Betina Barrios Ayala

Naranja

In Autobiografía, Diario, Poesía on septiembre 7, 2021 at 6:24 pm
ST (2021) ©Saúl Rivas

luminosa

filtra penetra firme

ahora, más

clara

sobre paredes rincones filos

se derrama

como

un milagro

———-esférico

jugo que envuelve, amarillo

corre entre los dedos

un campo que se queda, dulce

astringente pegajoso late

después

el propio cuerpo

tras la lucha

ese combate tierno, a cuchillo

árabe, lejano, entretelas

como un temblor

naranja, amarilla, yema, ácida, dulce

rebota en la lengua

leve dormitar relampagueante

replica las zonas más puras del sueño

espacios llanos se abren, son

gajos, dunas, orillas, sierras

líneas, arterias líquidas de sol

Puedo oler un jardín completo en mis manos

leer, y casi

toco

——–el poema

———–naranja

——————–olor de la vista

———–sol fragante

——————–(que queda)

———–después del chaparrón de verano

———–estamos vestidos

——————–como el bosque

———–nuestros vellos son hojas

———–y nuestros ojos solos

—————————–exhalan

———–una penumbra salvaje*


[*] Recorte del libro En el verano cada palabra respira en el verano de Guillermo Sucre. Publicado por la editorial Alfa en Argentina en 1976.

Documento.exe

In Argentina, Autobiografía, Caracas, Diario, Latinoamérica, Viajes on agosto 26, 2021 at 11:29 pm
‘aftər,maθ. (2021) ©Daniel Chacón Aro

Un documento de identidad es similar a un brazo en el mundo ordenado, pedazo de madera que flota en el agua, ese hilo que sostiene los retazos en el aire después de las llamas. Quisiera escribir como Carver, las más crudas, limpias, sólidas, ciertas palabras, música clara, líquida, idioma universal, emocional, intraducible. Un documento que sirva para extender la valía transparente de ser, pertenecer a este mundo, mundo, mundo, nudo, nada, así te hace sentir el funcionario de todas las oficinas que te esperan. Un documento de identidad es la cicatriz de amanecer a los siete años, aún de noche, para hacer una fila en la calle, por horas, esperar para entrar a un edificio frío, sucio, hostil que no abandonarás nunca. Un documento, una prueba de que existes, una tarjeta para ser único, civilizado, rastreable, cuidar tu récord crediticio, mantener blanco el antecedente, moverte en este planeta único, donde comunicarse no es hablar el mismo idioma. No basta hablar, entender, una misma lengua, lengua, lengua, lengua que se enreda con otras piedras más abstractas, con otras vísceras secretas empantanando la ruta, la ruta de saber decir lo que se tiene adentro. Te lo dice el documento, con tu cara abominable como espejo, recuadro en el centro del recuadro, una cara que no es tuya, sin lentes, fondo blanco, sin sombrero, sin anteojos, con mirada de renuncia, con aire, desaire, en el aire triste, así, tan puro, diluido en la sustancia de hacerlo aunque quizás you will prefer not to. Elegir no estar, perderse como carta en la central de correos, esfumarse como apuesta, vaga, humo, no tener celular, no responder encuestas, no tener un emoji, un sticker, uno, otro número de cliente, otra contraseña, un nuevo nombre de usuario, otro carnet, membresía, perfil, número de teléfono, unreacheableintoucheable. Un documento de identidad es la sombra del sueño, diminuto, insignificante, invisible, dado por hecho como un brazo, un brazo no valorado hasta perderlo, dejarlo en la batalla, en la pelea por el documento, la identidad, ese barco sin remo en este mundo civil, moderno, posmoderno, ordenado, tan real.

Contractura

In Crítica, Latinoamérica, Notas, Opinión, Reflexión on abril 30, 2021 at 11:16 am
©Guy Bourdin. From The Image Maker Exhibition. Somerset House, Londres
27.11.14 – 15.03.15

La escena tiene lugar en la cubierta de un barco. Una comida en curso. Tres amigas de veinte años. Una hija de quince. Cuatro mujeres y un sujeto que permanecerá en el anonimato. No sé si alguna vez conocí o reconocí su nombre. Además, esto no es ni será el foco de lo que anuda, revuelve, marca, disuelve la delicada feminidad. De la nada, en medio de la sobremesa mientras recogen los trastes, el hombre al menos treinta años mayor, le espeta una nalgada a una de las jóvenes que produce un efecto freeze.

Súbito silencio, incómodo final del día, recogimiento.

Hasta mañana.

Esa noche quizás hubo llanto, desvelo, miedo. Es seguro que hubo preguntas. Apenas recuerdo vagamente la solidaridad de las amigas, quienes calladas y cálidas contuvieron. Parece que eso quedó ahí, en el pasado. Pero no. Sale, vuelve, gira, es un bumerán que regresa y ataca. Es el firme recordatorio facto. De alguna manera es el prólogo en fondo turquesa de las dependencias federales sobre eso que la vida repetiría una y otra vez.

Tantas cosas más.

Las mujeres somos víctimas permanentes de devaluación. La imagen de una mujer en bicicleta y el hombre que le espeta una nalgada porque no puede contenerse. Y no es solo la agresión física, es la posibilidad de tumbarla del objeto que está en equilibrio porque ella misma lo está. La gravedad es la burla tácita, oscura irresponsabilidad, inconsciencia y aval estructural con que se atenta contra ese equilibrio. No se trata únicamente de violencia que amenaza la integridad física y psicológica. Es la posibilidad de detonar un accidente. Es la irremediable marca de la presa, invisible, pero que no cura. Cuanta humillación y daño en la diversión no consensuada.

