Betina Barrios Ayala

Daily

In Crónica on agosto 7, 2013 at 11:03 pm

Cerca de las ocho de la mañana de cada día de la semana estoy ahí. Subo media cuadra, paso el teléfono público a la izquierda.  La señora bajita con vestido milenario, lentes redondos y gruesos me sonríe solo a veces. Otras simplemente habla por teléfono. Me pregunto qué conversará a diario desde ese aparato en evidente desuso que ha sido una y otra vez derribado desde sus cimientos por carros que viajan desenfrenados conducidos por personas víctimas de estupefacientes, completamente iracundos, emocionados o dormidos. O quizás, todas las anteriores.

Desde hace más de tres semanas rasparon la calle de en frente y no la han asfaltado. Hay un levantamiento constante de polvo. La señora alta de pelo blanco se lo ha cortado y el muchacho sonriente llega siempre primero que yo. El señor de setenta años que es abogado y no ejerce, interrumpe mis lecturas matutinas para darme la noticia que yo sé mejor que él: Ustedes son la generación perdida. No sé qué es lo que van a hacer.

Bah, yo estiro la boca hacia un lado y lo miro con resignación. Él no muerde aún cuánto sé de antemano lo que él cree descubrir. Que si cuando tenía mi edad ya tenía casa y muchachos. Yo ni siquiera tengo un cuarto para mi en la casa de mis padres. Es incalculable la cantidad de meses austeros que debo acumular para empezar a pagar lo que sea. La última vez que vi una scooter Yamaha en la calle le grité al conductor que me dijera cuánto costaba. Me gritó que 90 palos mientras se iba su voz con el verde del semáforo. Suspiré. En otra vida quizás fue. Igual me distraigo con el sol que me quema la nuca y la brisa fría de la mañana que no me deja espacio para la derrota.

Aparece el señor de camisa manga larga sin brazo izquierdo, altivo e indiferente como si no tuviese nada de extraordinario. Se hace el loco y no saluda. Fantasmal atraviesa la acera como si nadie lo fuese a notar. Lleva su manga vacía impecablemente planchada y mete el puño elegantemente en su cintura. Casi lo veo flotar lejano hasta desaparecer en la curva de la esquina. Me siento tonta de pensar que algo me falta. Solo Dios sabe cómo taparte la boca.

Pasan motorizados con sus parrilleros lanzando piropos que ni siquiera logro escuchar por la bulla. Hay un conato de choque en la redoma con su respectivo despliegue de cornetas histéricas incomprendidas entre sí e ignorantes de nosotros, los transeúntes, profundamente desprotegidos de las carcazas móviles. Nadie se imagina detrás de esos vidrios rellenos de papel ahumado que un cornetazo genera un silbido que se queda en el espacio como un compañero indeseable por unos cuantos minutos resonando en el cerebro. Nadie.

Los caminantes preguntones me hacen levantar la vista: ¿Sabes si ya subió el Metrobus?, No, no ha subido todavía. Igual siguen de largo y ni lo esperan. Muchos no han desarrollado la paciencia que necesitan para ser usuarios. Yo no lo cambio por nada. Si no fuese por él no tendría tiempo para leer, y mucho me lamentaría de los malos olores pegados a las telas de los asientos, de los choferes que arrancan cuando aún tienes los pies en el aire y además, te cobran cinco mil bolívares por llevarte un rato en una caja infernal vallenatera. ¿Cinco mil bolívares? Montos retro: son solo cinco. Me olvido constantemente de la farsa del bolívar fuerte. Que descuido.

Aparece mi vecino del piso cinco y me da los buenos días, me pregunta cómo estoy. Yo bien, muy bien, sonrío y hundo la nariz en el libro. Antes solía verlo a cualquier hora con las herramientas en el piso reparando su carro viejo. Tal parece no tiene compón. Él tiene ese aire triste, solitario y misterioso, siempre con olor a cigarrillo vistiendo ese traje inmenso como un cocoliso que le cubre las orejas tras los hombros. Dibuja esa curva obligada en sus labios que más parece un milagro que un gesto sincero. He imaginado mil veces su historia: ¿Quién será? ¿Con quién vive? ¿Está cansado de qué? Del tiempo, del olvido de su generación que lo dejó en la mía. Tan miserable dos veces porque ya ni siquiera es joven.

Pasa el MetroBus por la calle de enfrente. En quince minutos aproximadamente subimos, eso es lo que demora en dar la vuelta arriba en el Centro Profesional. Miro el reloj, y ya van a ser las nueve. Nunca se sabe a qué hora pasa. Caminamos hasta la parada siempre torturada por el sol. Si no estamos ahí, no espera. Llegó. Se abren las puertas y el muchacho sonriente de la mañana me deja pasar. Nunca tengo las monedas a la mano. Me complico con el libro abierto, el bolso y la chaqueta para el clima ártico de la oficina que me espera. La máquina para validar el ticket no sirve. Entonces da igual.

Veo caras familiares, los mismos de siempre. El hombre gritón que se sube cada vez en la bajada de Santa Paula y conversa con el conductor todo el recorrido del boulevard como si al resto del bus nos interesara lo que dice. Le ofrece mangos al chofer. Hasta tapones 3M he llegado a usar varias veces porque el tipo tiene un volumen fuera de los límites de la normalidad. El señor alto y canoso pregunta en voz alta: Buenos días, ¿La bonita Señora no ha salido esta mañana? Debe ser que la extraña. Suelen coincidir y sentarse a esperar en el banco. Conversan como adolescentes. Hoy no vino, debe ser que le dieron la cola.

Yo sonrío de espaldas desde mi asiento pegado al conductor. Sonrío porque el amor existe, existe entre tantas cosas que enmarañan, en lo desconocido, en lo impersonal, en lo superfluo y ligeramente rutinario. Como mi amor por este paseo de la mañana, como mi amor por el caos, mi amor.

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  1. “Sólo Dios sabe cómo taparte la boca.” Esta fue, cómo diría mi novio cinéfilo, la escena que pagó el ticket. Gracias por tus textos hermanita, te quiero demasiado.

  2. Tu día. Mi día. El día común. Entre caos uno parece encontrar pequeños templos personales, el bus, algún banco de la universidad, algo. Muy buen relato, me gusta como escribes, me hace recordar Caracas y esa relación amor-odio que tengo con ella. Saludos.

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