Betina Barrios Ayala

Contractura

In Crítica, Latinoamérica, Notas, Opinión, Reflexión on abril 30, 2021 at 11:16 am
©Guy Bourdin. From The Image Maker Exhibition. Somerset House, Londres
27.11.14 – 15.03.15

La escena tiene lugar en la cubierta de un barco. Una comida en curso. Tres amigas de veinte años. Una hija de quince. Cuatro mujeres y un sujeto que permanecerá en el anonimato. No sé si alguna vez conocí o reconocí su nombre. Además, esto no es ni será el foco de lo que anuda, revuelve, marca, disuelve la delicada feminidad. De la nada, en medio de la sobremesa mientras recogen los trastes, el hombre al menos treinta años mayor, le espeta una nalgada a una de las jóvenes que produce un efecto freeze.

Súbito silencio, incómodo final del día, recogimiento.

Hasta mañana.

Esa noche quizás hubo llanto, desvelo, miedo. Es seguro que hubo preguntas. Apenas recuerdo vagamente la solidaridad de las amigas, quienes calladas y cálidas contuvieron. Parece que eso quedó ahí, en el pasado. Pero no. Sale, vuelve, gira, es un bumerán que regresa y ataca. Es el firme recordatorio facto. De alguna manera es el prólogo en fondo turquesa de las dependencias federales sobre eso que la vida repetiría una y otra vez.

Tantas cosas más.

Las mujeres somos víctimas permanentes de devaluación. La imagen de una mujer en bicicleta y el hombre que le espeta una nalgada porque no puede contenerse. Y no es solo la agresión física, es la posibilidad de tumbarla del objeto que está en equilibrio porque ella misma lo está. La gravedad es la burla tácita, oscura irresponsabilidad, inconsciencia y aval estructural con que se atenta contra ese equilibrio. No se trata únicamente de violencia que amenaza la integridad física y psicológica. Es la posibilidad de detonar un accidente. Es la irremediable marca de la presa, invisible, pero que no cura. Cuanta humillación y daño en la diversión no consensuada.

Una masculinidad que se reafirma en ese lugar en el que no encuentra un cómplice para complacerse es moneda frecuente.

En las últimas horas escucho ese monstruo interior semidormido. Animal oscuro e intermitente que a veces abre su ojo y me deja ver en lágrimas, arrinconada, asustada, ennegrecida, estallada en preguntas que conducen a una necesidad intempestiva y catastrófica de huir. Se ha desatado un remolino de experiencias que no sé cómo domar. Y aquí no va a haber nombres. Ninguno. Porque si bien he sufrido numerosos maltratos y devaluaciones; estos sujetos no importan ni importarán nunca. Lo importante es que por su violencia, he abandonado espacios y sueños que me pertenecían. He tenido miedo de mis propias ambiciones. He dudado de mi intuición. De mi claridad perceptiva. He dudado de mi. Y esto es grave. He pagado alto precio en una existencia que no perdona porque el tiempo no se regresa y la memoria no se borra. Las heridas sanan, pero están ahí latentes contracturas, cicatrices indelebles y sutiles. Aunque también pueden hacer queloide.

Sí que pueden.

Tampoco falta el que valora hasta que le haces el favor que espera. Con descaro usa el trabajo y sus espacios para luego agredir o ignorar. ¿Ya logró lo que quería? ¿Qué era eso exactamente? ¿Una forma de la potente viveza criolla? ¿Una venganza ilimitada por haber sido objeto de humillaciones anteriores? Las mujeres ganan poco, sobreviven en dinámicas profundamente desiguales y agresivas que amenazan su integridad y autonomía. Tampoco falta el que ataca bajo a los talones: disminuye los sueños por escribir, fotografiar, emprender, pintar, bailar, hacer. Afirma que no sabes, que no puedes hacerlo, que no estás preparada, él te va a enseñar¸ él sí sabe. Tranquila, chiquita. Entre tierno y sincero, cuanta violencia, prepotencia, distorsión.

Chiquita.

Tampoco está ausente el jefe o colega que devalúa, la pareja que abusa, el desconocido que objetualiza, el enfermo que mira y juzga sin pudor en el transporte público, en la calle, en el bar, en la fiesta, en la pantalla.

Milito desde mi determinación para clausurar a estos sujetos y no hablarles nunca más. No existen. Mi tribunal y castigo es la indiferencia. Quizás el silencio les complazca, pero es un espacio de dignidad. Es la valentía de seguir adelante aunque queme tanta palabra y acción innecesaria y cruel, tanta humillación como si nada. En Venezuela la vida transcurre como una novela maniquea de malos e inocentes, de pobres y ricos, de niñas y viejos, de poderosos y oprimidos, de vanidad y generosidad: ilusión y derrumbe.

Sin embargo, estas líneas desviarán su lugar hacia una crítica que concentra mi verdadera y temida revelación.

Actúo con las defensas que he podido forjar. Opino desde la sensibilidad y formación que incansablemente he procurado. Lo que me ha hecho fuerte. Algo extraordinario la perseverancia. Es claridad, junto al amor de los afectos. No hay duda. Me hago responsable de las espirales destructivas en que he entrado, y sin embargo allí mismo he reunido valentía y espacio para superarlas.

En mi país no hay estructuras. Está despedazado, acéfalo, insomne.

