Betina Barrios Ayala

Pájaro en Mano

In Relatos on mayo 11, 2012 at 6:28 pm

Medardo era un padre soltero. No lo era del todo, pero lo fue en su momento. Crió dos hijas hembras. Una detrás de la otra. Nunca se parecieron entre ellas, pero eran casi unas morochitas; especialmente cuando era él quien les compraba la ropa. No sabía muy bien qué era lo que debía hacer para diferenciarlas; era más fácil hacerlas usar todo igual para que no pelearan como típicas hermanas unidas hasta casi hacerse sombra la una a la otra. Comprar los mismos juguetes para las dos era un clásico. Todo para que la paz resonara en el hogar, aún en esos momentos en que la paz personal era una búsqueda incesante.

Vivían los tres en un departamento de tres habitaciones en una ciudad del interior. Aún cuando había dos cuartos libres y cada una de las niñas podía tener el suyo; uno era para dormir y el otro para los juguetes. Unidas siempre, siempre. Ese es definitivamente uno de los legados que él quiso transmitirles; y no faltaba en muchas ocasiones el comentario de que aprendieran la lección: “No peleen. Los hermanos son los amigos para siempre”.

Los tres emprendían viajes vacacionales con cierta frecuencia, que se convertían en los mejores recuerdos. Aún hoy las sensaciones y las visiones de ese momento están frescas, como todo eso que no se puede olvidar. En uno de esos viajes fueron a Maracaibo, a la fiesta de 15 años de la prima. Era una fiesta imperdible. Reunirse con la familia, tomarse unos tragos y que las niñas tuvieran la oportunidad de ver a sus primos y tíos. Se enrumbaron en esa camionetita roja que los llevaba a todas partes y en vez de emprender un camino clásico; Medardo condujo por rutas insospechadas que por más esfuerzo que haga no puedo relatar con precisión; sólo sé que pasaron por Churuguara. Un pueblo en el medio de las montañas venezolanas, una mezcla de selva verde y húmeda con sensación inhóspita.

Se alojaron en un hotel con lujos inexistentes. Llovía fuertemente y no podían continuar la ruta. Entraron allí y durmieron luego de cenar algo en el restaurante del lugar. Al amanecer estaba todo claro y limpio; se respiraba pura vida y color. Cariñosamente, Medardo despertó a las niñas y casi dormidas las montó en el carro. Comenzaron a andar y ellas despertaron justo cuando él se detuvo de nuevo. Abrieron los ojos y él no estaba en la camioneta. Sin embargo, ellas no se asustaron. Él hacía eso todo el tiempo, se bajaba siempre “a hacer algo” y cuando regresaba volvía con una sorpresa. Así es que ellas se quedaron esperándolo. Ya volvería con algo entre manos.

Y volvió al cabo de unos minutos. Ellas lo esperaban con las cabecitas asomadas por las ventanas del carro. Él salió de una casita humilde, construida con barro y madera y con una sonrisa muy grande les dijo:

–          ¡Buenos Días! Bájense y vengan un momento.

Ellas se miraron perplejas, aunque no era del todo disparatada la escena. No eran una familia convencional. No vivían experiencias tradicionales. Nunca se sabía qué era eso que podía pasar. Pero confiaban en él más que en nadie. Él era todo lo que ellas podían desear. Era su caja de sorpresas, era su novio y su papá. Un match perfecto entre fantasía y realidad.

Abrieron la puerta y se dispusieron a bajar. Él las esperaba bajo el marco del portón de la casa sin poder ocultar su emoción. Caminaron y entraron. Él les señaló con un palo de escoba un hueco entre la pared y el techo de la casa por donde se filtraba suavecito la luz de la mañana. Y ahí estaba ella: Preciosa Patricia. A pesar de ser un pájaro parecía que sonreía. Él le acercó el palo a la lorita cerca de las patas para que pudiera subirse a él. Y ella con movimientos torpes, casi como si usara tacones se subió a la madera. La desplazó lenta y cuidadosamente hasta el piso y allí se bajó. Se quedaron mirándose los cuatro. No hubo nada más que decir. Ya era parte de la familia.

Medardo le preguntó al dueño del rancho si se la podía llevar y así lo hizo. Tomaron una caja, le abrieron algunos huecos para que pudiera respirar y así transportarla hasta Maracaibo. Salieron los tres de la casita sonrientes con la nueva mascota. Una lorita hermosa. Las niñas estaban emocionadas y asustadas al mismo tiempo. Los loros son animales que la gente usualmente encierra y que no tienen tanto contacto. No andan por ahí sueltos a menos que sean silvestres. Pero Patricia era especial. Ella era casi humana. No puedo decir que le faltaba hablar; porque como todos ustedes saben, esa es una de las cosas que los loros pueden aprender a hacer con más facilidad. Le faltaba la forma nada más.

Sin embargo, eso es algo que ellas descubrieron después. Al principio era todo temor al ver ese pico y ese pájaro que se asustaba y revoloteaba. De hecho, cuando iban en la carretera, Patricia logró salir de la caja. No puedo explicarles en lo que se convirtió ese carro. Era una mezcla de gritos, con risas y llanto y Medardo al volante no sabía cómo controlar la situación. Se orilló a un lado del camino y con un tranca-volante que acercó nuevamente a las patitas del animal, logró que se subiera y se calmara todo el mundo. Les enseñó a las niñas con este gesto que Patricia era un animalito muy noble y que si ellas se asustaban, ella se asustaría también.

Así es que siguieron su rumbo con Patricia fuera de la caja, parada en el asiento de atrás en medio de las dos niñas. Iban los cuatro en la camioneta rumbo a los 15 años con pájaro en mano. Había comenzado una historia con una mascota inolvidable. Un pájaro sin jaula y con largas alas que nunca se fue volando.

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  1. Cómo le hubiese gustado a “Pachinco” leer esto!

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