Betina Barrios Ayala

Reconstrucción de un difícil recuerdo

In Relatos on septiembre 13, 2011 at 6:58 pm

I

– Diciembre. Celebración. Visitas de amigos. Playa. Alcohol. Felicidad. Excesos –

Corría el 2009, un año que se despedía ya, y a pocos días de culminar la primera década del 2000, Laura y un grupo de amantes del mar decidieron ir a la playa para celebrar la vida y reunirse a conversar, nadar un rato, tomar el sol y disfrutar de su magnífica juventud. Delicioso día que pasó entre risas y parloteo, con la perfecta compañía del paisaje costero. El favorito de Laura desde que puede recordar. Tanto disfrute en pocas horas terminó por agotarlos y aunque sabían que no eran invencibles, cada uno se dejó llevar por la costumbre de tomar el riesgo y decidieron regresar a casa.

Venezuela, hermosa, incomparable y perfecta, pero atiborrada de delincuentes e inseguridad. Es tal la situación que ante la realidad de estar cansados, es preferible continuar manejando en una carretera donde detenerse puede resultar tanto o más peligroso que seguir avanzando. Jugando a la ruleta con la luna sobre la cabeza, viajaban entre risas, música y con el agotamiento en el asiento de al lado.

Víctor es amante de la música, se encargó durante el viaje de hacer que la fiesta continuara. Laura venía completamente vencida en los brazos de Morfeo, esperando la llegada a casa y que Manuel, quien manejaba, la despertara para que se bajara y se acostara a dormir en su cama. Era lo natural, aquello que esperaba que pasara. Justo cuando dormitaba entre el despertar y el sueño, Manuel le dijo que se abrochara el cinturón. Sin vacilar se lo ajustó y continuó entregada a su clásica rutina de dormir en los viajes en carro. Nunca lo pudo evitar. Laura es un pésimo copiloto.

II

Abre los ojos y ve el parabrisas roto y siente el apretón del cinturón más fuerte de lo que pensó que podría alguna vez llegar a sentir. Atrapada y confundida comienza la reconstrucción de este difícil recuerdo. Manuel le habla aceleradamente y le repite que se baje del carro. Ella no es capaz de entender nada, y tampoco puede moverse. Él estaba lleno de energía, y al ver que ella no reaccionaba, miró hacia el asiento de atrás buscando otra alternativa para salir del carro. Así que levantó la cabeza de Víctor, que estaba justo en medio de los dos, y empujó su cuerpo hacia atrás. La cabeza de Víctor había golpeado el vidrio en el momento del impacto. Manuel pasa sobre él y sale rápidamente por la puerta de atrás.

Ya cuando Laura no es capaz de escuchar la voz del piloto repitiéndole que se baje del carro, comenzó a observar todo y se da cuenta otra vez de que no puede moverse. Está paralizada, amarrada a una silla frente a un parabrisas terroríficamente destruido que no le deja ver lo que pasa a su alrededor. Comenzó a pelear con el cinturón para quitárselo de encima. Seguramente fue poco el tiempo que pasó hasta que pudo soltarse, pero le costó.

Abrió la puerta y se dejó caer al suelo. Traía solamente un traje de baño y un sweater que apenas le cubría el torso. Con las piernas descubiertas y con la movilidad limitada miró hacia arriba y estaba rodeada de rostros que jamás había visto. Ellos hablaban, todos hablaban entre ellos y con Manuel que no entendía nada y estaba completamente acelerado y asustado. Ellos lo culpaban, le decían que mirara lo que había hecho. Apenas ella misma podía escucharse diciendo que no le dijeran más eso. Comenzó a rezar y a llorar. Indudablemente su primer aliado en ese momento fue Dios; siempre pasa cuando la vida te sorprende. Y a pesar de que hacía ya muchos años que no rezaba un Padre Nuestro completo, fue lo primero que comenzó a repetir para calmar su sensación de inmovilidad tumbada completamente sobre el asfalto.

