Betina Barrios Ayala

Salvavidas

In Argentina, Reflexión on mayo 24, 2013 at 2:32 pm

«Yoga takes you into the present moment,

the only place where life exists»

Anónimo.-

En ese momento vivía sola en una casa prestada en el barrio de Núñez en la ciudad de Buenos Aires. A escasas tres cuadras estaba la General Paz, una autopista que marca el límite de la capital al norte. Era una casa enorme de dos plantas con dos puertas de acceso, una al lado de la otra. Las chicas que vivían arriba rara vez las vi entrar o salir. Tenía mucho espacio lleno de vacío. Debía caminar más de veinte cuadras para llegar a la estación de metro más cercana, y lo hice infinitas veces; recorría esa distancia sin pensarlo mucho y tenía tiempo de sobra, no conocía a nadie y tampoco tenía monedas.

En el año 2010 en Buenos Aires los «colectivos» solo operaban con monedas. Si no tenías no podías subirte y la gente las atesoraba como si su peso pudiese traducirse en oro. La solución más sencilla era ir y comprar algo tonto en un kiosco para tener el cambio, pero no era así de fácil. Muchos vendedores preferían no hacer negocio con tal de no soltar monedas. Era una locura. Así que tuve que caminar muchas veces y así fue como me recibió mi nuevo hogar: con mucho espacio, tiempo y metros de incomprensión.

Antes no había practicado Yoga con demasiada frecuencia, pero valoraba lo que me había hecho sentir. Sabía que no necesitaba compañía, grandes inversiones ni materiales para hacerlo; y además, me hacía recordar a alguien de quién había estado completamente enamorada. Así que más que cualquier cosa era un refugio, aunque muy pronto se convirtió en mucho más que eso. Fui conociendo gente a medida que pasaron los días, y pregunté a quienes pensé podrían ayudarme dónde me sugerían ir a practicar, y también toqué varias puertas en mis largas caminatas. Fue así como me hablaron de un lugar y no tardé en ir a visitarlo. Esta escuela tenía sedes en muchos barrios de la ciudad y además, dictaban clases gratis en los parques más grandes y bellos de Buenos Aires.

Y así comenzó todo. El salvavidas en medio de mi soledad fue el Yoga. Practicaba disciplinadamente. Comía alguna fruta o cereal, me subía a la bicicleta y me iba a tomar mis clases. Eso me hizo feliz y se convirtió en actividad obligada, una rutina que consagró mi independencia y supervivencia. Por supuesto, comprendo el lugar común de no entender exactamente de qué va ese asunto de estirar los brazos hasta el cielo en una especie de ballet antiguo. Entiendo que no se le vea mucha complejidad a solo moverse en un tapete de goma con dimensiones estándar. Considero también que muchos piensen solo de verlo, que eso es para hippies o gente con dietas sanas y que se horroricen con las contorsiones y posturas de cabeza. Si el Yoga no fuese para mí lo que es, yo también me mostraría escéptica.

Lo cierto es que más allá de lo que visualmente aparenta, el Yoga es una forma de autoconocimiento. Se trata de preparar al cuerpo físico con la finalidad de alcanzar el Samadhi, que es el estado más alto de plenitud de conciencia. Por supuesto, experimentar esto es algo que requiere de mucha práctica y dedicación, inclusive muchos Maestros demoran años en percibirlo, o incluso puede que nunca lo hagan. Pero eso no debe desanimarnos, lo más hermoso y satisfactorio es simplemente emprender el camino y disfrutar el recorrido sin demasiadas pretensiones.

El Yoga es una filosofía práctica milenaria, hay registros de su presencia desde el año 3000 AC, además existen cientos de sistematizaciones distintas. Sin embargo, soy partidaria de que dentro de cada persona que lo hace parte de su vida, vive una forma única de concebirlo, haciendo énfasis en aquello que para cada quién es importante. Aunque no lo parezca, se trata de una experiencia minuciosa y detallada que requiere un alto grado de concentración y compromiso. Esto no quiere decir que es necesariamente algo muy serio y complejo – lo será en la medida en que uno lo desee-, inclusive para meditar ayuda mostrar un leve semblante de sonrisa en el rostro.

Igual no intento vender este asunto, quizás solo abrir una ventana de información para ésos que se preguntan por qué quiénes lo practican se encariñan tanto. Personalmente, creo que se trata de una muestra de amor hacia uno mismo. Desde mi humilde experiencia confieso que el Yoga me salvó. Me ayudó a no hundirme en un aburrimiento extremo de mi misma y a vencer muchos miedos. Por azares de la vida hace más de un año que guío prácticas grupales e individuales, y nada me da mayor satisfacción que compartir un poquito de eso que el Yoga hizo por mí con quienes también se acercan a él, y que sin saberlo, quizás estén buscando una llave para una puerta que habita en su interior.

El Yoga no es más que una forma maravillosa de atravesarla.

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Gracias a Willy McKey, quién me animó a reflexionar sobre esto.

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  1. Guao Betina. Gracias por compartir esto. Yo aveces “juego” a que hago Yoga, pero no tengo ningun tipo de idea de si voy por un buen camino o no, pero si se siente bien cuando acabo de hacerlo de hacerlo. Igual creo que me falta mucho para poder llegar a hacer una verdadera sesión de Yoga.

    Estoy super pendiente de ir a una de esas clases tuyas. Espero poder ir a una y aprender a vivir de la manera yoga. 🙂

  2. Me he dado un banquete hoy poniéndome al día con tus últimos 7 u 8 textos, que no había leído por falta de atrevimiento para rasgarle minutos a la rutina. Gran prosa, bella y honesta, gracias, te quiero!!!

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