Una masculinidad que se reafirma en ese lugar en el que no encuentra un cómplice para complacerse es moneda frecuente.

En las últimas horas escucho ese monstruo interior semidormido. Animal oscuro e intermitente que a veces abre su ojo y me deja ver en lágrimas, arrinconada, asustada, ennegrecida, estallada en preguntas que conducen a una necesidad intempestiva y catastrófica de huir. Se ha desatado un remolino de experiencias que no sé cómo domar. Y aquí no va a haber nombres. Ninguno. Porque si bien he sufrido numerosos maltratos y devaluaciones; estos sujetos no importan ni importarán nunca. Lo importante es que por su violencia, he abandonado espacios y sueños que me pertenecían. He tenido miedo de mis propias ambiciones. He dudado de mi intuición. De mi claridad perceptiva. He dudado de mi. Y esto es grave. He pagado alto precio en una existencia que no perdona porque el tiempo no se regresa y la memoria no se borra. Las heridas sanan, pero están ahí latentes contracturas, cicatrices indelebles y sutiles. Aunque también pueden hacer queloide.

Sí que pueden.

Tampoco falta el que valora hasta que le haces el favor que espera. Con descaro usa el trabajo y sus espacios para luego agredir o ignorar. ¿Ya logró lo que quería? ¿Qué era eso exactamente? ¿Una forma de la potente viveza criolla? ¿Una venganza ilimitada por haber sido objeto de humillaciones anteriores? Las mujeres ganan poco, sobreviven en dinámicas profundamente desiguales y agresivas que amenazan su integridad y autonomía. Tampoco falta el que ataca bajo a los talones: disminuye los sueños por escribir, fotografiar, emprender, pintar, bailar, hacer. Afirma que no sabes, que no puedes hacerlo, que no estás preparada, él te va a enseñar¸ él sí sabe. Tranquila, chiquita. Entre tierno y sincero, cuanta violencia, prepotencia, distorsión.

Chiquita.

Tampoco está ausente el jefe o colega que devalúa, la pareja que abusa, el desconocido que objetualiza, el enfermo que mira y juzga sin pudor en el transporte público, en la calle, en el bar, en la fiesta, en la pantalla.

Milito desde mi determinación para clausurar a estos sujetos y no hablarles nunca más. No existen. Mi tribunal y castigo es la indiferencia. Quizás el silencio les complazca, pero es un espacio de dignidad. Es la valentía de seguir adelante aunque queme tanta palabra y acción innecesaria y cruel, tanta humillación como si nada. En Venezuela la vida transcurre como una novela maniquea de malos e inocentes, de pobres y ricos, de niñas y viejos, de poderosos y oprimidos, de vanidad y generosidad: ilusión y derrumbe.

Sin embargo, estas líneas desviarán su lugar hacia una crítica que concentra mi verdadera y temida revelación.

Actúo con las defensas que he podido forjar. Opino desde la sensibilidad y formación que incansablemente he procurado. Lo que me ha hecho fuerte. Algo extraordinario la perseverancia. Es claridad, junto al amor de los afectos. No hay duda. Me hago responsable de las espirales destructivas en que he entrado, y sin embargo allí mismo he reunido valentía y espacio para superarlas.

En mi país no hay estructuras. Está despedazado, acéfalo, insomne.

En mi país los comunicados institucionales señalan a las personas con el dedo y no entienden la magnitud de sus acciones y palabras. Una mímesis. Es la misma manera en que el agresor ejecuta impune y ciego sus daños.

Hoy digiero la certeza de que en mi país no solo no hay espacios públicos, estructuras e infraestructuras institucionales. No hay responsabilidad. No hay límites en ver la paja en el ojo ajeno.

Los comunicados de las últimas horas son feroces.

El problema no es el sujeto. Son los sujetos y las estructuras de dominación y sumisión. Son los mecanismos tras los que cualquier compañero de trabajo o de clases te toca o te mira lascivamente, son los intercambios propuestos con dudosa transparencia, son los morbos que se exhiben públicamente, es la descomposición social. He leído con temor y resignación una serie de piedras de dominó ciegas que caen sin comprender la magnitud de su rol en un país abandonado y humillado por el poder político.

La sociedad está podrida. La sociedad necesita ayuda. La sociedad se está quedando sin universidades, sin profesionales, sin estructuras, sin familias. Y los espacios de lo civil habrían de contemplar la dimensión de lo que sucede y no señalar una conducta de un individuo con líneas como ‘A partir de lo sucedido con… deploramos cualquier acto de agresión. Estamos con las víctimas’

Estar con las víctimas es también educar. No es momento de señalar desde la institucionalidad como un juego de niños, de bomberos que se pisan la manguera. Es estructural el problema, hay millones de cuestiones que están en ‘los hechos’ que escapan a los nombres y momentos que destellan en el centro del huracán.

El foco está en soportar a los individuos, en especial mujeres y cualquier vida vulnerable, que es víctima de sujetos menores o mayores, con poder y sin él, de borrachos, de artistas, de jefes, de profesores, de obreros, de políticos, de inclasificables, de cobardes que agreden diciendo que aman, que insultan diciendo que importa, que humillan diciendo que valoran, que engañan porque ellos son así. Sus ‘estructuras’, sus ‘formas’ son abiertas, son libres, descentradas, excéntricas, tentaculares, desordenadas, irresponsables, manipuladoras y destructoras.

La reflexión es que la cosa es tan grave que no es un caso aislado ni una persona. Es una cultura desecha a la que se suma esta intemperie de no leer nada razonable, de ver puras manos limpias y sus barbas en remojo.

¿Quién? ¿Qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Y entonces?

No puede ser, mano