Betina Barrios Ayala

Sobre la desmotivación y el dolor de mi patria

In Crónica, Reflexión on agosto 24, 2013 at 10:10 am

«Venezuela es una palabra que busco cada día,

Pero no sé si alguna vez la alcanzo».

Pretexto del plátano frito.

Juan Carlos Méndez Guedez.-

(1967)

En una misma mañana, en espacio de minutos todo se aclara para mostrar la oscuridad en que vivimos.

El conductor del autobús grita que la persona a bordo de la unidad que tiene el brazo fuera de la ventana por favor lo meta dentro. En el metro el parlante dice que por favor vuelva a presionar el botón de emergencia si es que hay alguna. El tren no se mueve. La mujer repite que si continúan presionando el botón sin motivo no se agilizarán las labores.

Las entradas al Centro Comercial Millenium, el cual carece de puertas, pues fue construido como una especie de plaza, están todas cerradas. Para acercarte a la panadería tienes que dar mil vueltas. Nadie parece entenderte cuando te alejas moviendo los labios, murmurando.

El cruce de la avenida se divide en dos. El semáforo está en rojo para la mitad de la calle y en verde para la otra mitad. Maniobras con tu cuerpo para que no se salga de la línea entre la vida y la muerte, haciendo equilibrio entre gandolas y autobuses que parecen huir desenfrenados de una explosión. Las cornetas alteradas retumban en las fachadas de los edificios, rebotan en los oídos y todo esto hace que te duela el corazón.

Llegas a la panadería con el estómago rugiendo. Anoche entraste a la casa a las 9:30 luego de tu último horario de trabajo.

La cajera se está riendo con la compañera. Continúan. Parece que terminó el chiste y le dices:

—     Hola, Buenos Días. Quiero un croissant con queso y pavo.

—     Ok, son 24 bolívares.

—     No, son 34 bolívares. Creo que estás anotando lo que no es (en el letrero a la derecha puedes ver todos los precios por disposición del gobierno bolivariano mientras haces la cola).

—     Bueno, me pediste un croissant de jamón y queso crema.

—     No. Te pedí uno de queso y pavo.

—     ¡Ah! ¿De los que van rellenos? – Y hace un gesto con el dorso de la mano derecha entrando en la palma izquierda.

—     Sí. Exactamente.

Se ríe. Se tarda. Ya el día te corona los nervios. Caminas al siguiente mostrador. Una señora que está parada al lado recibe su pedido y le dice a una mujer que por favor le pique el pastel a la mitad. A lo que ésta responde: Yo le doy el cuchillo y usted lo pica.

La señora te mira resignada. Tú le das la razón con un gesto cómplice. No hay buenos días que valgan. Ella se va. Tú sigues a la espera. Dos o tres muchachos más pasan y preguntan otra vez qué es lo que quieres. Repites muchas veces más que un croissant con queso y pavo.

Una morena te dice que ya está listo. Le agradeces cansada y te vas. Abres la caja a medio camino para constatar que no se hayan equivocado. Te sientes pesimista. Pero tienes razón. En la caja hay un sandwich. No hay un croissant. Pides que todo se vaya al infierno contigo también y regresas a la panadería. Reclamas. Te dan tu croissant. Nadie lo pica a la mitad. Te vas.

Llegas al edificio hablando sola. No te importa lo que digan los demás. Ayer no había luz. Hoy tampoco hay. Hay una gente sentada en el piso con computadoras tratando de trabajar. Las escaleras son una cueva. No hay luces de emergencia. Alumbras con la pantalla del celular con mucha atención para no caer. Tropiezas con los demás que tratan de subir y bajar las escaleras. De repente tienes un trasero gigante en la nariz.

Llegas arriba y no hay aire acondicionado, no hay agua en el baño, no hay internet.

En las noticias dicen que en un hospital público de la ciudad dos mujeres mataron a golpes a una enfermera que les pidió que cuidaran el ascensor. A la hermana de tu jefe la intentaron atracar. A la señora que trabaja en tu casa la robaron. La gente se está muriendo. Todo está muy caro. Hay desabastecimiento. Hay tiroteos en la vía pública. Hay edificios malhechos. Hay secuestro, extorsión y desempleo. Nadie respeta a nadie. La gente se dedica a hacer cosas que no entiende. Muchas personas solo saben decir que no.

Hay que preguntarse, ¿dónde está el país y cada uno de nosotros? Pareciera que ambos perdidos en una ilusión. Debajo de la sonrisa de cada desconocido en el metro, en la avenida, en el autobús. Detrás del mostrador o del teléfono. En las olas del mar de Caruao, en la solidaridad espontánea del desconocido, en la frialdad y placidez del río. En el llano, el viento, la montaña y el sol que corona sus crestas acariciando la piel. En los crépusculos y en la música que toca.

Es dolor saber que cuando jala el torbellino hay que mirar a la ventana.

Venezuela desarma.

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  1. Beti, me encanta como escribes, sobretodo tus crónicas. Lastima que la realidad en la que vives no de para narrar historias felices. Sigue escribiendo! Tienes un lector-fan al otro lado del mundo 🙂

  2. Venezuela desarma. Esa frase dice demasiado: concentra esa crónica cotidiana de nuestra ciudad que se reduce a si misma cada día. Un mundo que nos rodea armado e irreverente y que nos desarma, nos desalma, nos des-alma, donde sólo el roce de aquellos que comparten con nosotros interrumpe y hace vivible este pequeño pedazo de tierra con el que crecimos.

    Tenía años sin ver esa versión de Caetano Veloso, ciertamente fantástica!

  3. Una traducción de está tristeza de país.

  4. Leer sobre problemas existenciales, demuestra que estos son propios de un grupo, es decir no son comunes a otros grupos; por ejemplo a unos nos preocupa tener patria, la justicia social, el humanismo; a otros comer por lo menos una vez al día, a otros concurrentemente les preocupa Siria; por vía de consecuencia la Venezuela que se busca es otra.

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