Desde ahí pudo ver a Víctor. Ya se había bajado del carro. Su imagen no la calmó en lo absoluto. Tenía sangre en su cara y había vidrio por todos lados. Poco a poco seguía observando intentando entender cómo la realidad se había transformado y vio un autobús y mucha gente fuera de él y contemplándolos. Eso completaba el cuadro de una situación difícil de soportar en calma.

Laura estaba tendida ahí en el suelo y Manuel se le acercó. Estaba asustado. Comenzó a hablarle, preguntándole si estaba bien; y ella le dijo que sí porque no sentía nada. Estaba paralizada sin poder moverse y ese no era un reporte indicador de que estaba bien. Posiblemente se trataba de un extraño estado de shock, característico del miedo posterior a una situación incomprensible e intuitivamente violenta. Ella lo miró y le preguntó cómo se veía, si tenía sangre o algo. Manuel la miró cariñosamente y le dijo que se veía hermosa, pero ella no le creyó.

Muy rápido llegó una ambulancia y unas piernas de pantalón azul marino se detuvieron justo sobre la cabeza de Laura y le comenzaron a hablar. Era un paramédico que a partir de ese momento fue su mejor amigo y compañero. La subió en una camilla y de ahí a la ambulancia para el hospital de La Guaira. Víctor subió también, y ahí dejaron a Manuel, asustado de verlos, de verse y de todo. A partir de ese momento ella no dejó de pensar en él, pero tampoco tuvo noticias suyas hasta muchas horas después.

III

Ambulancia en movimiento. Su cabeza golpeaba todo el tiempo una de las paredes del auto. Víctor estaba ahí y comenzó a tranquilizarla y a sonreír con ella. Le tomó la mano hasta que llegaron. Atravesaron una puerta grande, Laura acostada en la camilla sobre ruedas. Cuando entraron varias cabezas se apilaban a los costados de la cama rodante mirándola, era una vista escalofriante. La gente no podía ocultar la impresión de verlos llegar. Sin embargo, aparentemente, ella estaba bien. Sólo tenía una herida profunda en la mano derecha, que nunca logró entender cómo se la hizo y que estará ahí para siempre dejándole el estigma de una actitud irresponsable. Víctor visiblemente no estaba bien, tenía heridas en la cabeza, pero caminaba sin problema.

La recibió una doctora muy joven que le pidió que se acostara en una cama y que se quitara el sweater. Lo hizo con su ayuda, y en ese momento se dio cuenta de que estaba roto y eso la asustó. La doctora le comenzó a examinar, palpándole el abdomen y haciéndole mover las piernas. Miraba su torso y lo tocaba por todas partes preguntando si dolía. Visiblemente no tenía nada salvo unas marcas en la piel de la presión del cinturón que le hizo prisionera después del impacto. La doctora la miró y le dijo con franqueza que había que hacerle un escaneo con rayos X para descartar heridas internas; era visible en su rostro que no contaba con muchos recursos en el hospital para ayudarle a hacer esto, pero hicieron todo lo posible por intentarlo.

De ahí pasó a otra habitación en una silla de ruedas, escuchando la voz de Víctor, quien cuando no podía verla gritaba su nombre. Eran solidarios. Ninguno quería que el otro se sintiera solo. Cuando Laura me hablo de esta experiencia, recordaba el nombre de su compañero el paramédico, el dueño de esos pantalones azules que la sacó de ese estado de shock y estuvo ahí siempre con ella desde que llegó a buscarla en la ambulancia, pero tardé tanto tiempo en reconstruir esta historia que ya lo olvidé. Así que lo llamaremos afectuosamente Andrés.

Andrés tomó su celular y le dijo a Laura que iba a llamar a su mamá para explicarle que habían tenido un accidente. Ella le dijo que por favor no lo hiciera, pero luego aceptó al darse cuenta de la tontería que estaba diciendo y las ganas que tenía de verla. Lo miró a los ojos y le pidió que por favor no la asustara mientras le dictaba el número de celular.

