Betina Barrios Ayala

Septiembre

In Caracas, Poesía on septiembre 26, 2016 at 2:54 pm
Door to the river (1960) Willem de Kooning

Door to the river (1960) Willem de Kooning

La dureza la dejo en las piedras

y el agua que lave las máscaras

abrir los ojos

es ver

ter

el poema

 

Mi cita es con la hora de la luz

por la orilla del sentimiento

no

Reafirmo la música

de los pasos

dados

 

11

In Caracas, Diario, Libros, Poesía, Reflexión on septiembre 12, 2016 at 9:40 am
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#SpaceFlowers (2016) Scott Kelly

Me siento en el banco del parque. Miro al cielo, siempre. Las nubes pasan, blancas y ligeras. Dibujan formas y espumas que se disuelven. Y yo soy tan triste y absurda. Casi siempre rompo a llorar sola, sin ningún motivo, luego de haberme pasado horas riendo y bebiendo. Miento, casi siempre. Así sea en pequeñas dosis. O en dosis que creo pequeñas, que no importan. Les miento a todos, con mi fachada tranquila, fluida, que no deja ver nada. No me interesa la grandilocuencia. La verdad, prefiero las cosas parcas, llanas. Pero también es cierto que soy la contrariedad. Y me sumerjo debajo de olas que me sepultan, grandes olas vacías, huecas, que me sobrepasan, me hacen girar sobre mí misma y me depositan de nuevo en la orilla, desnuda, mareada. El revoltijo hace nido en el centro de mi panza, y unas cosquillas ridículas, nerviosas me castigan. Y mi cabeza crece, se abomba de pensamientos tontos que no llegan a nada. Y hablo sola, mil veces, mientras camino de un lado a otro, y me repito lo que debo hacer cada día, las cuestiones pendientes, y el tiempo que apremia detrás de mi sombra confusa que se destiñe, y va goteando, exprimiendo partes que pensé me pertenecían. Soy una fábula de animal perdido. No dejaré que nadie me lleve a su falso techo. Vivo tras la vitrina que muestra la calle sincera y rota. Los personajes se suceden y me conmueven. Las mujeres con su pelo de colores, que transforma la luz en vetas maravillosas. Parece que flotan algunas mujeres. Y el loco. Ese loco que llega tras el vidrio disgustado. Asoma la ira de sus ojos. Pelea con quien pueda hacerlo, sea par o inanimado. Y despliega toda su rabia que a veces me da miedo, y otras, soy él. Llena de rabia quisiera aparecer así tras la vitrina, y reventar la fachada del mundo, que no hace más que volver trizas el lenguaje y la memoria. Mundo enfermo y falso, rico en demonios cansinos, en ciclos absurdos que le hacen rodar. Condenada forma del mundo, nos has hecho ver que todo gira, rebota en la inmensidad. Somos el eco continuo del mismo error, de la misma trama repetida. Basta de imaginaciones que evocan dioses que no existen. Qué tontería idealizar, si el mundo es mundo. Nunca jamás será otra cosa que una esfera hermosa, pero condenada a permanecer atada a un camino espacial que no puede ser otro. Así es la vida nuestra. Una sola ruta que da vueltas. Nada marcará el inicio de nada. El patrón se repite hasta el infinito. Es la lógica universal. Y el loco. Llega tras el vidrio como un gato fiel, cazador feliz que trae su presa. Abandona las ofrendas en la puerta del lugar. Y soy tan cobarde que le temo. No le puedo mirar. Hundo la cabeza en el libro que sea. En todos esos libros que me rodean, menos mal. Los pasaportes a cualquier parte, los cuencos donde dejo que se vaya toda mi tristeza, los vasos de los que bebo a mis hermanos que me dicen que no estoy sola, que la cosa es así de densa, que duele mucho todo, la vida, amigos. ¿Amigos?

DesNudo

In Caracas, Diario, Poesía, Reflexión on julio 21, 2016 at 8:31 am
Nu Couch, Henri Lebasque, 1927

Nu Couch (1927) Henri Lebasque

‘Ahora, inmediatamente, es aquí donde comienza
la primera señal del peso del cuerpo que sube.
Aquí cambio de mano y comienzo a ordenar el caos’.
Inéditos y Dispersos
Ana Cristina Cesar
(Río de Janeiro, 1952-1989)

Porque soy capaz de ser y no ser. Allí radica mi dolor. Habito el espacio y a la vez soy extraña a él. Camino mi ciudad reconociéndola cada día como un lugar nuevo. Soy incapaz de pertenecer. Ella tampoco se entrega. Donde me encuentre sabré que no estoy en realidad. Abro los ojos tantas noches, solo para saberme extraña, ausente, ocupando un espacio siempre ajeno. Contemplo con tristeza el vacío, no busco enfocarme en nada. Trato de quedarme un poco en todo, y que un poco de todo se quede en mí. Pero con suavidad, sin invadir. Esa no pertenencia explica la continuidad de mi piel, que no ha sido nunca lienzo para ninguna tinta. Me rehúso a poseer, y nada entonces, creo, será capaz de poseerme. Y lo he intentado, solo que es demasiado peso para soportar. La carga propia ya oprime mi alma, no tengo la fuerza suficiente para ser el vertedero de nada. Ni siquiera del amor, que tantas veces se asemeja a la aguja con tinta que no me he permitido tantear. Ni siquiera para ver qué se siente, ni siquiera para permitirme ser curiosa, ni siquiera para abrirme, como es natural en mi anatomía, tantas veces extraña, porque suplica con sus formas la invasión. Esa sed física, ingobernable, gestiona mis deseos más primarios. Tampoco me pertenecen, son parte de todo aquello que, invariablemente, me constituye como ser. Solo habito el espacio de mi carne, que tantas veces me aprisiona. Pero ya, he hecho de mi vida un campo para la siembra, invierto, hago crecer, para que luego todo se vaya.

La pérdida es el origen de todas las cosas.