir

In Crónica, Nueva York on octubre 27, 2013 at 2:18 pm

Maiquetía es una experiencia penosa. Salir del país es como empujar un torniquete obstruido. Está pasando a convertirse en una hazaña, porque se trata de un maltrato constante. La Guardia del Pueblo cuenta con unos individuos de terrible aspecto que caminan en medio del Aeropuerto Internacional del país con un arma larga entre las manos, frente al pecho. Tienen rostros duros y agresivos como si los que los rodeasen fuesen todos enemigos. Es aterrador. La cola para el chequeo comienza al cruzar el vidrio de entrada. Es enorme y tortuosa. Uno se pregunta qué fue lo que hizo para que todo sea tan cuesta arriba. Los muchachos que manejan las máquinas que plastifican maletas gritan entre sí, mucho más alto que cualquier parlante.

Luego del chequeo y preguntar qué pasa, la mujer tras el mostrador dice que no hay cola. Las tres horas que tienes de pie en una son solo una sensación, es realismo mágico. Eso no pasó.

Ahora, inmigración: otra cola que da ganas de llorar. Una serpiente gigante de personas desesperadas. Agotadas sin que el recorrido haya comenzado. El personal de seguridad es maltratante. Una señora temblorosa a quien le hicieron (como a todos), quitarse los zapatos sin tener un espacio donde hacerlo, se apoyaba del arco detector de metales. La mujer guardiana del pueblo, parada al otro lado le dijo que no podía sostenerse de allí, pero no le prestó ayuda alguna. La asustó y la torturo, pues se trataba de una anciana. Eso pasa allí dentro. También si alguien hace sonar los detectores, lo apartan de la cola mientras sus pertenencias están en la tira automática. Así que éstas en cualquier momento salen volando por obstruir el proceso con las personas que siguen. Y estos viajeros que fueron sometidos a una revisión pública más extensa corren con la humillación de tener que recogerlas del suelo, sin calzado.

En el país hay una guerra silenciosa y muy dolorosa. Aquí hay gente en posiciones de poder muy elementales que son funcionarios públicos y están en contra de la sociedad civil. Entorpecen los procesos y atemorizan con placer. Nadie es confiable. Tomar un taxi da terror. El aeropuerto más importante de Venezuela parece una frontera en conflicto, una zona roja.

El control cambiario ha convertido este lugar en un casino. Con la subida del dólar día tras día, cada uno de ellos vale mucho más con el pasar de los minutos. Y ahí en ese lugar hay. La gente cuenta que al regreso al país estos funcionarios temibles pueden quitarte el efectivo que portas y extorsionarte. Enviarte de regreso a casa sin el dinero que hayas traído, sin que nadie se percate de ello, sin que haya alguna denuncia o reseña en la prensa que abra investigaciones. Auténticos delincuentes uniformados.

Salir parece cada vez más una huida. Los controles son una agresión pasiva a la libertad de derecho. La tristeza y el agotamiento se juntan en esta experiencia. Hace pensar que el país duele porque no funciona. No funciona nada, y cada vez la resistencia tendrá menos espacio para reaccionar, porque nos están acorralando. Es una olla de presión sin límite todo lo que hoy día padecemos. Los venezolanos lloramos con frecuencia como los que viven un auténtico guayabo. Se sufre cada día con la observación del paraíso en caos perpetuo.

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