Betina Barrios Ayala

Recuerdos de Golpe

In Opinión on febrero 8, 2012 at 1:24 pm

Tenía 7 años y corría 1992. Por alguna razón cuando tenemos la fortuna de asistir al colegio no queremos hacerlo, y durante ese año, mi segundo grado de primaria, la excusa perfecta para no ir a clases dejó de ser el dolor de barriga y deseaba desde mi cama mirando hacia el techo con resignación: “Ojalá haya golpe de Estado”.

¿Y qué iba a saber yo de qué se trataba todo eso? Yo solamente no quería ir al colegio y llamaba mentalmente a la posibilidad de que viniera un golpe que ya se había hecho cotidiano para mi mente infantil y deseosa de días libres. 1992 fue el año de los golpes y el año de la suspensión de clases por eso. En dos oportunidades en prácticamente un mismo año escolar no tuvimos clases durante varios días, y era perfecto: no era invento nuestro, no afectaba nuestra salud, no entendíamos qué era y ¡no había clases!

Y todo el furor que acompañaba al golpe era sencillamente emocionante. Recuerdo perfectamente ir al supermercado con mi papá, que en ese momento vivía solo conmigo y mi hermana para abastecerse para el golpe. Nunca vi a nadie comprar de esa manera. Tuvimos jabón de tocador de sobra durante los siguientes 5 años, imagínense la cantidad que eran. Nunca más ví a mi papá más motivado a comprar. En ese momento me pareció fabuloso, compró todo lo que pudo.

La inestabilidad en los países solo es perceptible a partir de cierta edad. Hay que ver la inocencia que significa llamar a golpe de Estado para evadir la responsabilidad de la rutina escolar. Ningún contemporáneo puede negar este recuerdo. Muchas mentecitas unidas deseando el golpe para no ir a clases por varios días. Dentro de nosotros todos llevamos un mini golpista que solo soñaba con no pararse de la cama y quedarse jugando todo el día.

Mi papá es profesor universitario en la UCLA. Durante toda mi niñez estuve cerca del estudiante descontento que protesta y es así, el estudiante siempre se quejará ante cualquier gobierno. Es lo natural. Siempre habrá demandas insatisfechas. Habrá disturbios como medio de expresión. Así que de niña siempre fui un pequeño cerebro demandante del caos por mi deseo de permanecer en mi casa con mis juguetes. Cuando somos pequeños no nos inmutamos por las tragedias de la vida y deseamos insaciablemente tiempo para jugar. Ahora mismo no recuerdo en qué momento dejé de ser así y empecé a desear con mayor responsabilidad, pero lo cierto es que ahora me causa gracia pensar en la simpleza de la mente infantil y trasladarme a ese deseo intenso de no tener que fingir un malestar para no ir al colegio. El golpe era ideal. No sabía de qué se trataba, ni qué era, solamente era un hecho maravilloso que cuando ocurría me permitía ganarme unos cuantos días de vacaciones que nunca tendría que devolverle a nadie y fui tan afortunada en 1992 que me pasó dos veces.

Durante los años escolares siguientes seguí pensando en cuándo llegaría el golpe de nuevo para darme unos días libres. Hasta que lo olvidé. Y luego lo comprendí y dejó de reunir todo su atractivo. Cuanta diversión nos da crecer, cuantos buenos recuerdos nos deja la vida. Mirando hacia sensaciones pasadas nos damos cuenta de lo que significa dejar de ver el mundo con tanta sencillez. Hace casi 20 años que me sentí así.

Hoy en día se me hace triste la celebración de un adulto frente a días como este. Una cosa es ser niño y desear inocentemente y otra muy diferente es celebrar el caos con conciencia e invertir el tiempo y el dinero que no sobra para festejar el fracaso. ¿Quién puede enorgullecerse de un golpe de Estado? ¿Quién puede sentir satisfacción con el caos?

Los niños y los desubicados.

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  1. Ni siquiera un golpe de estado. Celebra un día en el que dijo claramente por la TV que “por ahora” no había logrado sus objetivos. Celebra un trabajo mal hecho, un fracaso, como bien dices. Quizas es eso, que sigue celebrando cada año la renovación del fracaso.

  2. Una estetica muy bonita y clara la de tu blog. La verdad que incita a leerlo.

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