Betina Barrios Ayala

Crónica de Madrugada

In Relatos on febrero 23, 2012 at 1:40 pm

–          ¿Qué hora es ya? No puedo seguir repitiendo la misma lectura. Se me cierran los ojos. Ya no entiendo nada de lo que leo – Dijo Mariana con la cabeza entre las manos, víctima de una larga sesión de estudio típica de las materias filtro del pregrado en la Central.

–          Sí. Yo tampoco doy más – Le contestó Gustavo mientras se fumaba un cigarro. El cenicero frente a él estaba abarrotado. Días de café y cigarrillo obligado. Maratones interminables de información.

–          Vámonos entonces. Gustavo, ¿te llevamos? Ya solo quedamos tres en esta mesa. Luis perdió la batalla hace par de horas – Dijo Sofía mientras señalaba con la boca un cuerpo rendido sobre el sofá de la sala con la boca abierta y una pierna anclando en el suelo.

–          Listo. Vámonos ya. Luis, ¡Actívate! – Gritó Gustavo a media voz. No eran los únicos en la casa.

Sofía vive en Chacao. Era clásica la reunión para estudiar en su casa. Unas cuantas cuadras del metro y listo, iban en un solo viaje de la Universidad a su casa. Mariana tenía un viejo Malibú de los ’70 y vivía en La Pastora. Se lo había regalado su papá hacía unos meses. Era la única que tenía carro y era absolutamente solidaria para llevar a todo el mundo adonde tuviese que ir. Importante en nuestra ciudad la solidaridad peatonal. Si te ha tocado serlo y pasas de eso, difícil vacilar para darle una mano a quien sigue en esa condición.

Mariana se acercó a Luis para despertarlo y las acompañara a llevar a Gustavo a su casa en San Martín. Él se despertó sobresaltado. Sabía que no había estudiado lo suficiente. Miró el reloj: 2:00 a.m. Ya no había mucho que hacer. El parcial era a las 11:00 de la mañana siguiente. Sofía abre la puerta y salen los cuatro sin hablar, completamente derrotados por el cansancio y la idea casi certera de que los resultados del examen al día siguiente no tenían las mejores probabilidades de éxito. El Malibu los esperaba estacionado en la calle, junto a la acera debajo del departamento de Sofía. Ella estaba en pijamas, más rendida que despierta se sentó en el asiento trasero con Gustavo y emprendieron el viaje al oeste de la ciudad.

2:30 a.m. La ciudad completamente en calma. Más oscura que iluminada. Autopista en línea recta mientras el viento frío entraba por las ventanas. Se vive una leve sensación de peligro, pero nadie se detiene a comentar al respecto. Asumen todos los riesgos en solidaridad estudiantil. Gustavo tiene 23 años y es padre de dos chiquitas morochas, por eso regresa a su casa a esa hora. A la mañana siguiente se levanta a despedirlas antes de ir al colegio. Beso en la frente y la bendición antes de comenzar el día debe convertirse en una tarea irremplazable con la llegada de la paternidad. No hay comentarios al respecto. Es un mensaje implícito y comprensible.

Sofía se quedó dormida. Despertó apenas para darse cuenta que regresaban ya sin Gustavo en el carro paseando a muy baja velocidad sobre un puente en el oeste de Caracas, camino a retomar la autopista ahora en dirección contraria para llevar a Luis a Santa Fe. Abre los ojos y aproxima la cara hacia el asiento de adelante para comentarle a Mariana cualquier cosa y ayudarla a no quedarse dormida. Las luces de los pocos carros paseando un martes a las 3:00 a.m. captan la atención. Viajan en silencio batallando contra el sueño y a buena velocidad. Viene una curva acentuada pasando San Agustín del Sur. Hornos de Cal a la derecha y se oye un sonido como un estallido y el carro comienza a vibrar perdiendo velocidad y estabilidad. Se orillan a la derecha sobre la autopista. Unas escaleras para subir a los ranchos en las montañas están a pocos metros. Nadie dice nada. Se reventó el caucho derecho trasero.

Se miran las caras y todavía en silencio ponen sus tres mentes a pensar con velocidad que hay que bajarse, cambiar el caucho en plena madrugada en nuestra bella, solitaria y peligrosa Caracas. Luis baja del carro con Mariana y buscan las herramientas para comenzar a trabajar. Le dicen a Sofía que no se baje, que se esté atenta dentro del carro por si pasa algo extraño avisar. Ella traga grueso y afina los sentidos para evitar que algún malintencionado los tome por sorpresa. Pasa el tiempo lento. Nadie demoraría tanto en cambiar un caucho. No quiere ni parpadear. Por el rabito del ojo ve una figura que se mueve rápidamente, sale desde el río Guaire y llega a la parte trasera del carro a una velocidad suficiente para no permitir mucho detalle.

En muy pocos segundos llegó junto al carro. Todos lo recorrieron de arriba abajo con la mirada absolutamente hipnotizada por el miedo. Él con una sonrisa que exhibía lo único que no era negro y sucio en su cuerpo, amistosamente se acercó a ellos con humana y legítima curiosidad y ganas de ayudar. Sofía era presa del pánico. Nerviosamente comenzó a ocultar todo lo visible debajo de los asientos.

Él se agachó frente al carro y los ayudó a cambiar el caucho a gran velocidad. Conversaban de cosas triviales. Él estaba tranquilo y les preguntaba qué hacían ahí mientras trabajaba eficientemente para ayudarlos a salir de esa situación de peligro. Los tres estaban perplejos de ver lo que pasaba. Un indigente había salido de las cavernas del río para auxiliar a tres corderitos en el medio de un campo lleno de lobos.

Así fue. Antes de que tuviesen tiempo de comprender el curso de la historia ya este ángel caído había terminado su tarea.

–          Váyanse rápido. ¿Qué esperan? – Dijo mientras los animaba con las manos a subirse al carro y a alejarse a toda velocidad de ahí.

Los tres se miraron las caras. Sofía que había estado ocultando todo debajo de los asientos se sintió culpable de su comportamiento desconfiado y ahora no tener nada material para agradecer semejante ayuda por parte de un total desposeído. Se alejaron a toda velocidad mientras él los miraba salir desde el hombrillo en la autopista. Corrió de nuevo a las profundidades de su ciudad creciente, paralela, subterránea y semi acuática en la riviera del río que recorre Caracas de punta a punta.

Dentro del carro los tres iban mirando hacia adelante perplejos, con los ojos completamente abiertos y sin emitir sonido. Desapareció el cansancio y el sueño, dando tiempo a reconstruir los increíbles hechos a cada quien en su mente.

“Un indigente salió del Guaire caminando, cruzó la autopista y nos cambió el caucho”.

–          Ya no tengo sueño. ¿Vamos a la casa por un café y seguimos estudiando? – Dijo Sofía mientras bajaba la ventanilla del carro y sacaba un cigarro. Mariana le extendió la mano hacia atrás para que le pasara uno prendido mientras Luis encendía el radio y les decía:

–          Demasiada adrenalina para la madrugada. Tenemos examen mañana y no he estudiado nada.

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  1. Soy adicta a lo urbano. Por eso, y por tu buena prosa, me enganchó este post. No hay nada más fantástico que la realidad, ni más extraordinario que lo cotidiano. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, Ay Dios… Abrazos prima bella!!!

  2. Muy buen relato. Buen manejo de la tensión.

    • Gracias Carolina! Aprecio mucho los comentarios por parte de aquellos que también escriben! 🙂 Bienvenida cada vez que quieras! Me daré una vuelta por tu blog para compartir! Saludos!

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