Betina Barrios Ayala

Propósitos Cruzados

In Relatos on abril 19, 2012 at 10:56 pm

Grandes Metrópolis materializan pequeñas historias. Dentro de un mismo espacio habitado por un promedio de más de siete millones de personas, simultáneamente se entrecruzan vidas que al reunirse construyen relatos para contar. Ningún detalle es demasiado pequeño. Al mismo tiempo, en el mismo espacio separado por líneas imprecisas, entre distancias sumamente reducidas se desenvuelve la vida de todos. Algunos están en la calle, pasando frente a construcciones que dentro de sí guardan otras escenas. Existencias hiladas por momentos y separadas por paredes que dividen las historias unas de otras; ajenas entre sí solo por la presencia de unos pocos centímetros de concreto. Mientras viajamos en auto mirando el autobús de al lado, quien allí va, observa otras sensaciones imperceptibles desde nuestro espectro. Por eso dicen que hay que aprender a mirar desde el ojo ajeno. La propia percepción nunca es suficiente, nunca es absoluta.

Adela caminaba discreta por un barrio desconocido para ella. Aunque pretendas conocer una ciudad a la perfección, siempre habrá calles que nunca has caminado. Espacios inexplorados, donde fácilmente la sensación de no pertenencia comienza a colmarte los sentidos. Así como hay realidades paralelas a la nuestra en todo momento, también hay espacios ajenos que no pueden convertirse en nuestros, solo por desconocimiento territorial. No se puede andar con la misma seguridad por calles conocidas que por caminos por descubrir.

Mientras llevaba la mirada fija en las pisadas que dejaban sus pies sobre el asfalto, aún mojado por la lluvia, y con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, pensaba con la barbilla pegada al pecho admirando su abrigo rojo. Se dirigía a una de las sedes de la Universidad de Buenos Aires a buscar unas publicaciones para la tesis. Sobre la misma acera, pero en dirección contraria, caminaban par de personajes que a diferencia de ella no pensaban en el recorrido que dejaba sus pasos. De frente a ella y con actitud desafiante, una rubia muy alta se detiene e interrumpe la despreocupación de una caminata en medio de la tarde por el barrio de Balvanera. Calles desconocidas que te minimizan frente al dominio de los locales. La rubia, que a pesar de tener madera para princesa, decidió ser lo opuesto a ellas; malintencionadamente se atraviesa frente a Adela, que poco reparaba en su presencia amenazante.

La mira desde lo alto de su fisonomía preguntándole la hora, y ella intenta evadirla respondiendo que no tiene cómo saberla. Pero se rompe inmediatamente el hilo que marca la indiferencia entre una historia frente a la otra. Ante su tarde perfectamente planificada, aparece la sorpresa de ser el objetivo de mentes ociosas. La compañía de la rubia era un flaco con aspecto abandonado y sucio. Tenía claros vestigios de consumo reciente de sustancias; caminaba torcido, con las rodillas semidobladas. Con actitud de grandeza, este flaco que llevaba lentes oscuros, golpea el hombro de Adela transportándola desde su espacio hacia el suyo. Claramente venía observándola, desde hacia varios minutos, jugando a la cacería para interrumpir su paso y colarse desagradablemente en la paz de su caminar.

–          Tú si tienes hora. Tienes un celular en el bolsillo – dice la rubia.

–          Unas moneditas para el colectivo – murmura el flaco, mientras pasa por su lado quedando detrás de ella y creándole una sensación de vulnerabilidad fuera de su campo visual.

–          Son las dos – Responde Adela al mismo tiempo que saca el celular y unas monedas que tiene en el mismo bolsillo. Afortunadamente pudo improvisar de esa manera. Mantiene la mirada fija en los ojos de la rubia. El flaco, a pesar de parecer menos agresivo, definitivamente podía presentar la conducta más impredecible, dado que ella no podía verlo.

Cuestión de segundos que transcurren lentamente, porque en presencia del peligro el mundo se detiene para que tengas tiempo de digerir las experiencias que por el aprendizaje que dejan luego no puedes olvidar. La rubia con clara superioridad física e intenciones muy contrarias a las que alguna vez Adela tendría, le habla desde una distancia cada vez más corta para que ella nunca pueda olvidar su cara:

–          Dame el celular o te meto una puñalada.

Adela se aparta con una reacción rápida y contraria a la que ha repetido varias veces en su mente. No es recomendable mostrarse rebelde en presencia de una amenaza. Pero niega con la cabeza, mientras la mira fijamente mostrando determinadamente que no piensa entregarle aquello que le pertenece.

–          Dámelo o te meto una puñalada. Me estás escuchando?

Adela se aleja un poco más y esta vez le responde.

–          No. Ya te dí unas monedas. El celular no.

La rubia se sorprende de su reacción y repentinamente entiende que más que un cómodo despojo a un cordero asustado, la situación escapa de sus manos a plena luz del día en el medio de la calle. Mientras se miran fijamente, la rubia decide el curso de esta historia y antes de que la situación se complique más de lo conveniente, le dice mientras se aleja riendo complacida:

–          Ya fue. Esta vez te salvaste.

Cada quien sigue su camino en la dirección en la que inicialmente se encontraron frente a frente. Adela fija la mirada hacia adelante y avanza sin mirar atrás para no demostrar miedo, mientras siente la brusca aceleración de su corazón y entiende que las vidas y las historias se cruzan independientemente de las voluntades. No basta para la paz andar en un mundo propio mirando las huellas en el camino, es necesario subir la mirada para utilizar ese sexto sentido que le hubiese permitido cruzar la calle en el momento exacto, evitando el paso desagradable del temor, de la inseguridad, del miedo.

Adela se dirige apurada a un kiosco, donde se refugia en un recuerdo infantil de protección. Entre dulces y revistas desacelera el corazón. Definitivamente le faltó poner un poco más de atención. Nadie debe ser capaz de tomarla por sorpresa.

La señora que vende le pregunta:

–          ¿Querés algo?

–          No. Solamente necesito un descanso. – Le dijo, mientras observaba como comenzaba a caer la lluvia silenciosamente en la ciudad.

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  1. Actitud valiente la de Adela. En nuestro país, el peligro y el riesgo a que nos maten es tan cotidiano, que la acción de defender lo que nos pertenece se traduce en la muerte.

  2. Como siempre los cuentos de Betina, te atrapan y no te dejan hasta que no los terminas!

  3. Gracias Mami! Eres una fan empedernida! Love!

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