Betina Barrios Ayala

Esclavos Modernos

In Argentina, Política, Relatos on septiembre 30, 2011 at 9:48 pm

Laura decidió ir al teatro. Quería ver el espectáculo de hoy, una función única que no podía resistirse a mirar. Compró los tickets con una semana de anticipación, y definitivamente ese no es su estilo acostumbrado. Por un momento pensó en no ir, llegar hasta Chacabuco 875 representa un viaje desde Belgrano, además de tratarse de una aventura en espacios prácticamente desconocidos un día viernes cerca de la media noche.

Decidió tomar el colectivo y encaminarse en la dirección indicada para ver la función. Un poco perdida y distraída con su libro del momento, compañero fiel en los traslados en transporte público, alcanzó a subir la mirada ya cuando la Av. 9 de Julio se hacía eterna. Dirección sur; hay que fijarse en cada esquina qué calle cruza para dibujar en la mente el mapa que recién había visto en casa para recordar cómo llegar a su destino.

Chile. Este es el nombre de la calle que le hace darse cuenta que ya está próxima a llegar. Cuando en Buenos Aires las calles comienzan a llamarse aglomeradamente como países americanos, Estados Unidos, México, Venezuela, estás en el sur. Así que baja del colectivo e intenta ubicarse como un alfiler en un mapa, Av. Independencia y 9 de Julio. Cruza la Avenida, tan conocida mundialmente porque requiere obligatoriamente esperar dos semáforos para cruzarla en su totalidad, así corras, siempre necesitarás una pausa en medio del camino para ir de un extremo al otro.

Buenos Aires es una ciudad enorme. Curiosamente puedes estar en una calle tranquila y sin darte cuenta a dos cuadras estar en el cruce con el peligro. De igual forma eso se siente en el ambiente, el ambiente denso de sentir el riesgo, saber que te observan y que además te escanean y saben que no perteneces ahí.

Laura siente el temor que sale de su interior mientras camina. Sabe que peligra, pero ya está ahí. Había quedado con una amiga y no podía simplemente no aparecer. Mientras avanza apresuradamente oye la voz en su interior que le dice que no es ese el lugar indicado para estar sola, de noche y en la búsqueda de direcciones desconocidas. Este teatro está cerca de Constitución; una de las estaciones de tren más grande del país. Un lugar lleno de vicios, de sucio, de vagos, de adictos.

Cuando llega a la esquina hay alguien conversando en voz muy alta a través de un teléfono público, es la única persona que anda por ahí. Una pareja llega a la esquina paseando un perro. Los cartoneros avanzan con sus carretas repletas de papeles. Laura siente miedo y no pasa realmente nada, pero la intuición es fuerte y hay que escucharla. Allí es cuando recibe un mensaje de texto y se da cuenta de que su amiga no va a llegar. Meditó unos segundos, miró hacia arriba y decidió avanzar hasta la parada para tomar el colectivo 59 para regresar a casa.

Mientras espera el colectivo los minutos se hacen lentos y ella está en alerta. Su sistema se despierta como una alarma que suena sin descanso en la cabeza. Se ve en la necesidad de convertirse en un búho  girando la cabeza en 360º. Transcurren los minutos como si fueran horas. Una señora también inquieta en la parada detiene un taxi y Laura comprende que antes de quedarse sola en esa esquina, vulnerable, tiene que hacer lo mismo. Sube a otro taxi y siente relativa paz, porque consiguió la manera de salir rápidamente de allí, de ese lugar donde no quería estar.

Sin poder evitarlo conversa nerviosamente con el chofer. Muchos taxistas se convierten en amigos cercanos mientras dure el trayecto. Tenía unos quince pesos, que con eso no alcanza para llegar de vuelta a casa. Laura llama a su casa y el chofer escucha la conversación:

– “Amiga voy camino a casa. Me subí a un taxi porque estaba asustada y el 59 no pasaba. Por favor bájame algo de plata que no me alcanza para pagar”.

Cuando cuelga el teléfono el chofer la mira a través del retrovisor, y le dice:

– “Sí, esta zona es muy peligrosa. Hasta yo que estoy viejo y he vivido acá toda mi vida la respeto y siento por dentro escalofríos porque nunca se sabe lo que puede pasar”.

Y así comenzaron a conversar acerca de esa realidad de que muchos de los líderes que están en el poder actualmente en Latinoamérica son cómplices de la inseguridad. Utilizan el miedo que infunden los delincuentes independientes en la sociedad, el Estado no tiene que propiciar el terror como en las dictaduras del siglo pasado para controlar, sino que la violencia se multiplica a la par de la miseria. Con el miedo de la gente, desvían la atención para tapar todos los escándalos de corrupción y mala gestión que hacen. Es la mafia de los presidentes que nos tiene viviendo como los esclavos modernos. No puedes dominar la inseguridad que te rodea, somos ciudadanos que viven dentro de un corral.

Y no hay escapatoria. Las democracias latinoamericanas están viciadas desde dentro. Hay políticos que se han dedicado toda su vida a ejercer el poder de alguna manera sin ninguna responsabilidad. Partidos políticos que han subsistido durante años y las jerarquías dentro de ellos muchas veces no son las más justas. Tristemente, hay un gran número de líderes en potencia, capaces, comprometidos, pero siempre son los más veteranos los que se quedan con el control del juego.

Y así es muchas veces en la vida. Muchos puestos de poder caen en manos de mentes retorcidas que solo saben usar la calculadora a su favor. Se adueñan de lo ajeno sin ninguna restricción. Impunidad y corrupción son palabras que describen los sistemas democráticos latinoamericanos modernos. Muchas veces los correctos, los más preparados, se mantienen en un perfil bajo o son simplemente anulados por alguien con más fuerza que ellos.

Muchos se van de su país porque alguien se adueña de todo, porque toma las decisiones a favor de sí mismo y  no se corresponden con los ideales ni la seguridad de sus compatriotas. Y no es un nombre, no se trata de nadie en particular, es simplemente una realidad donde los poderosos encierran a los débiles colocándoles un cerco alrededor. La inseguridad es una cárcel y en la medida en que los gobiernos no busquen soluciones para erradicarla, simplemente son cómplices y hasta promotores de la delincuencia.

Laura mira por la ventana del taxi y se agarra la cabeza. Después de un corto silencio meditativo, se disculpa con el chofer por haberlo deprimido con sus reflexiones acerca de la realidad. Pero él le responde cariñosamente que no, que no hay que deprimirse. Simplemente hay que luchar. Y eso lo dice alguien que maneja un taxi por las noches, que seguramente no tiene los mejores días, pero que se mantiene optimista. Le dice que la realidad no hay que sufrirla, hay que aceptarla. Tal vez la juventud nos lleva a soñar con cambiar el mundo, y nos frustra ver que los cuentos de hadas son simplemente eso. Los buenos no siempre ganan y los que manejan el poder esclavizan.

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  1. Buen relato, recordé esa sensación de temor allá en Caracas cuando andaba por calles oscuras tambien optaba por tomar un taxi y en casos extremos una buena carrera.

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