Ella no recuerda bien la conversación que hubo entre Andrés y su mamá, esa en la que él le explicaba que habían chocado, que era de noche, que venían cansados y al mismo tiempo la calmaba diciéndole que estaban todos bien, que habían llegado al hospital, que él era paramédico. Laura solo lloraba de remordimiento de darle ese susto a su mamá, pero ya el error estaba hecho. Cuando terminó la llamada, Andrés la miró tranquilamente, y le dijo que no se preocupara, que dejara de llorar, que estaba todo bien, “ya viene tu mamá a buscarte”, le dijo.

Pasada la conversación, Andrés llevó a Laura a otra habitación. Ya estaba pasando el momento extraño de la impresión de entender que habían tenido un accidente. Pero comenzó otro. Empezó a sentir dolor y mucho mareo. Así que mientras esperaba sentada para que le tomaran las radiografías, sintió unas náuseas enormes y entró corriendo en un cuarto que había cerca buscando una papelera. Era Diciembre, alguien recién se había cenado una hallaca, las hojas estaban ahí. Ese olor tan intenso le hizo terminar de llenarse del impulso de vomitar. Y vomitó varias veces. Inclusive mientras le escaneaban el cuerpo para mirarla por dentro, corrió para acercarse a la papelera y hacer el menor desastre posible. Parada descalza sobre un piso helado y en un cuarto oscuro típico de radiografías, volvió a pensar en todo y estaba muy mareada. El frío que entraba por sus pies le hacía mal. Estaba débil y quería llorar.

Luego de obtener unas radiografías tan pobres que no permitían observar nada de lo que querían ver los médicos, ahí en ese hospital completamente desabastecido, la llevaron en una camilla a un cuarto común donde estaban otras personas con distintas dolencias. Ahí estaba Víctor, así que sonrió y sintió una tranquilidad enorme al verlo. Pusieron su cama rodante detrás de la suya pegada a la pared y extendió la mano para tocarlo. Quería decirle que se alegraba mucho de verlo y de que ninguno de los dos estuviera solo. También preguntarle por Manuel, lo habían dejado hacía ya un par de horas tal vez, y no sabían nada de él. Laura pensaba en él todo el tiempo y en cómo estaría, no le gustaba que estuviese solo.

Hacía mucho mucho frío. Era desesperante. Un frío del que era incapaz de cubrirse rodeada de quejidos de enfermos que compartían el mismo espacio. Había una persona muriendo. Lo supo cuando vio su color de piel y no quiso ver más. Cerró los ojos e intentó descansar en posición fetal. Le dolía mucho el abdomen y tenía mucho frío. Fue un momento denso. Demasiado dolor reunido en una especie de heladera humana donde no había ningún recurso para cubrirse del frío.

Ahí en ese estado de suspensión en el tiempo, Laura abrió los ojos y vio a Cristina. Ella es médica, y la dejaron pasar a verlos. Cristina también había pasado el mismo día maravilloso en la playa, pero viajó en otro carro que corrió distinta suerte. Traía la cartera de Laura y una sonrisa grande por verlos y ellos por verla a ella. Le preguntaron por Manuel, pero ella no sabía demasiado sobre él.

Ahí llegó la mamá de Laura. El momento más feliz de su vida. Volvió a sentir paz. No sé si ella le ha pedido perdón por ese susto, pero creo que cuando la vio la abrazó tan fuerte que tal vez no hizo falta decir algo respecto a esto alguna vez. Estaba todo dicho. Fue muy duro pasar por eso, pero estaban juntas otra vez.

La mamá de Laura habló con la doctora joven que le hizo el diagnóstico cuando llegó al hospital. El esposo de su mamá, quien es también un padre para ella, también estaba ahí, como siempre. Los abrazó y recibió su amor incondicional. Sin reproches la mimaron y le hicieron sentir que estaba segura, que ellos habían llegado como superhéroes como siempre a hacerle la vida más fácil. Y como verdaderos justicieros la llevaron con ellos de inmediato cuando la Dra. les dijo que podía tener heridas internas, pero que el hospital no estaba equipado para mirar esto, que debían ir a una clínica privada.

