Betina Barrios Ayala

Orillas

In Relatos on marzo 2, 2013 at 11:17 pm

La niña miraba la cabeza de su padre repleta de canas, y cómo tomaba la mano de Teresa entrelazando los dedos sobre la palanca de cambios de la vieja camioneta roja. José Luis Perales no dejaba de cantar: «… ¿Y cómo es él?, ¿En qué lugar se enamoró de ti?, ¿De dónde es?, ¿A qué dedica el tiempo libre? Pregúntale, ¿Por qué ha robado un trozo de mi vida? Es un ladrón. Que me ha robado todo…».

La pequeña y su padre habían vivido solos desde hacía cuatro años. Un dúo dinámico. No existía nadie más, salvo la señora Gloria que iba ocasionalmente a la casa a ayudar, evitando que todo se convirtiera en un desastre. Tenían un par de mascotas, una lorita y un perro que eran parte de la familia y andaban sueltos por el apartamento. Siempre llegaban tarde al colegio. Despeinada, con la falda arrugada y el bolso abierto, la niña corría por los pasillos huyendo de los regaños cariñosos de las monjas.

El padre era profesor en la universidad y tenía muchas alumnas jóvenes. Algunas de ellas competían por llenar de atenciones a la niña mientras él estaba ocupado dando alguna clase. A pesar de sus esfuerzos, ninguna se había logrado filtrar en el equilibrio perfecto de esta singular pareja. Hasta que llegó Teresa.

Con su entrada alegre y sus veintiséis años, sus shorts cortos y cabellera rubia alborotada, comenzaron los viajes a la costa, los arreglos femeninos que estaban ausentes en la casa, el orden, la sopa, el encierro de las mascotas, el ruido del secador y las risas a puerta cerrada.

Una tarde en la playa, la niña jugaba con Teresa en la arena. Construían formas y reían bajo la mirada protectora y feliz del padre. De repente, la pequeña se alejó un poco y se quedó unos minutos cerca de la orilla, observando el mar. El padre se le acercó en silencio, y con un cuidado extremo de no molestarla, le preguntó:

– ¿Estás muy cansada, o puedo hablar contigo, mi niña?

– Sí, estoy cansada papi. Pero, cuéntame – dijo haciéndole una seña con la mano para que se sentara a su lado.

El padre la miró con ternura. Se sentó y le tomó las manos. Ella sonreía espléndida. Ahí estaba él todavía, como siempre junto a ella.

Entonces, le dijo:

– Mi niña, quiero casarme. Estoy enamorado de Teresa, pero si tú no quieres yo no me caso.

La niña se quedó paralizada. El amor incondicional del padre se fragmentaba ahora oficialmente, quizás para siempre. Apretó los dientes y sus ojos se cubrieron por una especie de baño de cristal. Lo vio allí, treinta años mayor que ella y supo que algún día ella también crecería y tendría que irse. Una ráfaga de recuerdos sacudía su cabeza mientras una lágrima caliente le quemaba el rostro. Se sintió desarmada y comenzó a refugiarse en el regazo de su padre para susurrarle al oído una respuesta. Suavemente el agua comenzó a cubrirlos, y allí se fundieron mecidos por las olas del mar.

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  1. Muy lindo

  2. Muy lindo pero triste

  3. “…el ruido del secador y las risas a puerta cerrada.”… Que imagen tan buena.

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