En mi país los comunicados institucionales señalan a las personas con el dedo y no entienden la magnitud de sus acciones y palabras. Una mímesis. Es la misma manera en que el agresor ejecuta impune y ciego sus daños.

Hoy digiero la certeza de que en mi país no solo no hay espacios públicos, estructuras e infraestructuras institucionales. No hay responsabilidad. No hay límites en ver la paja en el ojo ajeno.

Los comunicados de las últimas horas son feroces.

El problema no es el sujeto. Son los sujetos y las estructuras de dominación y sumisión. Son los mecanismos tras los que cualquier compañero de trabajo o de clases te toca o te mira lascivamente, son los intercambios propuestos con dudosa transparencia, son los morbos que se exhiben públicamente, es la descomposición social. He leído con temor y resignación una serie de piedras de dominó ciegas que caen sin comprender la magnitud de su rol en un país abandonado y humillado por el poder político.

La sociedad está podrida. La sociedad necesita ayuda. La sociedad se está quedando sin universidades, sin profesionales, sin estructuras, sin familias. Y los espacios de lo civil habrían de contemplar la dimensión de lo que sucede y no señalar una conducta de un individuo con líneas como ‘A partir de lo sucedido con… deploramos cualquier acto de agresión. Estamos con las víctimas’

Estar con las víctimas es también educar. No es momento de señalar desde la institucionalidad como un juego de niños, de bomberos que se pisan la manguera. Es estructural el problema, hay millones de cuestiones que están en ‘los hechos’ que escapan a los nombres y momentos que destellan en el centro del huracán.

El foco está en soportar a los individuos, en especial mujeres y cualquier vida vulnerable, que es víctima de sujetos menores o mayores, con poder y sin él, de borrachos, de artistas, de jefes, de profesores, de obreros, de políticos, de inclasificables, de cobardes que agreden diciendo que aman, que insultan diciendo que importa, que humillan diciendo que valoran, que engañan porque ellos son así. Sus ‘estructuras’, sus ‘formas’ son abiertas, son libres, descentradas, excéntricas, tentaculares, desordenadas, irresponsables, manipuladoras y destructoras.

La reflexión es que la cosa es tan grave que no es un caso aislado ni una persona. Es una cultura desecha a la que se suma esta intemperie de no leer nada razonable, de ver puras manos limpias y sus barbas en remojo.

¿Quién? ¿Qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Y entonces?

No puede ser, mano

Guayabal

In Autobiografía, Diario, Notas, Viajes on abril 18, 2021 at 9:49 pm

Diane et Actéon (1935) ©Bernard Boutet de Monvel

palabra como alarido en la pared, como arañazos en brazos de la policía, como fuerza ardorosa e inútil este libro que no escribo

como país que no vuelvo

a tocar, difuminado en el aire

contenido en la bruma de un salto

de agua, eterno en la página dada vuelta, hueco en mi memoria su mácula pastel, nebulosa, en los años ochenta, intocable en la noche como El maní

la madrugada desde un balcón ver esa estrella nunca se apaga

vuela

esta memoria como mis manos aferradas

mirar el boulevard, evocar el fuego de las piernas que nunca viviría porque era una niña, una niña nada más, que sigo siendo, rendida ante la muerte, al destino de mis años, hundidos en la nada

pienso

que ganas de tener, tener otra vez una palmera, una siesta en la tarde de las playas, flotar en la marea de mis mares, sentir la transparencia del agua, el brillo de la orilla, pequeñas ondas plateadas, reverberan

como mi corazón en una alta loma seca

sin el río que la nutre al lado del pozo

en el Guayabal

de vuelta mis barcos, piernas bronce atravesar las montañas, quiero

ir a Isla Larga, dormir en un sombrero, hacerme una con la noche, beber todas las cervezas, amarrar todas las faldas, dormir en las rocas, abrazar olas, escuchar piedras, el rubor de los quehaceres de las casas, volver

nacer para vivir la vida que no tengo, esta otra ya me cansa

cansa este vacío de los inviernos, las heridas que no son mías, la indiferencia

solo hay huellas en la casa de tejas hundidas, patios llenos de maleza y toda la humedad que se lo come, que melocome, quémelo

*

  • Guayabal es una siembra de guayaba
  • Guayabo es una pena de amor
  • Guayabal es un río, un salto, un pozo en la ruta del Estado Vargas en el litoral central en Venezuela

Desayuno

In Amor, Autobiografía, Diario, Reflexión, Viajes on febrero 20, 2021 at 1:12 pm
Moon Voyage (2018) ©Paul Cupido

cáscara vacía en la mesa, yerma ya
sin fruta
marchita rápido, el amarillo se torna
café, sepia
reseco, quiebra el blanco derredor

desayuno luz, cuerpo lleno, agua
cósmica con movida consciente del temblor
abierta afuera, con
tacto
tras la sombra lenta de la noche, quieta
todo lo que pasa, escurre
guía mi atención como
pájaro que vuela, fruta contenida
en su cáscara, redonda
mundo vegetal, completo, sin notar la pérdida
que viene
(pero que no acelera)
mientras esté toda viva, inmensa sin fisuras
tomada, presa por la calidez de un centro
bomba piel adentro
tersa, total, brillante, amarilla, entera, vital
como una planta o una estrella de fuego
en la mitad del mundo