A pesar de que no había mayor alternativa que ir corriendo a Caracas a buscar una clínica, le hicieron firmar un papel en el que aceptaba que Laura se había ido del hospital en contra de opinión médica y que no se hacían responsables si sufría algún problema en el camino. Igualmente lo firmaron y se fueron. Mientras avanzaba el carro, con todos los obstáculos y huecos que tienen las vías en Venezuela, sentía mucho dolor. Como un rebote insoportable por dentro. Laura le dijo a su mamá lo que sentía, y ella suavemente le respondió que faltaba poco para llegar.

Una vez en la clínica, Laura estuvo largo rato en observación porque lo privado no camina si no dejas primero tu tarjeta de crédito abierta para cobrarte hasta el cepillo de dientes que te ponen en la habitación cuando estás hospitalizado. Las clínicas no conocen de caridad. Seguro médico y tarjeta de crédito en mano antes de tocarte un centímetro del cuerpo. Y así fue. Su mamá se encargó de todo y ella estaba en ese micro cuarto acostada en una camilla sufriendo un dolor abdominal intenso que deseó no sentir nunca más. Y vomitaba, todavía vomitaba a pesar de que no había nada más. Fueron horas terribles. En un momento se quedó sola y llamó a Luis, su amor, tenía que escucharlo, decirle que lo quería y contarle todo. Él estaba fuera del país, pero Laura quería que estuviera ahí.

Cuando finalmente la administración de la clínica pudo comprobar que la mamá de Laura podía costear el hecho de haberla llevado ahí, comenzaron a examinarla. Rayos X. De un cuarto a otro. Eco abdominal. Sube, baja, silla de ruedas. Cama. La dejaron hospitalizada esa noche. Primera vez en su vida que dormía pegada a un tubo que le llenaba el cuerpo de analgésicos. Estaba muy adolorida y agradecida con su mamá. Sentía que había vuelto a nacer, pero era grande y podía apreciarlo y abrazarla y decirle que la quería como a nada más en la vida.

Volvió a su casa al día siguiente. Pero pasaron unos cuatro días más después de ese en los que solo comió puré y líquidos, con los intestinos parados. No le funcionaban. Tenía también algunas cruces de sangre en el hígado producto del apretón del cinturón cuando chocaron. Tuvo que usar collarín y estar acostada casi las 24 horas durante unos diez días. Recibió el 2010 sentada y rápidamente se fue a su cama a seguir descansando porque estaba muy golpeada y adolorida. Tenía el abdomen morado. Y meditó un poco sobre toda esta historia y las cosas que quería cambiar. Su mamá le dijo que se recuperara pronto porque tenía que seguir con sus planes y en marzo viajaba a Buenos Aires para cambiar de vida.

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Aquí les dejo el link del reportaje que me llevó a reconstruir esta historia, y a reflexionar que en Venezuela la inseguridad genera más problemas de los que el gobierno parece imaginar. Si al regresar de la playa, estos personajes hubiesen tenido la oportunidad de parar a un lado del camino para descansar un momento y beber un poco de agua sin que esto representara la posibilidad de un robo, un secuestro o cualquier otro de los crímenes constantes a los que estamos sometidos los venezolanos, tal vez este accidente se habría podido evitar.

También por supuesto, el estado deplorable de la salud pública venezolana no permite que se salven muchas vidas, a pesar de que los médicos, paramédicos y otros trabajadores tengan la buena voluntad de hacerlo. Laura tuvo que ir a una clínica privada, ¿Cuántos venezolanos en realidad pueden hacer esto?

http://www.lapatilla.com/site/2011/08/25/asi-esta-el-hospital-de-lidice-por-dentro-fotos/

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  1. Beti dile a Laura que me encontre con su padrastro y dice que la quiere mucho, le conte del post, y quedo impresionado por lo intenso del recuerdo que allí plasmas. El tiempo ayuda a la reflexión y las miradas que le damos a un evento dado, van evolucionando, eso se nota en tu escrito. Un beso extensivo a Laura y un abrazo al angel que le recordo abrocharse el cinturon

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