Betina Barrios Ayala

Todo o nada: Democracia latinoamericana y Elefante Blanco

In Argentina, Crónica, Reflexión on mayo 12, 2013 at 7:06 pm

«… sociedades aún muy jóvenes para concebir y asumir

una democracia participativa, auténtica y de fondo,

y una élite poco dispuesta a sacrificar el poder en aras del bien colectivo».[1]

La democracia latinoamericana.

Carlos Pérez Portillo Maltos.

2013

Una estructura abandonada. Una obra que se detiene.

Edificios que significan todo y luego no valen nada.

La democracia, como todos los conceptos puros, es una completa utopía. Particularmente en Latinoamérica  existe la constante de que conforme cambian los personajes decisores en los gobiernos, con su partida también se van sus proyectos. Para algunos, ejecutar determinada obra es importante, para el próximo no se sabe.

Esas construcciones que se quedan a medias, siendo el reflejo de una pésima administración y un foco de corrupción. Esas edificaciones abandonadas son vacíos que con magnífico potencial se quedan en el proyecto. Una idea que se aprueba, pero que no llega a ejecutarse porque deja de ser interés para una minoría, independientemente de que en caso de que ésta se concluya se transforme en una magnífica solución con fines sociales, y por supuesto, en favor de las mayorías.

En consecuencia, estos espacios que se concibieron para ser algo terminan siendo lo que no son; erigiéndose como inmensas comunidades con sus propias reglas, ocupados por quienes parecieran no tener representación alguna en una supuesta organización social y política, que además predica que ellos y sus carencias son su prioridad. La existencia a medias de estas estructuras, permite que personas sin hogar se alojen en ellas y que en su interior se cree un orden social paralelo completamente sumergido en la anarquía.

Elefante Blanco[2] recibe críticas que sostienen que la película se desvía de su complejidad inicial.  No resuelve su primer planteamiento, que es exactamente la exhibición del tema de la  construcción de una obra pública que por alguna razón se detiene. Pero esta es justamente la tarea de esta producción, con una excusa de representación humana sumerge a los personajes en un espacio carente de reglas y sin conceptualizar, muestra qué es lo que pasa al interior de este fenómeno, y dibuja un retrato que expone los códigos con los que estas comunidades se rigen, y la forma en que convierten espacios inútiles en improvisadas y peligrosas soluciones habitacionales.

Esta es solo una arista de los complejos problemas que azotan a nuestras democracias. Culturalmente, Latinoamérica persigue alcanzar la estabilidad política en medio de fuertes represiones y amparada en amplias promesas hechas por sus gobernantes de turno. En Caracas, la Torre de David, si bien no es una edificación pensada desde sus bases como una obra social, eso es lo que ha terminado siendo.  Un espacio para venezolanos que carecen de vivienda digna. Sin embargo, se trata de un pasaje sobre el que el gobierno ha decidido no tener injerencia, pues en realidad no posee la capacidad para solventar el problema. El déficit habitacional es una constante en las grandes capitales latinoamericanas. Precisamente lo que muestra esta producción es la incapacidad de los supuestos poderes democráticos para involucrarse en el fenómeno.

En un reportaje de la agencia de noticias EFE sobre Elefante Blanco reseñan lo siguiente[3]:

«… recrea un episodio real. El de un colosal proyecto de hospital, impulsado por un socialista a partir de una colecta que se paró varias veces hasta que su construcción fue inviable:

A esto, Ricardo Darín, quien interpreta un papel protagónico en la producción, declara:

Y hoy está ahí. Hoy está ahí y es cómo un elefante gigantesco blanco. Plantado ahí, en el medio de la ciudad. Y como gran paradoja de lo que ocurre, a alguien muy inteligente se le ocurrió además, destruir todas las escaleras internas del edificio, de forma tal que la gente no pudiera ocupar eso para vivir, que no lo pudiera utilizar como vivienda. Entonces, esa mezquindad de que si no me sirve a mí que no le sirva a nadie…”».

Es completamente cierto que en la película no se resuelve este planteamiento, ni tampoco se le da continuidad a su importancia como eje central. Pero toda la trama se desenvuelve alrededor de esta edificación que en los años veinte se comenzó a construir para dar asilo al hospital más grande de Latinoamérica. La construcción de la obra fue retomada por Juan Domingo Perón y nuevamente abandonada cuando éste fue derrocado por Eduardo Lonardi en 1955. Desde entonces, se trata de un proyecto descabezado que representa un esfuerzo perdido.

Estas son las curvas indeseables que se generan en la administración pública de nuestras jóvenes democracias latinoamericanas. El esbozo del egoísmo, la vanidad y la corrupción en el ejercicio del poder como reflejo de los atributos de muchos de nuestros gobernantes. La no continuidad en el mantenimiento y construcción de obras de interés social es profundamente lamentable y además, incongruente con los discursos de la mayoría de los voceros que permiten su aparición.


[1]La democracia latinoamericana”. Carlos López Portillo Maltos.

[2] Elefante Blanco. Película dirigida por Pablo Trapero. Argentina, 2012.

 

 

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  1. Así es Betina, y nada mas paradójico, que algo que se crea con un fin determinado, termine siendo todo lo contrario. La idea de un gran hospital, de brindar salud, hoy es ¨el techo¨ de muchos, pero en las peores condiciones de higiene, convirtiéndose en focos de infecciones, y esa gente esta ahí, porque no tiene donde estar, vive en esas condiciones porque el gobierno mira para otro lado, la corrupción es un dato de color en todo esto, una dato que se repite, que viene de la mano de la obra publica en obras que nunca se empezaron, en las que se terminan y en las que nunca se terminaran. Un abrazo!

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