Betina Barrios Ayala

Cruenta y Violenta

In Relatos on mayo 31, 2012 at 8:06 pm

Los carros que venían en dirección contraria llevaban las luces altas, o al menos eso parecía. Bernardo tiene muy buena vista para haber superado los cincuenta aniversarios, pero la cuestión de noche es otra. Piso mojado, escaso alumbrado público y luces en contacto directo con la pupila. No es prueba fácil para ningún ojo humano. Se esforzaba corriéndose hacia delante en el asiento, separándose del espaldar para acercarse a un parabrisas que más parecía un espejo de baño después de un duchazo de vapor. Venía del Aeropuerto hacia Caracas. Una carretera frecuente del ciudadano común, pero que nunca te ofrece la misma perspectiva al recorrerla. Puedes pasar en ella tres horas o treinta minutos, todo depende del tráfico, del día, de la hora, del clima… De cualquier cosa.

El flujo vehicular avanzaba muy bien, sólo que había que conducir despacio. Él maneja un Toyota Corolla año ‘83, ese modelo que aún conserva un diseño cuadrado, que fue completamente superado para hacer sus toques de carrocería mucho más redondos, hasta ser como es ahora, casi aerodinámico. Le gustan los clásicos, que en él se ven muy bien por la forma en que se esmera para conservar lo que le pertenece. Regresaba de dejar a su hija Alesia para que tomara el acostumbrado vuelo a Miami; ella había decidido irse cuando terminó el bachillerato. Sigue estudiando allá, viviendo con unos tíos. No se quiso confrontar con Caracas, nadie le sugirió que se fuera. Ella sólo sabía que no podía convivir con la ferocidad de la ciudad. No todos pueden.

Bernardo lucha por mantenerse atento en la vía cuando siente que el carro patina, instintivamente frena y mueve el volante rápido de un lado hacia el otro. Sin poder evitarlo pierde el control y cae directamente en una zanja. Encunetado. Embromado. Hace un gesto con la cara como si alguien pudiera verlo, mostrando resignación.

De repente se detiene a su lado una grúa y le hace señas para que baje los vidrios. Él obedece un poco aturdido y escucha:

–          Panita, tienes tres minutos para que yo te ayude. Dos para que yo enganche tu carro y uno para montarnos e irnos. Sino, esos mismos tres minutos son los que te vas a tardar en terminar en la cuneta con una puñalada en el abdomen; así que muévete.

Bernardo se quedó perplejo. ¿En realidad es así? ¿Se toma tres minutos acabar con mi vida si me accidento aquí solo? Sintió que demoró en reaccionar, pero en realidad no se tomó ni diez segundos para estar fuera del carro para pegarse a la grúa. El conductor es muy ágil; y él empieza a sentirse casi como un estorbo, un inútil observador que nada puede aportar para apurar un poco el proceso. Un inexperto asustado. Literalmente un cordero. Muy rápido este termina y le da la señal de huida. Bernardo se sube a la grúa y mira fijo hacia delante. Sin mirar al conductor piensa en voz alta:

–          Cruenta y violenta. Menos mal que pasó después de dejar a Alesia.- Dijo mientras escuchaba el intenso ruido del caucho al rozar con el pavimento mojado levantando su vida como un milagro.

Caracas no da tregua al que anda mal parado.

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